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La revolución que quisimos tanto

Pablo Stefanoni y Martín Baña acaban de publicar el libro “Todo lo que necesitás saber sobre la revolución rusa” (Paidós). Se presenta hoy, 19 de octubre, en la librería Ateneo Grand Splendid (Santa Fe 1860) a las 19:00 hs. Por el libro desfilan revolucionarios, artistas e intelectuales convencidos de que el mundo podía cambiar. Es un libro sobre banderas rojas y utopías. Aquí conversamos con los autores para recordar los cien años de la revolución, para reflexionar sobre sus derroteros y para imaginar otros futuros posibles.

A 100 años de la Revolución Rusa, publican un libro contando “todo lo que hay que saber”. Lo que encontramos en el libro es algo más que la clásica historia en la que se mezclan mencheviques y bolcheviques, y en las que se repiten hasta el hartazgo los nombres Lenin, Trotsky, Bujarin y Stalin. En esta historia aparecen los anarquistas, se exhiben las características de la cultura, se habla del circo, del feminismo. ¿Por qué contar esta historia y no la clásica? ¿Qué es lo que encuentran ustedes en ese momento revolucionario que no se dijo y que merece la pena “ser hablado” de otra forma?

Martín Baña (MB): La Revolución rusa es un acontecimiento muy estudiado pero paradójicamente muy mal conocido. Esto se debió a los intereses ideológicos y políticos puestos en juego, sobre todo durante la Guerra Fría: hacer un juicio sobre la Revolución rusa era hacer una evaluación sobre la viabilidad del comunismo. Así, los relatos quedaron centrados en algunos eventos como la toma del poder de octubre por parte de los bolcheviques y algunos personajes como Lenin. Sin embargo, la evidencia muestra que la Revolución rusa fue un proceso que excedió lo que tradicionalmente se había sostenido: que había sido rusa, obrera y bolchevique. Es decir, fue eso, pero fue mucho más. En ese sentido, nos parecía que rescatar esos sujetos y esos acontecimientos invisibilizados podía ayudarnos no solo a entender mejor ese pasado sino, sobre todo, echar luz sobre nuestro presente y nuestro futuro, para pensarlo en una clave emancipatoria.

Pablo Stefanoni (PS): Una revolución siempre hace emerger un plus de energía social que se expresa en diferentes espacios. De hecho, es esa energía la que las revoluciones, cuando se transforman en nuevos órdenes, tratan de volver a poner en caja. Hay una película iraní, Writing in the city, que muestra cómo la revolución de 1979 se expresó vivamente en las paredes de Teherán y cuando el orden de los ayatolas se consolidó pintaron todas las paredes de blanco y prohibieron los grafitti. El libro no es sobre el orden soviético sino sobre la Revolución –consideramos febrero y octubre como parte de la misma revolución- y en esos días se expresaron voces plurales, se trazaron caminos que finalmente no se recorrieron, se inició un poderoso proceso de experimentación tras siglos de dominación autocrática zarista y nació la política en su sentido moderno. Todo eso forma parte de la revolución.

“El libro no es sobre el orden soviético sino sobre la Revolución –consideramos febrero y octubre como parte de la misma revolución- y en esos días se expresaron voces plurales, se trazaron caminos que finalmente no se recorrieron”.

Uno de los aspectos más interesantes que manejan en el libro es el que vincula a la revolución rusa con una serie de utopías que tienen poco que ver con el marxismo entendido en clave científica. Ahí aparecen novelas y numerosos escritores ¿Qué aportaciones hacen a la cultura de ese momento histórico?

MB: El papel de los escritores es fundamental. Maiakovsky saldó una discusión al respecto en un bello poema “El poeta es un obrero”. Allí colocaba la labor de los poetas en el mismo nivel que la de los obreros. Con ello mostraba que la revolución tuvo un insumo plebeyo y uno letrado y que ambos confluyeron para potenciarse. Los escritores pusieron su pluma a servicio de la Revolución en muchos casos, escribiendo novelas, poemas o simplemente artículos de agitación. Pera ya incluso antes de 1917 habían venido creando un clima mental de fin de ciclo, como se puede ver en Petersburgo de A. Bely. Sin escritores la Revolución rusa hubiese tenido otro cariz, sin dudas.

PS: Sí, coincidimos con Martín. Como señaló Horacio Tarcus, el marxismo fue más utópico de lo que creían los propios marxistas y los utopistas a menudo eran muy cientificistas. Las utopías en la revolución a veces se expresaron en la venta como best seller de la biografía de Henry Ford, en los experimentos tayloristas radicales de Alexey Gastev en el Instituto Central del Trabajo o en las propuestas iniciales de dejar atrás la familia burguesa y transitar diversas formas de colectivismo social. Entre los libros que contribuyeron a construir imaginarios del socialismo entre trabajadores, estudiantes e intelectuales en Rusia estaba la novela –vendida por millones en Estados Unidos– Mirando atrás (1888), escrita por Edward Bellamy y traducida al ruso en 1889 por iniciativa de Lev Tolstoy.

En el libro se señala particularmente, que la revolución rusa fue mucho más que una revolución obrera. ¿Qué papel tuvieron otros sectores de aquella sociedad dominada políticamente por el zarismo y que transitaba su vida al interior de una serie de estructuras económicas que iban desde una suerte de proto-feudalismo al capitalismo?

MB: Al comenzar el siglo XX Rusia ya formaba parte del sistema-mundo capitalista y las clases subalternas padecían todos los flagelos que supone la vida bajo el capitalismo. Cierto es que Rusia se había insertado desde un lugar periférico, de modo que eso generó una serie de dislocaciones que tuvieron una intensidad diferente de la que se había experimentado en otras regiones, como la propia Europa. En ese sentido, no solo la clase obrera, sino otros grupos sociales, vieron en la Revolución la posibilidad de acabar con un régimen que los oprimía y de crear un mundo radicalmente nuevo, como los campesinos, los soldados, los artistas y los intelectuales. Muchos de ellos incluso tuvieron motivaciones diferentes. Solo por poner un ejemplo: no todos querían tomar el poder, pero lo que estaba claro era que existía un deseo colectivo de destrucción de ese mundo capitalista que los oprimía cada vez más.

“El papel de los escritores es fundamental. Maiakovsky saldó una discusión al respecto en un bello poema “El poeta es un obrero”. Allí colocaba la labor de los poetas en el mismo nivel que la de los obreros”.

PS: Sí, de hecho la dinámica de la revolución estuvo lejos del determinismo histórico –Gramsci jugó con las palabras y la denominó una revolución “contra El Capital”- y tuvo mucho que ver con la habilidad de Lenin para construir un sujeto popular. Hay todo un sustrato de ideas originales, como el populismo ruso, que pensó el socialismo desde la periferia además de una disponibilidad revolucionaria en el marco de un poder zarista desafiado por todas las clases sociales. Incluso en lo que tuvo de obrera, no se trataba de los obreros de la Historia sino de sujetos sociales situados y más “mestizos” de lo que se puede suponer si se siguen los manuales de marxismo-leninismo.

Algo que marcan en Todo lo que necesitas saber sobre la revolución rusa es el momento de creatividad que precede a la revolución pero que estalla con ésta. En la lectura se exhiben desde el nuevo cine hasta los espectáculos circenses, aparecen fuerzas culturales novedosas y hay una revitalización del feminismo. Ustedes marcan, y creo que muy acertadamente, una serie de fuerzas y de prácticas rupturistas que piensan su acción como el preludio de un mundo nuevo que está por venir: un mundo libre que parece casi una sociedad de artistas ¿Cómo juegan todos estos actores y estas prácticas en el proceso político revolucionario?

MB: Bueno, hay que decir que en muchos aspectos el arte precedió a los eventos de 1917, no necesitó que aparecieran febrero y octubre para revolucionarse. En 1915 Malevich pintaba su famoso Cuadrado Negro y daba fin al arte figurativo y comienzo a una “nueva sensibilidad”: el cuadrado era el “embrión de todas las posibilidades”. Por esos años A. Lourié experimentaba con la atonalidad y los futuristas creaban el “zaum”, un lenguaje radicalmente nuevo. De modo que el arte fue un insumo más que importante para crear el clima mental de la Revolución. Ya desde fines del siglo XIX había un gran consenso entre los artistas de que el régimen zarista estaba caduco.

Lamentablemente, la sociedad que llegó con la Revolución rusa no fue la ansiada sociedad libre y creativa sino una estructura cerrada con un peso del Estado que copó casi todas las instancias de la vida social. ¿A qué atribuyen esto? ¿Es solo un producto del estalinismo o esos rasgos ya estaban presentes en el mismo proceso revolucionario?

MB: No es que el Estado haya copado todas las instancias de la vida social; bajo el estalinismo hubo espacios para la resistencia activa y también para el apoyo genuino. Sin dudas se trató de un régimen autoritario y que de alguna manera se puede conectar con algunas concepciones políticas ya presentes en Lenin y el bolchevismo de los ’20. No es que el leninismo condujera necesariamente al estalinismo, de hecho había otras opciones, pero es cierto que muchas concepciones y prácticas favorecieron la consolidación de un régimen como el de Stalin, como la temprana conformación de un régimen de partido único o la supresión de las facciones dentro del propio Partido, todo esto con Lenin vivo aún.

Esta pregunta es la que debe hacer todo el mundo. Por lo tanto es una mala pregunta. Pero no por mala es menos necesaria. ¿Qué podemos valorar hoy, a cien años del proceso, tras su caída y su desplome, después del estalinismo y de los socialismos reales? ¿Qué lecciones creen que podemos sacar de esa experiencia sin tener que escribir ni el “libro negro” del comunismo pero tampoco “el libro blanco?

PS: La ventaja hoy es que podemos escribir y pensar sobre la Revolución rusa “sin el peso de los muertos que oprime la conciencia de los vivos”. La desventaja es que la propia idea de revolución está en crisis. El “realismo capitalista”, al decir de Mark Fisher, no solo impide llevar adelante alternativas al capital sino incluso pensarlas. En este contexto volver a peinar la historia de la Revolución rusa a contrapelo quizás puede servirnos para pensar el cambio social, las tensiones entre reforma y revolución, y los devenires más o menos inscriptos en los proyectos de cambio social radical.

 

“La ventaja hoy es que podemos escribir y pensar sobre la Revolución rusa “sin el peso de los muertos que oprime la conciencia de los vivos”. La desventaja es que la propia idea de revolución está en crisis”.

Si tuvieran que optar por un momento del proceso revolucionario. ¿Cuál elegirían? Y si tuvieran que ser un personaje, ¿cuál sería?

MB: Me hubiera gustado ser varios personajes. Podría haber sido Lunacharsky, con su infatigable trabajo por construir una cultura revolucionaria. La anécdota sería la de su llanto al enterarse de los falsos destrozos de los edificios moscovitas, lo que muestra su fina sensibilidad dentro de la magnitud que suponía una revolución. Sin embargo, y un poco a tono con el espíritu del libro, creo que me hubiese gustado ser uno de los tantos sujetos, un profesor de escuela supongamos, que estuvieron en las manifestaciones callejeras, participando en los soviets locales, asistiendo a los conciertos de las orquestas sin director o recitando Los Doce de A. Blok a sus estudiantes. Es decir, uno de esos tantos sujetos anónimos que hicieron la Revolución.

PS: A la luz de lo que vino quizás lo más seguro sería haber sido Stalin… al menos si la meta era sobrevivir (risas). En otros momentos me gustaría estar en el tren blindado de Trotsky recorriendo la línea de fuego de la guerra civil: un tren que llevaba una imprenta. Pero me siento identificado con Victor Serge, en ese lugar incómodo de quienes se resisten a aceptar de manera acrítica las derivas autoritarias del nuevo orden manteniendo los deseos de emancipación. Más que querer haber sido Serge –su vida nos haría desistir de ello- quizás no podría haber evitado serlo. Una o varias anécdotas son las resistencias –a veces grotescas- de los funcionarios públicos a la ocupación del Estado por los bolcheviques. A veces apagando las calefacciones, otras escondiendo las llaves de las oficinas, ya que acusaban a los bolcheviques de usurpar el poder por no haber esperado la resolución del Soviet.

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

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