Los dolores que siguen, las desigualdades que persisten

El legado de la Reforma Universitaria se mantiene vigente tanto en sus valores rectores como en sus asignaturas pendientes. 

img_8458No es tarea fácil para las generaciones actuales imaginar, casi un siglo después, lo que significaba en 1918 gritar que la juventud “no ha tenido tiempo aún de contaminarse” y que por lo tanto “no se equivoca en la elección de sus maestros y directores…”. Aún suena atrevido, disruptivo, transgresor, en pleno siglo 21. ¿Acaso algún movimiento actual, estudiantil o docente, por avanzado que se considere, propone algo parecido?

El programa de aquel movimiento social protagonizado por los estudiantes universitarios argentinos y “exportado” a toda la América Latina, rebasó los límites del abordaje académico y abrió la puerta a un filón aún inagotado de proposiciones político-sociales. Es que al interés académico centrado en la actualización de la vida universitaria se ligó la preocupación política por la renovación de la sociedad, en una coyuntura cuyo telón de fondo era el del mundo convulsionado por las transformaciones a gran escala: en el país, la inmigración había dado origen a las primeras protestas sociales lideradas por socialistas, anarquistas y sindicalistas. Al mismo tiempo, la clase media irrumpía en la escena política nacional a través de Yrigoyen, en la primera elección presidencial con voto “universal” (entrecomillamos por la inexistencia del sufragio femenino), secreto y obligatorio; se vivía el inicio del fin de las monarquías; en los albores del siglo, dos revoluciones (la Soviética y la Mexicana), los avances tecnológico-científicos, las impresionantes innovaciones en el pensamiento (nacían la relatividad, la física cuántica, la sociología, entre otras) imprimían vértigo a los “nuevos tiempos” de los que hablaría José Ingenieros.

El filón aún provechoso de la Reforma sigue casi virgen, y cada tanto renace, convocando al desafío de pensarlo con nuevos contenidos y adaptaciones.

En ese contexto, la instalación del marco propositivo de la Reforma, sobre la base de tres amplios criterios rectores, se lanza en busca de ampliar la democracia en el ámbito universitario, de modernizar los estudios académicos y de inaugurar la intervención de los estudiantes en la vida política nacional, desde entonces incorporada como una característica de esta región del mundo. Esos tres ejes rectores fueron (¿son?) las banderas históricas del movimiento:

– la modernización de la enseñanza, es decir, la adecuación al mundo naciente de esa universidad preexistente, elitista y aislada de los avances. Aquí interesa definir el alcance de la palabra “modernización”, porque en la década del 90 adquirió otros contornos. Pero para la Reforma del 18 “modernizar” tenía dos claras vertientes: colocar a la educación a tono con los tiempos, es decir incorporar los avances de la ciencia y de la tecnología; y al mismo tiempo, ponerla al alcance de todos. Lo arcaico era la universidad para pocos. Lo moderno, la universidad gratuita y abierta a todo el pueblo.

la idea de incorporar a los estudiantes al gobierno de la Universidad. El concepto del estudiante como sujeto de la educación, como demos universitario, es la piedra filosofal del movimiento, y sin dudas, su característica revolucionaria más celebrada y novedosa. Consciente o no, fue un anticipo de corrientes pedagógicas y políticas que, mucho más tarde, avanzarán por senderos afines, como los planteos de Jean Piaget o Paulo Freire. Lo central en ese concepto no es la actividad del docente, sino del estudiante. Esa idea incluye la democratización de la institución “Universidad”, ya que propone sea gobernada mediante autoridades electas por ella misma, con participación de todos los elementos que la integran. Desde lo epistemológico, se trata del replanteo integral del edificio universitario a partir de la mirada del estudiante.

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– la proyección política y social del movimiento, como dice el Manifiesto de la Reforma, la lucha contra “la dominación monárquica y monástica”, contra toda tiranía, ya sea de las que encadenan los cuerpos como de las que sojuzgan las almas. Este eje busca su anclaje en la Revolución de Mayo y en la concepción latinoamericana, pero además, se proyecta en ideas de reforma social, sobre la base de que la Universidad debe contribuir a la construcción de una sociedad con mayor libertad e igualdad.

Entendiéndolos como conceptos clave para la constitución de su propuesta, el movimiento reformista propuso la autonomía y el cogobierno universitarios, con los que apuntaba en el primer caso, a un quehacer académico que no estuviera supeditado a la Iglesia, al Gobierno ni a los sectores dominantes de la sociedad; y en el segundo, a impedir el control interno de la vida universitaria por parte de una casta cerrada y retrógrada, inamovible y refractaria al progreso. A la vez, complementaban esta propuesta una serie de reivindicaciones que centraban la mira en la reformulación del claustro docente, contribuyendo a su renovación y actualización: concursos de oposición para la selección del cuerpo de profesores; periodicidad de las cátedras; docencia libre; asistencia libre.

La inspiración del movimiento reformista, que a su modo se inscribe en la mejor tradición humanista heredera de la Revolución Francesa, insta cada tanto a las generaciones que la redescubren, a replantear los conceptos de lo instituido. Desde el corazón del movimiento, surgen voces como las de Deodoro Roca (el redactor del Manifiesto Liminar) acusando: “La falsa educación, la que tiene en su heráldica el examen, la educación juego, azar, se nutre necesariamente de respuestas oficiales a preguntas más ‘oficiales’ todavía. Va concebida como medio de adquirir un poder sobre el alumno y no de favorecer su futuro desarrollo. La falsa educación reposa en una cabal falta de respeto al discípulo”.

La universidad no sólo no ha cumplido con su misión social sino que, en muchos sentidos, se ha alejado de ella, y cada vez más se convierte en una fábrica de profesionales.

Quizás por eso el filón aún provechoso de la Reforma sigue casi virgen, y cada tanto renace, convocando al desafío de pensarlo con nuevos contenidos y adaptaciones, invitando a pensar nuevas estrategias para socializar el conocimiento, para concretar una universidad al más alto nivel, capaz de formar seres humanos, integrales, críticos, comprometidos, solidarios, dispuestos a cuestionar las inequidades y a aportar soluciones para avanzar en una sociedad más libre, más igualitaria, más humana, en la que el poder, la riqueza y la cultura estén efectivamente en manos de toda la sociedad.

Cuando todavía faltan 365 días para que se cumpla un siglo, muchos de los principales reclamos de la Reforma de 1918 son parte del paisaje cotidiano de la universidad argentina, y nadie los discute: la participación de los estudiantes en el gobierno, la libertad de cátedra, la necesidad de que la universidad discuta la realidad nacional, el derecho de acceder libremente a la educación superior. De hecho, la mayoría de las altas casas de estudios argentinas tienen una combinación de gratuidad e ingreso irrestricto, lo cual es casi único a nivel mundial. Pero ¿qué pasa cuando miramos más atentamente?

En la presentación de un trabajo que analizaba la Reforma a noventa años, Hugo Aboites decía que tan importante y profundo fue aquel evento, “que después de un siglo de gobiernos republicanos o corporativos, dictaduras militares, y tres décadas de agresivas iniciativas neoliberales, la universidad como la pensaron los estudiantes de hace 90 años sigue siendo para muchos movimientos estudiantiles del presente, el referente fundamental de su futuro: autónoma, de libre acceso, gratuita, con libertad de cátedra e investigación, como espacio de ciencia y pensamiento crítico, con una participación decisiva de los estudiantes en el gobierno institucional y con una misión social frente a los problemas y necesidades de conocimiento de los pueblos latinoamericanos”.

dsc_0186-aSin embargo, como lo marcaba Celia Guevara en un ensayo crítico más reciente, la universidad ya no es gratuita, por ejemplo, con posgrados arancelados que no están al alcance de una gran parte de los proletarizados graduados argentinos; donde si bien hay libertad de cátedra, el acceso no es libre, y si una vez obtenido y en su desempeño se establecen diferencias con las autoridades, éstas se resuelven muchas veces con la neutralización del o la docente negándole acceso a determinadas áreas de trabajo. La participación de los estudiantes en el gobierno institucional no pasa de ser formal en muchos casos, con la cristalización de formas burocráticas y corruptas de disputa por el poder que no difieren de las peores formas burguesas, tal como las reflejó de manera magistral la película El estudiante (Santiago Mitre, 2011). Asimismo, la misión social de la universidad es, por lo menos, tenue y diluida, como también la crítica a los programas y prácticas pedagógicas, o la persistente desconexión de las transformaciones educativas que en los otros niveles procuran desde hace años la inclusión y la diversidad.

En suma: la universidad argentina, en ocasiones, no parece hacer homenaje en absoluto a la Reforma de 1918 que la redefinió y la llevó a ser un faro para América Latina, a exhibir tres Premios Nobel en Ciencias, caso único aún insuperado entre los países de habla hispana. La universidad no sólo no ha cumplido con su misión social sino que, en muchos sentidos, se ha alejado de ella, y cada vez más se convierte en una fábrica de profesionales, para una sociedad que privatiza la salud, le niega el acceso a la justicia a la mayoría de la población, no planifica vivienda para los millones que carecen de ella, desarrollo autónomo sustentable para las comunidades originarias, agricultura sensata para romper el modelo que se impone, y tantos otros problemas de la población que no son abordados ni atendidos desde los claustros.

Muchos de los principales reclamos de la Reforma de 1918 son parte del paisaje cotidiano de la universidad argentina, y nadie los discute.

Un dato específico, no obstante, rompe los ojos: entre los graduados del nivel superior, solamente el 2,5% pertenece a los dos quintiles más bajos socioeconómicamente según ingreso per capita familiar (IPCF). O dicho de otro modo: menos de tres de cada cien universitarios argentinos proviene de los sectores desfavorecidos.

Por todo esto, quizás, al acercarnos al centenario de la Reforma de 1918, convenga asomarse al pasado no con nostalgia, no con vocación de efemérides, sino, como lo proponía el propio Deodoro casi dos décadas después, “despojándonos de toda veneración supersticiosa del pasado”. Recuperar el espíritu de la rebeldía al que convocó ese movimiento casi centenario es probablemente la mejor manera de rendirle homenaje.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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