Jerusalén y la mecha de Trump

Donald Trump le regaló a Netanyahu un triunfo simbólico que éste pronto convirtió en una hazaña diplomática y en un logro político y personal. El primer ministro dijo que Jerusalén era la capital de Israel tal como París lo era de Francia. La situación genera tensión en Medio Oriente y contribuye a destruir la posibilidad de coexistencia de dos Estados: uno israelí y otro palestino.

El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu está en uno de los mejores momentos de su carrera. Una semana atrás, sin embargo, los miembros de la coalición que lidera empezaban a incomodarse con los casos de corrupción en su contra. Desesperado, Netanyahu esperaba el milagro que lo salvara. Y el milagro vino con el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel por parte de Estados Unidos. Como los buenos amigos, Donald Trump le regaló a Netanyahu un triunfo simbólico que éste pronto convirtió en una hazaña diplomática y en un logro político y hasta personal. El primer ministro dijo que Jerusalén era la capital de Israel tal como París lo era de Francia. Claro que decirlo en Francia, al lado del presidente Emmanuel Macron, que lo miraba bastante incómodo, le daba otro peso a su afirmación. En un solo movimiento Trump hizo explícito el apoyo de su administración a las políticas de Israel, incluida la ocupación de los territorios palestinos. Esa sola jugada alcanzó para sacudir a Medio Oriente.

Esta semana Vladimir Putin dio por terminada la guerra en Siria, un conflicto que en los últimos seis años consumió las energías y la atención de todos en la región. Tal vez por eso la decisión de Trump crispó los nervios del mundo. Porque vino a agitar la precaria estabilidad que tanto costó conseguir. En los hechos, el reconocimiento de Estados Unidos no implica la mudanza inmediata de su embajada desde Tel Aviv a Jerusalén, como obliga una ley votada en 1995 por el Congreso, ni un cambio en su posición respecto a las relaciones entre israelíes y palestinos. Pero rompió un consenso internacional que castigaba a Israel por haber anexado en 1980 la parte oriental de Jerusalén y proclamado la ciudad entera como su capital.

El reconocimiento de Estados Unidos no implica la mudanza inmediata de su embajada desde Tel Aviv a Jerusalén.

Jerusalén, la tierra santa, el epicentro del judaísmo, el cristianismo y el islam, es un lugar lleno de sentidos, donde se libran disputas, se encarnan los deseos y se ensaya una convivencia no exenta de desconfianza, más allá de las leyes, las fronteras y la política. Para los israelíes, Jerusalén es la capital de su Estado. Para los palestinos, también. Aunque su Estado sea por el momento solo una aspiración.

La protesta palestina en las calles de Gaza, Cisjordania y Jerusalén oriental, y sobre todo la respuesta del ejército israelí (con cuatro palestinos muertos confirmados), expresan una rabia latente, que suele autorregularse. A veces explota, pero siempre es administrada por Israel. En cambio, el anuncio de Trump fue humillante para la dirigencia palestina. A principios de octubre, los dos grupos que dominan la política palestina, Hamas y Fatah, habían sellado su reconciliación en El Cairo tras una década de desencuentros. Ahora Mahmud Abbas, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, una forma de gobierno autónomo que intenta mantener las cosas bajo control en Cisjordania, se encontró con una realidad desagradable: los medios parecen agotados.

Los acuerdos de Oslo, el único intento serio por resolver parcialmente el conflicto, fueron superados por la historia. La Intifada ─el levantamiento palestino o la guerra de las piedras─ regó de sangre los territorios. Los suicidas que hacían explotar colectivos y restaurantes en las ciudades israelíes reforzaron la ocupación. Los cohetes lanzados por Hamas consiguieron que Israel impusiera un bloqueo a Gaza. La violencia también fracasó. Al menos Yasser Arafat ganó el Nobel de la Paz por su aporte en Oslo. Su sucesor, Abbas, llegó al poder con la promesa de conseguir algo. Pero la voluntad es insuficiente para conservar un liderazgo.

Por si quedaban dudas, Saeb Erekat, el histórico diplomático palestino que encabeza las negociaciones con los israelíes, se ocupó de traducir la medida de la Casa Blanca: la solución de dos estados para dos pueblos, que defiende la creación de un Estado palestino en paz con Israel, agoniza. Los asentamientos israelíes en Cisjordania se siguen expandiendo. Cerca de medio millón de personas viven en ellos, ya sea por cuestiones religiosas o ideológicas, o por el precio de las viviendas. El gobierno israelí extiende permisos de construcción para sus ciudadanos mientras los palestinos ven sus tierras confiscadas, atravesadas por rutas que conectan las distintas colonias, y reducen los pueblos y ciudades palestinas a enclaves.

La solución de dos estados para dos pueblos, que defiende la creación de un estado palestino en paz con Israel, agoniza.

Jerusalén oriental está en manos israelíes desde la guerra de junio de 1967, cuando seis días bastaron para mantener una ocupación que lleva medio siglo. Esto explica que el discurso de Trump haya impactado de ese modo. Reconocer a Jerusalén íntegra como capital de Israel abre las puertas a un reconocimiento de los asentamientos ilegales en Cisjordania o, lo mismo, a la ocupación de los territorios palestinos.

Israel ya no tiene interés en una solución pacífica, sino en administrar el conflicto de manera eficiente. Y, ante la impotencia de sus dirigentes, los palestinos se inclinan por una alternativa: exigir iguales derechos en un estado para dos pueblos. En otras palabras, ser reconocidos como ciudadanos de Israel, una idea que podría alterar su equilibrio demográfico y su carácter eminentemente judío.

A Netanyahu no le preocupan los costos a corto plazo. Recobró el aire que necesitaba y contentó a sus aliados, muchos de los cuales viven o vivieron en asentamientos. En su libro Lords of the Land, Idith Zertal y Akiva Eldar reconocen que los palestinos no saldrán de la ocupación con un estado propio. La estrategia de “todo o nada” que eligieron las partes los llevó a esta situación donde Israel ha ganado más de lo imaginado y los palestinos tienen poco que ofrecer.

Si se le pregunta a un israelí, Cisjordania no es otra cosa que Judea y Samaria, una región cara a los sentimientos religiosos del pueblo judío. Y los palestinos hablarán de Ramala, Nablus, Haifa o Taibe sin diferencias, todas ellas parte de la Palestina histórica. Pese a los muros, los checkpoints y la línea verde, las fronteras parecen pura virtualidad. Intentan ajustarse, como los sueños de unos y otros, a una vida al margen de Netanyahu, Abbas y Trump.

Patricio Porta

Patricio Porta

Periodista y cronista. Escribe en Página 12 y forma parte del comité editorial de Letercermonde.com.

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