A un paso de las PASO

Tardó en aparecer, pero finalmente la discusión electoral se hizo presente. Estas elecciones de medio término parecen no despertar gran entusiasmo en nadie, de hecho algunos encumbrados funcionarios del gobierno llegaron a afirmar públicamente que sería preferible directamente “evitar las elecciones”.

urnas-oklLAS REGLAS DEL JUEGO TRAS LA FALLIDA REFORMA

Lejos, y tristemente olvidada, quedó ya la ambiciosa reforma electoral que promovió el gobierno nacional a principios de su mandato: desdibujada entre la obcecación de sus promotores con la implementación por muchos cuestionada del sistema de voto electrónico, y un contundente revés a manos de un Senado mayoritariamente peronista y poco permeable a las innovaciones de esta índole. Así, quedaron en suspenso muchos debates con respecto a la transparencia y la equidad del proceso electoral, en gran medida por la propia torpeza del oficialismo nacional, reflejada en la sorna con que el diputado Pablo Tonelli –jefe de la bancada del PRO– ni siquiera consideró la posibilidad de optar por otras alternativas, como por ejemplo la boleta única en papel. Quedaron fuera de la mesa de discusión –una vez más– otros temas fundamentales, como por ejemplo la financiación de los partidos políticos y sus campañas, que fueron selectivamente dejados de lado –con excepción de algunas voces aisladas, como Juan Rodil (CIPPEC)-. Trunca la reforma –y nunca retomada por el propio gobierno tras el traspié–, también se dio por tierra con la intención más o menos explícita de mejorar la coordinación entre las distintas realidades provinciales, para articular, dentro de lo posible, tanto los sistemas como los calendarios electorales, así como con el objetivo de ordenar la oferta electoral regulando las listas «colectoras» o «espejo».

Las PASO han sido muy pocas veces utilizadas de manera competitiva por los frentes electorales, convirtiéndose en un virtual boca de urna a cielo abierto.

Esta reforma fallida dejó todo en foja cero en lo que respecta a las reglas del juego electoral. Sigue vigente, por tanto, la ley 26.571, la que impuso, a partir de 2011, las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO). Dicha ley tenía como objetivo implícito consolidar el sistema de partidos políticos, restringiendo, a su vez, la autonomía de las propias organizaciones partidarias. Por otro lado, la imposición de los “pisos” electorales –1,5 % de los votos emitidos– y las sanciones a los que no los superaran buscaban, por un lado, depurar la oferta electoral de la miríada de “sellos de goma” que existían hasta entonces y, por el otro, estabilizar y fortalecer las estrategias frentistas.

A pesar de que es la cuarta elección consecutiva en que esta ley regirá la competencia electoral, sus cometidos se han cumplido solo parcialmente. Las PASO han sido muy pocas veces utilizadas de manera competitiva por los frentes electorales, convirtiéndose en un virtual boca de urna a cielo abierto. Si bien logró alentar la conformación de coaliciones electorales, esto no derivó necesariamente en un comportamiento más previsible de los partidos y los dirigentes políticos. Las coaliciones electorales no solamente mostraron ser lábiles institucionalmente, sino que tampoco lograron consolidarse como tales en su funcionamiento más allá de cada respectivo turno electoral, salvo en contadas excepciones. Como es sabido, la legislación tiene un carácter performativo débil si no acompaña, de algún modo, las conductas de los actores. Es decir, éstos se adaptan a las nuevas circunstancias y reglas, pero lo hacen, básicamente, para hacer lo mismo que hacían antes.

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En tal sentido, la intención de ordenar la oferta electoral no tuvo el éxito esperado. Lejos de morigerarse, el transfuguismo, siempre presente en la política vernácula, se ha potenciado y desarrollado en nuevas formas. No solo los dirigentes migran de una fuerza a otra –existen casos emblemáticos, como el de Graciela Ocaña, que alcanzan niveles casi ridículos–, sino que las propias organizaciones partidarias se mueven de un acuerdo frentista a otro sin mediar mayores explicaciones y, en algunos casos, hasta logran participar, a través de sus dirigentes, en más de uno en un mismo turno electoral, aprovechando los propios intersticios que habilita el juego electoral. La estructura federal del sistema no alienta para nada que estas prácticas se reviertan, más bien todo lo contrario. Los partidos, con tal de preservar sus cargos, dan libertad de acción a los distritos para optar por las alternativas que consideren óptimas, quizá en desmedro la articulación y la coherencia. Existen así algunos casos extremos, como, por ejemplo, el radicalismo rosarino que aparentemente presentará candidatos en, al menos, cuatro frentes diferentes.

LOS ACTORES: FRENTES, PARTIDOS Y CANDIDATOS

De un modo casi inesperado, el trotskismo se ha convertido en la única y más firme certeza del sistema de competencia partidaria argentino. El Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) (conformado por el PO, el PTS e Izquierda Socialista) ha demostrado una enorme capacidad de supervivencia, así como una gran capacidad de aprovechar los intersticios de una normativa que en un principio denunciaron por proscriptiva. El FIT no solo es el más nacionalizado de los frentes electorales –en el sentido de su “coherencia coalicional”, no porque haya llegado a cubrir todo el territorio–, sino que ha demostrado una notable capacidad para forjar ciertas normas de funcionamiento interno para regular los conflictos, el más conocido de los cuales es el de las bancas rotativas, como ha analizado el politólogo Facundo Cruz. Por lo general, trata de evitar la competencia en las PASO –con un sistema bastante particular–, pero sin embargo en 2015 protagonizó una de las primarias más competitivas que ha habido dentro de un frente entre Jorge Altamira y Nicolás del Caño por la candidatura presidencial. A pesar del tono encendido y virulento que asumen sus discusiones públicas, marca distintiva del trotskismo, el FIT ha demostrado una gran capacidad para tramitarlas en pos de una unidad que ha demostrado ser sumamente beneficiosa para el espacio en términos político-electorales, a pesar de ello este año se ha formado un frente trotskista alternativo entre el MST y el Nuevo MAS que pretenderá erosionar algo de esa base electoral.

Cambiemos cuenta con el despliegue territorial que aporta la UCR, pero en un armado digitado desde la Casa Rosada.

Por lo general, los oficialismos suelen tener cierta ventaja al momento de mantener estables sus coaliciones gracias a la tradicional fórmula del “palo” y la “zanahoria”. Cambiemos tiene por delante su primera elección de medio término que, aunque ellos no quieran, será leída en clave plebiscitaria, como aprobación o desaprobación de la gestión iniciada en diciembre de 2015. El frente cuenta con el despliegue territorial que aporta la UCR –que encabeza la mayoría de las listas provinciales–, pero en un armado digitado desde la Casa Rosada. En provincia de Buenos Aires, la madre de todas las batallas, la coalición oficialista se juega mucho tanto por la importancia del distrito como por la estatura de los posibles contendientes, en especial Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa. Cambiemos apuesta todo a la imagen de la gobernadora Vidal y sabe que tendrá que centrar la campaña en torno a su figura para obtener buenos resultados. Curiosamente, la Ciudad de Buenos Aires, bastión histórico del PRO, fue el escenario, –junto a la provincia de Santa Fe–, donde el oficialismo tuvo mayores dificultades para ordenar su coalición. La exclusión de Martín Lousteau, y con él todo el radicalismo porteño, que pedía ingresar a Cambiemos fue, sin lugar a dudas, el más duro escollo que en la previa tuvo la coalición gobernante, que, como contraparte, cedió la cabeza de la lista a Elisa Carrió para asestarle un golpe de muerte a la efímera fuerza (ECO) que obtuvo el segundo lugar en 2015 y a su figura más visible.

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El peronismo está embarcado en una guerra intestina que no parece tener fin, aunque sabemos que suele utilizar las elecciones para propiciar algún tipo de ordenamiento en función de un criterio claro: ganadores y perdedores. La discusión central será la vigencia del liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner y, con ello, la subsistencia del kirchnerismo en tanto tal. En ese desafío, la candidata y su séquito hizo lo imposible para evitar competir en las PASO con un candidato alternativo, en este caso Florencio Randazzo. Tras largos tejes y manejes el kirchnerismo decidió presentar una lista sin el sello del Partido Justicialista (PJ) y abandonando, luego de más de una década, el nombre de Frente Para la Victoria (FPV). El kirchnerismo, en cuerpo de su líder, se juega el todo por el todo. Con el triunfo intentarán constituirse como la fuerza opositora mayoritaria al gobierno nacional y lanzar nuevamente al espacio a la reconquista del poder con un liderazgo claro, pero el ordenamiento interno, en principio, no será tarea sencilla. Los sectores disidentes, o no-alineados, deberán repensar su estrategia al verse vedada la posibilidad de competir en el mismo espacio, al menos en provincia de Buenos Aires, más teniendo en cuenta que por fuera del kirchnerismo todavía subsiste el Frente Renovador (FR) como alternativa peronista no-kirchnerista. Si, por el contrario, CFK sale derrotada o malherida de la contienda electoral, el escenario que se abre tendrá otros condimentos y abrirá, ahora sí, un tiempo pos-kirchnerista dentro del peronismo, cualquiera sea el sentido de tal cosa. Por lo pronto, el sello del FPV no competirá en elecciones, en su lugar CFK lanzó el Frente Unidad Ciudadana para garantizarse plena capacidad para el armado de las listas.

Los socialistas están ensayando diferentes frentes progresistas con fuerzas afines, con un claro perfil opositor.

Sergio Massa fue el único sobreviviente de la radicalización de la grieta, un discurso ambiguo y cambiante fue la fórmula que eligió para subsistir entre dos gigantes batallando a muerte. En esa construcción de la todavía no sabemos cuán ancha “avenida del medio” el FR integró, al menos en PBA, a una parte importante del espacio que en las elecciones de 2015 se presentó bajo el rótulo de “Progresistas”, con Margarita Stolbizer a la cabeza. No sabemos a ciencia cierta cuánto suma esa incorporación al caudal electoral del massismo, pero sí que es una movida que, por un lado, busca teñir de pluralismo al armado y, por el otro, aleja definitivamente a este sector de la disputa hacia el interior del peronismo. Por su parte, para los ex “Progresistas” la estrategia fue defensiva y pragmática, es decir un refugio para preservar los pocos cargos representativos que aún conservaba luego de la sangría electoral del último turno y, con ello, la posibilidad de subsistir como organizaciones políticas. El acuerdo “1País” dice tener el objetivo de perdurar y competir en las elecciones de 2019, pero para eso falta demasiado tiempo.

Finalmente, el espacio progresista liderado por el Partido Socialista ha visto como sus aliados más estables de los últimos años se iban hacia otros rumbos. No sin tironeos, en la provincia de Santa Fe y, en una fórmula distinta, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires o en Mendoza el PS conservó un acuerdo con ciertos sectores del radicalismo. En el resto del país, los socialistas están ensayando diferentes frentes progresistas con fuerzas afines, con un claro perfil opositor. En algunos, todavía con el GEN, que en muchos casos no siguió la estrategia bonaerense, en otros con aliados tales como Unidad Popular o el PTP. Lejos ha quedado el esplendor y las promesas del extinto Frente Amplio Progresista, sin embargo, desde su bastión santafesino, el PS mantiene la esperanza de ofrecer un modelo alternativo al electorado y, mientras tanto y con bastantes dificultades, hacer pie en el resto del país.

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Es docente de la UBA. Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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