Los «eunucos políticos» están entre nosotros

En tiempos de crisis proliferan los «eunucos políticos». Suelen carecer de antecedentes en la vida pública y renegar de las ideologías. La carta de presentación que exhiben es la de ser políticos que no pertenecen a la política. Pero, ¿realmente nos merecemos esto?

alterman_1440x907_imgPeriódicamente, pero especialmente en épocas de crisis, resurge ese confuso espacio que es definido como “la nueva política”. Sus epígonos se reconocen por la fidelidad genérica a “la gente” y proponen para mejorar y moralizar la política, personajes que no provienen de ella, que orgullosamente se denominan “apolíticos” y que en mi caso, preferiría llamar, “eunucos políticos”.

Me explico: el concepto de «eunuco político» lo adoptó del jurista John A.G. Griffith que lo utiliza -con ironía- para referirse a los jueces y a su supuesta neutralidad: el juez no es neutral porque no existe neutralidad ideológica y por tanto, no existe un juez «aséptico» y «desideologizado». Eso es una ficción. Como se ha dicho, el juez es un ciudadano que participa de creencias, comprensión del mundo y una visión de la realidad.
No hay «jueces eunúcos políticos» como no puede haber «ciudadanos eunucos políticos». Sin embargo, quiero detenerme en aquellos que pese a presentarse como tales, aspiran a participar -y participan- de la vida política.

La carta de presentación del eunuco político que interviene en política es advertir, curiosamente, que no pertenece a ella: parece (quiere aparecer) estar desvinculado de intereses y anclajes sociales, económicos, culturales, religiosos. Se muestra alejado de los «corruptos políticos tradicionales» y desprovisto de mezquinas ambiciones. Se presenta, no sólo como un «no político» sino casi como un «no ciudadano», que orgullosamente se ha refugiado en su ámbito natural que es donde mejor se siente: el privado, ocupándose de sus negocios y ajeno a las preocupaciones sociales, aunque imprevistamente, las ha encontrado.

La carta de presentación del eunuco político que interviene en política es advertir, curiosamente, que no pertenece a ella.

En el mundo griego, el hombre “no político” era un ser defectuoso, un “idion” (el significado actual sería un idiota, pero sin carga peyorativa), es decir, un ser por fuera de la polis y cuya insuficiencia, dirá Giovanni Sartori, consistía precisamente en haber perdido o en no haber adquirido la plenitud y la simbiosis con la propia polis. Brevemente: un ser “no político” era simplemente un ser inferior, un menos-que-hombre, no inserto en la comunidad.

El moderno idion, se coloca por fuera de la polis moderna y de la sociedad política y la crítica ferozmente: se monta sobre la desconfianza ciudadana que cuestiona al político partidario. Y lo hace sobre críticas compartidas y reales: las insuficientes gestiones de los gobiernos, el incumplimiento de los mandatos electorales, las denuncias -y la impunidad- sobre hechos de corrupción de funcionarios, el doble discurso, todo ello -que es cierto- abona el camino a la propuesta de la “nueva política”.

Los mentores de la antipolítica, -heredera del qualunquismo europeo de posguerra- utilizan las reglas del mercado: miden cómo “vende” un posible candidato y lo lanzan como un producto más; por eso no recurren a ciudadanos comunes para que los expresen: siempre van en busca de personajes conocidos, y si tienen cierto carisma y habilidad en los medios de comunicación, mejor.

No es está mal, al contrario, que los ciudadanos, cualesquiera fuese su profesión o actividad participen de la cosa pública. Es más, sería singularmente importante que los más desfavorecidos intervengan y accedan a espacios importantes de poder para que puedan defender y expresar sus intereses. Eso renovaría la política y le otorgaría sentido. Un problema aqueja a esta opción: los más débiles no cuentan con la imprescindibilidad del dinero y de los resortes del poder para hacerse conocidos y competir con cierto grado de posibilidades.

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Esto lo tienen resuelto los impulsores de la “nueva política”: cuentan con fondos suficientes y recursos mediáticos adonde recurrir. El tema suele ser para ellos el discurso político y cómo pueden presentarte como algo “mejor” a lo existente y que -dicen- vienen a cambiar.

Recurro nuevamente al mundo griego para recordar que allí, la mayoría de los cargos -como por ejemplo para acceder al Consejo de los Quinientos- se elegían por la forma más democrática e igualitaria conocida: el sorteo. Todos (los ciudadanos) tenían las mismas posibilidades de acceder. Luego, cuando se abandonaron las democracias clásicas y las sociedades se complejizaron, aparece la necesidad de elegir a quien nos represente, es decir, el que actuará en lugar de nosotros. Es allí cuando ya no se elige necesariamente al igual, sino que se agrega el mérito para el desempeño del cargo público: se supone que seleccionamos al representante que consideramos mejor y más capacitado para el cargo al que se propone: nadie admitiría la elección deliberada de un inepto o un badulaque.

Aquí sí el tema entra en el nudo de la cuestión: la evaluación del novel candidato. Entramos al problema de lo que piensan y lo que dicen los modernos apolíticos devenidos en políticos.

El representante “antipolítico”, normalmente carece de antecedentes en la vida pública -de la que reniega- de referencias ideológicas y programáticas. En consecuencia su dispositivo es este: se autoproclama como el hombre que, identificado sin intermediaciones con la “gente”, vendrá “a hablarles como ellos” y a dejar atrás a la “indecente” vieja política. Divide el campo de batalla simbólico entre los corruptos políticos tradicionales de un lado y los nuevos políticos decentes por el otro, donde, obviamente, el enunciador se ubica, y su discurso pretende demostrar que la corrupción siempre está en el Estado y nunca en el ámbito privado. Es decir, el problema siempre está sólo en el funcionario venal nunca en el ciudadano o empresario sobornador.

El representante “antipolítico”, normalmente carece de antecedentes en la vida pública -de la que reniega- de referencias ideológicas y programáticas.

La propuesta del representante antipolítico no se caracteriza por ser superadora. Su catequesis discursiva es la ambigüedad y la generalización, nunca el rigor ni la solución. Describe hechos (no procesos) de la realidad y los yuxtapone para llegar al sentido común del ciudadano medio disconforme: “voy por la provincia y veo pobreza”; la “gente me reclama seguridad”; “me meto en los barrios y me piden cloacas”, dice, convencido de sus obviedades. Nunca explica cómo va solucionar esos problemas ni donde obtendrá -si es gobierno- los fondos para resolverlos. Nunca expresa por qué será mejor él que el gobernante que quiere reemplazar. Y los que es peor, generalmente nadie (ni la “gente” y a veces ni los periodistas) le pide explicaciones, consiguiendo así, un bill de indemnidad (¿“impunidad”?) configurado sobre la base de su ajenidad con la política y la acción de gobierno que parece, hace innecesario cualquier reclamo esclarecedor.

El eunuco político que pretende hacer política tiene otro problema: reniega de los partidos políticos, de las mediaciones democráticas y le agobian las elecciones internas que considera innecesarias. Prefiere procesos más expeditivos, pero para eso tiene la solución: generalmente encuentra el dedo del líder del grupo o partido -al que aún no ingresó- que “democráticamente” lo hace candidato.

Los promotores de la nueva política no diferencian entre negocios particulares y la cosa común. Confunden la actividad privada con la pública, la profesión con la política. Pretenden gobernar un municipio o provincia con la misma lógica que en una empresa comercial o una institución deportiva. Creen que gobernar es “chiste”.

Generalmente el paso por la política de los eunucos políticos es ocasional y cuando perduran algo más y gobiernan, no difieren demasiado de los políticos que han venido a combatir. Cuando acceden a cargos legislativos sobresalen por su silencio y por la ausencia en las sesiones. Por eso, prefieren entonces volver a la actividad privada y a sus negocios, muchas veces vinculados, eso sí, al Estado. Nunca forman dirigentes, casi nunca tienen discípulos. Normalmente la historia se termina en ellos.

A veces, por diversas causas y circunstancias, los eunucos de la política tienen éxito electorales. La democracia no reconoce autoinvestiduras, por tanto, hay que aceptar la decisión popular sin dobleces. Sin embargo, soy de los que piensan que aunque respetable, el pueblo se puede equivocar. Más aún: el pueblo tiene el derecho a equivocarse. No creo en la infalibilidad de ningún ser humano, en todo caso, sólo los dioses son infalibles.

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Pero estamos hablando de la política secularizada. Del estado y del gobierno. De lo hombres de carne y hueso. De las injusticias. Y del “pequeño hombre de la democracia”. En ella hay responsabilidades compartidas. El tema –hay que admitirlo- no sólo está en el representante sino también en el demos. Cornelius Castoriadis, señaló con realismo que en democracia el pueblo puede hacer lo que quiera pero debe saber también que no debe hacer cualquier cosa.

¿No nos merecemos mejores dirigentes y una mejor política?. Ayudemos a construirla con mayor participación y honestidad, pero también con mayor seriedad, poniendo la mirada en los más débiles y en formas más igualitarias y solidarias de inclusión, promoviendo los debates pendientes y generando los consensos indispensables. Debemos saber que hay otra manera de hacer política que la del statu quo o la de la frivolidad.

Oscar Blando

Oscar Blando

Doctor en Derecho. Profesor Titular de Derecho Político en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Director Provincial de Reforma Política y Constitucional del Gobierno de Santa Fe.

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