La paja y el trigo: cómo mirar la economía de Cambiemos

Un intento de análisis frío de las medidas económicas del Gobierno debe «separar la paja del trigo». Aunque grandes sectores de la sociedad (y nosotros mismos) compartamos los diagnósticos con que se las presenta, lo que no compartimos son las medidas tomadas para atacar esos problemas.

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UN PANORAMA DEL PUNTO DE PARTIDA

Para finales del último gobierno kirchnerista, los indicadores de la economía mostraban una realidad cada vez más alejada del famoso «relato», que en general se centraba en los primeros cinco o seis años de gestión, de rápida recuperación post crisis de 2001, atribuyéndole al resto del período características que –en el mejor de los casos, cuando existieron– se fueron perdiendo por el camino.

Así, durante los últimos cuatro años, la economía creció a una tasa promedio del 1,6% anual (según datos del INDEC, previos a la revisión del actual gobierno), muy lejos de las celebradas «tasas chinas» de los primeros años. Además, ya desde 2008 se produjo un cambio en el patrón de crecimiento, que pasó de estar liderado por la industria y los sectores productores de bienes, a estarlo por el sector de servicios. Este esquema de crecimiento, liderado exclusivamente por los servicios, fue similar al de los años 90. La diferencia, no menor, es que entonces la industria se achicó, mientras que entre 2008 y 2015 creció, aunque menos que el promedio de la economía (Fuente: CIFRA-CTA). En ambos casos perdió peso en relación a los otros sectores.

No tiene sentido negar los aspectos positivos del desempeño económico de la «era K». Entre ellos: el crecimiento de la economía y del empleo, las quitas de deuda externa, y ciertas medidas sociales como la AUH, las moratorias previsionales y la estatización de YPF y de las AFJP. Pero tampoco tiene sentido pretender que hubo un cambio radical en la matriz económica argentina. Los niveles de concentración y extranjerización, profundizados durante la crisis de 2001, nunca se revirtieron. La estructura económica del país no se modificó. El déficit energético y en infraestructura se profundizó. Lo mismo sucedió con la fuga de capitales, alimentada por una inflación cuatro o cinco veces mayor que la de nuestros países vecinos, cuando no más. También se agravó la matriz importadora de la economía, y la falta crónica de dólares –la restricción externa– reapareció cuando el boom de los precios de los commodities empezó a desinflarse. El «campo», o el sector agrícola de la pampa húmeda, siguió siendo el principal proveedor de divisas del país, a pesar de ser uno de los enemigos oficiales en el discurso.

Como resultado de estas dinámicas y continuidades, la pobreza en 2015 afectaba a uno de cada cinco argentinos, después de doce años de crecimiento de la economía, según datos de la CTA afín al kirchnerismo. El desempleo –real– estaba alrededor del 8%. Los niveles de desigualdad, luego de mejorar hasta apróximadamente 2010/11, estaban estancados alrededor de valores que no eran sustancialmente mejores a las mejores marcas de los años noventa.

El principal proveedor de dólares dejó de ser «el campo» y pasó a ser el endeudamiento externo, en rápido –y peligroso– crecimiento.

EL PRIMER AÑO DE CAMBIEMOS

En este marco, el actual gobierno nacional se propuso realizar un cambio de rumbo profundo, pero sin precisar su significado concreto. Es importante intentar un análisis frío de las distintas medidas tomadas, diseccionando en lo posible los aspectos positivos de los negativos. O sea, «separar la paja del trigo». La hipótesis que sostenemos aquí es que muchas de las medidas responden a diagnósticos que nosotros, y grandes sectores de la sociedad, compartimos. Lo que no compartimos, en la gran mayoría de los casos, son las medidas tomadas para atacar esos problemas.

Así, por ejemplo, algunos de los problemas que estamos de acuerdo que había que resolver, eran el cepo al dólar y el atraso cambiario –todo lo contrario al «dólar alto» de los primeros años–, el déficit energético, que obligaba a importaciones crecientes, la inflación, el escaso y caro acceso al financiamiento internacional, el impuesto a las ganancias –en realidad, todo el regresivo sistema impositivo–, la crisis de las economías regionales, entre otros.

Sin embargo, coincidir en trazos gruesos con parte del diagnóstico no implica necesariamente coincidir con las «soluciones» propuestas. Así –siguiendo el orden de los problemas enunciados– podemos decir que estamos en contra de la liberación repentina y total del cepo cambiario, la devaluación de shock del 50%, la suba de tarifas implementada, la política monetaria restrictiva y la recesión generada, el endeudamiento externo de más de 40 mil millones de dólares para sostener la política anti-inflacionaria y la bicicleta financiera, el parche al impuesto a las ganancias –que pagamos todos por otras vías– y la quita indiscriminada de retenciones, especialmente a la soja y a la megaminería.

Primarización y financierización son síntomas claros del neoliberalismo.

En algunos aspectos hacemos una evaluación positiva, más allá de ciertos matices. Por ejemplo, la recuperación del INDEC era necesaria, las leyes de fomento al emprendedurismo, la reducción de los costos de financiamiento –público y privado–, la mejora en la gestión de Aerolíneas –al menos hasta que su gerenta fue despedida–, y la resolución de una enorme cantidad de juicios por no pago de jubilaciones.

Otras medidas, como los recortes en Ciencia y Tecnología, no responden a diagnósticos compartidos, y –además de todo lo ya mencionado– son sumamente nocivas para las posibilidades de desarrollo nacional. Además, como consecuencia del ajuste realizado, la economía se contrajo, y los indicadores de pobreza, desempleo y desigualdad empeoraron.

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OTEANDO EL HORIZONTE

¿Qué se puede esperar para los próximos años? Hasta ahora, el esquema económico apuntó a cambiar los pilares del crecimiento. El Consumo y el Gasto Público, que traccionaron a la economía durante los últimos años, se intentaron reemplazar por la Inversión y las Exportaciones. Esos pretenden ser los nuevos motores de lo que podría llamarse el «Modelo Macri». Por ahora, ninguno de los motores arranca, pero eso no quita que los precios relativos –y en general, los incentivos– de la economía hayan sido cambiados para apuntalar esos componentes del PBI. Y el principal proveedor de dólares dejó de ser «el campo» y pasó a ser el endeudamiento externo, en rápido –y peligroso– crecimiento.

Analizando en términos más generales las medidas y discursos del funcionariado de Cambiemos -inevitablemente contradictorias a veces, dada la complejidad del Estado y la Sociedad-, sabemos que estamos ante un gobierno en esencia neoliberal. Prescindiendo de las formas «modernas», «amigables», «políticamente correctas», etc. utilizadas por el gobierno, lo que estamos viendo –y previendo se profundice– es un retorno del neoliberalismo. Es decir, un ataque a los trabajadores -pérdida del poder adquisitivo del salario y reformas en convenios colectivos de trabajo y legislación laboral mediante-, sumado a la centralidad indiscutible del capital financiero –y las actividades rentísticas– por sobre el capital productivo –generador de empleo–, y como resultado un aumento de los niveles de pobreza, desempleo, exclusión y desigualdad. No es casualidad que sólo el agro y las finanzas muestren algunos –pocos– “brotes verdes”: primarización y financiarización son otros síntomas claros del modelo neoliberal.

Fomentar nuevos sectores tecnológicos no es neoliberal, pero sí lo es utilizar ese discurso para desindustrializar.

En lo que al futuro respecta, también se podría aplicar el criterio de «separar la paja del trigo». Por poner sólo un ejemplo, fomentar nuevos sectores tecnológicos no es neoliberal. Sí lo es, en cambio, utilizar ese discurso para justificar una desindustrialización ciega e indiscriminada.

Respecto al futuro también podemos entrever un margen interesante para la acción política, para el combate a lo peor de este nuevo-viejo modelo. Los casos del impuesto a las ganancias y la emergencia social, donde la pan-oposición le torció el brazo al gobierno, merecen ser estudiados con detalle para alimentar futuras estrategias políticas.
Ahora bien, vale la pena pensar el contenido de esas futuras estrategias. Dadas las deficiencias de los dos modelos analizados –el «K» y el «M»–, cabe preguntarse: ¿Cómo sería un modelo progresista, realmente inclusivo? ¿Qué intereses económicos y sociales debería aglutinar? ¿Cuáles serían los sectores a incluir y cómo? ¿Cómo se integra una perspectiva de género en todo esto? ¿Alcanza sólo con generar crecimiento económico? ¿Qué reformas estructurales –en todas las dimensiones, no sólo las puramente «económicas»– habría que hacer para encaminar a nuestro país en una senda de desarrollo, que tenga la igualdad como norte?

 

Francisco Barberis Bosch

Francisco Barberis Bosch

Economista. Docente en la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP). Ex presidente de la Federación Universitaria de Mar del Plata (FUM). Integra el colectivo “Economistas Progresistas”

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