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The handmaid’s tale: criadas y subversivas.

La exitosa serie “The handmaid’s tail” muestra con crudeza las formas del sometimiento, la violencia de género y el autoritarismo. Lejos de una distopía, sus escenas se asemejan demasiado al pasado reciente. 

handmaids-taleLa mirada de Offred. La mirada de Elizabeth Moss. La mirada que atraviesa la cámara, desde los ojos verde agua que hacen, instintivamente, de manera natural, que el espectador proceda a cerrar las piernas como un espasmo involuntario.

En esta escena se podría resumir la ficción de The handmaid’s tale, la última joya ganadora de los Emmys, basada en la novela homónima de Margaret Atwood de 1985. En la serie, en donde el mundo sufre una crisis de esterilidad, las pocas mujeres que tuvieron la suerte divina de ser madres son ahora siervas domésticas en las casas de las castas más poderosas y dominantes. Un puritanismo exacerbado opera como relato que justifica esta epidemia: el descontrol capitalista, la lujuria, la sexualidad proliferante condujeron a este fatal desenlace. Estas nuevas esclavas tienen una función que se repite una vez al mes, en sus días fértiles: poner su cuerpo de manera mecánica, con la fuerza de un animal, al servicio del pater familiae. En esa violación ceremonial, donde las piernas de las criadas son sujetadas firmemente por las mujeres legales pero infértiles de los hombres poderosos, en este rito, el objetivo es claro: reproducir a los más distinguidos para la dominación mundial.

La autora definió a su novela como una “ficción especulativa”. Me gusta esta distinción. Si la distopía es ese lugar adonde no queremos ir, que se nos presenta posible a partir de nuestras condiciones concretas y actuales de existencia, el mundo de The handmaid’s tale nace a partir de una alteración. No es distopía, es especulación; es un cambio apenas en las coordenadas actuales para mostrar toda esa barbarie. Y es que en verdad que las mujeres somos un cuerpo violado no es distópico; basta con pensar en cualquier representación en donde sin consentimiento ni deseo se nos usa para otros fines que se presentan como superadores o mejores.

Que las mujeres somos un cuerpo violado no es distópico; basta con pensar en cualquier representación en donde sin consentimiento ni deseo se nos usa para otros fines que se presentan como superadores o mejores.

Es imposible no ligar ciertos episodios de la trama con la coyuntura histórica argentina. En tiempos de refutación simbólica de los 30.000 desaparecidos, estas mujeres que deben parir para entregar a sus propios torturadores el fruto de su vientre operan como una remisión instantánea. Sin embargo, hay una clave que acentúa estos parecidos, en esta distopía que no es tal. A lo largo de los diez episodios, las tensiones entre Fred, el dueño de la protagonista, y Offred presentan matices que dejan entrever ciertos rasgos que pueden ser confundidos con humanidad en una narrativa enmarcada siempre en la perversión y el sometimiento que define al vínculo. Ya casi al final de la primera temporada, Fred la despoja de la sotana que deben usar las criadas y la viste elegantemente para llevarla a una fiesta en la que todos los comandantes llevan a sus siervas, para mostrarse con ellas, de manera relajada, pero siempre presas de un poder del que es imposible escapar.

The Handmaid's Tale -- "Jezebels" -- Episode 108 -- The Commander surprises Offred with a secret adventure in Gilead. Nick’s troubled past leads to his recruitment by the Sons of Jacob. Offred (Elisabeth Moss) and Commander Waterford (Joseph Fiennes), shown. (Photo by: George Kraychyk/Hulu)

“¿Es verdad que saliste con el Tigre Acosta?” le preguntó, al aire, en el programa televisivo más visto de los mediodías, Mirtha Legrand a Miriam Lewin. Ella, que estuvo presa ilegalmente en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), tuvo que contestar por el vínculo sentimental que la habría unido con el represor que llevaba a cabo las tareas de secuestro, tortura y desaparición en el Centro Clandestino donde ella estaba secuestrada.

Como Fred, “El Tigre” Acosta salía a restaurantes caros con las mujeres que minutos antes torturaba físicamente, en un mecanismo perverso y delicado, en donde las exhibían a otros, las mantenían al filo de su complicidad, las interrogaban, en una cena de muerte. Este gesto de apropiarse del cuerpo de la mujer, en la que el sometimiento es la moneda de intercambio necesaria para sobrevivir. “Nosotras éramos un botín de guerra” comenta Lewin, décadas después.

De ese mundo remoto, inventado por Margaret Atwood, ya no nos queda nada. La distopía, tan lejana, desprovista de marcas temporales de referencia, se traslada al pasado reciente de un país que nada parece tener que ver con ese lugar. En Argentina, el futuro llegó hace rato.

Lola Castets

Lola Castets

Licenciada en Letras y docente de escuela media. Cursa la maestría en Sociología de la Cultura en la UNSAM.

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