Agustín Salvia: “Desde finales de los años 70, las villas dejaron de ser un lugar transitorio”

Agustín Salvia,  doctor en Sociología y director del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), explica el progresivo crecimiento de las villas. Un fenómeno que se inició en los finales de los años 70  y que presenta un desafío para todos los gobiernos.

57ed1a070fbd8_1420_Cuando se habla de pobreza se suele hablar de números, se comparan estadísticas y se discute si nos acercamos más a un 30% o a un 35%, pero es en general difícil encontrar explicaciones que ahonden en que está ocurriendo en la Argentina, por lo menos en los últimos 30 años. Existe un consenso extendido respecto de que la pobreza ha crecido y que, si bien hubo reducción de pobreza siempre que hubo crecimiento, existe un fenómeno que no existía en la Argentina: el de la pobreza estructural. De la mano de ese fenómeno se encuentra el del crecimiento de las los asentamientos urbanos informales, conocidos más popularmente como villas y asentamientos, símbolos del crecimiento del deterioro social.

A pesar del crecimiento experimentado en el país -sobre todo luego del 2003- eso no trajo aparejada la reducción de la cantidad de villas. Más bien ocurrió lo inverso: crecieron.

Según un informe elaborado por Techo, en un amplio relevamiento en siete territorios que representan el 60% de la población del país, hacia 2013 había 1834 asentamientos informales, que alojaban aproximadamente a 532.800 familias. Un relevamiento actualizado de la misma organización[1] arrojó que para 2016 había ya 2432 asentamientos, donde vivían 650.685 familias. Lejos de ser un fenómeno acotado a ese período entre 2013 y 2016, los números vienen creciendo sostenidamente, en especial a partir de los años 80 en adelante.

Para profundizar en las causas y no sólo en los números, conversamos con el Dr. Agustín Salvia, quien brindó precisiones e hiló más finamente en las explicaciones de esta situación.

 ¿Se puede señalar una fecha aproximada a partir de la cual se inicia este fenómeno de deterioro y de crecimiento de las villas como consecuencia?

El mayor problema que presenta la sociedad argentina –y que se viene incrementando en el tiempo- es que hay una parte de la población que parece sobrarle a este modelo político-económico. El fenómeno de la mano de obra que se formó en las villas de los años 50, 60 y 70, era distinto del actual. De hecho, para ser más precisos: no hay un solo fenómeno, y habría que hablar de varias etapas. A fines del siglo XIX y principios del siglo XX hubo un primer fenómeno, con la inmigración de europeos meridionales que llegaban a la gran ciudad de Buenos Aires o a otras ciudades de las pampas y se asentaban en los inquilinatos, que podría decirse que formaron las primeras villas y los primeros barrios pobres. Ese fenómeno, pasada esa época, volvió a resurgir como efecto de las migraciones internas de las zonas rurales más pobres del país a las zonas urbanas más ricas y dinámicas en términos industriales, sobre todo el gran Buenos Aires. Aquellas migraciones tenían como perspectiva la movilidad social: ir a un lugar donde había trabajo y mejores servicios, mejor calidad de vida. Eso fue un salto cualitativo para la sociedad argentina en cuanto a que incorporó importantes cantidades de segmentos pobres marginales de la población del interior hacia áreas que eran asentamientos informales, ‘villas miseria’,  como se las llamaba, que tenían un gran componente transitorio.

“El fenómeno de la mano de obra que se formó en las villas de los años 50, 60 y 70, era distinto del actual”.

¿Cómo era ese fenómeno? ¿Cuál era la conducta de la población de esas villas?

Había mucha fluidez. Había tanto entrada como salida. Era una etapa transitoria, se salía en tanto la gente conseguía un trabajo, o conseguía un crédito y compraba un lotecito y se construía su casa en el conurbano. Lograba un proyecto de movilidad y salía de la villa, para que llegaran otros, que buscaban un lugar donde residir en la ciudad y cumplir con el mismo objetivo, que era sobre todo salir de la villa. Ese fenómeno duró hasta los años 70. En esa época se estancó el proceso. En la etapa de la dictadura y sobre todo hacia los 80 ya no era tan fácil, sobre todo por la crisis económica y ocupacional, por la desindustrialización que trajo aparejada la dictadura. Las villas dejaron de ser un espacio transitorio. Se detuvieron también los programas de ventas de lotes populares y comenzó  un proceso de transformación más complejo, que fue el de las áreas urbanas periféricas que comenzaron a ser, en los 80, barrios cerrados para las clases medias. Los lotes de los conurbanos comenzaron a aumentar de precio. Eso volvió a ocurrir en los 90 y en los 2000 sistemáticamente, con el avance tanto de la sojización, los shoppings y los countries, lo que generó que los conurbanos de las grandes ciudades aumentaran de precio e hizo que fuera menos negocio para los propietarios que vendieran sus lotes a sectores populares. Era mejor venderlos a esos emprendimientos inmobiliarios. Las villas, entonces, comenzaron a constituirse en un espacio que ya no era de movilidad, sino de residencia permanente, y que siguió concentrando población de migraciones internas y limítrofes. El crecimiento, además, se vio favorecido por la pobreza que se venía generando a fines de los 90 y sobre todo en los 2000, que fue un empujón grande de crecimiento. Más aún con el contexto del avance de la frontera agrícola producto de la sojización, que volvió a expulsar una cantidad importante de población rural, pobre y campesina, tanto en nuestro país como en Paraguay, Bolivia, Perú. Muchos de esos inmigrantes vinieron hacia la Argentina por los mejores servicios públicos de nuestro país. Eso generó una alta concentración, sobre todo en la ciudad de Buenos Aires, donde aproximadamente el 40-50% de los habitantes de las villas son inmigrantes. No así en el conurbano, donde sólo el 15-20% son inmigrantes. El resto en general son migrantes internos afectados por el avance de la frontera agrícola.

Es ahí donde se va concentrando una pobreza estructural. Segmentos que no tienen capacidad de comprar una vivienda, o un lote, y que encuentran en ese espacio un lugar donde desarrollar su afincamiento definitivo. Incluso, si les va bien en el trabajo, o logran hacer algunos negocios informales buenos, o se meten con la venta ambulante y controlan puestos en ferias y logran apropiarse de lotes en las villas comienzan los procesos de alquiler en las villas. Uno puede encontrar ‘casatenientes’ en las villas, que alquilan a otros villeros, así como narcotraficantes, que encuentran en las villas un reducto donde esconderse. También hay organizaciones delicitivas que se instalan como mafias y, por ejemplo, desarman autos robados. Estos grupos delictivos conviven con gente que quiere trabajar, que debe alquilar porque no consiguen una vivienda en mejores condiciones porque son trabajadores informales, precarios, jóvenes de villeros que no tienen un lugar donde vivir y sus padres les construyen un piso arriba de sus casa… Todo eso florece fuertemente en los 2000, facilitado porque hay más trabajo informal y más capacidad de tener dinero en el bolsillo, comprar ladrillos y mejorar las condiciones de la vivienda, pero con una fuerte ausencia en el Estado en cuanto a dotar de servicios públicos, de urbanizar o integrar a la ciudad, muy al margen de la intervención del Estado –que lo veía como un problema muy complicado, al tiempo que tampoco introducía programas de urbanización en la periferia para los sectores populares, capaces de darle una salida a quienes buscaban una vivienda. Las villas, así, comenzaron a crecer hacia adentro y hacia arriba, o incluso hacia los bordes más periféricos. También comenzaron a crecer a salto de rana.

villas1¿Qué significa que crezcan ‘a salto de rana’?

Hacia el tercer cordón del conurbano. Con tomas de tierra en el tercer cordón. Van creciendo a saltos, ocupando tierras públicas o privadas.

¿Se podría decir entonces que el proceso empezó con la dictadura y fue creciendo de la mano del modelo socioeconómico que se instaló en esa época y se profundizó en los 90 y 2000?

Sí, lo que se podría llamar el modelo neoliberal, o extractivista y rentista. Es sobre todo un producto de la desindustrialización del país que ha dado pocas oportunidades de inserción laboral formal, que mantiene a estos trabajadores como un excedente de fuerza de trabajo. Aunque yo diferenciaría el proceso de fines de la dictadura, en los 80, con el proceso de los 2000.

¿Por qué?

Los diferenciaría en el sentido de que todavía en los 90 no estaba tan instalada dentro de las propias villas y asentamientos informales la estrategia del asentamiento definitivo. Todavía estaba la perspectiva o la expectativa de movilidad. No podían salir, pero había estrategia de salida.

“El crecimiento de las villas se vio favorecido por la pobreza que se venía generando a fines de los 90 y sobre todo en los 2000”.

¿Hoy en día esa población ya siente que no puede salir y se siente habitante?

Exactamente. No ven que le convenga salir, ni que pueda salir. De hecho, de esto se ha tomado la agenda de urbanización -sobre todo en la CABA- que ya no habla de urbanización, sino de integración urbana.

¿A qué le atribuirías esta nueva conducta?

La falta de trabajo formal y la falta de terrenos empujaron el crecimiento de los asentamientos informales, pero esta estrategia que mencionamos se terminó de consolidar por otros factores. Lo ubico en dos fenómenos que introdujeron movimiento de dinero efectivo en los barrios: la recuperación del mercado de trabajo informal –los cuenta propia, el crecimiento de talleres de La Salada, la venta ambulante- es decir, un fenómeno de crecimiento económico que generaba dinero dentro de las villas y propició que hubiese más plata para invertir en el afincamiento de la vivienda: en traerse el agua de algún lado, pelear por la cloaca, conseguir electricidad, introducir la telefonía móvil, que resuelve la falta de teléfono fijo. Es decir, el acceso a bienes y servicios que antes no existía en las villas y a un mejoramiento relativo de las condiciones de vida, por la mayor capacidad de invertir en la vivienda.

O sea que el crecimiento económico luego de la crisis del 2001 ayudó a consolidar el crecimiento de las villas.

Exactamente. Ese es uno de los criterios. El otro factor es el narcotráfico. El fenómeno del narcotráfico y el narcomenudeo en las villas produjo la constitución de elites que no pretendían salir de las villas sino afincarse en ellas como una especie de territorio propio. Un narcotráfico local, no de gran escala. Como los grupos que están en la villa 1-11-14 o en Rosario. Son grupos que pertenecen a la villa y no vienen de afuera. Son organizaciones a la vez criminales y solidarias con el barrio, que toman posiciones de liderazgo social y comunitario, y que hicieron que fluyera más dinero dentro de las villas.

¿Tienen un rol social legitimado en las villas?

Sí, claro. Ese es el problema. Arman estructuras de protección, contratan jóvenes, hacen un encadenamiento de vendedores, proveedores, productores de paco, por ejemplo. Generan estructura dentro de la villa. Esas estructuras no estaban en los 90. Cualquier proceso de integración urbana que se impulse va a encontrar un límite en todas esas estructuras. Los gobiernos van a tener que enfrentarse a esas estructuras para producir procesos de urbanización o de integración. O, en otros casos que ha habido, de negociación con esas estructuras.

Pero entonces, ¿qué estrategias deben tener los estados, tanto provinciales como el Estado nacional? ¿Por qué hasta ahora fallaron?  Es un fenómeno que lleva al menos 30 años…

Hagamos algunas aclaraciones antes. Ya no es lo mismo hablar de villas en cualquier lugar del país o incluso en la ciudad de Buenos Aires. Hay que diferenciar las villas que están en el segundo o tercer cordón del conurbano que las que se han creado como enclaves barriales dentro de una estructura urbana integrada: la villa de Retiro en Buenos Aires, o en San Isidro La Cava, por citar dos ejemplos. En estos casos, la ‘extracción’ o erradicación de estas villas para darles otro espacio urbano es muy difícil. Además, la gente no quiere. La alternativa a eso es básicamente la integración urbana: mejorar el hábitat, proveer de servicios públicos, brindar seguridad, es decir, integrarlos a la ciudad. Darles título de propiedad, o al menos certificado de tenencia. La ciudad de Buenos Aires lo ha venido haciendo muy bien, aclaro este punto, llevando adelante experiencias piloto muy buenas, como en la Villa 31, la Rodrigo Bueno, o la Villa 20, porque convocan a la gente a participar, a planificar el espacio urbano, cómo dotar de calles, iluminación, servicios, y no sólo cuestiones como hacer una canchita de fútbol, sino hacer un lindo campo deportivo donde los chicos compitan con otras escuelas, por ejemplo. No resuelven el problema, pero son interesantes. Es una política distinta a sacarlos y darles una vivienda en otro lugar. Algo parecido es el Plan Abre en Rosario y Santa Fe, que también es una política de integración. En otra línea también lo han hecho Mendoza o Córdoba. En algunos casos, por ejemplo, Córdoba ha hecho erradicación, tanto porque estaban en lugares que no pueden estar, como por presiones de negocios inmobiliarios.

Es decir: las políticas de integración, que consisten en dotar de infraestructura, poner una escuela, proveer de servicios públicos, recreación, la luminaria y certificados de propiedad son políticas correctas. Tienen un problema: por un lado, enfrentan las redes de narcotráfico y, por otro, a los casatenientes, que son dueños de varias casas y departamentos y alquilan mediante un sistema de inquilinato ilegal y abusivo. El Estado no puede legitimar a ese casateniente que no tiene condiciones adecuadas de la vivienda y alquila en forma ilegal. El Estado tampoco puede legitimar a la bandita vinculada al narcotráfico que opera ahí. Son problemas que tienen los estados cualquiera sea el color: Santa Fe, socialista, Cambiemos en CABA, o peronista en Córdoba o Salta.

31977Además con el agravante de que algunas de esas organizaciones delictivas cuentan con legitimidad

Exactamente. Parte del desafío de las políticas de Estado es quitarles esa legitimidad o crear una legitimidad alternativa. A veces lo logran. Pero eso significa mover recursos: trabajo a los jóvenes, por ejemplo, generar alianzas que sean una resistencia, como por ejemplo las parroquias, que cumplen un rol.

Esas villas, las enclavadas en el primer cordón o en la ciudad, son las que tienen menos marginalidad y pobreza estructural. No es que no haya pobres o indigentes, pero es ahí donde, uno podría decir, vive ‘la crema’.

O sea que dentro del universo de la marginalidad de quienes viven en las villas, los menos marginales entre los marginales son los que viven en las villas en enclaves urbanos.

Exactamente.

¿Y los más marginales donde viven?

Como decía antes, son los que están en el segundo o tercer cordón, o sea los que están en la zona de frontera. Padecen muchos problemas: ni siquiera llega el Estado con la luz eléctrica, o las cloacas, o con agua corriente, o con la seguridad. Son los espacios en donde no ha podido estructurarse una situación de urbanización. Viven en la marginalidad, teniendo largas horas de viaje con malos transportes a los lugares de trabajo, tienen que proveerse de agua corriente a través de bombas, por ejemplo, lo que les trae costos adicionales, la inseguridad es mucho mayor y están más expuestos, porque suelen llegan ahí a través de tomas de terrenos y quedan a merced de una cooperativa, o de algún grupo piquetero u organización social, que a veces tiene buenas intenciones y honestidad y colabora en un proceso de urbanización, pero otras veces son formas de chantaje y explotación económica. Hay de todo. Tenés la Tupac Amaru, en Jujuy, con organización política y servicios –más allá de que pueda haber corrupción o no-, o tenés bandas vinculadas a la política, al municipio, punteros, que organizan una toma con cierta legitimidad sacando gente de villas o barrios, cobrándoles por llevarlos y darles protección. Eso proliferó muchísimo durante los 2000.

¿Por qué no se detuvo?

En ese contexto, el conurbano bonaerense, entre el 2001 y 2010, creció 1.300.000 personas. Por crecimiento demográfico y por migraciones. El desafío durante esa época fue llevarle servicios a toda esa gente. Y no llegaron los servicios. Se llegó a las clases medias bajas, hasta el segundo cordón. No llegaron al tercero. ¿Por qué no se detiene? Porque no hay políticas. Necesitás grandes inversiones en infraestructura que deberían, a su vez, estar acompañados de compras de tierra y expropiaciones de algunos terrenos privados. Hace falta un plan preventivo que involucre compra de terrenos, planificación urbana y acceso a los créditos.

 El Estado corre detrás de los hechos. No existe una estrategia preventiva y los planes que hay alcanzan sólo a la clase media, como el Procrear.

Exactamente. Lo que se está teniendo son estos programas que te mencioné antes: el Abre en Santa Fe, o los planes de urbanización en CABA, pero sólo en esos enclaves urbanos. Cuando vas avanzando hacia el tercer cordón, o hacia los conurbanos de otras ciudades, no hay nada, o hay poco. O llegan, pero por ejemplo, con el carro de agua, con aguateros, o con un servicio de recolección de residuos que pasa una vez a la semana. Pero no existe un cambio cualitativo que vendría de la mano de crear escuelas, clubes, espacios recreativos, infraestructura, apoyo para los procesos de construcción.

tumblr_nbuk3prc4i1rf9hn3o1_1280¿Cómo es la situación en otras ciudades?

Mendoza y Córdoba lo están intentando regularizar. Rosario también, a través del plan urbano. Pero hay desbordes.

Pero entonces, si tanto Córdoba, como Mendoza, Rosario y la CABA lo intentan contener, pareciera como que la provincia de Buenos Aires es la que está más a la deriva.

Sí. Había un plan del gobierno de Scioli, pero era decorativo. Era ir y poner una canchita, y nada más. O darle dinero a una cooperativa para mejorar algún club. Un plan intermitente, nada regular, de baja inversión y densidad. No una política integral.

Entonces si uno quisiera pensar en un plan integral tendría que ser nacional, y a largo plazo

Sí. Tendría que ser nacional, federal –pues debería hacerse con la intervención de las provincias y municipios- pero con un financiamiento integral y una matriz integral que ponga condiciones a esos procesos para que la provincia o el municipio no lleve esa plata a cuentas corrientes y se gaste en otra cosa, sino que se haga efectivamente la inversión. Necesitás como estado nacional planificar, pero darle la posibilidad de ejecutar a la provincia o al municipio, porque ellos saben mejor cómo, por dónde, con quiénes, porque conocen el territorio. Como Estado nacional no podés llevar un enlatado, porque cada realidad tiene su particularidad.

¿Existe un plan nacional en la actualidad?

En principio sí. Desde el Ministerio del Interior se elaboró un mapa de villas y asentamientos en todo el país, recurriendo a muchas fuentes, entre ellos datos nuestros, o de Techo, por ejemplo. Se logró hacer un mapa de todo el país, incluso con cierta clasificación, y se identificaron unos cientos de barrios donde van a intervenir.

¿Por qué no es público el plan?

Porque aún está arrancando. Tiene que articularse con los sectores provinciales y municipales, hacer acuerdos con provincias y municipios –hay que pensar que el Estado nacional no puede decidir sobre un terreno que es de propiedad provincial, por ejemplo. Eso todavía no inició. Aún falta ver cómo se desarrollarán esos acuerdos, y cuáles serán los resultados.

 

[1] Vease http://www.techo.org/paises/argentina/informate/1-de-cada-10-personas-vive-en-asentamientos-informales-segun-el-relevamiento-2016-de-techo/

Esteban Sargiotto

Esteban Sargiotto

Licenciado en Letras y periodista. Es colaborador especial de La Vanguardia.

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