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Guernica, entre la belleza y el horror

El Museo Reina Sofía expone en Madrid un conjunto de obras del autor bajo el título “Piedad y terror en Picasso”. La reflexión sobre el Guernica -que hace alusión al bombardeo durante la Guerra Civil Española- permite adentrarse en un mundo en el que se combinan belleza y monstruosidad.

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Con motivo de los 80 años de la icónica obra del artista español,  y de los 25 que lleva en el Museo,  el Reina Sofía exhibe actualmente la exposición “Piedad y terror en Picasso. El camino a Guernica”. Con más de 170 pinturas, esculturas y bocetos, y un recorrido fascinante por el devenir creativo de Picasso, la propuesta resulta tan cautivadora como inquietante.

Detenerse a observar el Guernica adquiere una significación totalmente distinta si más que un mandato de orden turístico (“si vas a Madrid, ¡tenés que ir a ver el Guernica!”), uno se deja sumergir en el mundo de interrogantes, imágenes y sensaciones que la obra de Picasso ofrece en su conjunto.

Es usual interpretar los grandes acontecimientos, las obras clásicas e incluso los procesos sociales a partir de una lógica que dicotomiza las nociones de cambio y continuidad. Lo novedoso adquiere un ribete trascendental, lo que irrumpe pareciera poseer una fuerza transformadora inusitada, previamente inconcebible.  Sin embargo, lo que emerge como una ruptura respecto de un orden de cosas anterior no puede comprenderse si no se contemplan los lazos que guarda con aquello que lo antecede.

En relación al lienzo que lleva el nombre de la ciudad bombardeada en el marco de la Guerra Civil española, esto resulta evidente. Si bien desde el punto de vista pictórico existe una periodización de la producción artística de Picasso que identifica momentos diferenciados en relación a las temáticas abordadas y las técnicas utilizadas, no es menos cierto que el Guernica no puede apreciarse cabalmente si se lo escinde del nudo fundamental que el autor traza entre belleza y monstruosidad a lo largo de su obra.

El Guernica no puede apreciarse cabalmente si se lo escinde del nudo fundamental que el autor traza entre belleza y monstruosidad a lo largo de su obra.

Lo femenino, el dolor y el horror se entrelazan en pinturas como Figura y perfil, El pintor y su modelo, o la serie Mujer sentada en un sillón. En 1950, Picasso diría a Franҫoise Gilot: “como artista, soy ante todo el pintor de la mujer, y para mí la mujer es en esencia una máquina de sufrimiento”. Ese mundo interior inagotable que Picasso plasmaría en sus obras y que lo mantendría en los primeros períodos alejado de las alusiones a las escenas paisajísticas, expresaba una tensión radical entre el placer, la belleza y lo incierto, lo amenazante, lo monstruoso.

Del mismo modo, la muerte siempre sobrevoló las expresiones más vivaces de la existencia humana plasmadas en sus obras; esas mujeres “están atrapadas en sus sillones como pájaros en una jaula (…) Las encarcelaba en esa ausencia de gesto y repetición de motivo porque trataba de captar el movimiento de la carne y la sangre en el tiempo”. La fascinación por lo efímero de lo corpóreo, su goce y degradación anudan en una misma imagen belleza y terror.

Amén de los caudalosos análisis artísticos, los debates en torno a su carácter de ícono pictórico del siglo XX y de su trascendencia sociopolítica en cuanto espejo de la barbarie moderna, para pensar su potente vigencia, es interesante detenerse en cómo lo monstruoso y lo bello cobran un sentido singular en el Guernica de 1937. Si el terror está explícitamente trazado en la destrucción de las paredes que resguardaban la privacidad del mundo interior, en la materialización de la incertidumbre que significa ese no-lugar que dejan a su paso los bombardeos, y en la escena más desgarradora y descorazonada de la muerte, la belleza emerge de la mano de la piedad.

maxresdefaultEl Museo Reina Sofía decidió titular la exposición “Piedad y terror en Picasso. El camino a Guernica”. Y tal vez lo curioso sea que al observar el lienzo de inmensas proporciones que el artista decidió exhibir en el Pabellón Español de la Exposición Internacional de París de las Artes y las Técnicas en la Vida Moderna de 1937, la pregunta por la piedad en una obra históricamente interpretada desde la lógica de la denuncia radical, adquiere una relevancia fundamental.

En este sentido, la tensión que se manifiesta exhibiendo magníficas formas a través de trazos, imágenes y colores punzantes es la que descansa en el corazón de la existencia humana misma. Lo terrible es al mismo tiempo lo maravilloso; y es que el hombre es capaz tanto de la más cruel de las violencias, como de la más sensible de las empatías. Jean Jacques Rousseau sostuvo en su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres que la cualidad natural humana de la piedad se había encaminado progresivamente hacia la extinción a raíz de las convenciones sociales y el avance de la civilización. Curiosamente, el término piedad suele traducirse también como empatía, ya que refiere a la capacidad de sentir en carne propia el dolor ajeno.

Si pensando en el Guernica retomamos los senderos trazados por la afirmación de Fiodor Dostoievski  de que “la belleza salvará al mundo”, podríamos pensar que esto no es simplemente cierto por el hecho de que el arte logre abrir una grieta de humanidad en medio de la desolación y la muerte, sino principalmente porque crear, reconocer, sentirse interpelado por la belleza nos recuerda que no solamente somos capaces del horror. La belleza salva porque redime, porque al conmovernos nos demuestra que también somos capaces de sentir empatía, de dejarnos atravesar por aquello que nos une al resto de los hombres, y al mundo.

El Guernica de Picasso es imponente. Es imponente como la muerte, como la guerra, como el dolor ante la destrucción y la pérdida, como el horror­­. Y también lo es como la inagotable plasticidad de lo humano, como el arte, como la belleza, como la vida.

 

Giuliana Mezza

Giuliana Mezza

Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Docente universitaria y delegada de ATE en el Ministerio de Cultura de la Nación.

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