La mente de los asesinos

La mente criminal, la investigación, el asesinato y la perversión. De eso va Mindhunter, la serie de David Fincher sobre la división del FBI que produce escalofríos en Netflix.

Contemplando el cráneo de Giuseppe Vilella en una fría mañana de noviembre, Cesare Lombroso tuvo una revelación: “Me pareció ver todo de repente, claro como una vasta llanura bajo un cielo resplandeciente”. Vilella había pasado los últimos siete años de su vida en una cárcel de Calabria condenado por robar distintos tipos de queso e incendiar un molino. Cuando Lombroso examinó su calavera, observó una extraña depresión en la zona occipital que le recordó a los roedores y una hipertrofia del vermis (porción del cerebelo) que, si bien era extraña en las razas inferiores, se encontró con frecuencia (40%) en las tribus Aymaras de Perú y Bolivia. Lombroso unió los dos cabos de su estudio y selló para varias generaciones la idea del atavismo del criminal: su conducta se explicaba por una inferior evolución física y psicológica. El año era 1871 y así nacía la criminología moderna.

Un siglo después, John E. Douglas, un agente del FBI que presentía que el crimen había cambiado y que su agencia no lo entendía, comenzó a entrevistar a reputados asesinos para comprender algunas razones de su desviación, de su conducta antisocial. Uno de los primeros fue Edmund Kemper, un californiano de dimensiones monstruosas (2.06 metros de alto) conocido como “el asesino de las colegialas”, autor de al menos siete crímenes atroces y entusiasta de la necrofilia y el canibalismo. Douglas examinó la mente del ampuloso criminal y tuvo una revelación: los monstruos podían ser hombres cultos y agradables, personas, al menos aparentemente, “normales”.

Lombroso unió los dos cabos de su estudio y selló para varias generaciones la idea del atavismo del criminal: su conducta se explicaba por una inferior evolución física y psicológica.

La serie que acaba de estrenar Netflix está basada en las memorias de Douglas y reconstruye la historia basal de uno de los fetiches predilectos de Hollywood: los asesinos seriales. En 1991, el fenómeno de El silencio de los inocentes (ganadora de las 5 principales categorías de los Oscar) prácticamente inauguró un género que tendría varios puntos altos. Thomas Harris, autor de los libros de la saga del Dr. Hannibal Lecter (sobre la que también se basó el film Manhunter de Michael Mann, de 1986), había sido alumno de Douglas en uno de sus cursos sobre comportamiento criminal y de allí extrajo aquella idea de la consultoría con una mente asesina brillante para perseguir a otra de similares características. De hecho, el personaje Jack Crawford (Scott Glenn en la película de Jonathan Demme), mentor de la joven Clarice Starling (Jodi Foster), está directamente inspirado en Douglas. Tanto el espeluznante Dr. Lecter que encarna Anthony Hopkins como el asesino Buffalo Bill están construidos sobre distintos casos reales, algunos de los cuales forman parte del portfolio de perfiles de Douglas, entre los que se destacan Charles Manson, James Earl Ray (asesino de M. Luther King), Ted Bundy y el Unabomber, Theodore Kaczynski.

Dos de las películas que mejor siguieron el linaje de Lecter fueron dirigidas por el productor ejecutivo y director (de los primeros episodios) de Mindhunter, David Fincher: Seven (Pecados Capitales), de 1995 y Zodiac, de 2007. En la serie, Fincher ya no se ocupa tanto de retratar esa especie de malignidad artística o mística y su pesquisa sino de reconstruir, a través de esta historia real, una pregunta por lo aberrante, lo inhumano, lo que está fuera de todo parámetro moral y racional: eso que no se puede explicar.

EL SHOW DE LOS MUERTOS

En Mindhunter, Douglas se llama Holden Ford (Jonathan Groff) y se conduce con pretenciosa ingenuidad entre policías retrógrados, académicos hippies y jefes desanimados. Su experiencia como negociador de rehenes lo enfrentó a la necesidad de conocer la mente criminal y lo depositó en la Unidad de Análisis de Conducta del FBI, donde acompaña al agente Bill Tench (Holt McCallany) para dar cursos sobre el tema en destacamentos policiales de todo el país. A Ford lo guía un desconcierto, “¿qué buscamos cuando el motivo no es claro?”, y una convicción: los crímenes se pueden resolver elaborando perfiles de posibles criminales. Allí radica su interés por conocer a los más famosos asesinos de los Estados Unidos y preguntarles por su método y sus motivaciones. Ford (o Douglas) está convencido de que el mismo FBI que se formó en los años 30 para combatir al enemigo público número uno, John Dillinger, ya no sabe a quién persigue. Y que las nociones simples como la locura, la venganza, la ira, la codicia, ¿el comunismo? o la llana maldad son inútiles.

A Ford, el personaje central de Mindhunter, lo guía un desconcierto, “¿qué buscamos cuando el motivo no es claro?”, y una convicción: los crímenes se pueden resolver elaborando perfiles de posibles criminales.

El personaje de Bill, primero reacio y luego fundamental en el proceso de entrevistar a los “pervertidos”, está basado en otro pope de la criminología, Robert Ressler, quien junto con Douglas desarrolló la técnica de la perfilación criminal: el método inductivo para confeccionar, a partir de signos de la escena del crimen, un patrón de conducta del eventual agresor.

Laura Quiñones Urquiza es criminóloga, perfiladora profesional y autora del libro Rastros criminales (Ediciones B). Consultada para este artículo, destaca los aportes de Ressler y Douglas en el sentido en que indagaron “en la propia voz de los asesinos, en su infancia y su adolescencia, para encontrar ahí ciertas razones de su criminogénesis”. “Lo que hace interesantes a los asesinos en serie es por qué cruzaron esa barrera, por qué fantasean con hacer daño, cómo es que lo planean. Los sicarios, por ejemplo, no matan por necesidad psicológica o satisfacción emocional”, explica Quiñones, quien entrevistó a algunos criminales para explorar sus motivaciones: “De quien más aprendí fue de Jorge Pedraza, sindicado como ideólogo del motín de Sierra Chica. Pienso que es una persona sumamente lúcida, educada, brillante desde lo intelectual. Quizás otra hubiera sido su evolución si hubiera tenido otras oportunidades”.

EL MUY VERDUGO

Para Lombroso, el progreso era “el triunfo de la cifra sobre las opiniones vagas, sobre los prejuicios” y es una frase que Holden Ford, en sus aires de novato entusiasta, podría decir en la serie. En exacto sentido contrario al de Lombroso, claro. Ford reacciona con estupor o desdén a todas las sospechas vertidas sobre un “nigger”, “latino” o “looney” de parte de sus colegas menos progresistas. Pero persiste una creencia en el método, la tabulación, la descripción para obtener resultados útiles. Si Lombroso llevó en su ciencia el espíritu racista, torturador y aniquilador de su época, el método de Ford (el de Netflix) indaga en el individuo y su experiencia con el mundo. “¿Qué harías con un tipo como vos?”, le pregunta a Kemper una vez que el gigante termina de elaborar su teoría sobre la malignidad de las mujeres, esas a las que asesinó o asesinaría. “¿Lobotomía?”, responde cándidamente para el asombro del agente cuya mirada parece decir: “Pero acá estamos para recuperarte”.

La serie parece sostener la tesis del síntoma: los crímenes dicen algo de su sociedad, una suerte de “se mata como se vive”. Pero también se anima a preguntar por lo que está más allá del borde, lo que no tiene explicación. Los asesinos seriales traen una pregunta casi ontológica: ¿cómo es posible tanto horror entre pares? La pregunta no es sobre la banalidad del mal sino sobre el goce, el compromiso, la minucia, la brutalidad, la saña. Esos monstruos son humanos, tuvieron una infancia, se criaron bajo condiciones que permitieron -o incitaron- sus aberraciones. ¿Son -también- víctimas?

La serie parece sostener la tesis del síntoma: los crímenes dicen algo de su sociedad, una suerte de “se mata como se vive”.

Alguien podría aventurar que este tipo de criminales estuvieron siempre (¿sobre qué hechos reales estará basada la leyenda del hombre lobo?) y que siempre estarán. Pero cada época elige sus propios monstruos. Los mass murderers (asesinos masivos) como Stephen Paddock, el tirador de Las Vegas, son los que acechan la previsibilidad del american way of life desde hace algunos años. “¿Quién puede cometer semejante acto?” es la pregunta, y la respuesta es aún más aterradora: “Cualquiera”. Mindhunter pone al descubierto esa aleatoriedad, que es siempre una derrota: los detectives solo pueden llegar después, una vez que el monstruo ya es monstruo.

John Douglas cuenta una anécdota con Scott Glenn, quien fue a conocerlo para preparar su personaje de Jack Crawford para la película de 1991. El actor llegó a su oficina blandiendo argumentos contra la pena de muerte y la brutalidad policíaca. Douglas hizo silencio y le mostró unas fotos y grabaciones de una mujer mientras era torturada y mutilada. Glenn salió de la oficina llorando y le pidió perdón a Douglas por su arrogancia. El detective que interpreta en El silencio de los inocentes parece siempre abatido, perdió la capacidad de asombro, carga con el peso del que vio. Quiere resolver el caso pero sabe que pronto habrá un reemplazante. La vida es otra cosa.

Tomás Rodríguez Ansorena

Tomás Rodríguez Ansorena

Periodista. Escribió en diversos medios nacionales como Perfil y Noticias. Fue miembro del colectivo editorial Le Tercer Monde. Es director de la revista Playboy Argentina.

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