Una cuestión poética

Los recuerdos son desordenados. Aparecen los primeros libros. Aparecen los poemas rebuscados, barrocos e imperfectos que alguien solía escribir. Aparecen para no olvidar. Esto es Infancia y Memoria (tercera parte).

Más frágil que la memoria son los recuerdos. El olvido es soberano de nuestra vida. Crecemos y olvidamos. Crecemos y nos van quedando los detalles difusos de lo que vivimos. Y esta bien olvidar. Para qué recordar el dolor, si el dolor nos marca la carne como un hierro caliente. El dolor lo llevamos en el cuerpo, es la epidermis de nuestras experiencias, la huella que nos conforma. Por eso olvidamos, porque podemos despojarnos de los recuerdos del dolor, y porque el dolor nunca desaparece, nos constituye, son las cicatrices de nuestra subjetividad. El olvido es la estructura, la memoria es la superestructura de nuestro Yo. Recordar es un ejercicio: rememoración. Olvidar es la variable fija, el común denominador de nuestra animal humanidad. Somos animales del olvido.

A los diecisiete años decidí que quería dedicarme a escribir. No sabía bien qué quería escribir, pero quería escribir. En el secundario escribía poemas: rebuscados, barrocos, influenciados por la música que venía escuchando. Eran poemas imperfectos, pero escritos prolijamente en hojas blancas y lisas. Todavía sigo escribiendo a mano, en hojas blancas y lisas. A veces encuentro esos poemas entre mis cajas del pasado, y me río. Eran la continuidad de una lírica que mezclaba Dopádromo de los Babasónicos, Chaco de los Illya Kuryaki and the Valderramas y mis traducciones de los Rolling Stones. Era mi época “Stone”, pero la del Mick Jagger glam: tenía un pantalón Oxford azul que gastaba cada sábado cuando salía como mis amigos, usaba camisas que compraba en la 5ta Avenida y un pañuelo largo de seda violeta que había encontrado una vez en un boliche y me lo quedé. Íbamos mucho a bailar, y mis lugares favoritos eran los que pasaban rock (porque me gustaba bailar rock): el Condón Club, la Diabla, el Club 74.

Mis poemas eran deformes, en esa lírica autodidacta se mezclaba mi visión del mundo, el amor imaginario y los libros que leía. La escritura es autodidacta porque el impulso sale desde el medio de uno mismo, de una necesidad física. Recuerdo que se los mostraba a mi preceptor, que era el único que los leía y que me alentó a seguir escribiendo. Varias veces, de grande, lo volví a ver, siempre por casualidad, en algún bar o por la calle. Una de esas veces le agradecí, tímidamente, que me haya incentivado a escribir. Recuerdo su cara de no entender qué le decía cuando le agradecí, cuando le dije que ya tenía un par de libros publicados de poesía y que él estaba en mis agradecimientos imaginarios. Qué rara es la sensación cuando creemos que el otro registra todos los recuerdos que son importantes para uno. Tal vez, cuando en medio de los pasillos de ese colegio gris cemento sin terminar en medio de Villa Crespo, me dijo que siguiera escribiendo me lo dijo al pasar, para liberarse de un alumno que repetidamente le mostraba su incipiente escritura. Es imposible estar en la cabeza del otro, menos aún de los recuerdos que deberían tener sobre uno mismo.

Mis poemas eran deformes, en esa lírica autodidacta se mezclaba mi visión del mundo, el amor imaginario y los libros que leía.

Quería escribir y mi lenguaje era el poético. Así veía el mundo. Escribía poesía porque era más fácil, o eso creía. Me daba pereza pensar en escribir un cuento: esos detalles milimétricos que deben conjugarse para que sea una pieza perfecta ya me agotaban sólo de pensarlo. No creía en la perfección, y tampoco hoy creo en ella. La poesía era imperfecta, era poesía. La poesía es imperfecta, por eso su belleza. La poesía es el lenguaje de la imperfección y la deformidad. Y yo me sentía deforme. Me gustaba pensar en un mundo imperfecto que a través del lenguaje se volvía bello, se volvía vivo. Escribir es traducir el mundo en palabras, y la poesía es el lenguaje que más se asemeja a la naturaleza, porque en la superficie parece no tener reglas, ser caótico y desordenado, pero en lo más profundo de su ser, como en el de la naturaleza, el caos se convierte en lenguaje, encuentra reglas y regularidades, y la imperfección se vuelve belleza. La poesía es el momento en que ingresamos la mirada en el espacio para hacernos de un instante de tiempo.

Antes de querer escribir tuve que llegar a la literatura. De chico leía bastante: Tónico y el secreto de estado, Ami, el niño de las estrellas, El principito, Socorro de Elsa Bornemann –amaba ese libro–, Agatha Christie, y otros que no recuerdo sobre extraterrestres y estrellas. Pero también, un poco más de chico mi primer acercamiento a los libros fue con los comics de adultos: las revistas Fierro y otras de ese tipo. Mi papá, que junto a su familia eran los dueños del Hotel Roma en Bariloche, me llevaba bastante allá los fin de semana de chico o cuando salía del colegio. Mis abuelos paternos vivían ahí, Pola y José. Vivían en una habitación sin ventanas en un pasillo interno del hotel en uno de sus primeros pisos. Recuerdo eso porque subía siempre por la escalera, ancha y que daba una vuelta sobre sí misa y tenía que caminar para el fondo por un pasillo oscuro con alfombras bordó. Era una habitación muy grande, con una alfombra blanca y peluda que parecía el pelaje de un oso polar. Pasaba bastante tiempo en el hotel y mucho de ese tiempo estaba en la habitación de mis abuelos. Al lado de la cama había un mueble bajo blanco satinado, adentro de uno de los estantes sin cajones estaban todas las revistas de mi abuelo. Las ponía en medio del cuarto, en el piso, sobre la alfombra. Una columna de revistas delante de mí. Y me sentaba con los pies cruzados al lado de la gran columna y empezaba a mirarlas. No las leía, iba de página en página mirando los dibujos, imaginando las historias.

De chicos leemos por leer, como quien de pronto conoce un nuevo mundo. Leía, pero nunca de forma sistemática, menos aún como una forma de vida. Entre el fin de la primaria y el inicio de la secundaria algo cambió. Y uno de esos primeros cambios fue como consecuencia de mi profesora de Literatura de segundo año. Ya vivía en Buenos Aires, el colegio era nuevo, mis compañeros también. Venía de leer porque sí, a leer para aprobar esa materia que nos costaba a todos. Debemos haber leído diez libros ese año. Todo era diferente ahora: leer era analizar, leer era comprender, leer era rendir. Pero leer también se volvió una forma de sentir placer y tristeza: intelectual, espiritual y sexual. Dos libros de ese año me produjeron eso. Y aunque no recuerdo mucho el contenido, recuerdo las sensaciones. Los recuerdos también son sensaciones: la consecuencia física de haber atravesado esas páginas. Me pasó con Mi planta de naranja lima. Lloré mientras leía. También había llorado leyendo Ami de pequeño, y esa misma sensación de tristeza y llanto desconsolado la había experimentado cuando vi Bambi y King Kong en el único cine de Bariloche y mi vieja tuvo que sacarme de la sala. Con el libro de José Mauro de Vasconcelos volví a llorar de tristeza. Volví a sentir tristeza y desconsuelo. De alguna manera, comprendí que las palabras lastiman algo que está guardado muy adentro nuestro: la esperanza. La esperanza en un mundo bueno, o bello, o amable. Y nada de eso es real.

De chicos leemos por leer, como quien de pronto conoce un nuevo mundo. Leía, pero nunca de forma sistemática, menos aún como una forma de vida.

El otro libro era Ardiente paciencia de Antonio Skármeta. Pero con ese libro no lloré, sino que me excité. Sentí placer y entendí que lo erótico no pasa sólo por la imagen, que uno puede excitarse leyendo, solamente leyendo. También sentí vergüenza, no vergüenza de los que estaba leyendo, sino de lo que generó su lectura en el colegio. Por alguna razón que nunca terminé de entender, entre algunos padres del colegio se corrió la voz sobre la lectura de ese libro, y mi viejo –que leyó el libro en una noche para saber de qué se trataba– fue uno de los adultos que se quejaron con los directores del secundario por aquél libro, y que terminaron haciendo que la profesora saque el texto de la currícula y cuente delante de todos el motivo por lo que lo hacía. Era nuevo en la ciudad, era nuevo en el colegio, era nuevo junto a mis compañeros, y ya todos me conocían, no por quién era, sino porque a mis viejos les parecía “indecente” un libro. Nunca comprendí bien ese arrebato de conservadurismo berreta de mis padres. Especialmente porque nunca antes lo habían tenido, y nunca después lo tuvieron. Todo lo contrario: fueron los primeros en alentarme en iniciar mi vida sexual, los primeros en darme consejos, los primeros en darme libertad para hacer lo que quisiera, los primeros en darme plata para comprar preservativos antes de salir. Pero así son las corrientes cuando uno se sube en ellas, o vas con las masas o te quedás afuera. Y mis viejos también eran nuevos en la ciudad y en el colegio: los padres se quejaron y ellos no podían ser menos, tenía además que ser la voz cantante de la queja.

Y mientras escribo, recuerdo. Y la escritura se vuelve el ejercicio mismo de rememoración del pasado. Somos animales del desorden, los recuerdos son desordenados, y a medida que aparecen el resto se cubre de olvido. Hoy pienso en mis padres yendo al colegio a quejarse, junto a otros padres, de un fucking libro de Antonio Skármeta en el que el cartero de Neruda coge con su enamorada sobre una mesa de pool y sonrío. Dicho sea de paso, pensando ahora en el libro me doy cuenta que la musa del cartero se llamaba Beatriz, como la musa de Dante.

Los recuerdos son desordenados, como la memoria, que dentro del inmenso océano del olvido busca emerger, como islas, para dejarnos las huellas de lo que hemos sido.

Emmanuel Taub

Emmanuel Taub

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires; su trabajo en general se centra en el pensamiento judío y su revelación con la filosofía, la teología política y el lenguaje. Ha publicado "Mesianismo y redención. Prolegómenos para una teología política judía" (2014).

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