El machismo que nos habita

El machismo no constituye una realidad externa sino una forma de relacionamiento social. Es más doloroso cuando habita en aquellos que creemos que lo han desterrado. Trabajar sobre él implica comprender fenómenos que todavía merecen ser puestos a la luz.
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Quemadas vivas, empaladas, violadas, torturadas, desfiguradas, acuchilladas, descuartizadas, descartadas en bolsas de basura.

Como si algo de lo trágico se empeñara en volverse cotidiano, cada día una mujer desaparece. Todos los días un cuerpo es hallado vacío de todo rastro de vida y con las marcas del machismo desbocado impresas a fuego. La violencia es descarnada. Sus huellas no exhiben rastros de pudor ni de humanidad. La desesperación de la búsqueda, el dolor contenido de la espera en la que la imagen negra de lo indecible irrumpe sin pedir permiso, y el horror de ratificar que lo peor siempre está a la vuelta de la esquina para todas nosotras, son vivencias que nada tienen de ajeno. Están allí, ante los ojos de todos, y sin embargo todavía no podemos asumirlas como propias. Están allí, aún cuando haya quienes se empeñen en sostener que el feminismo es un exceso, que nace del resentimiento, o que, por violento, gusta de la confrontación.

UNA OPRESIÓN SIN CREDENCIALES

La opresión y la violencia hacia las mujeres afecta a la mitad de la población global y sin embargo es una de las menos visibilizadas. Su extensión geográfica y demográfica parece ser inversamente proporcional a la conciencia que las sociedades hemos logrado desarrollar en torno a los modos específicos en los que este tipo de violencia se ejerce y reproduce. No es casual, por tanto, que el dato llamativo de la agenda feminista contemporánea sea la amplitud del abanico de quienes la desconocen o se esfuerzan en cuestionarla.

No es casual que el dato llamativo de la agenda feminista sea la amplitud del abanico de quienes la desconocen o se esfuerzan en cuestionarla.

La realidad más acuciante que enfrenta el feminismo en la actualidad es que debe justificar su existencia y su entidad social no solamente frente a los que históricamente han sostenido posicionamientos conservadores, reaccionarios y estereotipantes, sino también frente a quienes son capaces de identificar los mecanismos sociales de opresión en otras de sus múltilples variantes y cuestionarlos con herramientas conceptuales y teóricas de diversa índole.

EL FEMINISMO Y LO ELEMENTAL

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Por estos días, no resulta ajeno cierto sentimiento de regresión. ¿Cómo es posible que nos encontremos debatiendo en torno a la legitimidad de las movilizaciones sociales, al acceso libre y gratuito a servicios públicos esenciales como la educación, o la jerarquía de derechos laborales como la licencia por maternidad, desconocida por el régimen de presentismo y productividad impulsado por la gestión PRO?

Esa sensación de haber retrocedido décadas en lo que refiere a los consensos mínimos necesarios para sostener intercambios constructivos es la que nos invade a las mujeres cuando, frente al esfuerzo que empeñamos en exponer con claridad argumentos y vivencias, somos desoídas sistemáticamente por quienes comprenden a la perfección, en cambio, cómo funcionan los dispositivos de poder en las sociedades contemporáneas, la explotación capitalista, la crisis humanitaria de los refugiados o la precarización laboral.

Será porque los errores son más dolorosos cuando provienen de lo que simbólicamente construimos como un “nosotros” –tenga éste connotaciones afectivas, ideológicas o políticas-, que el sabor amargo de encontrarse explicando lo elemental sabe aún peor que cuando se abre la discusión con quienes encuentran argumentos para, por ejemplo, justificar la represión contra los docentes que reclaman por sus derechos construyendo una escuela itinerante frente al Congreso.

Los errores son más dolorosos cuando provienen de lo que simbólicamente construimos como un “nosotros”. El sabor es más amargo cuando encontramos expresiones de machismo en quienes pensamos que acompañan nuestra lucha.

La desazón que sobreviene al escuchar que las mujeres feministas fomentamos el odio hacia los hombres o incurrimos en generalizaciones porque no todos son violadores o asesinos no nace de una fijación ni de la terquedad. Tiene su origen en la materialización de una distancia. La imposibilidad de cuestionar los privilegios propios naturaliza la desigualdad que de ellos se desprende, trazando así un límite claro y profundo a toda percepción de un “nosotros” que nos contenga en términos igualitarios.

EL MACHISMO Y SUS EXPRESIONES

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Que vivimos en una sociedad machista y patriarcal no es una consigna vacía y antojadiza que un grupo de locas decidió esgrimir para tener un lugar en la agenda pública. El machismo se manifiesta en los miles de cuerpos de chicas y mujeres que son agredidas, violadas y muertas cada día, pero también en la culpabilización que se les dispara desde los medios y se multiplica en las nociones de sentido común que se expresan a diario en nuestras acciones y opiniones.

El machismo se manifiesta en los miles de cuerpos de chicas y mujeres que son agredidas, pero también en la culpabilización instalada medíáticamente y apuntada al “sentido común”.

Machismo es eso que percibimos cuando algo parecería indicar que se debe agradecer si un hombre esboza una tarea doméstica o se hace cargo de sus hijos a la par de las mujeres. Machismo es que los varones se autoperciban “permisivos” si dejan que sus parejas salgan solas de noche o emprendan actividades que no los involucran. Es que el rol que la sociedad nos asigna haya calado tan profundo que no llame la atención escuchar que las mujeres portamos naturalmente la habilidad y la disposición para las tareas de cuidado, la contención, y la vocación de atender y asistir a los otros. Es que los porcentajes de mujeres en gabinetes de gobierno, equipos directivos o conducciones gremiales sean tan insignificantes. Es, claro está, que todavía nos preguntemos qué cosas habrán hecho las mujeres que sí han logrado ocupar espacios de poder.

EL FEMICIDA COMO SOBREADAPTADO

Alberto Calabrese, sociólogo y ex Director Nacional de Adicciones del Ministerio de Salud de la Nación, sostiene que el individuo adicto no puede entenderse como quien no se encuentra adaptado a los patrones sociales y culturales de su época, sino que, por el contrario, debe pensarse a partir de la categoría de sobreadaptación. En una sociedad como la capitalista cuyo epicentro es el consumo, la adicción a un comportamiento, objeto o sustancia no implica en términos estrictos una ruptura sino, en todo caso, un exceso frente a un patrón. El adicto es un producto social y las condiciones que propician su patología se encuentran dentro de lo establecido socialmente, no por fuera. Del mismo modo, la figura del femicida no puede comprenderse escindida del tejido social que la contiene. Si la adicción es una sobreadaptación de determinados individuos a la sociedad capitalista de consumo, el femicida encarna la sobreadaptación a una cultura machista montada sobre la construcción de la mujer como objeto. El hombre que asesina a una mujer por el hecho de serlo, es el exceso que se desprende de vínculos sociales asimétricos que lo preceden y le dan sentido. La violencia no es azarosa ni casual; la trama de prácticas y sentidos que delinean la imagen femenina como sumisa, servil, débil y sometida a la preeminencia masculina es el terreno fértil sobre el que se desarrollarán la prepotencia, el autoritarismo y la agresión.

LA FALACIA DEL TONO

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Si pensamos en escenas de la Argentina actual que permitan ilustrar los mecanismos retóricos y materiales de ejercicio del poder, podríamos detenernos en el conflicto por la paritaria docente. Sin importar si se tratase de paros, movilizaciones, cortes de calles, clases públicas o Escuelas itinerantes, los docentes fueron acusados de mafiosos, mezquinos, irresponsables y políticamente interesados por parte de la gestión Cambiemos. El motivo salta a la vista; la caracterización no se funda en los métodos de protesta sino en la visibilización del conflicto, en la acción que hace evidente la injusticia.

Las mujeres podemos conversar con compañeros, escribir libros o artículos, movilizarnos, apilar nuestros cuerpos desnudos frente al Congreso o pintar paredes. Podemos ser amables, elocuentes o enfáticas. Podemos exponer nuestras razones con seriedad, enojadas o entre lágrimas. El modo no es el problema; el problema es el contenido del mensaje, es lo que dejamos al descubierto cuando nos encontramos en la calle, cuando levantamos la voz y dejamos de pedir permiso para expresarnos. Lo que planteamos es incómodo para muchos de nosotros, porque cuestiona la forma en la que nos relacionamos en el sentido más profundo y extendido.

¿Se puede comprender la operación estigmatizante en unos casos, y ser cómplice de ella en otros? La respuesta es no, especialmente si quienes incurren en esta contradicción levantan banderas progresistas o de izquierda. La sensibilidad sesgada es ceguera o hipocresía. Nadie puede preciarse de estar por fuera de la trama de relaciones sociales; o se contribuye a revertir la opresión, o se es parte de su reproducción.

¿Se puede comprender la operación estigmatizante en unos casos, y ser cómplice de ella en otros? La respuesta es no, especialmente si quienes incurren en esta contradicción levantan banderas progresistas o de izquierda.

No importa si toma la forma de organización, de grito, de palabra, de abrazo o de silencio; las mujeres llevamos inscriptas en el cuerpo las múltiples formas de violencia a las que nos expone el machismo que nos habita. Si es sincero el deseo de honrar el compromiso que decimos deberle a nuestras banderas igualitarias, no tenemos más opción que juntar valor y comenzar por mirarnos en un espejo en el que no tengan lugar prejuicios ni autojustificaciones.

Giuliana Mezza

Giuliana Mezza

Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Docente universitaria y delegada de ATE en el Ministerio de Cultura de la Nación.

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