Hijos de la ideología

El flamante ministro de Agroindustria dijo que las múltiples voces que advierten sobre la problemática de los   agroquímicos son “planteos agoreros y apocalípticos” e “hijos de la ideología”. No obstante, se acumula evidencia de los riesgos severos que entraña el descontrolado uso de esos venenos.

El martes pasado una reducida movilización reclamó en Entre Ríos para que el Estado se disponga a poner límites al uso desbocado de agroquímicos, que en esta provincia (y en la región) acumula cada vez más indicios de su conversión en un problema de alcances impensados y aún desconocidos.

Los informes de aumentos de casos de cáncer en diversas ciudades entrerrianas (en algunas, como San Salvador, con una alarmante incidencia), los análisis de docentes rurales con rastros de pesticidas en su metabolismo, la constatación de la presencia de agroquimicos en las aguas y los peces de los ríos Uruguay y Paraná, la intoxicación de escolares y docentes por fumigación áerea -que produjo la primera condena judicial-, la profusión de “envenenados” en diferentes pueblos de Entre Ríos pero también en el resto del país, el triste récord mundial de presencia de glifosato en el suelo entrerriano, y el singular caso de la exportación de miel oriental rechazada en Alemania por la presencia de glifosato en el alimento, son indicadores de que el problema no es un delirante producto de algunos profetas apocalípticos.

Sin embargo, la respuesta del flamante ministro de Agroindustria ante estos cuestionamientos sorprende por su dogmatismo: no hay problema, dice Luis Miguel Etchevehere, lo que hay son “hijos de la ideología” que ven fantasmas.

Mientras los medios de comunicación se abocan al único tema que (creen) reditúa en estos días, no son pocos los pobladores que se anotician del creciente drama del uso descontrolado de los agroquímicos cuando se topan con la noticia en un medio del exterior, por ahora más preocupados por estas temáticas que sus pares domésticos: hace pocas semanas, el diario francés Liberation le dedicó una doble página a las “écoles fumigées” y a los niveles de glifosato en Entre Ríos (ver ilustración).

Las palabras del ministro Etchevehere fueron brutales: “No pretendan frenar la producción en nombre de una imaginaria pureza ambiental”, dijo.

Y se siguen sumando paradojas, ya que la legislatura de esa provincia prohibió por ley el fracking, técnica que en la provincia no se utiliza (como tampoco ninguna otra para extraer petróleo o gas), pero mientras tanto se niega a discutir el modelo de agronegocios –así como el “festival” de glifosato y otros venenos que se acumulan en el aire, los suelos y las aguas– con técnicas que sí se utilizan regularmente y que están produciendo situaciones alarmantes en toda la región.

Algunas ciudades de esa provincia han optado por restringir o prohibir el uso en sus jurisdicciones, lo cual es señalado por especialistas como una medida de buena voluntad pero absolutamente inocua: el glifosato se dispersa por el aire y las aguas. Salvo que encierren a sus ciudades en una cúpula ¿de qué manera piensan restringir el impacto?

Por eso las palabras del ministro Etchevehere –quien es productor rural, además de socio de testaferros del ex gobernador Sergio Urribarri, actual titular de la Cámara de Diputados, en las acciones de El Diario de Paraná– fueron brutales: “No pretendan frenar la producción en nombre de una imaginaria pureza ambiental”, dijo. “Imaginaria”, como para que quede claro: “Si ya está todo contaminado ¿qué diablos quieren proteger?”, le faltó decir.

El flamante encargado de Agroindustria agregó que las advertencias sobre los agroquímicos son “planteos agoreros y apocalípticos” e “hijos de la ideología”.

Es que en verdad hay que estar muy identificado con una ideología cerrada y dogmática, atada a intereses muy específicos y poderosos, para negar el desastre que están produciendo los usos descontrolados de los agroquímicos. Científicos decentes, no cooptados por el esquema de los agronegocios, han producido ya suficiente información, refrendada por controles metodológicos y evidencia contrastable, que exhiben el daño causado por los agrotóxicos en el ecosistema, en los suelos, el aire, la tierra, los animales y los humanos que vivimos en ella. Incluso el SENASA, intimado judicialmente, dio a conocer datos preocupantes que surgen de sus propios estudios.

Que el ministro niegue todo eso permite entrever que es él quien razona como un “hijo de la ideología”. Al igual que su colega el ministro de Ciencia y Tecnología Lino Barañao –también entrerriano– que pocos años atrás, ya siendo ministro, dijo que el glifosato “es, prácticamente, agua con sal”.

Es crudamente simbólico: dos figuras que estuvieron de ambos lados de la supuesta grieta muestran las profundas coincidencias que existen entre los presuntos contendores de las disputas entre los sectores dominantes de la sociedad argentina, ya sea en su versión seudoprogre-populista del kirchnerismo o en la versión neoliberal-neodesarrollista del macrismo en el gobierno.

Para todos ellos, el asunto de los agroquímicos –casi como cualquier otra cosa– es solo una cuestión de números. Lo dijo sin tapujos el titular de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), Pedro Vigneau, en referencia a la indecisión europea sobre el glifosato: advirtió que para la Argentina la posibilidad de restringir el uso pondría en juego casi 9.000 millones de dólares y condenará a los productores de cinco millones de hectáreas a abandonar la agricultura. Una cuestión de mucha plata, como puede verse. Pero hay más: también dijo que “el costo ambiental de la medida es incalculable y representará un retroceso para la sustentabilidad de la región”.

Remarco: “Incalculable”. Y en efecto es incalculable, porque se niegan a calcularlo. Eso es lo que en las discusiones en economía y en filosofía política se denomina “externalidades negativas”.

Una externalidad es el “efecto (que puede ser negativo o positivo) de la producción o consumo de algunos agentes sobre la producción o consumo de otros, por los cuales no se realiza ningún pago o cobro”. Eso que no se calcula, pero que es resultado de la producción. Para bien o para mal.

Si las externalidades negativas se tuvieran en cuenta, es decir si los sectores dominantes tuvieran que hacerse cargo de los gastos que ocasiona la contaminación en la salud de la población y la degradación del ambiente, la rentabilidad sería otra muy distinta.

Las externalidades son clasificadas en “negativas” cuando una persona o una empresa realiza actividades pero no asume todos los costos, y los traspasa a otros, habitualmente la sociedad en general; y “positivas”, cuando esa persona o empresa no recibe todos los beneficios de sus actividades, con lo cual otros –habitualmente la sociedad en general– se benefician sin pagar.

Si las externalidades negativas se tuvieran en cuenta, es decir si los sectores dominantes tuvieran que hacerse cargo de los gastos que ocasiona la contaminación en la salud de la población y la degradación del ambiente, la rentabilidad sería otra muy distinta. Entonces ¿no será hora de empezar a calcularlas?

Claro que con el ministerio de Agroindustria y el de Ciencia y Tecnología en manos de “hijos de la ideología”, no parece probable que eso suceda. Para no mencionar el de Ambiente, que parece algo así como “el sobrino pavote” de la ideología.

Por eso es relevante que sean las comunidades las que empiecen a reaccionar. De otro modo, nuestras clases dominantes y nuestros funcionarios “hijos de la ideología” solo reaccionarán cuando Europa, China o los demás compradores comiencen a rechazar todo lo que vaya desde estas pampas, como ya comenzó a pasarle a nuestros vecinos con la miel del que alguna vez fue “Uruguay natural”.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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