La crisis de los partidos políticos alemanes y el ascenso de la derecha

Las elecciones alemanas dejaron un saldo claro: la crisis de los partidos políticos tradicionales y el ascenso de una derecha con ciertas aristas extremistas. La crisis de representación y la defensa de la democracia serán los ejes claves para un sistema de partidos en clara reconfiguración.  rawimage

Los resultados de las elecciones nacionales realizadas el pasado domingo 24 de septiembre en la República Federal pusieron en evidencia varios procesos y habilitaron diferentes interpretaciones en cuanto a la situación política imperante, tanto del escenario en general como de los dos, así llamados, Volksparteien (partidos populares o mayoritarios en el sentido del partido catch all), que formaron la coalición gubernamental desde 2013. Tanto la Christlich Demokratische Union (CDU) (la Union en conjunto con su partido hermano bávaro, la Christlich-Soziale Union (CSU)) como el Sozialdemokratische Partei Deutschland (SPD), ambos con un peso histórico por haber sido protagonistas centrales de la confección del país desde 1949 al haber -con por lo menos uno de los dos formando parte de todos los gobiernos de la RFA-, bajaron considerablemente sus porcentajes de votos. Así, la Union bajó a un 32,9 % de los votos totales, números alarmantes para un partido que en los inicios de la RFA logró la mayoría absoluta.

El SPD a su vez sufrió una decepción histórica: en ninguna elección desde la reforma programática en 1959 se habían conseguido tan solo el 20,5% de los votos, tal como sucedió el domingo. Este resultado significa una baja de un 5,2% y confirma la constante decadencia electoral iniciada durante el último periodo del canciller Gerhard Schröder, agravada durante las fallidas postulaciones de Frank-Walter Steinmeier (2009) y Peer Steinbrück (2013).

Ambos partidos en el gobierno perdieron un total de 105 escaños (SPD 40, CDU 65), lo cual puede ser interpretado como una cesura en el escenario político alemán. A continuación se tratará de distinguir e interpretar diferentes razones que llevaron a dicha cesura y las consecuencia inmediatas para los Volksparteien con especial énfasis en la relación de éstos con el fenómeno de la ascendente coalición de derecha Alternative für Deutschland (AfD).

Los demás partidos, en determinadas situaciones, deberían actuar en conjunto como un “frente democrático”, para dejar evidenciada la superioridad de los valores pluralistas ante el odio, el racismo y el miedo.

11518627_artikel-thumb_1p8r3__een0haPrimero, se puede sostener que las elecciones, con una importante participación del 76,2%, ampliaron el espectro de partidos que integran el Bundestag. Además de los partidos nombrados, tanto el partido verde, Bündnis 90/Die Grünen, como el partido de izquierda, Die Linke  supieron mantenerse en el parlamento alemán. Aquí llama la atención que son los únicos partidos miembros del próximo Bundestag que variaron  menos de un punto porcentual en relación a las elecciones nacionales anteriores, en ambos casos con un leve aumento (Grüne de 8,4 a 8,9 y Linke de 8,6 a 9,2) y de escaños (Grüne +4, Linke +5) lo cual puede interpretarse como la presencia de un electorado fiel, pero a la vez con la confirmación de cierto -quizá momentáneo- techo electoral.

A los partidos que ya formaron parte del Parlamento, se sumaron el partido liberal, Freie Demokratische Partei (FDP), con un crecimiento considerable con respecto al fracaso electoral que significó el menos del 5% obtenido en 2013. Los 10,7% alcanzados  por los liberales en esta oportunidad significaron la duplicación del resultado anterior, sin embargo eso demuestra que el FDP se encuentra todavía en un estado frágil y que requiere de una reconstrucción cautelosa de un partido que, otrora, tuviera una notoria tradición gubernamental. El actual presidente partidario, Christian Lindner, se encuentra ante el dilema que ofrece una posible coalición entre CDU, FDP y Grüne, ya que una participación en el gobierno Merkel podría afectar de manera negativa a la imagen cuidadosamente reconstruida desde 2013. El mismo Lindner en diferentes ocasiones ha declarado su preferencia por un rol destacado en la oposición, con la finalidad de aumentar la adhesión electoral y preparar el partido para una participación gubernamental más influyente en el mediano plazo. En su constitución actual, el partido liberal en una coalición “Jamaica” -llamada así por la combinación de colores de los partidos que la conformarían- conseguiría algún que otro ministerio, por los cuales competiría con el partido verde, pero principalmente, y al igual que estos últimos, funcionaría como simple procurador de la mayoría parlamentaría de la Union, lo cual se traduciría en un rol todavía más predominante de la canciller Merkel.

Un punto central representa las diferencias importantes que hay entre los Programas electorales de FDP y verdes, especialmente en relación a cuestiones económicas y ecológicas, mientras que la CDU cuenta con cierta cercanía a ambos en diferentes aspectos. Esto implica que una discrepancia intragubernamental podría traducirse rápidamente en inestabilidad y precipitaría luchas internas que obturarían la cooperación plena entre los actores y, por ende, una línea política conjunta. A su vez, las meras negociaciones de un contrato coalicional base, entre tres fuerzas de posiciones acentuadamente diferentes e incluso contradictorias, de antemano se prevén largas y dificultosas.

La inestabilidad que promete la cooperación “forzada” entre FDP y Grüne podría resultar en un desenlace fatal, es decir la finalización del nuevo gobierno antes de término, previsto en 2021. Un escenario semejante afectaría sin dudas a todos los partidos integrantes, y podría, en el “peor” de los casos, devolver al FDP a su lugar afuera del Bundestag.

El segundo integrante nuevo del Parlamento será el partido más polémico de la actualidad alemana, cuya mera presencia marca uno de los indicios más fuertes de la mencionada cesura del escenario político. La AfD se ubica claramente en el polo derecho del mapa ideológico, y su éxito electoral evidencia la polarización en ascenso del sistema partidario alemán. Algunos sectores del partido incluso se manifiestan abiertamente en posiciones de extrema derecha y partidarios de la relativización de la pesada herencia nacional-socialista, aunque otros sectores se consideran más bien como un partido conservador levemente a la derecha de la Union. No obstante ello, hay una importante articulación interna entre dichos sectores, que se traduce en el rechazo conjunto de la inmigración masiva, lo que es considerado la “islamización” del país y la solidaridad europea. Sin embargo, ya se puede identificar cierta fractura interna en la línea del liderazgo, la -aún- presidente partidaria Frauke Petry, su marido Marcus Pretzell y sus (pocos) aliados -quienes durante el año electoral 2017 trataron de ubicar a la AfD a la derecha de la Union, como una especie de CSU en décadas anteriores (léase en el espíritu de F.-J. Strauß en sus momentos más reaccionarios)- rompieron filas luego de las elecciones y estarían saliendo de la AfD en los próximos días. Sus salidas son el resultado de una puja interna perdida contra sus contrincantes, encabezados por Alexander Gauland y Alice Weidel, y la resultante pérdida de poder.

Los dos grandes partidos perdieron la certeza que tuvieron durante las últimas cinco décadas: la de representar las fuerzas determinantes en el juego político alemán.

afd-ramadan1_eff89a5985a475378cd3170917df5aafEl éxito de la AfD demuestra también que lo que los segmentos educados consideran un consentimiento generalizado de la sociedad, no se extiende a ella en su conjunto. La sociedad del consenso de izquierda-liberal  -representada en el escenario político en diferentes matices desde los verdes hasta la CDU (es decir el espectro completo de los partidos más “importantes”)- se presenta frente a estos hechos más bien como imaginaria. El 12,6 % alcanzado por la AfD refleja una disconformidad amplia con la línea política inmigratoria del gobierno, apoyada a grandes rasgos por todo el Bundestag.

La temática de la inmigración sin controles -como consecuencia de la bienvenida a los refugiados victimas las guerras en Siria e Iraq, que atrajo a los denominados “refugiados económicos” quienes “aprovecharon” la política de bienvenida sin restricciones- generó resentimientos fuertes. El miedo de los segmentos subalternos locales a esa “ola” de inmigrantes poco educados por la competencia económica y laboral, se mezcló con mitos y casos reales de crímenes, incluso violaciones, asesinatos y actos de terrorismo, cometido por “refugiados”. Ese cóctel de resentimientos, la impotencia de un aparato estatal que se vio superado por las consignas políticas, casos de crímenes a consecuencia de la inmigración como falso pretexto, y la vulnerabilidad de ciertos sectores hacia lemas anti-islamicos, fortalecimiento nacional e incluso discursos abiertamente xenófobos, parece haber activado ciertos sentimientos chauvinistas hasta entonces yacientes debajo de la superficie de la sociedad.

La activación de esos sentimientos llevó al éxito de la AfD, y demostró que la disconformidad con la política inmigratoria no es un fenómeno de la extrema-derecha, sino que también está presente en el centro conservador de la sociedad.

El éxito de la AfD debería servir de advertencia en cuanto al atractivo que los contenidos defendidos desde sus filas representan, tanto para segmentos que en las últimas décadas se mantenían alejados de las urnas, como para un electorado conservador que tradicionalmente se sintió atraído por la Union. Además quedó evidenciado que de ninguna manera hay que dejar de lado las voces críticas de la linea política inmigratoria, descartándolas como un fenómeno limitado a los sectores de la derecha, sino que en los casos moderados se trata de reclamos legítimos que también deberían poder articularse en el juego democrático, aunque sea para quitarle su fuerza explosiva.

Luego de conocidos los resultados ya se pudo identificar cierto “cambio de chip”, así la CSU, con una caída electoral considerable en su territorio bávaro, declaró enfocarse más en contenidos conservadores para fortalecer y reencontrarse con su electorado tradicional. Eso, a su vez, podría ser otro punto de conflicto en la coalición. La puja entre los partidos hermanos, y el antagonismo entre Merkel y Horst Seehofer, también podría afectar el margen de acción de un gobierno que, aun antes de iniciarse, ya sabe que requiere de un conjunto de compromisos y acuerdos inter-partidarios.

Ese cóctel de resentimientos y la impotencia del aparato estatal parecen haber activado ciertos sentimientos chauvinistas hasta entonces yacientes debajo de la superficie de la sociedad.

Los electores descontentos, por lo tanto, influyeron de manera indirecta en la composición del próximo gobierno y también, de algún modo, en la estabilidad del sistema partidario mismo. Su decisión de votar a la AfD incidió sobre varias configuraciones y, de cierta manera, también en la suerte de la gran coalición. Su movilización, sin embargo, no se debe solamente al atractivo de la derecha, sino también a la falta de respuestas de los partidos establecidos a las inquietudes de los sectores menos privilegiados del pueblo alemán, que se sienten abandonados por el Estado.

Aquí se inscriben también las campañas electorales de los partidos mayoritarios, tanto el SPD como la CDU trataron a la temática con cierto descuido, muchas veces optando por dejarla de lado por su complejidad y aristas polémicas. Por un lado, sirvió para no espantar al electorado liberal de izquierda considerado mayoritario; por otro, causó el repudio tanto de los sectores de centro-derecha, que en otros momentos habrían votado por la Union, como también a los antes ausentes. Así, la CDU apuntó en su campaña al liderazgo de Merkel y a la continuidad de su linea política, cuando justamente es la canciller quien representa la cara más visible para los adversarios más duros de la inmigración masiva. De esa manera se reforzaron los miedos irracionales a una especie de “Germanistan” cultivada por éstos últimos. Como ejemplo sirve la exclamación “danke Merkel” que se escucha cada vez que un inmigrante ingresado con documentos falsos es expulsado tras cometer algún crimen, como sí la falta de educación, la frustración o, por qué no, cierta radicalización individual fuera consecuencia directa del accionar de la canciller.

btw2017_18-1_schulzEl SPD, con su candidato Martin Schulz, apuntó a un temario socialdemócrata clásico: más inclusión, más protección para jubilados, una redistribución de la riqueza más justa para achicar la brecha económica. El partido mismo lo resumió como “más justicia social”. Aunque, a primera vista, esto aparentaba ser más cercano a las necesidades de los segmentos más vulnerables, la campaña no supo generar un aumento de la adhesión sino todo lo contrario. Se alcanzó un resultado históricamente bajo por no saber transmitir un discurso lo suficientemente fuerte para vencer los temores irracionales instrumentalizados por la derecha.

Los dos grandes partidos perdieron la certeza que tuvieron durante las últimas cinco décadas: la de representar las fuerzas determinantes en el juego político alemán. Especialmente grave se dibuja el escenario para el SPD, el partido más antiguo del país, que ha superado persecuciones sangrientas, pero que no supo generar una adhesión duradera a partir de los cambios económicos de los 80. El partido requiere una cura urgente, el paso hacia la oposición parece ser el indicado debido al menos a dos cuestiones. Primero, porque le quitaría la posibilidad de ejercer el derecho de hablar como primer representante de la oposición a la AfD, lo cual tiene valor simbólico y puede reforzar la imagen decaída del SPD como “baluarte de la democracia”, sacrificando la posibilidad de participación en el gobierno a favor de la contención de las fuerzas de derecha en el parlamento. No hay que subestimar este simbolismo en la tradición de un partido cuyos representantes votaron en contra de la Ley Habilitante en 1933.

Por otro lado, la salida del gobierno también conlleva la posibilidad de distanciarse del perfil actual de Juniorpartner de la Union. De esa manera se podría lograr un reinicio verdadero, demostrando desde la oposición que todavía se trata de un partido “de Estado” y no simplemente uno más del montón. Así se podría mejorar la imagen dañada de un año electoral que comenzó eufórico y concluyó en debacle. Del “Schulztren” en enero y la esperanza de poder competir por la cancillería, se pasó a la pérdida de Länder de dominio socialdemócrata, y desembocó en el pobre 20% final. Esto se inscribe en la decadencia sostenida que vive el SPD desde que Schröder perdió las elecciones de 2005 por un punto. Tanto en 2009 como en 2013 los números fueron decepcionantes y solamente se puede esperar que el SPD en estas elecciones haya tocado fondo, para levantarse con más fuerza y brindar una alternativa política socialdemócrata. Aquí también será de suma importancia la reorganización de la cúpula partidaria, aunque Schulz como presidente debería mantenerse, sería importante incluir gente “nueva”, que tenga la chance de perfilarse desde la oposición y brindar una perspectiva para las próximas elecciones. También es importante un reordenamiento de las propuestas y cierta claridad en cuanto a los valores que el partido pretende representar. Sí el SPD sigue la línea política de los últimos años correrá riesgo de caer en el pelotón de los partidos menores, lo cual causaría el aumento de la polarización del sistema partidario alemán. Eso porque un electorado, hoy todavía cercano SPD, de repente se podría encontrar nuevamente disponible en el “mercado electoral” y aumentaría la competencia inter-partidaria por disputarlo.

 El SPD alcanzó un resultado históricamente bajo por no saber transmitir un discurso lo suficientemente fuerte para vencer los temores irracionales instrumentalizados por la derecha.

Un indicio de un escenario semejante al caso de la caída del SPD por debajo del 20% representa el disminuido poder de la oficialista Union. Ella también se ve ante la necesidad de fortalecer su electorado, la pérdida de 65 escaños es una señal clara de que ambos grandes partidos se encuentran en en diferentes etapas de la misma crisis. La ira de aquellos que se sienten descuidados por el Estado en combinación con el éxito del populismo nacionalista y la crítica a ciertas políticas estatales, de las cuales CDU y SPD son participes, consideradas erróneas, llevaron al auge de la AfD (y sus semejantes europeos), la cual de ninguna manera representa solamente el reclamado partido cívico a la derecha de la Union, sino un receptáculo de sectores extremadamente conservadores, islamofóbicos y neo-nazis. No es un partido que en su totalidad se muestra dispuesto a aceptar las reglas democráticas del Bundestag.

shutterstock_716136190La constelación parlamentaria venidera representa un desafió para el sistema político alemán entero. La contención de las provocaciones provenientes de las filas del AfD y de la ostentación del cinismo por parte de un verdadero outsider político requerirá que los partidos establecidos que se unan, dejando de lado diferencias pasadas. Además deberán acercarse más a los ciudadanos, tomar sus demandas en serio y discutir las “irracionalidades” a través del diálogo, no desde “arriba”. A su vez, es preciso reconocer la legitimidad de los representantes populistas, elegidos de manera democrática con un mandato representativo. Por lo tanto, tampoco deberá aislar a la fracción parlamentaria del AfD, para no agravar el sentimiento de su electorado de no ser tomado en serio por los políticos. La estrategia más adecuada debería consistir de una “contención inclusiva”, es decir permitir la participación y expresión dentro de los limites constitucionales, pero a la vez sancionar de manera decidida en caso de una transgresión los mismos. Los demás partidos, en determinadas situaciones, deberían actuar en conjunto como un “frente democrático”, para dejar evidenciada la superioridad de los valores pluralistas ante el odio, el racismo y el miedo. Solamente así la participación de la AfD será un accidente aislado, y no un estado de sitio democrático duradero que ponga en riesgo los cimientos trabajosamente construidos durante décadas.

Robert Kranz

Robert Kranz

Alemán residente en la Argentina. Estudia la Licenciatura en Ciencias Políticas en la Universidad Nacional del Litoral.

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