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En busca del segundo mejor (socialismo)

Es momento de repensarlo todo. Para los socialistas, en sus diversas acepciones, la tarea urgente es replantearse ideas como “reforma” y “revolución”, pensar el papel de estructuras sociales como el “Estado” y el “mercado”, y las posibilidades concretas de transformaciones radicales de la sociedad. Es hora de pensar, una vez más, el socialismo.

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“Porque recuerden, nosotros no somos un partido de lo posible, somos un partido de lo necesario” se escucha en una reunión del partido trotskista Nuevo Más. La frase resume gran parte de la cruzada de la izquierda a lo alto y ancho del mundo, y a lo largo de, como mínimo, un siglo de historia. Revolución vs reformismo; izquierda radical vs izquierda moderada; o quizás, tan simple como izquierda -a secas- vs centroizquierda.

Desde adentro y desde afuera, la categoría se atribuye a personalidades tan distintas como Trotsky, Stalin y Bernstein; Del Caño, Chávez y Mujica. Lo mismo sucede con la palabra “socialismo”, otro término que, a lo largo del tiempo, se ha flexibilizado, adjetivado, estirado y se lo usa para representar distintos proyectos de sociedad. Varias izquierdas, varios socialismos.

La categoría “socialismo” se atribuye a personalidades tan distintas como Trotsky, Stalin y Bernstein, Del Caño, Chávez y Mujica.

Atendiendo a la frase citada al inicio de esta nota, la eterna discusión izquierdista parece ser una disputa entre querer ser y poder ser. Y digo “querer ser” y no “necesitar ser”, porque lo cierto es que este último resulta un concepto un tanto problemático. Adjudicarse la virtud de conocer lo que el pueblo necesita y, además, tachar a sus pares –izquierdistas- de saberlo pero no querer hacerlo… suena un tanto desacertado. En cambio, mejor cabe el ya mencionado “querer ser”: muchos deseos de la izquierda “radical” son compartidos por la izquierda “moderada”; la diferencia reside, a grandes rasgos, en que una los cree –al menos por el momento- imposible, y la otra no (o al menos son planteados como la única alternativa).

Sin embargo, aún en la izquierda que reconoce como utopías los objetivos generales del marxismo “ortodoxo” (para referirnos a la izquierda radical), también se abre otro paraguas de discusión: ¿Qué “socialismo” –o qué otro sistema- se busca entonces?

LA TEORÍA DEL SEGUNDO MEJOR

OPINION ILUSTRACION DE LEONARD BEARD

En Economía se conoce como “teoría del segundo mejor” a la que dice que si una de las condiciones necesarias para alcanzar un óptimo (de Pareto) no se puede conseguir, las demás condiciones dejan de ser deseables. Es decir, que en ese caso es mejor abandonar el resto de condiciones para alcanzar un segundo mejor punto óptimo.

Llevado al campo de la política, el jurista Carlos Nino alguna vez dijo: “cuando debe optarse por una solución de ‘segundo mejor’ no siempre es tal la que se aproxima más a la solución considerada óptima (…)”. Como dicen Lipsey y Lancaster: “no es verdad que una situación en la que más, pero no todas, de las condiciones óptimas están satisfechas es necesariamente, o aún probablemente, mejor que una situación en que menos de esas condiciones se satisfacen”.

A esta altura del partido, podríamos decir, la cuestión de la posibilidad del socialismo (en el sentido trotskista) se invirtió: lo que debe demostrarse no es cuáles condiciones no están dadas, sino cuales sí. Y, además, la carga de la prueba recae en aquel que pretenda afirmar que la revolución, tal y como la planteó Marx, es hoy posible. El principio es su imposibilidad, y no a la inversa.

Por tanto, y siguiendo el enfoque de la izquierda, anulada la posibilidad de cumplir con (muchas de) las condiciones que inicialmente se señalan como necesarias para el primero mejor (el socialismo en su sentido más restringido): ¿lo mejor es aproximarse lo más posible a él? ¿o redefenir los objetivos y, por ende, reformular el camino hacia ellos? Ante la imposibilidad de cumplir con “a” ¿sigue siendo deseable cumplir con “b”, “c” y “d”?

Volviendo a Nino, esta vez citando al teórico social sueco Jon Elster: “cuando los demás no realizan lo que sería deseable en la situación óptima puede ser totalmente contraproducente actuar como habría que hacerlo en esa situación si todos actuaran de igual modo. […] Un poquito de socialismo puede ser peligroso en un contexto capitalista.” En conclusión, a veces lo posible se vuelve indeseable.

Continuando con esta línea, se abre una nueva pregunta para las izquierdas, en este caso ya dentro del amplio océano del “posibilismo”: ¿Qué conviene ser (y hacer)? Es decir: ¿la búsqueda se debe abocar a concretar lo más posible el primero mejor que se tenía en miras? ¿O el segundo? En ese caso: ¿cuál es el segundo mejor? ¿Es un primero imperfecto, o configura una opción íntegramente nueva?

CRÍTICA O BARBARIE

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Adentrándonos en lo coyuntural, mencionar que las izquierdas que gobernaron en América Latina en este último decenio -años más, años menos- están retrocediendo, no parece una novedad. El retroceso general percibido está constituido, entre otros procesos, por la actual crisis venezolana, que interpela al amplio universo de la izquierda –intelectual, partidaria, activista- a hacer una revisión sincera de los acontecimientos y a llevar a cabo una reflexión con la mayor honestidad intelectual posible. En este sentido, la defensa al accionar del gobierno venezolano parece acabarse en sí misma: ¿para qué se realiza? ¿qué horizonte hay, aún cuando se sobreviva a la turbulencia? Más aún: ¿qué causa se está defendiendo a esta altura?

Además, la situación de Venezuela lleva a replantearse si vale la pena seguir luchando por un “socialismo de Estado”, como lo fueron la mayoría de los procesos del siglo XX. Los modelos socialistas al estilo ‘estaliniano’ hasta ahora ensayados no parecen haber tenido grandes resultados, sin perjuicio de conquistas particulares que se puedan reconocer en algún caso. Por tanto, se hace menester hacer una reflexión, despojada lo más posible de subjetividades y sesgos ideológicos, para dejar de encerrarse en la idea de que Venezuela es un potencial ‘buen modelo’, imposibilitado de funcionar de forma correcta únicamente por cuestiones extrínsecas (dígase más precisamente de las alusiones a los ataques imperialistas o de la propia oposición local), y empezar a reconocer sus fallas intrínsecas. Es la presencia de la crítica lo que abre caminos, y su ausencia la que los bloquea.

La situación de Venezuela lleva a replantearse si vale la pena seguir luchando por un “socialismo de Estado”, como lo fueron la mayoría de los procesos del siglo XX.

Esto no implica necesariamente una conversión ideológica pro-sistema. Pero sí implica aceptar que, en este contexto social, político, económico y cultural (y entendido en forma global), el socialismo, retóricamente anticapitalista y empíricamente estatista, ha mostrado (y muestra) muchas dificultades para desarrollarse. Al menos –repito- en la forma que se ha ensayado hasta ahora.

Si concluimos que el trotskismo representa la búsqueda del socialismo deseado sin tener en cuenta lo posible, y que la revolución bolivariana vino llevar a la práctica la opción posibilista –un socialismo de Estado a medias-, la cuestión entre “lo deseado” y “lo posible” empieza a quedar chica para explicar al resto de los gobiernos de izquierda latinoamericanos, que claramente se diferenciaron del venezolano. Por otro lado, a la luz de los resultados en Venezuela, urge repreguntar: ¿es deseable lo posible? No siempre.

No debiéramos tampoco dejar pasar la cuestión de en qué se han convertido las experiencias socialistas más radicalizadas: siempre en estalinismos y jamás en un socialismo libertario. Quizás los anarquistas tenían razón: la burocracia que tomará el poder luego de la revolución engendraría en el peor enemigo de la propia revolución. Pablo Stefanoni dice: “No es la primera vez, ni será la última, que en nombre de la superación de la ‘democracia liberal’ se anule la democracia junto con el liberalismo”. La realidad que nos muestra los resultados de la práctica debería invitarnos a revisar la teoría.

El impulso por construir una identidad a partir de lo que se rechaza (por ejemplo, configurarse como contracara del neoliberalismo) a veces es llevado a extremos absurdos: el rechazo al fundamentalismo de mercado lleva a convertirse en fundamentalista del Estado; y la negación de la democracia liberal lleva a la justificación de su supresión, sin importar con qué cosa se la suplante.

El impulso por construir una identidad a partir de lo que se rechaza (por ejemplo, configurarse como contracara del neoliberalismo) a veces es llevado a extremos absurdos.

Por otro lado vemos a procesos que, siendo menos radicalizados y erigidos sobre cierta prudencia macroeconómica combinada con moderadas reformas –y a veces algunas más atrevidas, como la nacionalización de los recursos naturales-, pudieron obtener mucho mejores resultados. Al tiempo que para Venezuela se registra una caída del 24% del PBI en los últimos dos años –y se proyecta una del 7% para el 2017-, Bolivia y Uruguay completan diez y quince años de crecimiento económico ininterrumpido, respectivamente, lo que les permite seguir reduciendo la pobreza y redistribuyendo la riqueza; al tiempo que les da margen para continuar desarrollando reformas sociales; y han logrado cierta estabilidad, producto también de la voluntad de sus gobiernos por entablar alianzas con otros sectores del campo político. En cierto sentido, conceden para ganar.

De esta forma, las circunstancias actuales revitalizan el eterno conflicto entre “lo deseado” y “lo posible”, al tiempo que lo complejizan: querer ser, poder ser y (lo que) conviene ser, esa es la cuestión. Inmersas en ese triángulo problemático, las izquierdas se ven tensionadas por tres vértices que fuerzan permanentemente para atraerlas hacia su eje y ganarle la pelea a los otros.

EN BUSCA DEL SEGUNDO MEJOR

1461690746_611688_1461856825_noticia_normalÁlvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, insiste en que, sin sostenibilidad económica, las revoluciones (en sentido amplio para referirse al caso boliviano) no pueden subsistir. Es también el argumento que utiliza el semiólogo Noam Chomsky para criticar a los mismos procesos latinoamericanos que supo apoyar. Palabras más, palabras menos: si tú no logras estabilidad económica y crecimiento, vuelve la derecha y derriba las conquistas sociales, dice Linera. La realidad pareciera darle la razón, y aplica para varios de los gobiernos de la región en este tiempo. Sucede más de una vez que, en pos de emparchar injusticias de corto plazo, se da lugar al advenimiento de injusticias en el mediano o largo. De esa manera, la injusticia termina llegando por algún otro lado –y en Venezuela no hace falta que vuelva la derecha para que eso pase-.

Sucede más de una vez que en pos de emparchar injusticias de corto plazo, se da lugar al advenimiento de injusticias en el mediano o largo.

Entonces, si ya no se trata de buscar el primero mejor, hay que decodificar cuál es el segundo, sin dejar de observar que -como ya señalamos- este no es necesariamente lo que más se le aproxime al primero. Hay procesos, como el boliviano y el uruguayo, que, aún con sus diferencias, pueden iluminar el sendero. “Socialismos” (estirando el término) económicamente sostenibles, políticamente pragmáticos, y social, cultural e institucionalmente progresistas. Es a partir de (y no en lugar de) la consolidación de esas bases que pueden comenzar los intentos de expandir la medida de las reformas e impulsarse alternativas que vayan más allá de las estructuras tradicionales. Ambos países representan un buen equilibrio entre ese querer ser, poder ser y (lo que) conviene ser.

En resumen, la izquierda en general está invitada –mas bien obligada, si no se quiere quedar afuera de la fiesta- a examinar los procesos recientes para redefinir objetivos y caminos. Personalmente, si el modelo es Venezuela: bien gracias, paso. Preferible un camino que, sin dejar de tener en miras lo deseado, tenga en cuenta lo que es posible, atendiendo a lo conveniente, ya que muchas veces –dijimos- lo deseado se vuelve imposible y lo posible se vuelve indeseable. Pero sobre todo espero, parafraseando a Stefanoni, “que Caracas no se convierta en nuestro Muro de Berlín del siglo XXI”.

 

 

Tomás Allan

Tomás Allan

Estudiante de Derecho (UNLP). Ha escrito diversos artículos de opinión en "La tinta".

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