Elogio de la ambigüedad

En Cataluña se viven momentos de tensión y emergencia. Quienes atacan la “ambigüedad” y la “falta de claridad” de los políticos como vicios lamentables que habría que eliminar, impugnan el sistema mismo. De lo que se trata es de acercar posiciones frente a quienes parecen querer destruirlo todo.

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En un titular inolvidable, con una precisión de la que quizás solo un periódico extranjero es capaz, el New York Times definió así la situación actual del conflicto catalán:
“España pregunta a Catalunya: ¿has declarado o no la independencia?”.

En efecto, nadie sabe bien si lo sucedido el 10 de octubre en el Parlamento de Catalunya es una declaración de la independencia efectiva o simplemente un simulacro sin valor alguno. Nadie sabe bien si Carles Puigdemont dio un paso adelante o un paso atrás.
Y todo el mundo está harto de la ambigüedad, todos piden “claridad”, “decisiones”, final de la incertidumbre. Todos quieren saber si realmente (o “en qué medida”, expresión graciosa aplicada a este objeto) ha sido declarada la independencia de Catalunya. Y también, y no menos, todo el mundo quiere saber si el gobierno de Rajoy está aplicando o no (u, otra vez, “en qué medida”) el artículo 155 de la constitución española que sirve para suspender e intervenir una autonomía y relevar a su gobierno, con toda la violencia que esto puede acarrear.

A pesar de que la diputada más cool del PP, Andrea Levy, al final del pleno de la declaración suspendida de la independencia increpara a los independentistas declarando que “hay que acabar con la incertidumbre, el Estado de Derecho no hace juegos de palabras”, lo que está claro es que no solo es el gobierno catalán el que está jugando con las palabras. La posición de los dos actores fundamentales de este caso (Puigdemont y Rajoy) está siendo extremadamente ambigua.

¿Esto se debe simplemente a la mediocridad, al carácter pusilánime de estos políticos? ¿Lo que hace falta, como muchos vociferan, son políticos de verdadera talla que definan las cosas con claridad y acaben con la ridícula ambigüedad de estos días?
Considero que la ambigüedad no sólo no es algo de lo que huir en estas situaciones, sino que es lo más deseable, el único buen camino para evitar el desastre. Éste no se vincula directamente a la mediocridad particular de Puigdemont ni de Rajoy.

Para empezar a no ver con tan malos ojos la ambigüedad, recordemos que lo estrictamente contrario a la ambigüedad serían, por el lado de Puigdemont la Declaración Unilateral de la Independencia (o sea, la ruptura violenta del marco legal sin tener una mayoría clara y comprobable) y en el caso de Rajoy, la represión legal pero muy probablemente brutal (“sin complejos” como lo azuza por derecha Albert Rivera, incapaz intelectualmente de toda ambigüedad).

Lo contrario a la ambigüedad serían, por el lado de Puigdemont la Declaración Unilateral de la Independencia y, en el caso de Rajoy, la represión legal pero muy probablemente brutal.

2108puigdemontLo que sostengo es que no depende ni de la mediocridad ni del talento de Puigdemont o Rajoy el sostenimiento de la ambigüedad que está, por ahora, evitando estas dos decisiones “claras” que tanta gente de un extremo y de otro parecen añorar. Y no depende de ellos y sus características individuales por dos motivos fundamentales.

En primer lugar, la ambigüedad es un reflejo directo del frágil equilibrio de fuerzas en el que tanto Puigdemont como Rajoy se encuentran. Antes que nada porque ninguno recibió una mayoría aplastante de votos para investirse como presidentes, sino que gobiernan con el apoyo de fuerzas políticas de lo más diversas. Puigdemont es el presidente de una coalición tripartita que incluye a su propio partido de derecha liberal nacionalista, a ERC (la izquierda republicana independentista) y a las CUP, un partido de extrema izquierda que se define con orgullo como anti-sistema y cuya obsesión central es la independencia a cualquier precio. Pero Rajoy sacó también solamente el 33% de los votos en España y dependió para su investidura del voto de Ciudadanos (centro derecha) y de la abstención del PSOE y depende para aprobar sus presupuestos de votos de los nacionalistas vascos del PNV. Está claro que un gobernante con mayorías absolutas tiene más capacidad de tomar “decisiones claras”, porque sólo tiene que contentar a su electorado y a sus representantes. En estos casos, en los que están representando coaliciones diversas, cada paso que den tienen que hacerlo contentando a una pluralidad de intereses.
Pero es que además, frente al tema concreto de romper la legalidad (Puigdemont) o reprimir la sedición (Rajoy), las presiones que reciben se multiplican. Tanto para uno como para otro, entra en juego la Unión Europea, que ha advertido a Puigdemont que de romper la legalidad, le espera el abismo, pero también a Rajoy de que si la solución implica represión, no contará con su apoyo. Esto podría llevarlos a posiciones claras pero en sentido contrario: Puigdemont ante la presión de la UE podría dar marcha atrás y declarar nulos los resultados del pseudo referéndum, renunciar a ninguna declaración y llamar a elecciones. Pero no puede porque la presión de las CUP, y sobre todo la movilización popular independentista que ellos mismos contribuyeron a caldear, los dejarían para siempre como un traidor inequívoco a la causa. Así es que Puigdemont no tuvo más posibilidad que ser ambiguo y declarar y no declarar al mismo tiempo la independencia. Y Rajoy del mismo modo, no puede seguir simplemente a la UE y llamar a un diálogo sin intervención de la autonomía ni represión; gran parte de su base social (y de una extrema derecha españolista en relativa latencia desde 1978) le piden mano dura e intransigencia ante los “sediciosos”. Otra vez: Rajoy no tiene más remedio que ser ambiguo y mostrar que no reprimirá y que dialogará y que no dialogará y reprimirá, todo a la vez y según qué interlocutor lo escuche y lo interprete.

Puigdemont no tuvo más posibilidad que ser ambiguo y declarar y no declarar al mismo tiempo la independencia. Y Rajoy del mismo modo, no puede seguir simplemente a la Unión Europea y llamar a un diálogo sin intervención de la autonomía ni represión.

Que la pluralidad que da lugar a la ambigüedad no está en ellos (en su mediocridad o falta de escrúpulos) sino en la sociedad misma (en la catalana, pero también en la española y en la compleja combinación de ambas) se hace evidente cuando se ve que cada actor político interpreta los gestos ambiguos como claros según sus propios intereses. Para Ciudadanos y gran parte de la derecha española, está claro que Puigdemont declaró la independencia, pisoteando la legalidad y el gobierno español debe reprimir si hace falta. Para los independentistas más radicales (las CUP) y muchos catalanistas moderados también, está claro que no hubo ninguna declaración de independencia real y que por eso el gobierno español no debería reprimir. Y se produce la misma variedad de interpretaciones frente a la intervención de Rajoy para dirimir si de verdad el gobierno español está ya aplicando el artículo 155 o no, o no del todo.

rajoy-inicia-los-tramites-para-frenar-las-tres-leyes-de-desconexion-de-catalunaPero además de que la ambigüedad está encarnada en el propio y complejo puzzle del “pueblo español” (y del pueblo catalán), hay un segundo motivo más profundo aún que nos debería hacer respetar y valorar la ambigüedad y ser más comedidos y prudentes a la hora de pedir “decisión”, “claridad”, “fin de la incertidumbre”. Y el motivo es que esta ambigüedad es la esencia misma de la democracia representativa. En realidad, incluso, de toda la política moderna. La situación política menos ambigua es la guerra; la definición pura de los bandos en pugna. El sistema democrático mismo es un intento de suspender indefinidamente las hostilidades para entablar una discusión ordenada pero virtualmente interminable. La garantía que ofrecen las instituciones democráticas es, justamente, que ninguna discusión se puede dar nunca por definitivamente terminada.

El sistema democrático mismo es un intento de suspender indefinidamente las hostilidades para entablar una discusión ordenada pero virtualmente interminable.

En 1951, Michael Oakeshott, uno de los últimos grandes de la filosofía política escribió un libro entero para mostrar que la ambigüedad de nuestro lenguaje político no solo no era un problema a solucionar, sino que era la condición fundamental de la modernidad en política. Oakeshott creía que “la ambigüedad evidente de nuestro lenguaje político” (donde “nuestro” no se refiere a la actual coyuntura española sino a los últimos 3 o 4 siglos), tiene un evidente mérito práctico:
“Como un velo que suaviza las aristas y modera las diferencias por lo que oculta y revela a la vez, esta ambigüedad del lenguaje ha servido para ocultar divisiones cuya expresión cabal invitaría a la violencia y al desastre”

Hay que notar que a nivel práctico la cuestión de “la verdad” no tiene relevancia alguna para Oakeshott; tiene claro que la “expresión cabal” (o sea verdadera) de las posiciones extremas de cada uno existe y no es, en realidad, ambigua. Pero si no se expresara de forma ambigua (en cierto modo falaz), entonces nos llevaría a la violencia y al desastre.
Todo sistema parlamentario, como decía Carl Schmitt, está constituido por una “metafísica de la indecisión”, por una potencial prolongación ad eternum de las deliberaciones. Más allá de que la efectividad de las leyes volcadas en papel y firmadas, suponga un momento de “decisión” que también es parte inobjetable de nuestro “estado de derecho”, la esencia del sistema es la dilatación de la discusión, la prolongación de las ambigüedades para intentar matizar al máximo la peligrosa claridad de posiciones extremas y asesinas.

vista-general-del-congreso-de-los-diputados-efeLa democracia parlamentaria, por pacífica que parezca en su día a día gris, solo es una neutralización momentánea de los conflictos reales y brutales que subyacen en todas las sociedades modernas, complejas. Si en momentos de tensión y emergencia de posiciones extremas nos dedicamos a atacar la “ambigüedad” y la “falta de claridad” como vicios lamentables que habría que eliminar, quizás es que estamos impugnando sin saber el sistema mismo y su voluntad pacífica, añorando la precisión de los sables y las balas, el brillo de las decisiones soberanas y sus caudalosos ríos de sangre.

Santiago Gerchunoff

Santiago Gerchunoff

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Es colaborador en la sección de cultura del periódico digital El Español. En twitter es @sangerchu.

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