Un héroe a la Ken Loach

En su última película, el director británico que acaba de cumplir 81 años presenta un retrato social tan duro como cargado de esperanza. La historia de Daniel Blake: el relato de la resistencia a la inhumanidad del capitalismo.

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“Era una noche glacial. Una espesa capa de nieve heladada cubría la tierra, y el viento, soplando con violencia, arrastraba los copos acumulados en las esquinas de las calles y en las puertas de las casas. Era, en fin, de aquellas noches lóbregas y frías en que las gentes bien acomodadas se agrupan ansiosas alrededor del fuego, regocijándose por no hallarse a la intemperie, en tanto que los pobres, sin abrigo y sin pan, se duermen para no volver a despertar a veces sino en el otro mundo”. Las palabras de Charles Dickens al abrir el capítulo 23 de Oliver Twist resuenan al ver la nueva película de Ken Loach, I Daniel Blake. Aunque haya numerosas diferencias entre la Londres de 1837 y el Newcastle de 2016, el director británico que a sus 81 años es una de las figuras más consecuentes de la izquierda, se encarga de recordarnos que persisten formas de opresión que, aunque intolerables, se asimilan con naturalidad al paisaje de las vidas cotidianas.

Y de vidas cotidianas, de personas de carne y hueso, nos habla esta película en el registro realista y minimalista que Loach viene cultivando hace cinco décadas. El director y su guionista Paul Laverty nos cuentan la historia de Daniel Blake, un carpintero que se está acercando a los 60 años y sufre un ataque al corazón que le impide trabajar por unos meses. A partir de ese escenario, el hombre se enfrenta a una maquinaria burocrática que quiere disuadirlo de velar por el ejercicio de sus derechos. Le dicen que para el sistema de control estatal él se encuentra en perfectas condiciones para trabajar: no importa lo que haya dictaminado el cardiólogo. Le avisan que, si quiere apelar esa decisión, debe esperar varios meses hasta ver si puede cobrar algo. Es mejor, le dicen los empleados estatales encargados de “ayudarlo”, que aplique a un subsidio por desempleo y se comprometa a buscar trabajo online, aunque no sepa usar una computadora y aunque no pueda aceptar ningún ofrecimiento que eventualmente pueda recibir.

En una de sus interminables visitas a las oficinas de asistencia, Daniel conocerá a Katie, una madre soltera de dos niños que tuvo que abandonar Londres por el aumento en los alquileres y recaló en una vivienda social en Newcastle. Juntos, en una relación de amistad que se basa en la humanidad y la cooperación, se irán ayudando en un escenario que se les presenta hostil, demasiado hostil. A menudo, Katie prepara la comida para sus hijos mientras ella se aguanta el hambre y miente diciendo que comió antes, o sufre al ver que no puede pagar la calefacción para que ellos afronten el invierno con entereza. El maltrato y la humillación del Estado gobernado por los tories se contraponen a la solidaridad de base, a la calidez de los ciudadanos que resisten y demandan, a los vecinos que arman redes como les va saliendo, con la fuerza que les queda después del desgaste –físico y emocional- al que son sometidos todos los días.

“La película muestra que el Estado de Bienestar se puede cercenar con terapia de shock, que es lo más frecuente en los países del mundo en desarrollo, o se puede ir corroyendo mediante una muerte lenta, cuyas consecuencias terminan siendo tan duras como de la otra manera”, afirma el Doctor en Ciencia Política Sebastián Etchemendy, autor de un libro fundamental sobre la economía política del neoliberalismo.

Sebastián Etchemendy apunta el rol fundamental de la película en la defensa del Estado de Bienestar y la crítica del neoliberalismo.

“Digamos: la institución está, pero lo que te sacan es el beneficio en la práctica. No sacan los programas pero desalientan a la gente, que tiene que pelear contra la burocracia y eso es una forma de cortarlo. En Argentina es más simple: cuando viene la derecha, cortan los programas; en Europa, los corroen. No es terapia de shock y represión: es empujarte a los márgenes lentamente”, analiza.

En paralelo al estreno en Europa de I, Daniel Blake, Loach se abocó de lleno en la campaña del líder laborista que revitalizó al partido después de la fallida experiencia del New Labour de Tony Blair. “In conversation with Jeremy Corbyn”, así se llama la pieza, es un documental de una hora de duración que muestra al dirigente en asambleas y reuniones con ciudadanos de a pie, algunos más ideologizados, otros menos, que repasan, una a una, las penurias de esta era del neoliberalismo: estudiantes que dejan la universidad por temor a tener que pasarse décadas pagando el préstamo que tomaron para financiar sus estudios, personas discapacitadas que perdieron los subsidios, empleados del sistema de salud público que no tienen aumentos salariales hace años… ¿Les suena? En esos intercambios documentados por Loach, Corbyn toma nota de las preocupaciones de sus representados y postula la necesidad de establecer una “democracia vibrante” con una política hecha desde las bases (community politics).

En el documental, hay muchos Daniel Blakes de carne y hueso que, como el protagonista de la película, son ciudadanos que buscan ejercer activamente sus derechos. Otra pieza de campaña de Loach para el laborismo se llama, precisamente, We Demand.

Hace un par de días, escuché en una conferencia a Mohammad Al-Khafaji, un joven de 28 años que emigró de Irak a Australia cuando tenía 12 y ahora, plenamente integrado a la sociedad que lo acogió, milita para que los nuevos inmigrantes, sean refugiados o no, reciban la misma bienvenida que él. En su fundación, Welcome to Australia, organizan actividades para que los australianos “nativos” conozcan a los recién llegados de primera mano y no se dejen guiar por los estereotipos que crean los grandes medios para ver en el otro nada más que una amenaza. “A la gente no le interesan las estadísticas ni los números que puede haber sobre la contribución de los inmigrantes  a la vida de un país, eso no les mueve el amperímetro. Lo que puede hacer que abran sus cabezas es conocer historias”, dice Mo con didactismo. Y, en una época en la que nuevamente se trata a los seres humanos como meros números, como casilleros de una planilla de Excel que tiene que cerrar, abordajes como los de Loach actúan como un bálsamo.

En paralelo al estreno en Europa de I, Daniel Blake, Loach se abocó de lleno en la campaña del líder laborista que revitalizó al partido después de la fallida experiencia del New Labour de Tony Blair.

Por más que la etapa actual del capitalismo difiera notablemente de la era victoriana, por más que las corporaciones multinacionales sean mucho más poderosas que el temible Fagin que atormentaba a Oliver Twist, persisten, como en un continuum, formas de naturalización de las desigualdades y de la opresión que la cultura puede ayudarnos a entender mejor. Por eso, no es casual que, al ser consultado acerca de quiénes son son sus héroes londinenses, Ken Loach responda sin dudar: “Charles Dickens, obviamente”

 

PD: Por último, una recomendación: estrenada hace algunas semanas en Argentina, I, Daniel Blake ya está en muy pocas salas. Y, por las discusiones y sensaciones que genera a nivel colectivo cuando aparecen los créditos finales, es que vale la pena ir a verla al cine. Pueden consultar las salas disponibles acá: http://guia.lanacion.com.ar/cine/pelicula/yo-daniel-blake-pe7815

 

Pablo M. Shiff

Pablo M. Shiff

Periodista. Se desempeñó como redactor en Infonews.

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