Crecí

Se crece con lo que se tiene a mano. Se crece con lo que se imagina. Y con los valores que se heredan y se cambian. Pero se crece. Esto es Infancia y Memoria (parte V).

Crecí con la ética de aprender a distinguir entre el bien y el mal.

Crecí con la ética de que el respeto es lo más importante, y que si te faltan el respeto te das media vuelta y nunca más regresas ahí.

Crecí con la ética de mi padre, que mientras estudiaba en la escuela nocturna un compañero más grande, porque en las escuelas nocturnas todo se mezcla, le pateaba el banco de atrás, le decía “judío de mierda” y le dibujaba esvásticas en la mesa, hasta que un día se cansó, agarró una cadena y una noche fría a la salida del colegio lo cagó a cadenazos.

Crecí con esa ética: con la ética de que el respeto es lo más importante y que si te hieren devolvés el golpe.

Crecí con la ética de que si te faltan el respeto no perdonás, no decís “ya va a pasar”.

Crecí con la ética de que todos nos podemos equivocar, que también podemos lastimar y que tenemos que hacernos cargo de nuestras acciones.

Crecí con la ética de que cada acto tiene una consecuencia.

Crecí con la ética de que siempre podemos reparar lo que rompemos, aunque nunca quedemos de la misma forma.

Crecí con la ética de que uno puede aprender de lo roto, y también de las heridas.

Crecí con la ética de la crudeza.

Crecí con la ética de que afuera de tu hogar todos quieren aprovecharse de vos, todos quieren sacarte ventaja, todos quieren lo tuyo, y por eso hay que hacerse fuerte y sobrevivir; hay que transformar el dolor y mutar, hay que seguir siempre adelante.

Crecí con la ética del desarraigo emocional, con la necesidad de dejar la casa familiar de joven para nunca volver, pero nunca dejar de estar cerca.

Crecí en la ética de que nadie te va a regalar nada y por eso hay que sacrificarse y esforzarse para ser siempre el mejor en lo que elijas para tu vida. Y no importa qué elegiste: si querés ser pintor, tratá de ser el mejor pintor y ser feliz con lo que hagas; si querés ser carpintero, tratá de ser el mejor carpintero y ser feliz en lo que hagas; si querés ser poeta, dedicarte a pensar, si querés ser médico o músico, si querés ser contador o comerciante, tratá siempre de dar lo mejor, y de ser feliz. Y tratar de serlo no significa que lo seas, porque lo que importa en la ética con la que crecí es “tratar”, es el esfuerzo, es el intento.

Crecí con la ética de que vas a tener que trabajar siempre porque nunca vas a recibir nada del Estado por lo que trabajaste.

Crecí con la ética de que el amor es amor siempre, y no importa el sexo, la religión o la herencia familiar: el amor es ante todo, amor; el amor es más allá de todo, amor.

Crecí con la ética del amor en tiempos de “papa y cebolla”, y también en tiempos de “vacas gordas”; siempre codo a codo y lado a lado.

Crecí con la ética de animarse a todo, de probar todo, porque no hay nada más sagrado que la libertad.

Crecí con la ética de que “a los amigos todo y a los enemigos ni el perdón”.

Crecí con la ética de que “a los amigos todo y a los enemigos ni el perdón”.

Crecí con la ética de que un hermano va a ser toda la vida tu hermano, que los padres un día se mueren, pero tu hermano va a estar siempre ahí.

Crecí con la ética del amor a los hermanos y a los amigos.

Crecí con la ética de los códigos y de enfrentar los miedos.

Crecí con la ética de ayudar en la cocina a mi mamá, de ayudar a levantar los platos y a lavar.

Crecí con la ética de que se come lo que hay en la mesa, que se come de todo, que uno se sirve lo que va a comer y no se deja comida en el plato.

Crecí con la ética de la comida recalentada al otro día.

Crecí con la ética de las sobras, los pékeles y los tuppers.

Crecí con la ética de darle un beso al pan si ya está duro y hay que tirarlo.

Crecí con la ética del chirlo, del reto, del chancletazo.

Crecí con la ética de “jugar al doctor” y que nunca me dijeran que eso no se hace.

Crecí con la ética de la Patagonia, donde afuera es frío y el hogar es caliente.

Crecí con la ética de que el hogar es el lugar más seguro del universo, y que el hogar puede ser una casa y también una persona.

Crecí con la ética de agradecer por la comida y la heladera llena, de agradecer un gesto, de agradecer un detalle.

Crecí con la ética de saber decir “gracias”.

Crecí con la ética de que el mundo se divide en gente buena y gente mala, y hay que alejarse lo más posible de la gente de mierda y de los resentidos.

Crecí con la ética de que hay cosas negociables y cosas que no: el amor, la hermandad, la amistad y tus ideales no se negocian.

Crecí con la ética de la responsabilidad ante el otro, y con el tiempo aprendí que también es con uno mismo.

Crecí con la ética de los perros.

Crecí con la ética de que muchas veces es preferible un perro a un ser humano.

Crecí con la ética de los cementerios, porque ahí descansa la memoria y la historia familiar.

Crecí con la ética de que un día podés tener todo y al otro día podés no tener nada.

Crecí con la ética de que los ladrillos no se comen, de que a veces hay que arremangarse porque los problemas se solucionan trabajando.

Crecí con la ética de no tener vergüenza de pedir cuando necesitás y de devolver cuando tenés.

Crecí con la ética de los cementerios, porque ahí descansa la memoria y la historia familiar.

Crecí con la ética del dolor en los ojos de mis viejos cuando se murieron sus viejos, de los ojos llenos de lágrimas de mi viejo, y los gritos al costado de la ruta como un desgarro en el corazón, cuando se murió su hermano, a pesar de llevar tantos años sin hablarse.

Crecí con la ética de las cicatrices que se llevan como pueblo.

Crecí con la ética de mi vieja que prometió no pisar nunca Alemania, porque los nazis fueron alemanes, y nunca la pisó.

Crecí con la ética de no jurar ninguna bandera ni cantar ningún himno.

Crecí con la ética de ayudar al que menos tiene, y de siempre estar del lado del más débil.

Crecí con la ética de los tatuajes, de la aguja en el cuerpo, de la tinta en la sangre.

Crecí con la ética de los libros, de las bibliotecas y del asombro.

Crecí con la ética del poema, ese lenguaje que permite transformar la mierda en belleza, el horror del mundo en belleza, la soledad en belleza.

Soy feliz con poco, pero eso poco que tengo y necesito es lo que realmente me hace feliz.

 

Emmanuel Taub

Emmanuel Taub

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires; su trabajo en general se centra en el pensamiento judío y su revelación con la filosofía, la teología política y el lenguaje. Ha publicado "Mesianismo y redención. Prolegómenos para una teología política judía" (2014).

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