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Utopía, realidad y capitalismo

En “Utopía para realistas”, Rutger Bregman golpea por igual a las derechas tecnocráticas y a las izquierdas humanistas. Propone un modelo basado en la renta básica que restituya un horizonte que no esté destinado a convencer a los utopistas desde el idealismo, sino que fomente el convencimiento de los realistas desde el pragmatismo.

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Hay pocos casos en los que una afirmación pseudopolítica al estilo de “ya no existen derechas ni izquierdas” significa en realidad otra cosa que “hoy existen solo las derechas” (e incluso, en un tono más íntimo, hay aún menos ocasiones en las que tal afirmación no confirme algo como “soy un pusilánime votante de derechas”). Una de esas excepciones, uno de esos raros momentos en los que el cliché ideológico se interrumpe a fuerza de inteligencia, se despliega en Utopía para realistas, del neerlandés Rutger Bregman. A partir de ahí, puede decirse que Bregman atraviesa en simultáneo y con verdadera astucia las zonas más esclerotizadas del discurso de las derechas tecnocráticas y de las izquierdas humanistas, y lo hace sin mayor piedad ni con unos ni con otros. ¿Pero cómo lo logra? Con algo simple: proponiendo, por ejemplo, una “renta básica universal”, es decir, un sistema de redistribución que, en las palabras de una publicación más bien alineada con los caprichos del mercado como The Economist, podría sintetizarse en que “la forma más eficiente de gastar dinero en los sin-techo podría ser dárselo”. Pero antes de explorar la propuesta central de Utopía para realistas y el modo en que, a través de sus argumentos, propone un salto sobre la retórica conservadora de las derechas y la retórica conservadora de las izquierdas, conviene rastrear algunos de sus vectores teóricos e incluso anímico-intelectuales. El rastreo puede parecer accesorio, aunque no es un detalle menor. De hecho, hay 44 largas páginas de “notas” en las que, como todo buen periodista diligente ‒que escribe en el medio neerlandés para “voces independientes” The Correspondent y también en The Guardian y The Washington Post, que a petición de cierto contraste inducido, resultan algo menos “independientes”‒, Bregman acumula múltiples referencias que entre papers, informes, estudios, estadísticas, entrevistas y otros muchos artículos periodísticos (profundamente ilegibles) apuntalan desde los “datos duros” lo que su propia prosa vincula por momentos ‒tan espectaculares como el título‒ al ímpetu espiritual de la utopía.

Bregman atraviesa en simultáneo y con verdadera astucia las zonas más esclerotizadas del discurso de las derechas tecnocráticas y de las izquierdas humanistas, y lo hace sin mayor piedad ni con unos ni con otros.

Ahora bien, es precisamente alrededor de ese vínculo entre la información y la utopía, o, imagespara ponerlo en términos más directos, entre los datos y las ideas, donde desde hace ya un tiempo ciertos ensayistas, genuinamente esperanzados por el estado contemporáneo del progreso moral de la civilización, construyen el tipo de obras que Terry Eagleton llama con malicia irónica “optimistas”. En tal caso, que estos ensayistas del optimismo vivan en las zonas más excepcionales del planeta, donde el progreso sabe exhibir sus mejores rasgos, no debería computarse entre los factores menos cruciales para entender sus inquietudes (algo que Bregman sintetiza bien al repetir que hoy el 8% más rico gana la mitad de los ingresos del mundo, y el 1% más rico posee más de la mitad de la riqueza). De hecho, la premisa común a estos autores es que el progreso moral representa en sí mismo una fuerza de avance incontrolable, una pendiente elevada de virtuosismo con una eficiencia más sólida que cualquier incertidumbre. En ese contexto, el representante estelar de esta línea intelectual probablemente sea el canadiense Steven Pinker ‒cuyos elogios adornan la contratapa de Utopía para realistas‒, autor del exitoso Los ángeles que llevamos dentro, donde con algo más de mil páginas plagadas de estadísticas, análisis y raccontos históricos, que no se desentienden tampoco de la función del arte literario, la propuesta es demostrar que la violencia, a pesar de nuestra inmediata percepción pesimista del asunto, tiende a extinguirse como respuesta ante los conflictos humanos. A los fines argumentativos, entonces, Steven Pinker ‒al que John Gray desmintió con noble agresividad en una “polémica” publicada hace dos años en The Guardian‒ es una de las referencias obligadas de Bregman porque trabaja sobre la misma premisa. Si la moral humana también progresa, y si entonces ciertos hombres y mujeres han logrado convivir con una mayor conciencia social, económica y cultural en el marco de ciertos espacios, la tarea restante es convencer a más hombres y a más mujeres, en otros espacios, de que el progreso es posible. Y ahí es donde la insistencia en recopilar y analizar los datos y las estadísticas resulta crucial: en un momento en el que “las ideologías ya no existen”, no hay otro combustible posible, no hay otro incentivo intelectual capaz de movilizar la creatividad necesaria para que ocurra algún acontecimiento colectivo significativo, que las ventajas de una información fehaciente y comprobada. En ese sentido, Bregman prueba en casi cada página ser un orfebre talentoso, muy hábil para navegar con el auspicio de lo comprobable y lo documentado contra la corriente general del desánimo y el escepticismo. Y lo hace aún cuando eso signifique ‒o, precisamente, porque eso significa‒ desplazar los voluntarismos teóricos y las filiaciones políticas habituales hacia el terreno ornamental del bello arte de la decepción. No hay que perder de vista, por eso mismo, que a Utopía para realistas nunca le interesa seducir a los utopistas desde el idealismo. Lo que le interesa, y para lo que está escrito, es convencer a los realistas desde el pragmatismo. Y ese es el rasgo más poderoso de su estilo. Algo que, como el propio Bregman desliza, hace de su trabajo una lectura obligatoria para quienes no logran todavía entender cómo comunicar ideas nuevas y estimulantes desde la quietud de los clásicos embalses simbólicos de las izquierdas contemporáneas, casi siempre demasiado cómodas como para rediseñar y reimaginar las palabras y las cosas.

A Utopía para realistas nunca le interesa seducir a los utopistas desde el idealismo. Lo que le interesa, y para lo que está escrito, es convencer a los realistas desde el pragmatismo.

Práctico antes que teórico, Rutger Bregman es por todo eso un autor imprescindible, además, para quienes dominados por sus propias incapacidades para la lectura creativa y el pensamiento crítico ‒por no decir pereza‒ suelen identificar a Slavoj Žižek ‒por mencionar al más inteligente‒ como uno de esos pocos intelectuales occidentales “comprometidos” que, bajo el espíritu de los viejos estafadores itinerantes, lograron transformar la arquitectura gris de las burocracias académicas en una colorida agencia personal de turismo internacional. La ironía es que dentro del universo de Bregman casi se puede visualizar lo particularmente problemático de una figura como la de Žižek, en especial cuando el libro apunta contra aquellos gendarmes del “socialismo de perdedores” ‒al que no le faltan representantes en ningún lado‒ para los cuales “los neoliberales se han adueñado de la razón, el juicio y la estadística, y a la izquierda le queda solo la emoción” (y, por las dudas, la auténtica ironía es esta: si hay algún pensador capaz de proponer un marco ideológico teórico compatible con el paisaje redistributivo práctico que propone Rutger Bregman, este autor, aún más bajo la fuerza del espanto que la del amor, hoy es Slavoj Žižek).

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Entonces, ¿dónde está el centro crítico de Utopía para realistas? A grandes rasgos, en la propuesta de una renta básica universal, esto es, una asignación de dinero para todos los ciudadanos, con especial énfasis en los pobres, aquellos que según The Lancet ‒a partir de un reciente experimento hecho en África‒ “cuando reciben dinero sin condiciones tienden a trabajar más”. ¿Pero de qué manera presenta Bregman la viabilidad económica y social de este proyecto? Por ejemplo, contando sin perder el tiempo que uno de los primeros políticos modernos que intentó la aplicación formal de este programa fue nada más y nada menos que el presidente de los Estados Unidos Richard Milhouse Nixon, y que uno de sus mayores entusiastas teóricos fue (y sigue siendo) el economista Milton Friedman. Así, Utopía para realistas se suma primero a quienes atacan el ánimo de “neutralidad” como estado general frente a cualquier iniciativa revulsiva, y eleva después su propuesta al reino sagrado de los derechos que deben ser conquistados: el dinero para todos, explica Bregman, no debería ser un favor sino un derecho. “Una paga mensual, lo suficiente para vivir, sin tener que levantar un dedo. La única condición es tener pulso. Sin inspectores que nos vigilen por encima del hombro para ver si lo hemos gastado con sensatez, sin nadie que cuestione si de verdad nos lo merecemos. No más programas de asistencia y ayuda especial; a lo sumo una paga adicional para los mayores, los desempleados y los incapacitados para trabajar”. Hay ejemplos exitosos de esto no solo en Namibia sino también en Canadá e Inglaterra, y distintas experiencias literarias y terrenales practicadas (y registradas) desde hace siglos. En el camino, Bregman insiste en ciertas ideas que espantarían por igual a los cuadros tradicionales de la derecha y la izquierda. El problema principal de los pobres, señala, es que no tienen dinero. Y al darles dinero, por extraño que parezca, buena parte de esos problemas empiezan a resolverse.

Bregman insiste en ciertas ideas que espantarían por igual a los cuadros tradicionales de la derecha y la izquierda. El problema principal de los pobres, señala, es que no tienen dinero. Y al darles dinero, por extraño que parezca, buena parte de esos problemas empiezan a resolverse.

El resto depende de la dinámica ancestral del trabajo (que no se suspende por el derecho al ingreso universal) en un marco general que plantea la restitución de cierto imaginario keynesiano: si el incentivo del consumo y de la producción establece un círculo virtuoso, en la medida en que el derecho al dinero reduzca los índices de natalidad, incentive el ansia de ascenso social y renueve las formas de inversión, el capitalismo no solo no va a correr riesgo sino que va a evolucionar. ¿Pero evolucionar ante qué? En principio, ante el problema de la desigualdad. Un elemento que Utopía para realistas no solo identifica como el sustrato común de problemas como el desgaste profesional, la drogadicción, el fracaso escolar, la obesidad, las infancias infelices, la participación electoral baja y la desconfianza social y política, sino como el eje de la lógica de explotación de las políticas económicas neoliberales. “Cualquiera que no sea un idiota sabe que las clases bajas han de seguir siendo pobres o de lo contrario no serían productivas”, escribe Bregman citando a un economista británico del siglo XIX. Lo cual le permite demostrar, también, que un “gobierno para los números”, tal como define la desorientación general de las tecnocracias vigentes, se presta a viñetas tragicómicas que podemos reconocer también entre nosotros. “Últimamente algunos países han reforzado las políticas activas para los desempleados, que van desde los talleres de búsqueda de empleo hasta la terapia psicológica y la formación en LinkedIn. Aunque haya diez aspirantes por cada empleo, el problema se atribuye de manera sistemática no a la demanda, sino a la oferta. Es decir, a los desempleados, que no han desarrollado su capacidad de búsqueda de empleo o simplemente no han hecho todo lo posible”. Y ahí es donde Bregman señala una crisis del concepto de innovación germinada con cuidado en Silicon Valley: “Así como la posguerra nos dio inventos fabulosos como la lavadora, la nevera, el transbordador espacial y la píldora, los últimos años han traído variaciones ligeramente mejoradas del mismo teléfono que compramos hace un par de años”. Si a esto se le añaden los productos financieros hipercomplejos o la duplicación de fármacos ya existentes con el mínimo de cambios necesarios que garanticen la obtención de una nueva patente, nos acercamos con crudeza a la noción de postcapitalismo.

Bregman plantea la restitución de cierto imaginario keynesiano: si el incentivo del consumo y de la producción establece un círculo virtuoso, el capitalismo se potenciará.

Lo que resta, para terminar, son algunas preguntas generales que Bregman plantea con más sentido de las convenciones que de la retórica romántica. ¿Qué sentido tiene la libertad de asociación cuando ya no nos sentimos afiliados a nada? ¿Cuál es el propósito de la libertad de culto cuando ya no creemos en nada? ¿Cuál es el objetivo de la libertad de desear cuando nadie está dispuesto a enfrentar los riesgos de la conquista? ¿Y qué otro espectáculo que su triste idiotez ofrece el libertino cuando se pierde en la multitud relajada? Solo hay una clase social que piense más en el dinero que los ricos, y son los pobres, escribió Oscar Wilde. Y en el mapa socioeconómico que sea, esa diferencia cada vez más drástica entre los ricos y los pobres ‒como sabe cualquier economista sensato, y no solo Thomas Piketty‒ resulta cada vez más definitoria para experimentar nuestras vidas. Mientras tanto, pensar, escribir y discutir sobre dinero es un poco más cómodo que hablar sobre dinero, aún cuando Bregman deshaga en el medio cualquier identidad como “intelectual de izquierda” o “intelectual de derecha”. Las pruebas, de una u otra manera, dicen que recibir dinero no vuelve vagos a los pobres. El dinero gratis funciona. Y lo bueno del dinero es que la gente puede usarlo para comprar las cosas que necesita en lugar de las cosas que quienes se proclaman expertos creen que necesita. Por supuesto, en esos términos, la discusión sobre el dinero solo resulta así peligrosa para quienes concentran el dinero e incómoda para quienes hablan en nombre de quienes concentran el dinero. Es una de las virtudes del dinero: no hay ninguna retórica, ni siquiera entre las new age ‒con sus “bombas santurronas”, como dice otro pensador europeo‒, capaz de borrar el hecho de que lo que falta entre algunos es lo que sobra entre otros. Ese es el “develamiento”, para usar una palabra ligeramente heideggeriana, propuesto por Rutger Bregman: las discusiones sobre dinero siempre han estado veladas. Y todavía ahora, mientras creemos vivir en un estado garantizado de transparencia, siguen veladas. Desde ya, no se trata de correr o suprimir el velo. Se trata de develar quiénes, cómo y por qué le dan forma y lo sostienen.

Nicolás Mavrakis

Nicolás Mavrakis

Escritor y periodista cultural. Ha colaborado en Cultura (Perfil), Revista Ñ (Clarín) e Ideas (La Nación). Es columnista de Revista Paco. Su último libro es "Houellebecq: una experiencia sensible" (Editorial Galerna)

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