La esfera pública partida y la pregunta sin responder

Las redes sociales parecen ser la esfera de la batalla. Pero contra los trolls hay un buen antídoto: salir a la calle, encontrarnos en la plaza, abrazarnos y repetimos a los gritos la pregunta que sigue sin ser respondida: ¿Dónde está Santiago Maldonado?

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La desaparición forzada de Santiago Maldonado generó un clamor en las redes sociales que las empresas periodísticas no pudieron ignorar. La pregunta ¿Dónde está Santiago Maldonado? y el cuestionamiento directo a la Ministra de Seguridad @PatoBullrich en tuiter homogeneizaron la red social y esto se replicó, escalonadamente, en Facebook e Instagram.

A medida que la pregunta se multiplicaba la respuesta del “troll center” no se hizo esperar en forma de repregunta ¿Y López? ¿Y Luciano Arruga? ¿Y María Cash? Los “trolls”, que ya habían logrado instalar con “éxito” campañas en tuiter contra los investigadores de CONICET, abrieron una grieta -para retomar las palabras de Ernesto Calvo–  frente a la demanda por respuestas para que el gobierno diga qué pasó con Santiago.

La polarización en las redes sociales no es solo acción y efecto de los algoritmos que ordenan y filtran la información, sino que se ve reforzada por la continua demanda de la sociedad civil,  la embestida de los “trolls” y las operaciones que empresas periodísticas y funcionarios del gobierno están desatando para embarrar la cancha.  Así podemos toparnos con miles de usuarios que están convencidos de que la pregunta por Santiago Maldonado se está utilizando para desestabilizar al gobierno y la consecuente campaña #ConMisHijosNo, que se hizo carne en el discurso de funcionarios del gobierno como el Secretario de Derechos Humanos y negacionista Claudio Avruj quien tuiteó: “Entiendo a los padres que dicen #ConMisHijosNo. Llevar el caso de Santiago Maldonado a las aulas es muy bajo, doloroso y peligroso”.

Los “trolls” abrieron una grieta frente a la demanda por respuestas para que el gobierno diga qué pasó con Santiago.

Según cuenta Ari Lijadad en su tuiter, Clarín demoró 29 días en poner en tapa una mención a la desaparición de Santiago y como muestra el estudio reciente que hicieron Ernesto Calvo y Natalia Aruguete, las empresas periodísticas no pudieron eludir un tema que no para de resonar en las redes sociales. Y, con más o menos matices, embarraron la cancha, reprodujeron versiones oficiales, banalizaron la protesta mapuche preguntándose por el “look” de Facundo Jones Huala y derrocharon minutos de radio y televisión para darle rienda suelta a conjeturas e hipótesis dignas de los energúmenos tuiteros también conocidos como “trolls”.

UN ÁGORA DE MIERDA

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Hace unos meses una amiga me dijo que “tuitear es como hablar sola por la calle y que alguien –por error– te escuche”. Siguiendo este razonamiento también podemos pensar que tuitear y responder tuits es como hablar con alguien en la fila del supermercado o en la espera para ser atendidos por el dentista. Entonces, cuál es la diferencia. A riesgo de quedar como alguien que no se adapta a los espacios que abren las nuevas tecnologías, podemos coincidir que tuitear no es hablar cara a cara, y es esa ausencia de corporeidad la que habilita que cualquiera pueda decir cualquier cosa a cualquier persona sin ningún prurito; de ahí a la ley de Godwin y la ya conocida “shitstorm” de Byung-Chul Han hay solo unos tuits. Esto se pone más intenso cuando reparamos en que por cada persona de carne y hueso que tuitea tenemos decenas de “trolls”, “bots” y “fakes” que están haciendo ruido. En otras palabras y como dice @buensalvaje “las ‘redes sociales’ son un ágora de mierda de la cosa pública, una simulación de participación, exactamente lo que funciona mal”.

Tuitear no es hablar cara a cara, y es esa ausencia de corporeidad la que habilita que cualquiera pueda decir cualquier cosa a cualquier persona sin ningún prurito.

Sin embargo, y asumiendo el riesgo de moverse en el territorio del enemigo, las redes sociales ya funcionan como pequeñas y múltiples esferas públicas donde se disputa el sentido de los acontecimientos, donde la lucha por el control de las narrativas está desatado, donde los usuarios denuncian, conversan, debaten y se organizan, donde el gobierno, a través de sus funcionarios y su ejército de trolls tratan de ocupar cada vez más territorio y también donde las empresas periodísticas se esfuerzan por recuperar su hegemonía en la construcción de la agenda mediática.

Qué hacemos entonces cuando la pregunta que no para de repetirse es respondida con evasivas institucionales y un monstruoso blindaje mediático, cuando la conversación en las redes sociales se polariza y la tan mentada grieta se reproduce y terminamos hablando con los que piensan como uno, cuando el mensaje de los trolls se hace carne y cuando la posverdad es puesta a jugar como una capa más para revestir la realidad. Entonces, ¿Qué hacemos? Salimos a la calle, nos encontramos en la plaza, nos leemos en los carteles impresos, nos abrazamos, tuiteamos y repetimos a los gritos la pregunta que sigue sin ser respondida: ¿Dónde está Santiago Maldonado?

Mariano Vazquez

Mariano Vazquez

Doctor en comunicación por la Facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata. Docente universitario ad honorem en el taller de Tecnologías de la Comunicación.

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