Con mis hijos no

¿Qué tienen en común la resistencia parental a hablar de Santiago Maldonado en las aulas avalada desde el gobierno y los festejos por la exclusión escolar de un niño con síndrome de Asperger? Entre la partida de nacimiento y el título de propiedad.

A propósito de la desaparición de Santiago Maldonado (antes de confirmar su hermano Sergio el hallazgo de su cuerpo), circuló en las redes sociales, la nueva arena de la nueva Roma que viene a reemplazar al antiguo ágora, el hashtag “con los chicos no” (lo escribimos como corresponde, sin holofrasear). En ese contexto, algunos docentes propusieron como tema a tratar en hora de clase la desaparición forzada de Maldonado, con su innegable reminiscencia de aquellas desapariciones forzadas, las que el Estado perpetró en forma sistemática entre 1976 (y aún antes) y 1983 (y, comprobamos tristemente, después también). Frente a esto, se impusieron, no sin el Troll Center de Marcos Peña como catalizador, una serie de reclamos de padres preocupados por la educación de sus hijos, aduciendo que la política y la escuela son cosas que sólo pueden -y, sobre todo, deben- ir en paralelo (y desconociendo así, porque tal fue su eficacia, que el sendero de ambas se yuxtapone).

Tan sólo una semana después de aquel hecho, que en el minuto a minuto de la posmodernidad cosechó su buen rato de aire televisivo, su buena cantidad de caracteres en la red del pajarito y sus numerosos posteos interminables en Facebook, de uno u otro lado de esa escisión que la estructura impone y que el lipídico operador llama “La Grieta” (así, con mayúsculas), para luego hundirse en los confines de nuestra memoria, sucedió lo siguiente: salió a la luz una serie de capturas de pantalla correspondientes a un grupo de “mamis” de un colegio del Conurbano en la cual podía leerse que las integrantes celebraban la exclusión de un niño con síndrome de Asperger del curso al que asisten sus hijos. Destáquese el siguiente mensaje: “Era hora que se hagan valer los derechos del niño para 35 y no para uno solo”, seguido de incontables signos de admiración. ¿No nos recuerda, acaso, a las demandas que «Doña Rosa» profiere con suma liviandad y que podríamos reducir a la frase “los Derechos Humanos son sólo para los delincuentes”? En fin, no es hacia allí a donde vamos.

Nuestra hipótesis es clara: hay un hilo conductor, diremos incluso un factor común, entre ambos sucesos. En los dos casos mencionados nos encontramos, sin ambages, con padres manifestando su rechazo, su negativa, a la institución escolar en tanto tal y, en última instancia, al Estado, y esto incluso cuando, en el segundo caso mencionado, se trató de una institución de gestión privada. Aun cuando la iniciativa de hablar de la desaparición de Santiago Maldonado no provenía de las altas esferas del Ministerio de Educación, aún cuando la escuela que separó a un niño que padece síndrome de Asperger es una institución privada, en ambos casos nos encontramos con una marcada oposición a la institución que el Estado presenta como ámbito privilegiado para la niñez y la adolescencia.

Es así como lo pronominal en juego en la frase “mi hijo” adquiere en nuestros días un matiz diferente. Esto lleva entonces a que un padre se sienta autorizado a rechazar toda norma, aún las de un ente superior a su autoridad como es el Estado, cuando se trata de sus hijos, si aquella es experimentada como amenaza para esa extensión de su propio narcisismo que es su progenie.

La historia reciente nos provee de múltiples ejemplos de esto último. Los más ruidosos son sin dudas los que involucran golpizas o maltrato al personal docente, disputas que hallan su raíz en la puesta en tela de juicio de su autoridad, antes que de su idoneidad. Recordemos, por ejemplo, a aquella mujer que, a viva voz, afirmaba que a su hijo lo cría “como se le canta la concha”, mientras amenazaba a una docente, y eso sólo por nombrar un caso que adquirió relevancia gracias a las redes sociales. Pero quien esté hallando en estas líneas una queja tanguera en favor de un pasado idílico en el que los niños obedecían, como Dios manda, a sus mayores, se sentirá defraudado: lo que nos importa no es volver al pasado, que solito se encarga de volver sin que nosotros opongamos demasiada resistencia, lo que nos importa es cómo entender estos fenómenos y, en última instancia, qué hacer frente a ellos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los fenómenos que encontramos no son sino rechazos de aquello que imaginariamente se presenta como peligroso, amenazante, para la coherencia de nuestro ser. En el caso del intento docente de tratar en clase la desaparición de Maldonado, se trató, ni más ni menos, que de desconocer aquello que viene por fuera de la caja de resonancia que nos hace oír nuestra propia voz o, mejor dicho, la voz de otros que resuena en la nuestra. Dicho de otro modo, lo que allí está en juego es rechazar como existente una verdad, concerniente a la gravedad de la desaparición de una persona con el Estado como responsable, en la medida en que ello contradice abiertamente lo que se supone que se debe pensar, y esto se articula de inmediato con el show de la política, que no hace sino ubicar todo hecho en dos compartimientos estancos, kirchnerismo y anti-kirchnerismo, de forma que hablar de Maldonado en las escuelas es kirchnerista, socava la unidad del pensamiento de esos padres y, por lo tanto, ha de ser prohibido. Pero lo central es que estos padres sienten el derecho de oponer su voz a la de la escuela.

Por el lado del niño con síndrome de Asperger, nos encontramos frente a otro fenómeno que nuestros tiempos ofrecen: el incremento de casos de lo que en los manuales diagnóstico ubicamos bajo la égida de los Trastornos del Espectro Autista. Si ese aumento se debe, precisamente, a dichos manuales que trazan un surco en lo real, es decir, que dan existencia a algo que en sí mismo no existe pero que, una vez nombrado, resulta evidente, o bien si es producto de la medicalización de la vida que va de la mano de los sistemas de diagnóstico, o bien si se debe a una respuesta frente al deseo del Otro que debemos considerar como propia de nuestra época, ¡o aún si la comida que comemos tiene pestes químicas tales que altera nuestro material genético!, es una realidad a la que el Estado, con sus notorias deficiencias, hace frente.

Ante esto, surge una política de integración escolar (que redunda en el «negreo» de trabajadores de la Salud Mental por parte de obras sociales), tendiente a incluir casos diversos que antaño eran derivados a las escuelas especiales. Pero lo que se nos presenta en el caso mencionado es una defensa frente a esa política de integración: en la medida en que un niño con algún trastorno del espectro autista puede resultar disruptivo a la normalidad que la escuela exige, es lógico pensar la inquietud de los padres de sus compañeros. Sin embargo, los festejos nos hablan de otra cosa, y es del sentimiento de triunfo sobre la diferencia, de eliminación de la alteridad que trastorna la calma.

¿Qué lleva, entonces, a un padre a rechazar de plano aquello que la escuela ofrece, sea una cierta concientización política, sea inclusión de la diferencia? La mercantilización de sus propios hijos. Verlos como mercancía, como un objeto que se inscribe en la serie casa-auto-cafetera a cápsula. Es así como lo pronominal en juego en la frase “mi hijo” adquiere en nuestros días un matiz diferente. Ya no se trata de una exigencia gramatical, sino de una verdadera declaración: “son mis hijos, de mi pertenencia, y por eso yo puedo hacer con ellos lo que quiera”, en un caso de posesión tal vez más extremo por la naturaleza del vínculo. Esto lleva entonces a que un padre se sienta autorizado a rechazar toda norma, aún las de un ente superior a su autoridad como es el Estado, cuando se trata de sus hijos, si aquella es experimentada como amenaza para esa extensión de su propio narcisismo que es su progenie.

Se requiere de una voluntad política real, no para contrarrestar los efectos del discurso capitalista en el campo social, sino para absorber aquello que produce como resultado.

Quizás achacarles a los padres un rol activo en esta lógica sea algo injusto y hasta osado, pero ello no los exime de la responsabilidad que les corresponde. Es cierto que el capitalismo y, más precisamente, el neoliberalismo gestan condiciones en el campo social que exacerban las disputas imaginarias (que, como vimos, pretenden eliminar lo diferente, encarnado en otro discurso político o bien en un niño con un determinado cuadro psicopatológico). Es a su vez cierto que el Estado colabora activamente en esto, no sólo siendo el agente sospechado de la desaparición forzada de una persona, sino proponiendo una política de inclusión que no es articulada minuciosamente. Esto último implica, por ejemplo, evaluar articuladamente con los profesionales tratantes, acompañantes, integradores y docentes la pertinencia o no de una integración y en qué términos habrá de llevarse a cabo. Esto no evitaría que eventos como el que tratamos aquí ocurran, pero podrían ser rápidamente neutralizados no por una vía moralizante, sino mediante el intento de inscripción de lo diferente como parte de la naturaleza.

Esta última posibilidad es probablemente la que debiera subsanar lo que el discurso capitalista cristaliza como modalidades del lazo social, si no fuera por el hecho de que se entrelaza activamente con él. Se requiere de una voluntad política real, no para contrarrestar los efectos del discurso capitalista en el campo social, sino para absorber aquello que produce como resultado. Se necesita una voluntad política efectiva que resalte lo político en juego en la educación, y lo político en juego en la inclusión de lo alter, pero cierto es que nada de todo eso se vislumbra como un horizonte posible.

 

Patricio Videla Sar

Patricio Videla Sar

Psicólogo de la UBA, docente en la cátedra II de Psicoanálisis-Escuela Francesa. Traductor.

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