Un sistema político al borde del abismo

 Más allá de Lula, el PT, Temer y los empresarios, la actual crisis brasileña pone en jaque la forma en que las clases dirigentes históricamente han afrontado los procesos críticos de cambio. En este escenario, la totalidad del sistema político corre el riesgo de ser barrido. temer-destacada

 

Mucho se ha hablado sobre las disputas e implicancias que están detrás de la profunda crisis que atraviesa al sistema político brasileño. Algunos de estos análisis han puesto el foco en la ofensiva política-mediático-judicial sobre el Lula y la necesidad revertir las reformas sociales implementadas durante de década petista. Otros optaron por enfatizar las investigaciones judiciales sobre la corrupción y financiamiento negro de la política. Hay también quienes prefieren señalar la caída del precio de los commodities como la causa primigenia del conflicto y quienes ven en esto un entramado más grande, que incluye intereses de poderosos actores internacionales.

En mayor o menor medida todas estas afirmaciones tienen su validez para explicar el actual escenario brasileño. Ahora bien ¿qué pasaría si, en realidad, lo que está en juego hoy en Brasil fuese algo mucho más profundo que el futuro electoral de Lula, la supervivencia de Temer en el gobierno o la posible implementación de un paquete de medidas económicas?

Quizás, lo que esté en juego en Brasil no sea la carrera de un grupo de políticos sino el sistema político mismo.

Específicamente, nos referimos a que la crisis por la que atraviesa el gigante sudamericano está poniendo en jaque la forma en que históricamente la clase dominante ha sabido dirimir, resolver y encauzar esos momentos en los que las circunstancias empujan a un cambio de época. Una tradición política de 200 años -casi tan arraigada en la cultura brasileña como la samba, el fútbol o la feijoada– y que, de derrumbarse, puede terminar arrastrando a todo el sistema político. De ser así, ya nada será igual en el país más grande y populoso de América Latina.

MODERNIZACIÓN CONSERVADORA

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A mediados de la década de 1960, el sociólogo estadounidense Barrington Moore se propuso explicar las distintas formas en las que países aparentemente disímiles como Inglaterra o China atravesaron la transición a la modernidad. En este marco, Moore va a acuñar el concepto de “modernización conservadora” para caracterizar aquellos procesos nacionales en los que las elites impulsaron la modernización pero, al mismo tiempo, buscaron asegurarse determinados privilegios acumulados durante la etapa pre-industrial y pre-moderna1. Es decir, la modernización conservadora explicaba cómo, ante un escenario crítico de cambio, eran las propias elites quienes terminaban co-gestionando los procesos de transición en aras de conservar una parte del poder.

Si bien Moore no incluyó a ningún país latinoamericano entre sus objetos de estudio, lo cierto es que la historia política de Brasil es una signada por típicos procesos de modernización conservadora.

El desarrollo de Brasil puede entenderse en el marco de la teoría de la «modernización conservadora», acuñada por Barrington Moore.

Un primer indicio para sostener esta afirmación pasa por el hecho de que la historia de Brasil es una historia sin grandes próceres, sin héroes plebeyos, ni violentas revoluciones. Joaquim José da Silva Xavier –más conocido como “Tiradentes” por sus habilidades odontológicas- es un claro ejemplo de lo primero: considerado por muchos como un líder y estandarte del proceso de independencia brasileña, Tiradentes fue en realidad una figura que buscaba más la emancipación de su propia región, Minas Gerais, que la autonomía del incipiente país. De igual forma, si se compara con los otros países “grandes” de América Latina, tampoco hay en la historia brasileña algo parecido a la Revolución Mexicana de principios del siglo XX, una guerra civil como la de Unitarios y Federales o irrupciones de movimientos de masas al estilo del peronismo en Argentina.

Esta historia caracterizada por una ausencia de cambios traumáticos, guerras intestinas y desbordes político-sociales extremadamente agitados se debe fundamentalmente a que han sido las elites quienes condujeron las distintas transiciones entre una y otra fase política del país.

El nacimiento mismo de Brasil está atravesado por esta particularidad: fueron los propios miembros de la corona y el ejército portugués los que comandaron el proceso de independencia en la década de 1820. De hecho, el primer emperador de Brasil y autor del famoso grito de Ipiranga –Pedro I- era nada menos que el príncipe y heredero al trono de Portugal.

El paso de la República Velha terrateniente y oligárquica a la república industrialista, corporativista y burocrática del Estado Novo en la década de 1930 también tuvo un carácter dirigista y de pactos entre los que se iban y los que venían. Una vez derribado el ancien régime cafetero-ganadero, si bien las elites de San Pablo y Minas Gerais perdieron la hegemonía absoluta del poder, lograron mantener gran parte de sus privilegios y siguieron teniendo una participación importante en la economía brasileña. De hecho, al día de hoy, cerca del 70% de las exportaciones de Brasil son productos de origen primario y el gigante sudamericano todavía ostenta la cucarda de ser el mayor productor mundial de café. De igual forma, puede decirse que dichas elites tampoco dejarían de gravitar en la arena político-partidaria: Carlos Luz, Juscelino Kubitschek, Tancredo Neves e Itamar Franco comparten algo más que el hecho de haber sido presidentes: todos son de origen mineiro.

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Más acá en el tiempo, el regreso de la democracia en la década de 1980 constituye otro claro ejemplo de un cambio político dirigido desde arriba. Tras décadas de represión, censura y corrupción, las Fuerzas Armadas brasileñas acumulaban un creciente cuestionamiento por parte de la ciudadanía. Sin embargo, la falta de legitimidad no impidió que los militares comandaran sin mayores sobresaltos el proceso de transición democrática. Así, aun cuando en las calles retumbaba la demanda de “Direitas Ja!”, los uniformados lograron que el paso a la constitucionalidad se diera a través de una elección indirecta en el Congreso. Como parte del mismo paquete, las Fuerzas Armadas también se aseguraron que no hubiera ningún tipo de juzgamiento a su accionar represivo durante la dictadura y, desde luego, se encargaron de mantener una amplia autonomía para autogobernarse. De hecho, Brasil fue el último país de Sudamérica en crear un Ministerio de Defensa. Recién lo hizo en 1999. 67 años después que Chile y 50 más tarde que Argentina.

EL ESCENARIO ACTUAL: ¿MÁS DE LO MISMO O EL FIN DE LA HISTORIA?

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Las protestas que irrumpieron en las calles brasileñas allá por el año 2013 fueron el primer indicio de que algo estaba llegando a su fin. Por entonces, el eje de las movilizaciones se centraba en demandas puntuales, como un transporte público mejor y más barato. No obstante, la explosión del Lava Jato terminaría por destapar la olla de la corrupción generalizada en la clase dirigente brasileña. Las protestas se multiplicaron y los destinatarios se volvieron cada vez más difusos. El nivel de movilización callejera –inédito para un país de 200 millones de habitantes pero con poca tradición de protesta social multitudinaria- y la impugnación generalizada a la clase dirigente confirmaban la presunción de que una época de cambio estaba en marcha y que no había punto de retorno.

A la deslegitimación de la clase política le seguiría una pulverización del sector económico. El encarcelamiento del presidente de Oderbrecht y las acusaciones a otras firmas como OAS y Camargo Correa terminaron por derrumbar a las principales empresas constructoras del país y de América Latina. Asimismo, emblemas estatales como Petrobras y Embraer se vieron obligadas a liquidar activos por doquier y, en el caso de la fábrica de aviones, a aceptar un control del Departamento de Justicia de los Estados Unidos sobre sus cuentas y planes de negocios. El modelo industrialista –tanto estatal como privado- se iba a pique y con él, la imagen de “Brasil potencia”.

A la deslegitimación de la clase política le seguiría una pulverización del sector económico.

Uno de los argumentos más esgrimidos a la hora de explicar la traición del PMDB, la destitución de Rousseff y la persecución mediático-judicial a Lula es la existencia de una especie de plan del establishment, cuyo objetivo sería asegurar la impunidad e implementar un programa de reformas y ajustes económicos orientados a “aumentar la competitividad” de la economía brasileña. Sin embargo, los últimos acontecimientos revelan que, aunque algo de eso pudiera haber, no se vislumbra una estrategia unificada al interior de la clase dominante. En efecto, resulta difícil encontrar cohesión, consenso y coherencia en el accionar de O Globo; del PMDB y el PSDB; de la burguesía industrial paulista; del fragmentado y no menos permeable a los intereses corporativos poder judicial; y, también, de las iglesias evangélicas. Un actor con mucha incidencia en la sociedad brasilera y que cada día pisa más fuerte en el ámbito político.

El nivel de desconcierto, paranoia y desmadre es tal que, a fin de cuentas, resulta más verosímil concluir que no existe ningún plan maestro por parte del establishment sino que, más bien, estamos asistiendo a un desbande generalizado en donde cada uno trata de salvarse como pueda.

PERSPECTIVAS FUTURAS

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En definitiva, más que el rumbo económico, la presidencia de turno o el futuro electoral de un candidato, lo que está crujiendo en Brasil es el propio sistema político y la forma en que ese sistema ha sabido diagramar, dirigir y encauzar los procesos de “modernización” durante casi 200 años.

Los constantes movimientos para encontrar un cuadro político que suceda a Temer dan a entender que el sistema político está jugando sus últimas cartas para intentar recomponerse y comandar lo que viene. Pero en caso que sea demasiado tarde, más que dirigir el paso de una etapa a otra, el vendaval del Lava Jato se llevará puesto a toda la clase dirigente. Un terreno totalmente desconocido y por demás incierto para el gigante sudamericano.

La salida por izquierda de este escenario novedoso sería un “retorno hacia adelante” de Lula. Si en el pasado pactó con la política tradicional en pos de la gobernabilidad, se presume que Lula, esta vez, iría contra ellos. Las presiones del “ciudadano común” por terminar con las prácticas espurias de la velha política, las demandas de un sector del propio PT descontento con el aburguesamiento y burocratización del partido en la época dilmista, y su experiencia de “rana-escorpión” con el establishment político brasileño indican que un tercer mandato del líder sindical tendría como horizonte un programa mucho más radical en sus objetivos transformadores. La tan postergada reforma política podría ser uno de sus grandes proyectos de gobierno.

La salida por izquierda de este escenario novedoso sería un “retorno hacia adelante” de Lula.

La segunda opción sería más bien por derecha; y tendría lugar en caso que el estallido del sistema político brasileño tal y como lo conocemos termine arrastrando lo corrompido, dando lugar a actores periféricos o directamente ajenos a la clase dirigente tradicional. Esto significaría el advenimiento de lo que se conoce popularmente como “outsider”, revelando que los “cisnes negros” del siglo XXI pueden llegar también a América Latina. En este marco, no sería descabellado que el militarista y racista diputado Jair Bolsonaro, el empresario anti-política Joao Doria, el polémico juez de primera instancia Sergio Moro, la maquilladamente aséptica presidenta del Supremo Tribunal de Justicia, Cármen Lúcia, el candidato evangélico que gobierna Río de Janeiro, Marcelo Crivella o, por qué no, el conductor de televisión más popular del país, Luciano Huck, puedan ser quienes, tarde o temprano, terminen ocupando el Palacio del Planalto.

Más allá de las diferencias, todos ellos son capaces mostrarse como ajenos al sistema y encarnar el rol de profeta salvador que augura un nuevo porvenir. En el país con mayor cantidad de cristianos de América Latina, más vale creer que todo es posible.

1 Moore, Barrington (1966). Social origins of dictatorship and democracy: Lord and peasant in the making of the modern world. Boston: Beacon Press.

 

 

Alejandro Frenkel

Alejandro Frenkel

Licenciado en Ciencias Políticas, miembro del Centro de Estudios de Investigaciones Laborales dependiente del CONICET.

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