Natalia Oreiro y el regreso a Octubre: cien años no es nada

Las efemérides siempre son un buen disparador de balances, homenajes y debates. Este 2017, con su cuenta redonda, da motivo para revisar la gran Revolución que marcó la historia contemporánea. Del amor libre de los soviets a Natalia Oreiro con la bandera LGBT, la Gran Revolución ha quedado tan lejos que parece inalcanzable.

nicolas

El año que se inicia guarda unos cuantos aniversarios descollantes. Como cualquier otro año en realidad. Pero el centenario de la gran Revolución de Octubre no es uno más. Cumple un siglo la Revolución Rusa, aquella que inauguró una nueva era en la humanidad, cambió para siempre la vida de millones de personas, inspiró a soñadores, revolucionarios y humanistas de todo el planeta, albergó tantas miserias como grandezas, exportó diversas (y contradictorias) formas de entender la revolución, exploró inéditas formas de organización social y económica, creyó haber sepultado al capitalismo, se transformó en una extraña forma de neozarismo y generó una de las mayores decepciones de la historia contemporánea.

“El capitalismo de Estado sería un paso adelante en comparación con la situación existente hoy en nuestra República Soviética. Si dentro de unos seis meses se estableciera en nuestro país el capitalismo de Estado, eso sería un inmenso éxito y la más firme garantía de que, al cabo de un año, el socialismo se afianzaría definitivamente y se haría invencible”. Eso dijo Lenin en 1918 y lo ratificó en 1922 ante el IV Congreso de la Internacional Comunista. Un año, apenas, de capitalismo de Estado. Y después, la felicidad.

Claro que después vino la NEP y Stalin y las purgas y la mano dura y el “socialismo en un solo país” y el fascismo y el nazismo y la Segunda Gran Guerra y la Rusia soviética nunca salió de su (supuesto) capitalismo de Estado, aunque durante mucho tiempo el relato oficial siguió estableciendo plazos y metas como si el plan de instauración de la sociedad socialista siguiera en marcha.

sin-tc3adtulo-1

Todavía en 1961 el Programa aprobado por el Comité Central del PC de la Unión Sovietica incluía el prolijo detalle acerca de las fases de “la transformación gradual” (¡sí! Los comunistas soviéticos eran gradualistas) que habría alcanzado “las bases material y técnica del comunismo” hacia 1980, fecha en la que la sociedad soviética sobrepasaría “en producción por habitante al país más poderoso y rico: los Estados Unidos”, logrando “la aplicación del principio de la distribución según las necesidades”, y preparando en “el período siguiente”, la sociedad comunista “integramente realizada” en la Unión Soviética: “una sociedad altamente organizada de trabajadores libres y conscientes en la que se afirmará la autoadministración pública, en la que el trabajo para el bien de la sociedad será para cada cual la primera necesidad vital y una necesidad consciente, en la que las capacidades de cada cual se aplicarán con el máximo provecho para todo el pueblo”, donde todos “sentirán la imperiosa necesidad de trabajar, según su gusto, por el bien común”.

Todavía en 1961 el Programa aprobado por el Comité Central del PC de la Unión Sovietica incluía el prolijo detalle acerca de las fases de “la transformación gradual.

Así es: no era la caída del muro ni de la URSS lo que estaba previsto para la década del 80 por el Soviet Supremo ni certificado “científicamente” por la Academia Soviética, sino la concreción de la utopía comunista. O a lo sumo la perestroika y la glasnost de Gorbachev como últimos (e inútiles) intentos de retomar aquel camino extraviado, o de reconducirse hacia algo diferente a la descorazonadora realidad en que se había convertido la patria del socialismo real.

Pero ese día nunca llegó. En cambio, unos añitos después, en 1991, la Unión Soviética implotó. Gorbachev, tras el fracaso de sus políticas, disolvió oficialmente la URSS en una ceremonia que duró apenas media hora.

1313532001_910215_0000000001_album_normal
La gran revolución que inventó la palabra “soviet” (en ruso “consejo” o “asamblea”, por los consejos de obreros, soldados y campesinos impulsados por los bolcheviques) no llegó a cumplir cien años: se derrumbó y dejó abierto el camino para que en este 2017, expertos en revoluciones y nostálgicos de una ciencia que no fue y amantes de la historia y partidarios de la igualdad en todas sus variantes, tengan (tengamos) el más sencillo pretexto para debatir, de nuevo, hasta extenuarse. Qué pasó, por qué pasó lo que pasó, qué podría haber pasado y no pasó.

Preguntas que entre otras cosas obligarán a recuperar a Rosa Luxemburgo y a aquella paradoja por la cual la principal aportación téorico-práctica del naciente estado revolucionario (que incluso incorporó a su propio nombre oficial), fue su propia condena, pues como advirtió Rosa, los medios elegidos los llevaron a “una dictadura, es cierto, pero no a la dictadura del proletariado, sino la dictadura de un puñado de dirigentes, vale decir, la dictadura en sentido burgués, en el sentido del dominio jacobino”.

O como diría Stalin, todo el poder a los soviets, siempre que yo decida quién los integra. Y al que no le guste lo borro de este mundo y hasta de las fotos aunque no se haya inventado el photoshop, lo persigo hasta el último agujero del planeta y lo mato a él y a toda su familia, a lo jefe de horda de Gengis Khan. Tan humanista, él, el “Padrecito de los Pueblos”. A veces nos sorprendemos de cómo cierta izquierda ha hecho la vista gorda ante los excesos de Fidel y de su régimen (por poner el caso más cercano y entrañable, sin entrar en debates más domésticos). Pero eso es sólo por pereza intelectual. Porque nos olvidamos de medio siglo de justificaciones, como nos desentendemos del debate Sartre-Camus o de la oda edulcorada que Pablo Neruda escribió ante la muerte del dictador o del nefasto poema Titacho con que equiparó a Somoza con el Mariscal Tito, por el imperdonable pecado de autonomía del líder yugoslavo.

A veces nos sorprendemos de cómo cierta izquierda ha hecho la vista gorda ante los excesos de Fidel y de su régimen.

Pero si toda la revisión concluye en la maldad de Stalin como explicación del extravío, estamos de nuevo en problemas. “Cuando derriben las estatuas de Stalin, ¿también destruirán las de Lenin?”, se preguntan los asesinos de Trotsky en la deslumbrante novela El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, quien cuando la escribió ya conocía la respuesta, insinuada por Rosa Luxemburgo en su crítica al leninismo avant la lettre. Los problemas comenzaron antes, en aquel mismo momento. El llamado centralismo democrático, el disciplinamiento que elimina toda deliberación, fueron los principales aliados de la tragedia. El poder omnímodo de Stalin solo fue su caricatura más trágica.

womenrussianrevolution960x540

Porque la Revolución Rusa fue caótica, desbordante, tan humana y contradictoria como la biología. La llamamos “de Octubre” aunque fue en noviembre. Olvidamos que antes hay una en febrero, que en realidad fue en marzo. Olvidamos que el floreciente movimiento revolucionario tenía mil facetas y colores y matices que Stalin tiñó primero de gris uniforme, y luego de rojo sangre.

Y es que todo eso no es para cualquiera. En una época, cualquier militante de izquierda en la Argentina debía devorarse Diez días que conmovieron al mundo si quería empezar a hablar de política. Y debía hacer como si entendía algo, entre kadetes, mencheviques, trudoviques, zemstvos, vikels, tyekintsy y oborontsis. Era, casi una preparación para la jerga de “La naranja mecánica”, de Anthony Burguess, que –dicho sea de paso– cumpliría 100 años también en este 2017 que se inicia. Ahora, en clave casi peronista, podría decirse que a la Revolución Rusa solo se la puede entender cabalmente si se ha escuchado Ochichornia desde la cuna, o se tienen un par de abuelos nacidos en Dniepropetrovsk o en Kiev, que en realidad no es Rusia sino Ucrania. Doy fe de que tampoco alcanza.

Quizás haya que aprovechar otras efemérides de este 2017, que por ejemplo también recuerda cien años de la sanción de la Constitución Mexicana, producto de otra revolución, la gran Revolución Mexicana iniciada en la primera década del siglo 20. Esa Revolución tan generosa en miserias y grandezas, con líderes sociales como Pancho Villa destinados a ser estrellas de megaproducciones macartistas de Hollywood, como Viva Zapata; la primera Constitución del mundo en incluir derechos sociales y (junto con la de Weimar, de 1919) considerada pionera del constitucionalismo social. Sus artículos más avanzados incorporaron parte de los ideales expresados en el Plan de Ayala por la lucha del enorme calpuleque campesino Emiliano Zapata y del particular proceso revolucionario que lideró. Su carácter agrario, obrero y laico son algunos de los aspectos más notables, no solo por la elevada aspiración de sus artículos sino sobre todo por su incumplimiento, acentuado tras el vil asesinato del gran Zapata. Allá también, como lo exclamaría por la misma época el movimiento estudiantil argentino, “los dolores que quedan son las libertades que faltan”. Baste recordar que uno de los resultados de la Revolución Mexicana es el PRI, emblema de burocracia y corrupción que gobernó durante siete décadas aquel país de manera hegemónica, y que recién en 1989 (para mayor simbolismo) comenzó a perder su poder hasta la actualidad, en la que aun gobierna la mitad de los estados mexicanos.

Quizás haya que aprovechar otras efemérides de este 2017, que por ejemplo también recuerda cien años de la sanción de la Constitución Mexicana.

El actual zapatismo, que entronca con aquella inspiración a los pueblos indígenas (que la Constitución de 1917 equiparaba y consagraba como ciudadanía con derechos) acaba de definir su participación en las próximas elecciones federales mexicanas de 2018, con una mujer indígena como candidata y con una declaración cuyo título “Que retiemble en sus centros la tierra” cita al himno nacional de México. Buscan así un renacer zapatista desde los Caracoles, sus comunidades autogestionarias impactadas por la amable hostilidad del Estado mexicano. “Ratificamos que nuestra lucha no es por el poder, no lo buscamos; sino que llamaremos a los pueblos originarios y a la sociedad civil a organizarnos para detener esta destrucción, fortalecernos en nuestras resistencias y rebeldías”, dice el EZLN. Y así sigue diciendo presente, mientras revisa sus estrategias para retomar una lucha que no termina jamás, la de una guerrilla romántica y soñadora, tan extraña como singular, que (hace ya 22 años) se alzaba en armas pero no para tomar el poder sino para ser respetada como un factor de presión “de los de abajo” y contribuir a pensar en “un mundo donde quepan todos los mundos”.

alcio-nacional

En el medio, en estas dos décadas, crearon una nueva utopía: las comunidades autogestionarias en las que administran una democracia diferente, desafiante, directa, deliberativa. Pero poco atractiva frente a la oferta que la democracia capitalista realmente existente le hace a quien esté dispuesto a desertar del zapatismo: los planes sociales, el confort, el ingreso fijo y la modernidad que ofrece el Estado mexicano. Pese a eso y sin embargo, el EZLN revisa, retoma y avanza. Y a cien años de esa Constitución aun incumplida, parece dispuesto a empezar de nuevo.

Los actuales zapatistas crearon una nueva utopía: las comunidades autogestionarias en las que administran una democracia diferente.

Nada parecido se encontrará en los pagos de Lenin y Trotsky cien años después. Apenas esa distopía neozarista, homofóbica, mafiosa y autoritaria regenteada por el ex cuadro del PC ruso Vladimir Putin. Tan lejos, pero tan cerca, de su colega y casi amigo Donald Trump. Por eso es noticia que Natalia Oreiro exhiba, no sin riesgo, la multicolor bandera del orgullo LGBT en tierras de Putin.

Qué lejos quedó la Revolución de Octubre. Qué lejos de nosotros, pero también: ¡qué lejos de lo que hoy entendemos como socialismo! Porque difícilmente Natalia Oreiro hubiera podido exhibir esa bandera en Moscú cuando la URSS aun existía.

Tal vez el siglo de distancia permita revisar esa “herencia en liquidación” de la que habló Aricó, mirándonos más a nosotros mismos, como proponen los zapatistas, para fortalecernos “en nuestras resistencias y rebeldías”, para que el horizonte insuperable del socialismo siga siendo algo vivo y no pretexto de dictadores, aventureros, neoliberales disfrazados, aprovechadores y mercachifles. Después de todo, cien años no es nada.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

Sin Comentarios

No se permiten comentarios

 

La Vanguardia. Noticias y debates desde la izquierda democrática

Seguinos en

Si querés colaborar con La Vanguardia escribinos a [email protected]
Un comité editorial evaluará tu texto.