Cuando no todos entienden lo mismo por política y Revolución

En época de las conmemoraciones nacionales más significativas, LA VANGUARDIA invitó al historiador Fabián Herrero a reflexionar sobre los debates políticos de aquellos años fundacionales.  

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Entre las interpretaciones del proceso revolucionario iniciado en Mayo de 1810, quizás la que goza de mayor consenso es la señalada por Tulio Halperin Donghi en su célebre Revolución y guerra (Siglo XXI, 1972). A sus ojos, durante este período se levanta un amplio y dinámico escenario dominado por dos iniciativas de poder diferentes, la del llamado “bloque revolucionario” instalado en la ciudad de Buenos Aires y la que impulsa, un tiempo más tarde, José Artigas en la Banda Oriental. Esta última, es la “otra revolución”, es la que presenta una idea de poder confederal en donde las provincias mantendrían su poder soberano y estarían ligadas bajo una instancia nacional que solo dirija los negocios de la paz y la guerra. Mi intención aquí es poner el foco de atención en la primera iniciativa para mostrar que, en sede porteña (la “campeona del centralismo”), la política tuvo sus momentos de alternativa de poder que señalarían otras ideas de estado y de nación. Este hecho, por cierto, no solo matiza la fuerte imagen sobre el poder central sino que puede ayudarnos a comprender por qué en el año 1820 estalla el federalismo y por qué años más tarde la idea de confederación se presenta como una realidad dominante.

EL BLOQUE REVOLUCIONARIO

En la estela de Antonio Gramsci, Halperin, decíamos, propuso la idea del “bloque revolucionario”. Este bloque emerge con la instalación de la primera Junta de Gobierno (luego continuará con las otras Juntas, los Triunviratos y los Directorios). Está conformado por sectores sociales y profesionales diferentes (sobre todo militares, pero también religiosos, abogados…) y, si bien se producen variantes, lo que el autor de Revolución y Guerra califica como “cambios de estilo”, su ancha huella continuaría con el correr de esos años sin modificaciones sustanciales.

Hasta 1815 se pone en obra un sistema de poder centralista, que desde la capital porteña pretende llevar los ideales y los valores de la revolución a todo el territorio.

En efecto, hasta 1815 se pone en obra un sistema de poder centralista, que desde la capital porteña pretende llevar los ideales y los valores de la revolución a todo el territorio de ex Virreinato del Río de la Plata bajo el signo de una “fe republicana”. Hay varios ca9789876293792mbios en su implementación. Sin embargo, por debajo de ellos, sobresale un estilo “autoritario militar”, basado en la imposición violenta de aquel sistema de poder.  Las derrotas en todas las fronteras del ex virreinato del Río de la Plata, la presión de los ejércitos del litoral y el desprestigio del Directorio resulta clave para entender cómo aquel estilo de hacer política debe ceder paso a otro. Siguiendo con la clave explicativa de Halperin, hay que decir que entre los años 1816 y 1819, las lecciones de ese período previo llevan al nuevo directorio a imprimir una política diferente, dejando de lado la impronta “autoritaria militar”, por otra basada en “un consenso conservador”, sustentado en la relación con los grupos locales influyentes de los territorios del interior y un mayor respeto hacia el statu quo.

MOVIMIENTOS DE PUEBLO, ALTERNATIVAS DE PODER EN BUENOS AIRES

El clima de ideas de poder resulta más diverso e intenso de lo que comúnmente se supone. Desde el arsenal de iniciativas centralistas, las propuestas bien pueden ser del orden republicano (república única e indivisible, por ejemplo) o del dominio monárquico (al estilo moderado inglés, es el caso impulsado por El Independiente durante el año 1816). Desde la trinchera federal, el estado federal o la idea federalista de Benjamin Constant pueden leerse en algunos diarios porteños entre los años 1816 y 1817. No obstante, entre ellas, sin duda, la forma política más dominante es la alianza y la confederación. Sobre esta última dos botones de muestra pueden iluminar su presencia, las cuales están asociadas en algunas ocasiones a una forma particular de intervención, lo que he denominado Movimiento de Pueblo. Aprovecho aquí esa hermosa metáfora del secretario escribiente del Cabildo de Buenos Aires, que, justamente la empleó para contar en el Acta capitular cómo se iba produciendo la revolución de octubre de 1812. Lo que veía en la plaza, en rigor, eran militares, civiles y toda clase de gente que se venían moviendo hacia ese central espacio público, un “movimiento de Pueblo”, escribe. Ahora bien, qué significa. Un movimiento de Pueblo, en efecto, es un levantamiento armado que, a su vez, logra reunir a importantes sectores de la sociedad y que tiene como uno de sus principales objetivos, aunque no el único, la destitución de las autoridades de poder.

¿Quiénes estaban allí? Los principales jefes militares, como José de San Martín, y los miembros de la Logia Lautaro, pero también grupos civiles como la Sociedad Patriótica y miembros de fracciones políticas diversas (los artiguistas, los partidarios de Juan José Paso), pero también, entre otros, indígenas, concretamente un líder que firma aclarando su condición, “Yo el cacique D. José Manuel de Minojulle del Virreinato de Lima”.

Un movimiento de Pueblo, en efecto, es un levantamiento armado que, a su vez, logra reunir a importantes sectores de la sociedad y que tiene como uno de sus principales objetivos, aunque no el único, la destitución de las autoridades de poder.

La Representación presentada a las autoridades, hace mención al federalismo y al respeto de los pueblos y se habla justamente de instalar un nuevo gobierno provisorio que debía “fijar la suerte de las provincias confederadas”. Hay, además, algunas firmas que aclaran su voto, expresando su deseo de un sentido político más igualitario: “En la inteligencia de que se consulten los verdaderos derechos de los pueblos, Fr. José Ignacio Grela”.

cabildo_25_de_mayoTodo este clima de ideas en donde se busca más igualdad política, alude a un escenario previo en el que sectores de la oposición se expresan en un sentido similar. La variante confederal circula dentro del grupo civil de oposición al bloque de poder hacia 1812. Dos ejemplos. Como presidente de la Sociedad Patriótica, Bernardo Monteagudo, en un artículo periodístico publicado en El Mártir o Libre del 29 de marzo de 1812, señala la necesidad de establecer “una nación independiente”, y, en esta línea, menciona la expresión “gobiernos federativos” para identificar algunas provincias españolas que al adoptar el establecimiento de “soberanías independientes” serían miradas con amigable interés. Por su parte, el artiguista Santiago Cardoso, (socio y militante de dicha Sociedad) interviene en sus sesiones con un discurso similar, el mismo es posteriormente publicado en El Grito del Sud. En él, justamente, pide que se discuta el tema de la independencia y las constituciones federales de Venezuela y Estados Unidos.

El movimiento fue exitoso, en cuanto se cambió un Triunvirato por otro. A los pocos días hubo diferencias entre los grupos vencedores, los artiguistas y otros grupos fueron perseguidos y la idea centralista de poder volvió al centro de la escena política con el claro dominio de Carlos Alvear en la Asamblea del año 1813.

En junio de 1816 se produce un nuevo movimiento de pueblo, esta vez, de claro signo confederal. A partir de tres Representaciones, firmadas por vecinos de la ciudad y la campaña, se pide que Buenos Aires cambie las instrucciones a sus diputados que están en Tucumán, por otra que debe incluir la propuesta de una confederación enmarcada “en una constitución”, esto es, un gobierno general que reúna a los llamados “Estados federados”, que solo “dirija la guerra, la paz, las alianzas, los negocios exteriores”. El confederacionismo es presentado como una forma política diferente, que daría respuesta a problemas que hasta ese momento no la tenían. En este sentido, lo que se plantea no es sólo una experiencia de gobierno distinta a la centralista, sino también otro tipo de economía (los recursos de la aduana solo serían de Buenos Aires y, se supone, que se dejarían de lado los subsidios de la guerra y los viáticos a congresos nacionales pagados a las provincias); otra idea con relación a la ubicación de la capital (las provincias deberían decidir en qué lugar debería residir esa sede).

Los confederacionistas representan a distintos sectores de la elite política de Buenos Aires, los cuales intervienen públicamente desde 1810. Es decitapa-herrero-1-1r, son representativos del mundo político provincial y no recién llegados. Si bien hay notables figuras como el Director interino (González Balcarce) y el gobernador intendente (Oliden), predominan los funcionarios y agentes intermedios, como regidores de cabildos y alcaldes de barrio, y lo mismo sucede en la campaña.

La provincia por muchos días vivió en suspenso este reclamo reformista, hasta que finalmente tanto el Congreso de Tucumán como los comandantes de campaña, quebraron el eje federalista porteño. Es posible conjeturar que, entre otras causas, éstos últimos pudieron haber perdido su poderoso apoyo inicial, cuando sus adversarios comenzaron a señalar que la guerra de independencia (que, por otra parte, no podía abandonarse unilateralmente, y menos ante el avance español y portugués) sólo podía enfrentarse con un gobierno central poderoso que pudiera dirigir las acciones guerreras.

La idea particular de poder confederal, no puede ser asimilada exclusivamente a la “otra revolución”, la de Artigas, también tuvo sus momentos y sus chances en la mismísima Buenos Aires.

En suma, se trata de una iniciativa confederacionista que se impuso por varios días, iniciativa que de haber logrado éxito pudo haber modificado el curso del Congreso de Tucumán, ya que si se suman los diputados de Buenos Aires con los de origen artiguista y sus aliados, que son excluidos allí, el resultado histórico pudo haber sido muy diferente.

La revolución, en el interior de este breve y esquemático cuadro de poder, presenta un bloque revolucionario que con sus debilidades y crisis consigue mantenerse hasta el año 1819. Lo que interesa hacer notar es que esa larga escena de poder está rodeada y atravesada por distintas intervenciones de orden republicano y monárquico y que, concretamente, la idea particular de poder confederal, no puede ser asimilada exclusivamente a la “otra revolución”, la de Artigas, también tuvo sus momentos y sus chances en la mismísima Buenos Aires. A decir verdad, no todos los actores jugaron dentro del dominio centralista, porque justamente no todos, decíamos, entienden lo mismo por la política y la Revolución.

PARA AMPLIAR

Fabián Herrero: https://fhaycs-uader.academia.edu/FabianHerrero

Fabián Herrero

Fabián Herrero

Doctor en Historia (UBA). Investigador Independiente del CONICET con sede en el Instituto "Emilio Ravignani". Profesor Titular de Historia Argentina II en la Universidad Autónoma de Entre Ríos (UADER). Especialista en Historia política, primera mitad del siglo XIX.

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