En Zimbabwe “poder” se dice “Mugabe”

Robert Mugabe fue un líder revolucionario de inspiración marxista en la vieja Rhodesia. Ya en la nueva Zimbabwe, llegó a la presidencia para hacerse cargo de una sociedad que reclamaba la reforma agraria. Tenía que acabar con los privilegios pero solo acabó siendo un dictador. Zimbabwe sufre su tiranía de tintes megalómanos. Mientras, las deudas sociales siguen pendientes.

Los militares salieron a las calles, tomaron el control de la televisión pública y detuvieron al Presidente: aun así juran que no se trata de un golpe. Todo indica que el Ejército quiso adelantarse. Pero lo cierto es que Zimbabwe se venía preparando para la transición. Robert Mugabe, en el poder desde 1980, tiene 93 años y cada vez menos energía para estar al frente del país. Y Zimbabwe, alguna vez conocido como el granero de África, se encuentra bastante cerca del colapso. Como en cualquier régimen personalista y paranoico, el sucesor solo puede surgir del círculo más íntimo del líder. Para un hombre con la desconfianza de Mugabe, la mejor opción era Grace, su segunda mujer, primera dama y presidenta de la rama femenina de la Unión Nacional Africana de Zimbabwe – Frente Patriótico (ZANU-PF). Una sudafricana de 52 años que a la prensa internacional le gusta destacar por sus gustos caros y su carácter irritable. En este caso, el error del líder fue creer que el hecho de que el sucesor saliera de su círculo garantizaba el resultado. Los militares le acaban de demostrar que estaba equivocado.

Emmerson Mnangagwa luchó junto a Mugabe por la independencia de Zimbabwe y pronto se convirtió en uno de los más leales al Presidente. En las últimas tres décadas ocupó ministerios estratégicos ─Seguridad, Defensa, Finanzas, Justicia─ hasta que en 2014 llegó a la vicepresidencia. Cuanto más sonaba su nombre, más incómodos se ponían Mugabe y su mujer: la sucesión estaba siendo amenazada. Acusado de deslealtad por la pareja presidencial, la semana pasada fue expulsado del gobierno. Ahora los militares lo eligieron sucesor de Mugabe. Aparentemente, Zimbabwe tiene un nuevo líder, apadrinado por los tanques y a la espera de alcanzar un acuerdo con la oposición. Los rumores que corrían por Harare, la capital, eran ciertos. Ocurrió algo inédito en 37 años, o lo mismo, en la historia de Zimbabwe. Y no hubo mayor caos. Los zimbabuenses sabían que el día llegaría. De alguna forma Mugabe también lo presentía. Es que existía la posibilidad de que su partido o el Ejército, su verdadero gran aliado, lo traicionara. Pero nunca sospechó que los militares respaldarían a Mnangagwa del modo en que lo hicieron. Eso significaba que algo tramaban a sus espaldas y no logró verlo a tiempo.

Zimbabwe nació como país el 18 de abril de 1980, sobre los cimientos de lo que una vez se llamó Rhodesia del Sur, un territorio que se regía por un sistema de discriminación racial calcado del apartheid sudafricano. Mientras la minoría blanca manejaba la política y los negocios, la mayoría negra sobrevivía en la opresión. Robert Mugabe apareció en escena justo cuando los zimbabuenses buscaban un líder que los guiara. Como muchos de su generación, había combatido al régimen segregacionista y pasado diez años de su vida encerrado en la cárcel. Al salir, estaba dispuesto a discutir la independencia. Los acuerdos de Lancaster de 1979 permitieron las primeras elecciones libres. En los hechos, era la independencia de Zimbabwe. El país estaba por inventarse. La Nobel de Literatura Doris Lessing, criada en Rhodesia, describió esa tierra como la más rica del continente. Mugabe soñaba con hacer de Zimbabwe un ejemplo para África y una lección para los países del primer mundo. Para eso, tenía que volverse un político pragmático. Al mismo tiempo que reivindicaba su formación marxista, guardaba el proyecto de reforma agraria para retener a los agricultores blancos. Formó un gabinete multirracial e integró a sus compañeros de lucha. Lanzó una campaña masiva de alfabetización y puso la salud como prioridad de gobierno. Era un juego de equilibrios complejo. Cada problema que aparecía, Mugabe quería solucionarlo personalmente y conformar a todos.

Mientras la minoría blanca manejaba la política y los negocios, la mayoría negra sobrevivía en la opresión. Robert Mugabe apareció en escena justo cuando los zimbabuenses buscaban un líder que los guiara.

A medida que avanzaba con su programa, acumulaba más poder. El mundo aplaudía los logros de un país recién liberado. Las cosas estaban saliendo bien, no había por qué prestar atención a los enfrentamientos que el primer ministro mantenía con sus adversarios, ni a la guerra civil que terminó con una limpieza étnica en la región de Matabebelandia. Nadie reparaba tampoco en los rasgos autoritarios que iba adoptando Mugabe.

En 1987 reformó la constitución y fue elegido Presidente. A partir de ese momento, su figura sería omnipresente. Pero el espíritu emprendedor de los primeros años comenzó a desvanecerse, y el motivo eran las limitaciones estructurales de una economía en desarrollo. Con la idea de atraer inversiones, el líder de ZANU-PF aceptó los términos impuestos por el Fondo Monetario Internacional para aplicar un plan de ajuste. Los recortes se tradujeron en servicios deficientes, aumento del desempleo y deterioro de las condiciones de vida. Zimbabwe no parecía un mercado atractivo para los inversores. Entonces Mugabe decidió endeudarse. Con todo, el crecimiento era bajo y la industria perdía competitividad.

El desafío era apuntalar el despegue económico y, mientras tanto, calmar los ánimos. Temeroso de una revuelta, Mugabe entendió que debía comprar a los militares y a los veteranos de la guerra de liberación. Lo haría con las tierras que pensaba expropiar a los blancos. Esta vez sí pondría la reforma agraria sobre la mesa. Un verdadero punto de quiebre. Algunos la definen como la iniciativa más revolucionaria de Mugabe. Otros la consideran como la medida que selló la suerte de un país y de su líder. Las consecuencias que se desprendieron de esa reforma fueron desastrosas. Hoy, más del 80 por ciento de los zimbabuenses no tiene trabajo. La hiperinflación terminó con la moneda oficial. Víctimas del desmantelamiento de la sanidad pública, 1.4 millones de personas viven con HIV en un país de 16 millones. La idea, en términos de reparación, parecía justa. Lo cuestionable fue el fallido proceso de negociación y, en particular, lo que sobrevino más tarde.

El plan original del Presidente consistía en comprar aquellas tierras ociosas con fondos de compensación que aportarían donantes internacionales. Pero el dinero no llegaba y los aliados de Mugabe empezaban a impacientarse. Los agricultores blancos entraron en pánico. En la célebre biografía Cenando con Mugabe, la periodista sudafricana Heidi Holland recrimina la falta de voluntad de Estados Unidos y Gran Bretaña durante las conversaciones. “La decisión de Clare Short de canalizar la financiación de la tierra a través de una ONG insinuaba también lo impensable para Mugabe: que una promesa de lucha por la liberación se pudiera llevar a cabo sin la participación directa de ZANU-PF”, escribió Holland. Short, secretaria de desarrollo internacional de Tony Blair, se justificó argumentando que Mugabe no quería terminar con la pobreza, sino entregar las tierras a sus aliados. El mandatario se sintió humillado. Había puesto lo mejor de sí para llevar adelante una política exitosa de redistribución de la tierra.

El plan original del Presidente consistía en comprar aquellas tierras ociosas con fondos de compensación que aportarían donantes internacionales. Pero el dinero no llegaba y los aliados de Mugabe empezaban a impacientarse.

En realidad, los donantes buscaban evitar que la reforma agraria zimbabuense fuese imitada en países vecinos como Sudáfrica y Namibia, donde la propiedad de las tierras más productivas ─en manos de los blancos─ era un tema sensible. La respuesta del líder estuvo a la altura de su temperamento: dio el visto bueno para que iniciaran las invasiones colectivas a los campos de los agricultores blancos. La expropiación fue caótica y violenta. Lo que pretendía ser un gesto de revancha por parte de Mugabe terminó siendo un tiro en el pie. Los nuevos propietarios nunca habían trabajado la tierra, no estaban calificados para la tarea. El suelo ya no podría alimentar a todos.

Grace, su esposa, se quedó con una de las granjas más fértiles de Zimbabwe y se encomendó a los negocios con multinacionales como Nestlé. Según The Telegraph, la primera dama contaba con las vacas más generosas de África. Paralelamente, reunió alrededor de su figura a 40 ministros y funcionarios que la acompañarían en la transición, el G40. Si Mugabe imaginaba que solo la muerte podía apartarlo del poder, Grace confiaba ciegamente en su implacabilidad para sucederlo. Su marido había dejado atrás la pose de héroe de liberación para fraguar elecciones y acosar a los opositores sin culpa. Estaba despejando el camino. La retórica vehemente del viejo líder se obsesionó con cualquier atisbo de disidencia. Cuando se acabaron los billetes que pagaban los favores del Ejército, Mugabe envió a sus hombres a intervenir en la guerra civil del Congo, donde la familia presidencial participaba de la explotación ilegal de diamantes. A finales de los 90 se hizo evidente que la aventura militar tenía como misión resguardar el botín de Mugabe, quien había abandonado sus anhelos de convertirse en líder indiscutido de África para abocarse a amasar una fortuna personal.

Cuando se acabaron los billetes que pagaban los favores del Ejército, Mugabe envió a sus hombres a intervenir en la guerra civil del Congo, donde la familia presidencial participaba de la explotación ilegal de diamantes. A finales de los 90 se hizo evidente que la aventura militar tenía como misión resguardar el botín de Mugabe.

Las sequías recurrentes y las sanciones económicas impuestas por Washington y Bruselas hicieron el resto. Un jefe de Estado cada vez más rico en un país cada vez más pobre, razonaron los generales, era un estorbo. Sobre todo porque ya no podía asegurar los dólares que exigía el Ejército para mantener la situación controlada. Por su parte, la vieja guardia que luchó contra los británicos y el régimen de Rhodesia veía cómo Grace la relegaba a un segundo plano para dar paso al G40. Mugabe pensaba que la historia lo absolvería. Hasta que un golpe que no fue golpe lo dejó fuera de juego. El sueño de la sucesión dinástica terminó. Ahora toca ver cuánto hay de Zimbabwe en ese país que vivió a la sombra de su líder. Y cómo se resuelve el espejismo que confundió durante décadas a Mugabe y a Zimbabwe.

Patricio Porta

Patricio Porta

Periodista y cronista. Escribe en Página 12 y forma parte del comité editorial de Letercermonde.com.

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