Ellas (también) mandan

¿Es lo mismo feminizar la política que despatriarcalizarla? ¿Las dos concepciones tienen el mismo peso y el mismo valor? Vamos a luchar por más. Por una espacio para politizar lo femenino.

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En el momento en que la desigualdad se torna asfixiante, una gota rebalsa en el vaso y el reclamo sale a las calles. Una demanda precisa se articula con otras similares, se amplia, toma forma y se hace fuerte. El asesinato de Chiara Páez, de 14 años, embarazada, enterrada por su novio en el patio de su casa en Santa Fe, fue la chispa que encendió el reclamo y visibilizó la lucha por la igualdad de género en Argentina al grito de Ni Una Menos. La consigna saltó fronteras y extendió el alcance del debate en torno a la violencia machista en todas sus formas.

Una de las aristas de este debate es la crítica feminista a la política. Así fue como comenzamos a escuchar más seguido la idea de feminizar la política. Pero de qué hablamos cuando hablamos de esto ¿Estamos pensamos en un modo de hacer política más solidaria, más dialoguista, de promover una actitud negociadora en lugar de otra más autoritaria, de fomentar la capacidad de escucha en lugar del poder de mando? ¿No son estos los rasgos que los dominantes adjudican a los dominados de acuerdo a la propia estructura en la relación de dominación que se nos han impuesto a las mujeres?

Si de lo que se trata es de deconstruir los roles de género, de dejar de vincular las conductas y los rasgos a los hombres y mujeres por el sólo hecho de ser hombres o mujeres, de lo que estamos hablando no es ya de feminizar la política sino de despatriarcalizarla.

01 Aug 1969, San Francisco, California, USA --- Demonstrators remove their brassieres during an anti-bra protest outside a San Francisco department store. --- Image by © Bettmann/CORBIS

La construcción de la equidad de género es la lucha por el sentido en las relaciones entre los sexos, de lo que se trata es de romper con los esquemas de percepción dominantes, de crear una posibilidad de resistencia contra la imposición simbólica. En definitiva, debemos erradicar la creencia ampliamente difundida de que los órganos sexuales nos definen socialmente. Para bien o para mal. Se trata de poner en tensión la supuesta naturalización de la actual definición social del cuerpo, que nos ubica a la mujeres en un lugar de subordinación, para de ese modo poner un punto final a la idea de que una condición objetiva como es el cuerpo determina otra subjetiva como es el carácter.

El verdadero objetivo no es feminizar la política sino despatriarcalizarla.

Si compartimos la idea de que el vínculo entre hombres y mujeres se construye en base a una relación social de dominación, es porque lo masculino continúa estando asociado a lo activo, a lo fuerte, a lo vigoroso mientras, por el contrario, lo femenino nos lleva a la idea de lo pasivo, lo blando, lo frágil como bien desarrolló Pierre Bourdieu en su libro La dominación masculina. Siguiendo esa lógica, lo masculino es merecedor de disputar el ámbito de lo público, del afuera, de lo colectivo mientras la mujer aparece como guardiana del ámbito doméstico, de lo privado, de la familia.

Creo que aún cuando somos testigos del incremento del número de mujeres en espacios de toma de decisión, una vez más, ahí dentro, con la idea de “feminizar la política” reproducimos la lógica activo-pasivo porque se espera que las mujeres lleven algo del ámbito de lo doméstico a la jefatura de un gobierno, a la dirección de una empresa, a los grandes medios o a cualquier otro ámbito profesional.

La actual gobernadora de la provincia de Buenos Aires, por mencionar sólo un caso, es un ejemplo de eso. Una mujer que lleva consigo todo lo que una mujer debería llevar a la política. El tono suave, la mención constante a su familia, la capacidad de escuchar con atención los reclamos, la voluntad de negociación y de cooperación que muchos hombres no tienen. Por el contrario, mujeres como la ex presidenta Cristina Fernández así como Dilma Rousseff en Brasil, aparecen como aquellas mujeres que no respetan la naturaleza de lo “típicamente femenino”: son obstinadas, no escuchan, son duras, fuertes, no negocian y por eso hemos escuchado hasta el hartazgo decir que son histéricas o que sufre del síndrome de hybris que, en otras palabras, es el mal de la desmesura, de la falta de moderación y la ausencia templanza. Todo eso que tampoco tienen muchos de los hombres a la hora de hacer política.

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Entonces, la mujer fuerte en política, aquella que no sonríe tanto como lo hace con nosotros nuestra madre, que es dura con las formas y firme en sus objetivos, que es igual de inflexible para alcanzar lo que busca como lo podría ser un hombre, que se interesa por interpelar a un pueblo todo más allá del electorado femenino, que no sólo pelea por ampliar los derechos de las mujeres sino que busca imponer su mirada sobre temas económicos o políticos, no sería aquel efecto que esperamos de la inclusión de las mujeres en la política.

Es entonces, que esa mujer no cumple con los parámetros socialmente construidos de lo “femenino” cuando disputa en el ámbito de lo público. Pero resulta que también se es mujer aunque no se sea madre, se es mujer aunque a la noche se duerma con otra mujer, se es mujer aunque no se sonría tanto, aunque se hable de fútbol, de economía o de política. Y por tanto, también se es mujer aunque no se sea simpática, ni dócil, ni cariñosa con los propios, ni solidaria con los otros.

La mujer que no cumple con los parámetros socialmente construidos de lo “femenino”, disputa políticamente en el ámbito de lo público.

Este debate no es nuevo. En los extremos, existen dos posiciones bien marcadas. De un lado, la mirada esencialista del feminismo que plantea la idea de que existen rasgos específicos de las mujeres, diferentes a los masculinos, que nos separan en carácter de los hombres y crean un sistema de valores típicamente femeninos. Del otro, una mirada universalista que proclama el derecho a la igualdad y que entiende que las diferencias biológicas no explican las diferencias de comportamiento entre unos y otras.

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Si percibimos de manera crítica la definición social de los cuerpos, notamos como la visión del mundo imperante es producto de una aparente naturalización de la visión androcéntrica del mundo. Es decir, estamos frente a la supuesta naturalización de una una construcción social y cultural que legitima la relación de dominación vigente entre hombres y mujeres. Si coincidimos en esto, podemos poner en duda todo ese orden impuesto, para así ocuparnos de su deconstrucción y la disputa por el sentido.

Debemos pasar de la idea de “feminizar la política” a politizar la idea de lo “femenino”, arrancar esa idea socialmente construida de las mujeres y de lo femenino vinculadas al ámbito doméstico y situarlo en la esfera de lo público, de la política, de lo social, sin mediaciones. No como una especie de camino evolutivo sino como borrón y cuenta nueva, dentro una lógica de pensamiento dominante que decidimos no validar de raíz y que en su lugar la pensamos, de cero, de vuelta.

Debemos pasar de la idea de “feminizar la política” a politizar la idea de lo “femenino”.

De lo que se trata es de despatriacarlizar la política, el periodismo, las universidades, las empresas, el ámbito de lo profesional, de lo público todo. Terminar con la relación de dominación de los hombres con las mujeres no porque seamos mejores sino porque somos iguales.

Claro está que somos hijas de la educación cultural de nuestras madres y de nuestras abuelas, lo que hace que todavía muchas mujeres sigamos reproduciendo una subordinación erotizada, en la seguimos buscando el reconocimiento de la mirada masculina para convencernos de que podemos hacer algo y que, además, podemos hacerlo bien. Así como también muchos hombres esperan ser reconocidos por otros hombres porque parece que la mirada de una mujer vale menos que la un hombre.

En definitiva, de lo que se trata es de dar una batalla por el sentido en la construcción social de una relación, no ya dominación sino de igualdad, entre hombres y mujeres. Y para eso debemos erradicar por completo la idea de que los cuerpos determinan el carácter. Por eso es que insisto en la idea de que más que de feminizar la política de lo que se trata es de despatriacarlizarla y eso sólo se consigue desnaturalizando la visión androcéntrica del mundo.

Ayelén Oliva

Ayelén Oliva

Periodista y redactora de contenidos en temas de política internacional. Es Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y Magíster en Periodismo por la Universidad Torcuato Di Tella.

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