La vuelta de la cacerola

Desde el jueves pasado se vivió un clima enrarecido frente a una controvertida reforma previsional motorizada por el gobierno. Mientras el Congreso debatía y sancionaba esta reforma, la calle mostraba escenas de protesta social -y de represión- que hacía tiempo no se veían.

El lunes 18 por la noche, mientras en el recinto la discusión estaba en un momento álgido, donde legisladores se acusaban unos a otros y los discursos eran vacuos y casi predecibles, el ruido en las calles se volvió a sentir, las cacerolas volvieron a ser de nuevo las protagonistas. Esta vez no se reclamaba porque el cepo cambiario restringía la posibilidad de veranear en el exterior, sino por un fin más ulterior, el recorte a uno de los sectores más vulnerables: los jubilados.

De a poco y sin césar, los vecinos, en las esquinas de los diferentes barrios porteños, se agrupaban, realizaban cánticos, algunos aplaudían, otros acompañaban filmando con el celular, todos intentando mostrar el descontento frente a una jornada negra. La más difícil de los últimos tiempos de democracia, con un Congreso que siguió legislando, a pesar de los actos de violencia que se vivían afuera, con una represión que no distinguió entre jubilados, manifestantes o periodistas.

Un Congreso que siguió legislando, a pesar de los actos de violencia que se vivían afuera, con una represión que no distinguió entre jubilados, manifestantes o periodistas.

El pueblo habló y lo hizo de manera contundente, pacífica y espontánea. Buscando expresarse, movilizándose, tratando de repudiar  además los excesos de la violencia institucional que reinó durante todo el día. Fue in crescendo hasta que en un momento la energía acumulada derivó en una caminata desde diferentes puntos de la Ciudad de Buenos Aires hasta el Congreso de la Nación, una masiva movilización inédita, un reclamo unívoco: “con los jubilados no”.

Soy de la generación del 2001, donde las cacerolas nos marcaron, donde vimos a nuestros viejos llorar por perder el trabajo, los que tuvimos que trabajar para ayudar a la familia, los que no llegamos a alcanzar los lujos de las mieles menemistas, y, todo lo contrario, nos vimos adolescentes en un diciembre álgido con las incertidumbres de un sistema que, un poco, nos abandonó. Crecimos inestables, conociendo las reglas del juego y así nos forjamos.

Durante todos estos años marchamos, creo que nunca paramos, lo hicimos cada vez que sentimos una injusticia. Lo seguiremos haciendo.

Las marchas del jueves 14 de diciembre y la del lunes 18 fueron un quiebre. Para muchos, implicó, por primera vez, sentir miedo en una manifestación, ante un Congreso militarizado, una enardecida Gendarmería que no distinguió y aplicó la mano dura, avalada por el gobierno nacional.

El lunes no hicimos más que confirmar esto. Miles de personas conocieron en carne propia la incertidumbre o la angustia de la violencia institucional. En las redes sociales, amigos, colegas, comentaban como habían sido víctimas de balas de goma, habían sido testigos de atropellos, vieron como se actuó con impunidad, asfixiados por gases lacrimógenos, sin que a nadie le importe mucho. Adentro, y a pesar de algunos intentos de querer interrumpir la sesión, nada fue suficiente y el oficialismo, acompañado por algunos otros partidos políticos, lograron su cometido: la reforma se convirtió en ley en la mañana de hoy.

Durante todos estos años marchamos, creo que nunca paramos, lo hicimos cada vez que sentimos una injusticia. Lo seguiremos haciendo.

No estamos acostumbrados a este tipo de fuerza de choque, no nos resignamos a que un pibe desaparezca o muera durante un operativo -como fueron los casos de Santiago Maldonado o Rafael Nahuel-, nos conmueve y nos duele, todavía no podemos creerlo.

Por primera vez, muchos acataron las minuciosas recomendaciones que diferentes organizaciones distribuyeron preventivamente frente a la posible situación de una detención arbitraria. “No vayas solo/a”, “lleva documentación”, “avisá donde estás”, entre otras.

Los lazos de solidaridad salieron fortalecidos a pesar de todo, esa fue una premisa que nunca se debilitó. A pesar de una clase dirigente sorda, los ciudadanos y ciudadanas salieron a la calle a protestar, conscientes de que los derechos adquiridos no se deben tocar. La ley fue aprobada en el recinto, pero en las inmediaciones resonó un repudio difícil de silenciar.

Foto de Federico Brocchieri (Facebook)

Lula Gonzalez

Lula Gonzalez

Es periodista. Nació en Salta y vive en Buenos Aires. Cursó estudios de periodismo en ETER, escuela de comunicación.

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