Daniel Viglietti, el vanguardista

Murió Daniel Viglietti, con él se murió un vanguardista, un artista descomunal, el tipo que llevó la sofisticación hecha canción y guitarra a una masividad imposible.

Miren la tapa de ese disco. Es Trabajo de hormiga, de Daniel Viglietti, grabado en vivo en el Luna Park en 1984. Ahí estoy. Adelante de todo. Tenía primera fila, al medio. Si hay gente adelante es porque hubo algunos colados de las filas de atrás que se sentaron en el piso.
Tenía 16 años y fui con mi hermano César al Luna Park el día en que se ponían en venta las entradas, a las seis de la mañana, a hacer la cola. Ahí saqué las entradas. Después fuimos al concierto con mi mamá, Marisa, con mi papá, Néstor, y con César, que es el de rulos y jardinero, remera celeste con mangas rojas, el que más destaca en la foto.

El primer momento en que Daniel Viglietti interactuó en mi vida, mi primera anécdota, fue a los tres o cuatro años. Yo tenía la edad que tiene Trilce -mi hija-ahora, más o menos. Vivíamos en Valentín Alsina, típica casa del Conurbano, con jardín modesto, limonero, rosas, jazmín del país. Había una canilla que a mí me encantaba abrir. Me lo contaron después mis viejos, yo no lo recuerdo, era muy chico.

Mis viejos me retaban, me decían que no la abriera, y yo iba y la abría. Siempre. Sí, como hace Trilce ahora cuando le gusta algo. O simplemente cuando quiere llamar la atención hinchando las pelotas. Abría la canilla hasta que mis viejos se cansaron y la ataron con un alambre. Me dicen que cuando la fui a abrir, no pude, obviamente. Y que, al ver que lo que me lo impedía era un alambre, empecé a cantar: “A desalambrar, a desalambrar”. Obviamente, canté eso porque a mis viejos les encantaba Viglietti. Y se la pasaban escuchándolo.

Viglietti es para mí como Mafalda o Los Beatles: un gusto que me marcó de chico y que me iba a acompañar toda la vida. Con una diferencia: Mafalda y Los Beatles son puertas universales y es obvio que funcionan de esta manera. Tienen tantos niveles de lectura que cualquier chico del Mundo puede entrar al arte, sumergirse en una obra que los va a acompañar siempre.

En momentos en que la izquierda no parece estar pasando su mejor momento, revisar la obra de Viglietti y compararlo con lo que el imaginario nos dice que es la obra de Viglietti, se parece mucho a un ejercicio necesario y hasta indispensable.

Viglietti, en cambio, es mi héroe imposible, el tipo que, a priori, no parece crear para que lo escuchen los niños. Pero siempre hay anomalías. Y esas anomalías pueden ser constitutivas.

¿Por qué soy como soy? Hay un montón de respuestas posibles. Pero sin dudas, una de ellas es: soy como soy porque fui un niño que creció escuchando a Daniel Viglietti. Y también soy como soy porque fui creciendo descubriendo las múltiples capas que había en ese artista magistral que es, fue y será siempre Daniel Viglietti.

Viglietti es, ante todo, un gran malentendido. Por un lado, en el imaginario colectivo se lo confinó al universo de “cantor político” o “cantor de protesta”. Así titulan la noticia de su muerte la mayoría de los diarios, que tienen que actuar respeto pero jamás lo entendieron. Claro que ese confinamiento, ese malentendido, lo llevó a tener un público amplio, masivo, cuando ese canto urgente era también una necesidad de un público amplio.

A diferencia de otros autores de trazo más grueso y una simpleza acorde al mensaje político que se quería transmitir, Viglietti siempre fue un sofisticado. Inclusive cuando se puso más directo o rozó, en los textos, lo panfletario. Sus letras más directas están acompañadas por piezas de guitarra deudoras de la escuela clásica: Viglietti fue alumno de, entre otros, Agustín Carlevaro, maestro uruguayo y referente mundial de la guitarra de concierto.

Su primer disco tiene un nombro propio de la música erudita: “Canciones folklórica y seis impresiones para canto y guitarra”. Da la sensación de que se trata de un músico de raíz clásica o erudita, haciendo música popular. Como si fueran las composiciones de Ginastera o Villa-Lobos. ¿Coincidencia? No, ni un poco. Al contrario, coherencia absoluta.
Si hay un signo distintivo en la obra de Daniel Viglietti es la vanguardia, su tozuda e inquebrantable vocación vanguardista. Era un tipo de izquierda, sin duda. Un tipo que no dejaba duda de su condición política en ninguna de las cosas que hacía. Pero era, ante todo, un vanguardista. Alguien que, como León Ferrari o Mauricio Kagel, pretendía que vanguardia y política confluyeran en una misma dirección.

A diferencia de muchos cantautores “de protesta” que eligieron simpleza para llegar al pueblo, Viglietti jamás cedió ni un poco de sus convicciones artísticas. Ni como autor, ni como difusor de otros autores. Porque Viglietti fue también periodista, escritor, investigador, comunicador. Pero quiero hablar aquí de su obra artística. Y de su condición de difusor desde lo artístico.

A diferencia de muchos cantautores “de protesta” que eligieron simpleza para llegar al pueblo, Viglietti jamás cedió ni un poco de sus convicciones artísticas. Ni como autor, ni como difusor de otros autores.

En los 70, cuando buscó difundir a autores contemporáneos o un poco más chicos, menos conocidos que él, hizo el disco “Trópicos”. Allí cantó temas de Silvio Rodríguez (un perfecto desconocido en ese momento), Noel Nicola o Chico Buarque, otro desconocido, al menos en Argentina y Uruguay. Cuando volvió del exilio, puso como telonero de sus conciertos a Leo Maslíah (que es fan de la obra de Viglietti e hizo una gran versión en piano del tema “Gurisito”), Jorge Lazaroff o Luis Trochón.

Recuerdo un concierto en Obras donde apareció Trochón solo en el escenario, barba larguísima, disfrazado, recitando un texto delirante no apto para fundamentalistas de “a desalambrar”. Sus discos posteriores al exilio, si bien no marcan una ruptura con el pasado, sí dan cuenta de otras búsquedas, más personales, menos terminantes, más llenas de preguntas que de certezas.

“Esdrújulo”, su disco post caída del Muro de Berlín y la Unión Soviética es una obra maestra. Las dudas lo volvían gigante, la falta de respuestas lo hacían más y más grande artista.

El gran musicólogo brasileño residente en el Uruguay, Guilherme de Alencar Pinto tiene una buena respuesta para el malentendido de Viglietti. Guilherme dice que Viglietti quedó atado, en el imaginario, a una obra de un momento, que fue la que tuvo más repercusión en el público. Pero que su obra política directa fue breve y que encasillar toda una vida en aquel momento es como circunscribir toda la obra de Jean-Luc Godard a la marca que dejaron las películas más políticas directas de fines de los 60 y comienzos de los 70.
Godard podría ser un buen punto de partida para mirar comparativamente la obra de Viglietti. Pero si de buscar referencias y semejanzas se trata, me quedo con dos poetas a los que admiraba profundamente: Vladimir Maiakovski y César Vallejo. Ambos fueron comunistas, ambos tuvieron una obra signada por una ideología colectiva y hablaron de manera urgente sobre su tiempo. Pensemos en el poema “Lenin”, de Maiakovski; o en “España, aparta de mí ese Cáliz”, de Vallejo.

Hay una mirada política, sí. Pero lo que importa en Vallejo y en Maiakovski es la forma poética. O, en todo caso, cómo la forma se vuelve contenido y viceversa. En momentos en que la izquierda no parece estar pasando su mejor momento, revisar la obra de Viglietti y compararlo con lo que el imaginario nos dice que es la obra de Viglietti, se parece mucho a un ejercicio necesario y hasta indispensable.

Son los viejos dogmas, las certezas incuestionables, todo lo que creíamos correcto lo que está en juego. ¿Cómo hacer para barajar y dar de nuevo sin perder la identidad de izquierda, sin dejar de estar parados en este lado del mundo? La reinvención, el rigor y la dedicación que existen en la obra de Viglietti pueden ser una clave para pensarnos.

Por último, una anécdota: ya les conté que cuando yo tenía la edad de Trilce ya cantaba “A desalambrar”. Ya más grande, cuando decidí que quería que mi hija menor se llamara Trilce supe que, además de llamarse como el libro clave de César Vallejo (y de la poesía castellana del siglo XX), se iba a llamar como la hija de Daniel Viglietti. Sí, Viglietti tiene una hija que se llama Trilce.

Si hay un signo distintivo en la obra de Daniel Viglietti es la vanguardia, su tozuda e inquebrantable vocación vanguardista. Era un tipo de izquierda, sin duda. Pero era, ante todo, un vanguardista.

Le comenté a Viki del nombre, le hablé del libro de Vallejo (ella no lo conocía) y le hice escuchar “La canción de Trilce”, la bellísima canción que Viglietti le escribió a su hija. A Viki le emocionó tanto que dijo que sí y asumió su versión de los hechos: Trilce sería para ella “la que vence la tristeza”. O sea, su versión de Trilce es más viglettiana que vallejiana.
Y hay más: si Trilce era varón, pensábamos ponerle Vladimir. Aquí también había distintas versiones de los acontecimientos: ella decía que era por Lenin; yo decía que era por Maiakovski.

Ayer se murió lo último que quedaba en la Tierra de la huella de Vallejo y Maiakovski. Se murió un vanguardista, un artista descomunal, el tipo que llevó la sofisticación hecha canción y guitarra a una masividad imposible.

Se murió un creador cuya obra me acompañó toda mi vida. Me queda el consuelo de la grandeza de esa obra, de tener aún mucho por descubrir en su legado. Eso sí: no me pidan que no esté triste, muy triste.

Pablo Marchetti

Pablo Marchetti

Escritor, músico y periodista. Fundador de la revista Barcelona y cantante y compositor del grupo Falopa. Escribe en Perfil y en La Vanguardia.

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