A Alfredo y a Claudio también los mató el machismo

Los casos de Claudio Ayuso y Alfredo Turcumán evidencian que también los varones pueden ser víctimas de una cultura patriarcal que se resiste a los avances igualitarios.

Alfredo Turcumán y su asesina, Claudia Moya (izquierda). A la derecha, Claudio Ayuso.
Alfredo Turcumán y su asesina, Claudia Moya (izquierda). A la derecha, Claudio Ayuso.

Alfredo Turcumán tenía 28 años. Se había casado con Claudia Moya hacía pocos meses. Ambos vivían en Trinidad, una pequeña localidad sanjuanina de menos de 6.000 habitantes. La pareja tenía tres hijas de relaciones anteriores. Desde hacía tiempo Alfredo era víctima de insultos y golpes por parte de Claudia. Sus compañeros de trabajo veían sus moretones. Pero él no respondía a esa violencia. Un día no aguantó más las palizas y decidió hacer lo correcto: fue a buscar ayuda. Fue a la Comisaría del pueblo. Fue a decirle al Estado que su pareja era violenta y que estaba en riesgo. El hermano de Alfredo contó cuál fue la respuesta policial: “No seas maricón, no es para tanto, sé hombre”. Una respuesta emparentada con la que han recibido centenares, miles de mujeres, al ir a denunciar a sus maridos golpeadores: “No es para tanto, cocinale algo rico, abuenate con él”. Un novio anterior de Claudia contó un episodio similar: ella lo quemó con agua caliente y lo cortó con un cuchillo. También él acudió a la Comisaría de La Trinidad. Y tampoco le tomaron la denuncia: el comisario le dio consejos, le explicó “cómo son las mujeres”. En la noche del martes 13 de junio, Claudia le pegó un puntazo en el pecho. El cuchillo le cortó el ventrículo izquierdo del corazón y eso le produjo una hemorragia y un infarto. Fue operado y recibió 15 transfusiones de sangre. Pero después de agonizar ocho días, Alfredo murió. Cuando la mujer fue presa, la jueza Mónica Lucero detectó que era la misma Claudia Moya que estaba buscada por varias causas. Si en la Comisaría le hubieran preguntado a Alfredo el nombre de su esposa, si se hubiera iniciado una causa, quizás todo esto jamás habría sucedido. El machismo de los efectivos policiales, la idea de que el varón debe imponerse sobre la mujer, prevaleció sobre los mínimos recaudos legales que deberían haber tomado.

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El martes 11 de julio encontraron en la ciudad bonaerense de Dolores el cuerpo de Claudio Ayuso, de 18 años, en una fosa que se usaba para arrojar desechos de un frigorífico abandonado. Claudio estaba desaparecido desde el viernes anterior. Se despidió para ir a una cena con amigos. Fue lo último que su mamá supo de él hasta que la llamaron desde la Fiscalía. Según la autopsia, en algún momento del fin de semana a Claudio lo violaron, lo mataron a golpes y después lo arrojaron al pozo donde fue encontrado. Hay dos personas detenidas, los últimos que lo vieron con vida, y que al declarar tuvieron varias contradicciones: señalaron direcciones distintas hacia donde se habría ido Claudio, y precisamente la búsqueda en las inmediaciones de los lugares que mencionaron concluyó con el tremendo hallazgo. El cuerpo de Claudio, desnudo y mojado, presentaba golpes en la cara y el tórax, además de inconfundibles signos de abuso sexual. El informe preliminar de la autopsia atribuyó la causa de la muerte a una hemorragia intracraneana, producida por un traumatismo grave, y fractura de cara y cráneo. El caso está caratulado como “abuso sexual con acceso carnal agravado” y “homicidio criminis causa”. Hasta el momento de escribir estas líneas, la fiscal Verónica Raggio tenía datos de que Claudio había estado bebiendo con conocidos, después de eso habrían ido a una plaza cerca y allí se habría quedado con los detenidos por el crimen. Un joven de 18 años violado y asesinado: no hace falta mucho más para entender la raíz sexista detrás del terrible hecho.

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Casos como los de Alfredo Turcumán y Claudio Ayuso no son incluidos usualmente en las estadísticas sobre violencia de género. Pero no es difícil ver que se trata de la misma matriz patriarcal. También ellos son víctimas de la violencia machista.

Sus casos se suman a muchos otros. Según el Registro que lleva la Corte Suprema de Justicia, en 2016 hubo en la Argentina 254 femicidios, 19 más que el año anterior. La Casa del Encuentro (que hasta hace poco era la única institución que registraba estas cifras) contabilizó un poco más: 290. En casi el 10 por ciento de los casos había denuncia previa por violencia de género. A la abrumadora mayoría de estas mujeres (201 casos) las mató un allegado: parejas, ex parejas, novios, maridos, convivientes, familiares. Al menos 242 niñas, niños y adolescentes quedaron sin madre, y fue alguien cercano el causante de esa situación. La amenaza, como es sabido, no proviene mayoritariamente de desconocidos, como se suele instalar masivamente ante casos como el de Micaela García.

El estudio de la Corte no incluye las muertes violentas de varones ocurridas en contextos de femicidios. De modo que no hay datos oficiales acerca de cuántos varones fueron víctimas. Pero La Casa del Encuentro, a través de su Observatorio, sí releva ese dato: suman 37 femicidios vinculados de hombres y niños. Es decir que en el transcurso del 1º de enero al 31 de diciembre de 2016 hubo 37 varones (menores o mayores) que murieron por la violencia machista, la misma que asesinó a 290 mujeres y niñas en ese mismo período.

Según el Observatorio de La Casa del Encuentro, en 2016 hubo 37 varones (menores o mayores) que murieron por la violencia machista, la misma que asesinó a 290 mujeres y niñas en ese mismo período.

¿Qué palabra debe usarse cuando la víctima de violencia de género, de la violencia sexista, es un varón? ¿Hay alguna duda de que Alfredo y Claudio, por más diferencias que existen entre ambos casos, fueron víctimas de violencia de género?

En una sociedad sensibilizada como nunca antes, a partir de la formidable movilización de la conciencia social que significó “Ni una menos”, parece importante comprender que también los hombres pueden ser víctimas de un sistema patriarcal, que reproduce estereotipos rígidos que pautan las relaciones humanas.

Claro que estos casos no son violencia de género en términos jurídicos: no se enmarcan la ley 26.485, que se refiere a la violencia contra la mujer. Pero tampoco la ley habla de femicidio, que tiene una definición política, no jurídica. Se trata de una de las formas más extremas de violencia hacia las mujeres, el asesinato cometido por un hombre hacia una mujer a quien considera de su propiedad.

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Los asesinatos de varones marcados por el sexismo también deben ser definidos política y no jurídicamente.  Fue La Casa del Encuentro la que propuso el término “Femicidio vinculado”, que a partir de analizar las acciones del femicida registra dos categorías: por un lado, las personas asesinadas al intentar impedir el femicidio o que quedaron “en la línea de fuego”. Por otro, aquellas personas con vínculo familiar o afectivo con la mujer, asesinadas por el femicida para “castigar”. También se habla de víctimas colaterales, como lo son las hijas e hijos que quedaron sin madre.

Si el femicidio es causado por el lugar que le asigna la cultura machista a la condición de mujer, la creencia arraigada, muchas veces no del todo consciente, de que la mujer es inferior al varón, de que es propiedad del hombre, la violencia de género también puede ser definida en términos similares. En esa categoría se inscriben las muertes de varones ocasionadas o facilitadas por situaciones que se derivan de los roles que se otorga a cada género en la sociedad patriarcal. La raíz es la misma: una cultura que no respeta la singularidad de cada persona, que no acepta que un hombre pueda llorar, o pueda ser golpeado por su mujer, o que lleva a que un varón viole a otra persona, sin importar sexo o género.

También los varones son o pueden ser víctimas de la cultura patriarcal. Los familiares varones de las mujeres asesinadas, los hijos varones que quedan sin madre, son víctimas de ese machismo tan instalado en el lenguaje y en los juicios de quienes hablamos cada día de cada nueva tragedia.

Las muertes de varones ocasionadas o facilitadas por los roles otorgados a cada género tienen la misma raíz que los femicidios.

Claudio murió asesinado por la misma cultura patriarcal que mató a Emma Córdoba en Punta Lara. A Alfredo lo desprotegió la misma cultura sexista que desprotege a miles de mujeres que acuden a la justicia y no encuentran respuesta.

Aquellos varones que a veces se sienten atacados por consignas como “Ni una menos” o que creen que el feminismo acusa a “todos los varones”, harían bien en identificarse con los muchos varones que son víctimas del machismo, y no con los que creen que “las feministas exageran”.

Deberían pensar que lo que le ocurrió a Claudio o a Alfredo, bien puede pasarle a cualquiera de ellos: alcanza con estar en pareja para estar en riesgo, como le ocurrió el año pasado a Carlos Peralta (ver nota). Alcanza con ser hijo de alguien para estar en riesgo, como les pasó a decenas de niños en 2016. Alcanza con ser joven para estar en riesgo, como le pasó a Claudio. Alcanza con querer hacer lo correcto para estar en riesgo, como le pasó a Alfredo.

Claro que las identificaciones no se eligen. Se dan. Pero tal vez enfocando un rato en los casos singulares, tan conmovedores como estremecedores, de Claudio o de Alfredo, en los muchos casos de varones víctimas de la violencia machista, comencemos a lograrlo. Porque lo cultural se aprende, y por eso mismo, puede modificarse. Para que algún día no haya más víctimas, mujeres ni varones, de la violencia machista.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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