Irse

Un viaje a Barcelona. Cambiar de país. Vivir al día. Hacer de todo. Sobrevivir poéticamente. Esto es Infancia y Memoria (parte IV)

A los 21 años me fui a vivir a Barcelona. Solo. Era febrero de 2001. Conseguí una beca de intercambio con la Universidad de Barcelona para pasar un año allá haciendo materias de mi carrera de Ciencia Política. Antes de viajar mi vieja se sentó en la cama conmigo, quería hablar. Soy el hermano mayor de cuatro. Era el primero en irse a vivir afuera por tanto tiempo, el primero en irse de casa (ya después de ese viaje no volvería a vivir con mis padres, y mis viejos lo sabían). Me dijo: “pasala bien y disfrutá mucho la experiencia, lo único que te pido es que no te prostituyas”. Sí, mi vieja me pidió que no me prostituyera. Sigo recordando esas palabras hasta hoy en día. Nunca se me había ocurrido prostituirme, sí cientos de otras cosas, pero esa no la tenía en mente. Me sigo preguntando, y que nunca le volvía preguntar por ello, si lo que me decía se trataba de una prostitución sexual o una prostitución ideológica. Al final viajé más de un año, no me prostituí ni sexual ni ideológicamente.

Llegué a Barcelona y paré en el mismo hostel en el que había estado dos años atrás con mi mejor amigo en mi primer viaje por Europa. Fue de mochileros luego de haber pasado un mes y medio en Israel en un viaje comunitario. Recuerdo que en aquel entonces había quedado bastante traumado con mi estadía en Medio Oriente: una semana en el ejército israelí y haber disparado una M16 habían logrado convencerme de que no quería volver nunca más. Recuerdo que ese primer viaje no acrecentó mi pertenencia sionista –motivo escondido detrás de ese tipo de turismo– sino todo lo contrario, me había develado que el judaísmo diaspórico era una identidad en sí misma dentro de las múltiples identidades de lo judío. O tal vez, dentro de los múltiples judaísmos de nuestras identidades. Sin embargo, muchos años después regresé a Israel para mis estadías doctorales: pase en total seis meses en diferentes viajes de trabajo académico, entre las universidades de Tel Aviv y Jerusalén y mi mirada cambió radicalmente. No tanto sobre el sionismo pero sí sobre la vida allá, sobre la modernidad de sus universidades y las formas de reconstruir en mi cabeza las complejidades de aquél pequeño espacio geográfico en el universo en el que dialogan y se encuentran diferentes identidades y culturas en conflicto. Ahí nació mi necesidad de reflexionar sobre el conflicto cultural en nuestro mundo. No sé, pasó y se conectó con lo que venía haciendo, y algo tenemos que hacer en este mundo. Encontré las posibilidades para construir un pensamiento en torno a mis investigaciones sobre el mesianismo y el pensamiento judío, y disfruté de la vida como investigador por esas tierras. Sigo creyendo, cada día con más determinación, que la vanguardia del pensamiento judío es diaspórica, así como también que la identidad diaspórica, dentro del océano de identidades, nos exige un pensamiento crítico constante. Pero elegir un camino hacia finales de la secundaria, en el que te hacen creer que debe marcar el resto de tu vida, me parece una de los elementos más perversos del mundo capitalista. La presión de tener que ser alguien con dieciocho años es un delirio materialista e intelectual: el sentido mismo de un sistema que necesita que lo más pronto posible nos definamos subjetivamente. Justamente a esa edad, terminando quinto año, la psicopedagoga del secundario me despidió de mi vida estudiantil deseándome qué ojalá pueda hacer algo de mi vida. Esas palabras me han acompañado cada vez que recibí un título, cada libro que presenté, cada texto que escribí. “Ojalá puedas hacer algo de tu vida”, y ojalá puedas ver vos lo que hice hasta ahora en mi vida. Aunque entre desear y lograr, entre hacer y alcanzar, siempre estamos cumpliendo algún mandato preestablecido por otro, real o imaginario. Y mis fantasmas son muchos, por suerte.

Entre desear y lograr, entre hacer y alcanzar, siempre estamos cumpliendo algún mandato preestablecido por otro, real o imaginario.

Llegué a Barcelona el 2 de febrero de 2001. Tenía dos semanas para encontrar un lugar para vivir antes de comenzar las clases. Paraba en el hostel que ya conocía pero me sentía extremadamente solo y frustrado. Buscaba cuartos compartidos pero no los encontraba. Vagueaba por las sedes universitarias detrás de las ofertas de alquileres en los pizarrones de estudiantes. Todavía no había internet como hoy en día (usaba la sala de internet de la universidad) y tenía que buscar las ofertas inmobiliarias en esas pizarras: pegaban allá carteles ofreciendo habitaciones en alquiler y uno debía que anotar el número de teléfono para después contactarse. ¡Qué diferente era el mundo hace algunos años! Seguía sin encontrar piso y durmiendo en un hostel con diez personas más, compartiendo un baño afuera del cuarto y escondiendo mis pertenencias, no de viajero sino de estudiante de intercambio, en un placard con candado. En una noche de esa semana me rendí. Me sentía avasallado por la realidad, como tantas otras veces me sentí en mi vida. Estaba en el Barrio Gótico dando vueltas para pasar el tiempo, porque todo se trata de “pasar el tiempo”, y me puse a llorar. Fui a un teléfono público de la Rambla, porque en aquel “no hace tanto tiempo” sólo podíamos comunicarnos así o por los locutorios hindúes que abrían de día, llamé a mis viejos por cobro revertido y les dije que me quería volver. Me acuerdo que mi vieja me pasó con mi viejo y él me dijo que no me tenía que volver, que había elegido irme y estudiar allá y que no podía rendirme antes de comenzar; que siguiera intentando que algo iba a aparecer, que ya pronto comenzaría con mis clases y todo se iba a pasar. ¡Qué difícil es transformar la incertidumbre en un espacio ameno y amable! Y aunque las certezas no existen, si existe la necesidad intrínseca y humana de sentirnos bien.

Así fue. Sin muchas vueltas más encontré un cuarto en un departamento viejo en un barrio de trabajadores y extranjeros entre la estación de tren Sants y Collblanc. Era un departamento horrible. Pero el que lo alquilaba era un argentino y me hizo sentir un poco más cerca de mi casa. A veces pienso en los mecanismos que encontramos para sentirnos bien, y cómo los pequeños detalles nos dan la sensación de estar un poco más cómodos, porque nos hacen pensar en el hogar, en el lugar de donde venimos. Necesitamos comodidad y cercanía para sentirnos “como en casa”. Él era argentino, llevaba varios años allá, alquilaba las dos habitaciones que le sobraban en su departamento. Me dejaba quedarme en el cuarto más grande que tenía ventana y que daba a un patio también horrible que miraba al pulmón de la manzana. Trabajaba de mozo y había estudiado para entrenador de fútbol allá. Me contó que Serrat le compraba merca a los mozos en su restaurant, y por eso habían hecho una linda amistad con él. Serrat era la música de mi casa, era la música de mis viejos, Serrat y Roberto Carlos, eso se cantaba en mi hogar familiar. Que comprase su droga a mi arrendatario me desmitificaba la figura casi sagrada que tenía de él. Ahora conocía al Serrat más mundano, y era otro dato para sentirme más cerca de casa. Creo que nunca le conté a mis viejos lo de Serrat, tal vez para que no se les caiga su ídolo.

En el departamento también vivía un estudiante irlandés, Paul, con el que terminamos teniendo una gran amistad que conservamos hasta hoy. Un irlandés es como un argentino sin peronismo, y eso también me hizo sentir “como en casa”. Rápidamente nos llevamos bien, el estudiaba de mañana y cuando yo estaba por salir a la universidad él ya estaba tirado en el sillón abriendo la primer lata de cerveza. Cuando regresaba a la noche, seguía sentado en la misma posición, sin remera, y con un ejército de latas de cerveza vacías a su alrededor. Cuando a los seis meses se volvió a Irlanda intercambiamos camisetas de fútbol: él me dio la del Celtic, yo le regalé la de River. Fue nuestro pacto de convivencia, amistad y cerveza.

Un irlandés es como un argentino sin peronismo, y eso también me hizo sentir “como en casa”.

El departamento era frío y sucio, también feo, y una vez por semana lo teníamos que limpiar entre los tres. Pero me quedaba muy cerca de la Universidad de Barcelona y podía ir y venir caminando sin problemas. Almodóvar había filmado Todo sobre mi madre en esos años y la escena del circuito de los travestis se filmó en el lugar real en el que ellas paraban, detrás del estadio del Barcelona. Por ahí regresaba cada noche después de cursar, y me imaginaba a mí mismo dentro de una toma del propio director español. Muchas veces me imaginé como el protagonista de mi propia película y me podía ver desde afuera de mí mismo. Muchas de esas veces me miraba atravesando situaciones inauditas y grotescas.

Una de las cosas más maravillosas que aprendí en Barcelona, antes del 11 de septiembre y que el mundo vuelva a cambiar para siempre, era que nadie se metía en la vida de los demás, nadie te jodía. La libertad que descubrí en aquel año fue hermosa y renovadora. Podías hacer lo que quisieras mientras no molestases al otro, porque el otro te iba a molestar a vos. Barcelona era el paraíso: estudiaba a miles de kilómetros de mi casa, nuevos profesores, nuevos compañeros, nuevos seminarios. Salía bastante, caminaba de un lado a otro sin problemas y me divertía. Qué es la vida sino las libertades que buscamos alcanzar cuando nos vamos de la casa de nuestros padres. Además, todavía en ese tiempo, y especialmente en el ámbito universitario, el acento argentino era una rareza y fui rápidamente adoptado por la flora y la fauna catalana. ¡Cómo cambió el mundo de un momento a otro! Todo se rompió después del atentado a las Torres Gemelas, la paranoia estadounidense y europea trasformó el espacio público en un campo de batalla hostil. Nunca más fuimos libres.

Tenía una amiga fotógrafa catalana que trabajaba en la Fnac. La iba a buscar a la salida del trabajo. Ella me contaba sobre la heroína. Se pinchaba con su novio argentino, mayor que ella, psicoanalista. Se pinchaban en los tobillos y me los mostraba. La vida es un salto al vacío, no un salto de fe, sino un salto hacia la nada de la experiencia. A veces hay que cerrar los ojos y saltar, libertad o prisión, a veces no importa lo que hay en el fondo del mar. Aprendí a sacar y revelar fotos. Me compré una cámara Pentax para mi cumpleaños. Le sacaba fotos a mis amigos y a los amigos de mis amigos. Le sacaba fotos a los okupas y a los turistas, los guiris, como les decían mis compañeros catalanes. En un desalojo de una casa okupa a unas cuadras de mi casa cayó mucha policía. Los chicos se habían atado a las paredes con arneses, y otros habían puesto las manos adentro de cemento en un barril de combustible de los grandes por los que la policía pasó varias horas picando el cemento para sacarlos de ahí. Hice muchas fotos, me metí entre la gente. Estaba feliz. Volvía a casa por una calle paralela y dos policías de civil me agarraron, me pegaron un poco, me sacaron la cámara, la abrieron y arrancaron el rollo. La policía es policía en cualquier lado, no importa si la sociedad es más desarrollada o más tercermundista: policía se nace y policía se muere.

La policía es policía en cualquier lado, no importa si la sociedad es más desarrollada o más tercermundista.

El mozo-entrenador, que no recuerdo su nombre, por la tarde iba a trabajar y volvía de madrugada. Me prestaba su carnet de la asociación catalana de fútbol para ir gratis a ver al Barcelona de Rivaldo. Recuerdo un 3 a 2 contra el Valencia del Piojo López, empatado con una chilena increíble del astro brasileño. Después del partido la gente empezó a bajar al campo de juego, yo también bajé. Nadie nos detenía e íbamos pasando entre las butacas. Pasamos por una puerta y ya estábamos abajo. Entré al campo y pisé el césped más increíble sobre el que estuve en mi vida. Me llevé un pedazo de césped que arranqué y lo planté en el patio horrible de mi casa compartida. Si las primeras semanas estaba angustiado por la soledad de lo nuevo y el desarraigo, unos meses después estaba rodeado de un mundo que me hacía sentir “como en casa”, y ya había comenzado la universidad.

Era el año 2001 y Barcelona vivía en carne propia la problemática inmigratoria desde África. Fue lo primero que vi y sentí estando allá: las huelgas de hambre de los inmigrantes del norte de África en las iglesias catalanas. Las problemáticas sociales y culturales me introdujeron en un universo alejado de mí hasta aquél entonces. Ya nunca más pude regresar de aquello: los problemas culturales, pensar la alteridad, reflexionar sobre el otro, ese iba a ser mi mundo también. Ese año fue el despegue y el punto de partida de una vida obsesiva por la lectura y por el saber. Leí más de cuarenta libros (lo sé porque los tuve que contar para meterlos en la valija a mi regreso, y quedé sorprendido por la cantidad). Leí especialmente a Albert Camus y a Jean-Paul Sartre, y mucha poesía. Me tiraba en los jardines y plazas de Barcelona y pasaba horas leyendo, esa hermosa ociosidad sin tiempo que es la lectura liberada. Leí La divina comedia de Dante caminando, mientras iba de un lado a otro. Cuando regresé a la Argentina publiqué mi primer libro de poesía, La lucha eterna por la editorial Último Reino, alentado por su editor, Víctor Redondo, y apadrinado por una de mis poetas favoritas, Paulina Vinderman.

Para juntar plata, para mantenerme y para viajar trabajaba poniendo publicidad inmobiliaria en los vidrios de los autos. Eran hojas blancas de computadora que parecían escritas a mano con un marcador negro en la que aparecía el precio de los apartamentos en pesetas. Era una publicidad falsa: parecía que era el dueño el que estaba vendiendo su propia casa, pero al llamar al teléfono atendía la inmobiliaria. Sin darme cuenta viví y colaboré con la burbuja inmobiliaria española. Pasaba tres o cuatros horas todas las mañanas, con sol o con lluvia, caminando por los barrios de la ciudad catalana levantando los limpiavidrios de los autos y poniendo la publicidad ahí: sistemáticamente, mecánicamente, era un robot recorriendo las calles sin pensar, sin decir, pasando solamente el tiempo. Cantaba en voz alta. El tiempo, también son las formas que encontramos para perderlo y sobrevivir a los días. Solía parar y comer algo: entraba a un supermercado, compraba unas masas de hojaldre rellenas de crema catalana y me sentaba en la vereda a comer. Un día en pleno invierno, sentado y comiendo esos pasteles una señora pasó y me dio plata. Lo agarré sin decir nada. Nada le podía explicar ni decir. Agarré las monedas, me las metí en el bolsillo de la campera y seguí comiendo. Después me miré en el vidrio de un edificio: tenía la barba larga, tenía el pelo medio largo también, y una campera marrón de corderoy con cuero en el cuello. Sentado en la calle comiendo y mirando la gente caminar me dieron plata, como si la calle fuera mi lugar. Como canta Lennon, sólo estaba viendo las ruedas girar, dejando pasar la mañana, descansando después de tanto recorrer. Pero el dinero siempre viene bien, más aún de una vieja rica catalana. Ese año también dormí en la calle por primera vez: estaba en Madrid, los únicos dos días que viajé a Madrid en aquel año. Fui a ver a una amiga escritora, recorrí la ciudad, y me encontré con un primo segundo. Mi plan era quedarme con él pero él no tenía otro lugar para que me pueda quedar, y tampoco me lo ofreció. Le dije que no se preocupara, imaginando que iba a encontrar alguna habitación para dormir. Pero había algo que no sabía: los hospedajes y pequeños hoteles (los que podía pagar con la plata que tenía) se usaban los sábados por la noche como hoteles alojamientos y estaban llenos. Otra vez sentí la angustia del desarraigo. Seguí caminando durante la noche, entré a un bar a tomar una cerveza esperando que el tiempo transcurriera más rápido. Pero el tiempo se volvió más lento porque la angustia hace que el tiempo se detenga. Finalmente me acosté a dormir en el portal de un edificio madrileño abrazado a mi mochila. A las 6 de la mañana me metí en el metro, el que tienen un recorrido circular (creo que era la línea gris), y me quedé dormido en un asiento mientras hacía su recorrido. El tiempo circular que avanzaba, lentamente, con mayor velocidad. Al medio día fui a la estación y regresé a Barcelona. A mi primo segundo no lo volví ver nunca más.

Un día en pleno invierno, sentado y comiendo esos pasteles una señora pasó y medio plata. Lo agarré sin decir nada.

También viví el cambio de pesetas a euros. Todo muy rápido y, a pesar de la paranoia europea, todo también se dio de forma natural: de un día para otro los cajeros que daban pesetas y tenían cientos de ceros empezaron a entregaban euros, y todo valía menos de uno. Recuerdo los programas de la televisión explicando el nuevo mundo que asomaba. Lejos estaban aún de saber de los problemas actuales de la “identidad europea” detrás de la crisis del euro. Mientras tanto, Argentina explotaba y yo leía. Mis viejos y mis hermanos la estaban pasando muy mal. Yo estaba en una nueva galaxia imaginando una vida de escritura y pensamiento. Argentina explotó y yo dormía: eran las 4 de la mañana. Sonó el teléfono en mi casa y era mi viejo llorando, me contaba todo lo que estaba pasando en Buenos Aires y en Plaza de Mayo. Ingenuo prendí la televisión tratando de ver lo que ocurría. Pero eran las 4 de la mañana y no había ningún programa en vivo en la televisión española. Recién por la mañana vi las imágenes y leí los diarios. Volví a la Argentina unos meses después, casi a mediados del 2002. Pesaba 56 kilos, tenía el pelo rapado y la barba muy larga; regresaba también con todos los seminarios aprobados con sobresaliente.

Emmanuel Taub

Emmanuel Taub

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires; su trabajo en general se centra en el pensamiento judío y su revelación con la filosofía, la teología política y el lenguaje. Ha publicado "Mesianismo y redención. Prolegómenos para una teología política judía" (2014).

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