La pertinencia de un socialdemócrata

La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE es un buen augurio. Una socialdemocracia que gira a la izquierda pero que mantiene su vocación de poder y de gobierno, puede combatir más claramente a la derecha y neutralizar a quienes, desde la izquierda, pretenden destruir su pertinencia histórica.

GRA096. MADRID, 26/05/2016.- El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante la presentación del documento "Sí a los seis principios para el gobierno del cambio", con vistas a las elecciones generales del 26 de junio, en un acto que ha tenido lugar junto al monumento a la Constitución Española, en Madrid. EFE/Sergio Barrenechea

Felipe, ay, Felipe, solía decir mi madre, casi suspirando, en aquellos primeros años 80, con Página/12 en la mano. Hablaba, ustedes lo sabrán, de Felipe González. Era el hombre del socialismo español, el bello espadachín del puño y la rosa, el muchacho que, a golpe de sonrisas y declamadas palabras sobre una «España plural» que cambiaba, había conquistado el corazón de los y las socialistas hispanohablantes.

Veíamos entonces «Solos en la madrugada» y «Amanece que no es poco», Serrat se colaba por las radios, y Víctor Manuel y Ana Belén deleitaban al rosado rojerío que también en Argentina quería mirar de frente a la democracia. La transición española, con sus imágenes de pactos y luchas, y su culminación con un socialista en la Moncloa, quizás -pensaban nuestros padres- tenía algo que enseñarnos.

El PSOE necesitaba una renovación. Quizás haya comenzado ayer.

Cada cual se relacionó con Felipe como pudo. Los más rojos reconocieron siempre que el PSOE no había sido el partido más activo en la lucha antifranquista. Ése había sido, por supuesto, el Partido Comunista de España (PCE), con cuarenta años de lucha y exilio. El de la Pasionaria -Dolores Ibárruri- y Santiago Carrillo pero también el de miles de militantes que se habían sumado allí, no por la hoz y el martillo, sino por la imperiosa necesidad de acabar con una dictadura criminal. Muchos de ellos fueron, luego, destacados demócratas de izquierda. Hicieron justicia a su nobleza de espíritu.

Quienes pertenecemos a la izquierda socialdemócrata no vemos en Felipe González a alguien de fiar. Con facilidad lo acusamos de haberse enquistado en el poder y de neoliberalizar la sociedad española. Nuestro dedo apunta al proceso de degeneración de la socialdemocracia y acusa a Felipe como uno de los principales responsables. La entrada de España en la OTAN, su política funesta con respecto al pueblo saharaui, sus relaciones con el poder económico y la construcción de un partido más de aparato que de bases, son causa de crítica común en la izquierda.

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¿Hay algún Felipe González que haya valido la pena? Lo hubo. Fue el Felipe González del Congreso de Suresnes de 1974. Aquel fue un Congreso doloroso. El PSOE abandonó el declamado marxismo -entendido como estructura cerrada y garantizado desde siempre por la dirigencia histórica encarnada en Rodolfo Llopis- y se abrió paso a una socialdemocracia europea que tenía en Olof Palme y Willy Brandt a dos delanteros goleadores. González supo que solo un partido abierto y plural de la izquierda (y no uno que prefería una identidad fuerte y cerrada) podría abrir paso a una España nueva.

El PSOE nacido de Suresnes fue una caja de Pandora. No fue sólo útil -aunque sí lo fue- para garantizar el poder económico de aquellos que ya lo detentaban en el franquismo, como sugiere, cada vez que puede, Pablo Iglesias. Reducir la transición española -protagonizada por Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Felipe González entre muchos otros- a ello, resulta infame. El PSOE de Suresnes fue necesario para dar garantías de una democracia sólida que miraba a Europa con el entusiasmo de quienes se saben libres después de una dictadura cruel. Fue útil para garantizar unos derechos y libertades inéditos en la historia de España. ¿Que también traicionó las aspiraciones de los trabajadores con la reconversión industrial? ¿Que también decepcionó a los pacifistas ingresando en la Alianza Atlántica? ¿Que también rompió lazos fuertes con parte de su base sindical? Por supuesto. Es aquello que los socialdemócratas de izquierda han condenado siempre. Pero la escasez de un lado no supone negar lo satisfactorio de lo otro.

Conocemos el derrotero del PSOE. Sabemos cuanto contribuyó, a la vez, a garantizar ampliación de libertades civiles y políticas, al mismo tiempo que corría a la socialdemocracia hacia el centro y la hacía casi indiferenciable de la derecha en el terreno económico. Sabemos que fue el partido de los barones y las baronesas territoriales y de los pactos por debajo. El PSOE necesitaba una renovación. Quizás haya comenzado ayer.

GRA088. MADRID, 01/09/2014.- El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa posterior a la reunión de la Ejecutiva socialista, donde ha anunciado que propondrá al Comité Federal que las primarias para elegir al candidato para las elecciones generales se celebren tras los comicios municipales y autonómicos, en julio del próximo año. EFE/Emilio Naranjo

De reojo y con cuidado -como hay que mirar todo en política- hay que evaluar a Pedro Sánchez. Fue un hombre del aparato y así llegó, hace ya dos años, por primera vez a la Secretaría General del PSOE. Lo hizo en un momento complejo: tuvo que lidiar con el ascenso de PODEMOS, la nueva fuerza de la izquierda nacida de las movilizaciones sociales y antisistémicas generadas -por si a alguien se le olvida- por las propias derivas y errores del PSOE. Fue hombre de Felipe González y de Zapatero, y enemigo acérrimo de lo que, como tantos otros, llamó equivocadamente «populismo».

Destruido por los mismos que lo llevaron allí, el hombre que se negó a pactar con el Partido Popular y rechazó abstenerse en la investidura a Mariano Rajoy, fue forzado a dimitir de sus cargos. Le hicieron todo tipo de jugadas. Él siempre rechazó las etiquetas de peligroso radical y «podemita». Con mucha más potencia negó su voluntad de pactar con los independentistas un proceso que llevara a la ruptura de España. Sostuvo, en cambio, algo sencillo: que quería un Partido Socialista a la izquierda pero capaz de liderar el espacio común de la socialdemocracia buscando un gobierno «a la portuguesa». Es decir, un gobierno con liderazgo socialista pero con apoyo de otras izquierdas para interpelar a una sociedad distinta a la del régimen político que muere.

Una socialdemocracia socialdemócrata –es decir, reformista, de izquierdas y con sentido de responsabilidad frente a los más débiles- es la mejor alternativa para neutralizar a las derechas ajustadoras y radicales.

Pedro Sánchez no es un outsider. Conoce las reglas del aparato pero ha entendido -por fin uno lo ha hecho- que la socialdemocracia puede morir si continúa haciendo lo que ya ha hecho. Su triunfo en las primarias del PSOE es un buen augurio. La militancia expresó claramente una comprensión de la nueva etapa política. Pedro Sánchez perdió dos elecciones, pero la confianza en sus posibilidades es potente.

Para que las nuevas fuerzas de la “izquierda radical” ocupen el espacio de la socialdemocracia existe una única posibilidad: que los socialdemócratas sigan en su giro a la derecha. Eso es, probablemente, lo que muchos desean. Porque son más radicales en su voluntad de liderar la izquierda que en su deseo de cambiar la sociedad.

La socialdemocracia tiene todavía muchas cosas por decir. Una socialdemocracia socialdemócrata –es decir, reformista, de izquierdas y con sentido de responsabilidad frente a los más débiles- es la mejor alternativa para neutralizar a las derechas ajustadoras y radicales y para llamar a la sensatez a unas izquierdas que de tan “nuevas” acaban pareciéndose a las viejas.

El ejemplo de Portugal puede ser útil para el PSOE. Un gobierno de izquierdas, conducido por el socialismo pero con el apoyo de otras fuerzas políticas. Ojalá Pedro Sánchez inicie ese camino. Es lo que la militancia socialista le ha marcado en este nuevo Suresnes.

 

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

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