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Lo que sangra es la herida

La emisión de la problemática infanto-juvenil en el programa de Jorge Lanata reprodujo estereotipos. Su mirada favorece la criminalización de los pobres. ¿Y si pensamos el problema de otra manera?

0004590368“…es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su increible aventura de pan y chocolate…”

 Armando Tejeda Gómez. Hay un niño en la calle.

 

Hace escasos días, el programa televisivo “Periodismo Para Todos” conducido por el periodista Jorge Lanata, llevó a la pantalla una entrevista realizada a un niño de 11 años en la cual se relataban situaciones de su vida. Se trataba, según lo mostraban en la emisión, de una vida caracterizada por la delincuencia infanto-juvenil. La misma, sin embargo, era aparente. En principio, no existía prueba alguna de la veracidad de lo relatado. Aún cuando los relatos fueran ciertos, se corresponden sólo a determinados aspectos de la existencia de ese menor de edad. En la proyección se exhibían de forma exacerbada aspectos elegidos con una clara intención de profundiza estigmas y estereotipos. En definitiva, se trataba de una realidad aparente porque siendo una vida desarrollada en el actual contexto social, donde la exclusión está a la orden del día, y donde seis de cada diez niños viven bajo los niveles de pobreza, se le atribuía individualmente a un niño lo que la sociedad lo llevó a ser. El informe hacía eje en el individuo. No ponía en juego su carácter social.

El sistema en el que vivimos es, por génesis, profundamente inmoral. La experiencia en él, deviene, por lo tanto, injusta. Si esta tesis no es aceptada, no se puede entender ni explicar qué es lo que nos hace ser lo que somos en sociedad. La televisión amplifica una mirada contraria: relega la discusión de la sociedad y pone el foco en los sujetos individuales. Quienes patrocinan los grandes medios de comunicación manifiestan una implicación directa con la forma que adopta el sistema. A la hora de sostener su vigencia, no hay pruritos para la más profunda inmoralidad y violación de derechos.

El informe de Lanata hacía eje en el individuo. No ponía en juego su carácter social.

La televisión, como medio, no suele estar a la orden del día de los debates profundos. El cuestionamiento de los privilegios en un mundo desigual, no es exactamente aquello que transmiten los medios de comunicación. La profundidad de los debates brilla por su ausencia. La discusión sobre los derechos de propiedad y los debates contemporáneos en materia de género son banalizados o amplificados de una manera tal que se vuelvan impermeables a la crítica.

El programa de Jorge Lanata se lanzó al relato de una historia de vida pero no incidió en absoluto en la discusión sobre la desigualdad. “Mostrar” y “exhibir” no son sinónimos de reflexionar. El discurso, que hace con el foco en los pobres, evita puntualizar en su contracara. Las estadísticas de consumo público puntualizan en la comida, la vestimenta, el acceso a la educación y la salud de los pobres. El discurso se replica en los medios de comunicación. ¿Pero que sucede con la pregunta por lo que comen o visten los ricos?
¿Dónde se educan los que tienen?¿Cuánto usan y cuanto derrochan? ¿Qué acumulan? ¿Dónde vacacionan y por qué? ¿Dónde tienen sus cuentas bancarias? ¿Cómo consiguieron su dinero?

El programa de Lanata favoreció la idea de imputar la conflictividad al más débil. Es el último eslabón de la cadena. El que no tiene capacidad de defensa ni puede alzar su voz si no se vuelve colectiva. En tal sentido, la proyección no favorece un discurso progresista que permita comprender la multicausalidad de las situaciones que vive un pibe como El Polaquito. Por el contrario, proyecta la imagen que deparará en bajas de edad de imputabilidad, en criminalización de la infancia pobre, en la asunción del sujeto como un delincuente.

El desarrollo de una narrativa diferente podría favorecer la discusión sobre las infancias arrebatadas y robadas.  En lugar de exponer a un Polaquito por la necesidad del rating, los comunicadores deberían esforzarse por pensar, junto a académicos y especialistas, el proceso de degradación social que ha llevado a la marginalidad y el abandono. El periodismo que pretende transformar a las víctimas en victimarios, que elude el debate sobre las políticas públicas para garantizar derechos, acaba por suscribir  las asimetrías y las desigualdades inherentes a nuestra sociedad.

En lugar de exponer a un Polaquito por la necesidad del rating, los comunicadores deberían esforzarse por pensar, junto a académicos y especialistas, el proceso de degradación social que ha llevado a la marginalidad y el abandono.

¿Cómo garantizar el derecho a una infancia feliz? No lo sabemos. De lo que se trata, sin embargo, es de intentarlo. De desarrollar políticas para proteger a los pibes y a las pibas. De aprender de y con ellos. De pensar en otro Estado y en otra ciudadanía. Seguramente no será exponiéndolos como delincuentes y asesinos en la televisión, ni mucho menos con la mercantilización dé la infancia.

Eliseo Morán y Juan Carlos Meillard

Eliseo Morán y Juan Carlos Meillard

Eliseo Morán es Profesor de Historia y miembro de la mesa nacional de las Juventudes Socialistas. Juan Carlos Meilliard es director de artes escénicas. Es Secretario Nacional de diversidad sexual y miembro de la mesa nacional de las Juventudes Socialistas.

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