Marche un balance

El balance de la marcha del 21F tiene más divisiones que acuerdos. Para unos, hubo 200.000 personas. Para otros, más de 400.000. Las cifras están tan divididas como el sindicalismo, y tan disputadas como el oficialismo y la oposición. Mientras unos dicen que fue inútil, otros juzgan lo contrario. Hay incluso quienes llegan a desmerecerla. Pero hay algo cierto: ayer un sector importante del movimiento obrero tomó la calle. Y hay que marchar un balance de cara a lo que viene.

En el día de ayer se llevó a cabo la más masiva movilización popular contra el gobierno de Mauricio Macri, contando desde su asunción hasta la fecha.

Reclamada desde hace tiempo por parte de los sectores más combativos, el 21F selló un primer quiebre de relevancia, no sólo entre el dirigente camionero Hugo Moyano y el presidente de la nación Mauricio Macri, sino también entre una importante base social, que puede significar el augurio de un nuevo nucleamiento político opositor, y el rumbo de la política socioeconómica oficial que, contra todos sus pronósticos y expectativas, parece estar a la deriva, mostrando poca efectividad para lograr sus principales objetivos. Tanto la creación de empleo vía inversiones como la contención de la inflación y la reducción de la pobreza fueron metas que el propio gobierno de Cambiemos se fijó para su gestión, sin embargo los resultados hasta el momento han sido cuanto menos pobres.

La marcha, convocada oficialmente por la CGT en su última reunión de consejo directivo, sufrió ciertas bajas, algunas predecibles e indicadoras claras de la actual crisis que atraviesa el triunvirato de la CGT; otras, algo sorpresivas.  En ese consejo, donde se plasmó el acuerdo para la movilización, asistieron 27 de los 35 integrantes, que votaron favorablemente acompañar la marcha, y entre cuyos ausentes se encontraba nada menos que uno de sus triunviros, Héctor Daer, representante de los “Gordos”, el sector más dialoguista con el gobierno. Además de esa decisión institucional, el 21F contaba con el aval de la Cumbre de Mar del Plata, convocada por los gastronómicos de Barrionuevo, que emitió un duro documento contra las políticas oficiales en enero de este año. Quizás por este volantazo del gastronómico -quien días antes decidió sorpresivamente no asistir- es que su aliado y actual triunviro de la CGT, Carlos Acuña, aclarara que acompañaba la movilización, a pesar de que finalmente había resuelto no movilizar. “Hay un reclamo justo que desde el Gobierno se lo quiere mostrar con una campaña de información como si fuera un problema personal de Moyano, y por otro lado tenemos sectores políticos que se pliegan al reclamo de los trabajadores para politizarlo. No es momento para eso porque si no, le damos argumentos al mismo gobierno para que diga cosas como ‘los mandó Cristina’ ”. De este modo el dirigente justificó su ausencia, luego de ser uno de los promotores.

¿Por qué se da esa división al interior de la CGT? Lo cierto es que hacia el interior del movimiento obrero siempre existieron facciones, y para entender el juego de las altas y de las bajas en la movilización se debe comprender quiénes son las partes que representan a los distintos sectores. Este último ciclo de contradicciones y rupturas al interior de la CGT se explica por la crisis del modelo de triunvirato, acordado tras el paso al costado de Hugo Moyano, en agosto de 2016, y casi en consonancia con la llegada de Mauricio Macri al poder. El triunvirato consistió en un acuerdo multisectorial que culminó en la representación de tres sectores: Juan Carlos Schmid, por el sector de Moyano; Héctor Daer, por los Gordos; y Carlos Acuña, por el sector de Barrionuevo. Estas facciones representaban lo que fueron en su momento la CGT Azopardo, la CGT Alsina y la CGT Azul y Blanca, respectivamente.

El último ciclo de contradicciones y rupturas al interior de la CGT se explica por la crisis del modelo de triunvirato, acordado tras el paso al costado de Hugo Moyano, en agosto de 2016, y casi en consonancia con la llegada de Mauricio Macri al poder.

Tras las discusiones encarnizadas que se sucedieron a finales de 2017 por el proyecto oficial de reforma laboral y la ley de reforma previsional, el triunvirato ya había crujido. Con el 21F terminó de volar por los aires. “Algunos dirigentes se creen que son artistas de televisión. Faltan al consejo directivo y van a hablar mal de la CGT a la tele. Responden a otros intereses, antes le decían carnero”, señaló Acuña a principios de febrero, tras la oposición de los Gordos a movilizar ayer. “Desde diciembre, cuando la mayoría de los sindicatos grandes desobedecieron el mandato que dio el triunvirato, ahí se entró en una crisis profunda y me da la impresión de que el ciclo está agotado. Tenemos miradas diferentes de la realidad” sintetizó Juan Carlos Schmid hace pocos días.

Pero la movilización no sólo consiguió romper un orden de cosas al interior del sindicalismo, sino que también inauguró una nueva coalición. A los ya mencionados sectores de la CGT que acompañaron la convocatoria, y que se plegó a un reclamo sectorial de Camioneros (que exige el pago de un bono y que se respete un item de antigüedad en su convenio colectivo), se sumaron otras facciones: la Corriente Federal de Trabajadores (CFT) bajo la ascendente figura de Sergio Palazzo, dirigente de los bancarios; la CTA de los Trabajadores (Yasky); la CTA Autónoma (Micheli); y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, CTEP, cuyo secretario general es Esteban ‘Gringo’ Castro y cuya figura mediática saliente es Juan Grabois, dirigente del MTE.  A estos nucleamientos se sumaron las seccionales clasistas de diversos gremios cuyos secretarios generales no marcharon (por ejemplo, del Sindicato de Empleados de Comercio) vinculadas a los distintos partidos de izquierda, a quienes se sumaron agrupaciones y partidos variopintos y un sector del kirchnerismo, nucleado en La Cámpora, que dio presente.

El orden de los oradores siguió no obstante la lógica de los mayores convocantes: Yasky, Micheli, Castro, Palazzo, Schmid y, finalmente, Hugo Moyano.

La movilización no sólo consiguió romper un orden de cosas al interior del sindicalismo, sino que también inauguró una nueva coalición.

Si bien cada facción contó con sus reclamos, la consigna general fue la oposición a las políticas de ajuste del gobierno y una defensa de los derechos de los trabajadores, tanto de los excluidos del sistema como de los sindicalizados. Para algunos, como el dirigente Pablo Micheli, éste significó un primer paso para “construir un paro general”, mientras otros prefirieron enfatizar su oposición a “la reforma laboral y previsional” y reclamar “paritarias libres y sin tope” (Schmid), encarar una “resistencia a este modelo” (Palazzo) y, en palabras de Castro, un freno al ajuste “que le hace perder la changa” a sus representados, al tiempo que reclamó que “el 25% de la obra pública” quede a cargo de las cooperativas que nuclea la CTEP.

En su discurso, Hugo Moyano respondió a las acusaciones del gobierno, negó estar implicado en causas judiciales, al tiempo que aclaró que, de ser llamado a declarar, “tengo las suficientes pelotas para defenderme solo”, clamor que recibió una ovación de parte del público y cánticos contra el presidente, al tiempo que recordara que fue tres veces preso “dos de ellas en la dictadura, cuando muchos de estos tipos en el gobierno se escondían debajo de la cama”. Más adelante, el camionero hizo referencia a los motivos de la marcha y, citando a quienes lo precedieron en la toma de la palabra, explicó que el motivo era la oposición a un modelo que “hambrea a los sectores humildes, a los trabajadores y a los jubilados”, a quienes les dedicó un largo párrafo y se detuvo en señalar su oposición a la reforma previsional y la falsedad de la “Reparación Histórica” empujada por el oficialismo, que significó para muchos aumentos de “20 pesos, 120 pesos”, según sus propias palabras.

“Esto es lo que venimos a decir al gobierno. No venimos a amenazar. No somos desestabilizadores. Somos hombres y mujeres de trabajo que venimos a decirle al gobierno: señores no sigan con políticas que hambrean a la gente hoy y en el futuro”, sintetizó. Hacia el final, y tras aplacar insultos hacia el presidente, cerró su discurso citando al poeta mexicano Octavio Paz, en un mensaje directo a Macri: “Toda victoria es relativa, toda derrota es transitoria” exclamó, esta vez en tono conciliador.

Desde el oficialismo las respuestas oscilaron entre la indiferencia y la negación de la importancia del hecho, llegando incluso a subestimar los números. En un primer momento, desde el oficialismo calcularon 85.000 personas, un dato atribuido a la Policía Federal, aunque unas horas más tarde el Ministerio de Seguridad estimara “casi 140.000 personas”. De parte de los organizadores la cifra oscila entre 400.000 y 500.000, destacando que la marcha ocupó toda la 9 de julio, desde calle Moreno hasta la autopista. Uno de los curiosos métodos para estimar el número 400.000 fue que, aparentemente, hubo 400.000 celulares en la concentración, un cálculo que se habría hecho contando las localizaciones. Sea efectivamente así o no -algo que no sabemos y sobre lo cual sólo nos permitiremos especular- se estila suponer que los gobiernos minimizan el impacto y los promotores lo amplifican, de modo que la marcha habría superado las 200.000 personas. Un número contundente que, además, se movilizó pacíficamente y no registró incidentes, despejando de este modo los fantasmas de violencia vividos en diciembre y las amenazas suspicaces lanzadas entre los organizadores y el gobierno.

Desde el oficialismo, las respuestas oscilaron entre la indiferencia y la negación de la importancia del hecho.

“¿Marcha? ¿Qué marcha?” respondían en off algunos funcionarios. “Cuando vemos la cuestión salarial vemos que el año pasado se han cerrado más del 95% de las paritarias de manera libre y el INDEC informa, hace pocos días, que los salarios han recuperado 3% por arriba de la inflación” explicó Marcos Peña, tras señalar que no comprendía los motivos del reclamo.

En este contexto, sectores del PJ y del massismo aprovecharon y se sumaron a la convocatoria, que llevó a algunas caras conocidas del conurbano, intendentes y referentes de la zona, y a la propia conducción del PJ Bonaerense, de la mano de Menéndez, Gray e Insaurralde, quizás entusiasmados con la idea de utilizar la manifestación como una forma de llamar a una unificación del peronismo y liderar la oposición, lo que por ahora resulta más bien un interrogante.

Esteban Sargiotto

Esteban Sargiotto

Licenciado en Letras y periodista. Es colaborador especial de La Vanguardia.

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