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Los hijos bastardos del 2001

Los hijos bastardos de 2001 fueron a la plaza. Para algunos era su primera manifestación “peligrosa”. Los palos y las piedras, los tiros y el dolor, ya les dejaron su huella.

Con Clara somos amigos hace apenas un año, pero el lunes 18 de diciembre nos sentimos más cerca que nunca. Habíamos sufrido nuestra primera represión.

Yo había ido a cubrir la última marcha del año como periodista. Ella quería acompañarme: ir en grupo es una de las múltiples precauciones para marchar que hoy circulan en las redes sociales y nosotros, tras ver lo que había ocurrido en manifestaciones anteriores, decidimos obedecer.

Entramos por Callao. Yo encontré lo que había ido a buscar y me abalancé: al final de la calle, un cordón de policías impedía a la gente avanzar. Una separación física y política.  Algunos manifestantes hablaban con la policía: “Déjennos pasar, nosotros somos el pueblo y ustedes también” susurraba uno. “¿No se dan cuenta que esta medida también les afecta a ustedes?” interpelaba otra. Mi celular registraba todo. Cada tanto giraba para buscar a Clara y quedarnos tranquilos de que estábamos bien. Ella cantaba con los otros cientos de manifestantes que habían llegado a Callao para protestar contra la reforma previsional que se estaba discutiendo en simultáneo en el Parlamento, a metros de donde estábamos. De nuevo: una distancia física y política.

Al grupo de manifestantes pacíficos, donde los jubilados se hacían notar a través de pancartas, se le fueron sumando violentos. La actitud de estos desentonaba con la del grupo: no hablaban ni cantaban, solo querían pelearse con los policías. Comenzaron a patear las vallas y arrojar botellas. El aire, que ya estaba espeso, se enturbió aún más cuando los policías respondieron con gases. Clara estaba preparada: al minuto se calzó el cuellito. A mi me prestaron un suéter. Nuestros ojos no estaban acostumbrados a los gases.

El aire, que ya estaba espeso, se enturbió aún más cuando los policías respondieron con gases. Clara estaba preparada: al minuto se calzó el cuellito. A mi me prestaron un sweater. Nuestros ojos no estaban acostumbrados a los gases.

La minoría seguía agitando. Era cuestión de tiempo para que suceda el estallido. Yo seguía hipnotizado con mi celular. La cara de Clara se estaba comenzando a brotar de preocupación.

En cuestión de segundos el cordón dio paso a un camión de la Policía de la Ciudad, que comenzó a perseguir manifestantes. Uno de ellos era un jubilado, que fue arrollado por el camión en su tronco inferior. Milagrosamente no sufrió daños mayores. Mi celular logró capturarlo.

No tuve tiempo para asimilarlo. En menos de un minuto estaba corriendo por Callao escapando de otros vehículos oficiales que se habían sumado. Se escuchaban gritos y balas de goma. Por primera vez en mucho tiempo no estaba pensando en nada. Solo quería correr. Delante mío corría Clara.

Logramos refugiarnos en un bazar. Mientras el dueño del local luchaba para bajar la persiana lo más rápido posible, con Clara estábamos en sintonía.

-¿Estás bien? -preguntamos al mismo tiempo.

No había palabras para más.

A Clara y a mi no nos prepararon para esto. Sabíamos lo que venia ocurriendo en estos últimos meses, sí. También tenemos en nuestra memoria relatos -de conocidos, cómo no- de hechos mucho más trágicos. Además estábamos bien: no nos había pasado nada. Al menos no por fuera.

Creo compartir otras cosas con Clara. Ambos venimos de familias donde la política es un tema más a la hora de comer. Ninguno tiene cruzada una historia familiar que condicione nuestro acercamiento a la política. En nuestros colegios también se discutía poco. Aunque ella seguramente me refriegue que formaba parte del grupo progre de la secundaria, nuestro primer acercamiento genuino se dio en la Universidad de Buenos Aires. “Qué tal compañeros y compañeras, como ustedes saben..”. Las primeras veces que este episodio tan cotidiano tenia lugar, intuyo que Clara, al igual que yo, sonreímos. Era nuestra forma de decir “llegamos”.

Nuestra relación con el 2001 es tan particular como ajena. No lo vivimos, pero de alguna forma está. Cada uno se incorporó a la política emergente de modo diferente. Algunos desde la apatía -que no deja de ser una posición política-, otros desde la militancia partidaria. Muchos otros desde los anti y etiquetas vacías. ¿Y el resto?

Nuestra relación con el 2001 es tan particular como ajena. No lo vivimos, pero de alguna forma está.

Intuyo que Clara también se incomoda cuando le preguntan de qué partido es. También sé que bajo ningún punto de vista va a permitir que la llamen indiferente. Sigo arriesgando: mucho menos después de episodios como los del lunes.

En un país como el nuestro, los cambios de gobierno no pasan desapercibidos. No deberían, pero para muchos significa una nueva normalidad. Para los que no estamos acostumbrados a las transiciones, implica conocer nuevas prácticas, nuevos modos. Algunas cosas nos habían anticipado, otras no. Esta en cada joven decidir si para bien o para mal.

Ir a una movilización se está volviendo peligroso. Qué te sugieran ir acompañado, con calzado cómodo para correr. Que tengas que avisar cuando llegas a tu casa. Digo “se está volviendo” más como una declaración de principios que una aseveración.

Ni Clara ni yo vamos a aceptar lo del lunes como algo normal. Por suerte hay otros miles de pibes que tampoco.

Llegamos.

Juan Elman

Juan Elman

Periodista especializado en política internacional. Estudiante de Ciencia Política.

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