El espejo

Lo aseguraba hace unos días un amigo periodista: el gobierno de Macri, que venía a terminar con las viejas divisiones de los argentinos, este gobierno que aseguraba traer bajo el brazo la paz y la armonía, parece empeñado en fabricar enemigos.

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Desde hace varios años estamos todos frente al espejo, frente a la imagen deformada, caricaturizada. Pero como toda caricatura, allí hay algo de lo que somos. O como mínimo, de lo que nuestros gobernantes y de lo que nuestras clases dominantes creen que somos. Y quizás, en parte, de lo que sentimos que somos.

Lo aseguraba hace unos días un amigo periodista, Roly Villani: el gobierno de Macri, que venía a terminar con las viejas divisiones de los argentinos, este gobierno que aseguraba traer bajo el brazo la paz y la armonía, parece empeñado en fabricar enemigos. En efecto. Veamos:

A los empleados estatales los acusa de ñoquis
A los sindicalistas, de mafiosos, de inútiles “que hace cuánto no trabajan”
A los docentes en general, los tratan de vagos que trabajan solo cuatro horas y tienen tres meses de vacaciones
A los docentes que reclaman, de sindicalistas (y por ende vagos)
A los sindicalistas que no pueden acusar de mafiosos, los tratan de kirchneristas
A los manifestantes opositores, de choripaneros arreados en colectivos
A los empresarios, que no son solidarios y “no se rompen el traste” por el país
A los científicos, de investigar boludeces para justificar que viven de la teta del Estado
A las universidades, de corruptas o de kirchneristas (son sinónimos ¿no?)
A los trabajadores que recuperan la empresa que sus patrones fundieron, de usurpadores
A los jueces o fiscales que los investigan, de kirchneristas
A los cineastas, de vivir de la teta del Estado
A los periodistas que los cuestionan, de kirchneristas
A los estudiantes, de ser militantes políticos (algo que está mal)
A todos los que protestan, de golpistas y destituyentes
A cualquiera que les cuestione algo, de kirchnerista

El panorama (o el espejo) se completa si recordamos que el gobierno anterior, el que decía expresar a las grandes mayorías populares, el que se autodefinía como “nacional y popular”, terminó siendo una fábrica de enemigos reales o imaginarios, entre los cuales incluyó a casi todos los integrantes de esas mismas mayorías “nacionales y populares”:

A los académicos que cuestionaban, los trataba de “burros”
A los docentes, de vagos que trabajan solo cuatro horas por día y tienen tres meses de vacaciones
A los periodistas que denunciaban, de mercenarios al servicio de Magnetto
A los gendarmes o policías que pedían mejoras salariales, golpistas y destituyentes
A los medios, de pantallas para los negocios de sus maléficos propietarios
A la clase media, de materialista, tilinga y racista
A los jubilados, de amarretes que especulan y perjudican a la patria al dolarizar sus ahorros
A los jueces, de ser socios del poder económico
A los agroproductores, de holgazanes (porque “la soja es un yuyito que crece solo”) contaminadores y llorones (porque hasta cuando les va bien se quejan de los impuestos)
A los industriales, de voraces que “se la quieren quedar toda ellos”
A ambos, tanto los del campo como los de la industria, de explotadores, negreros y de usar trabajo semiesclavo
A los peronistas opositores, de planificadores de estallidos sociales
A la izquierda que no se sumaba al Gobierno, “izquierda loca”
A los opositores, gorilas y golpistas

Lo terrible del espejo es que funciona. Porque hay una importante cantidad de compatriotas que siente que esas acusaciones son verdaderas.

Lo terrible del espejo es que funciona. Porque en cada ocasión que se esgrimen acusaciones como éstas hay una importante cantidad de compatriotas que siente, cree, o se autoconvence de que esas acusaciones son grosso modo, verdaderas. Que cada uno de los sectores acusados de ser “todo eso”, son efectivamente, así. Literalmente. Y es que en cada uno de los casos, hay una parte de verdad en cada acusación. Como en las buenas caricaturas: no son idénticas al original, pero se basan en exagerar rasgos que están presentes en él. Por eso las identificamos al instante.

Quizás por eso el espejo funciona. Porque en parte, somos así. Y por eso nuestro país ha llegado a estar como está, a ser lo que es: ved en trono a la innoble desigualdad, que ya es estructural, desde hace rato.

Lo peor es que jamás abordamos ninguna de estas cuestiones con seriedad. No nos planteamos modificarlas. Cada vez que se usa el espejo es de manera instrumental: como chicana, como una manera de desviar los problemas que no se afrontan. Y los grandes ausentes, a los que jamás se les dijo nada ni por asomo cercano a todas esas acusaciones (ni por parte del Gobierno anterior ni del actual) son los grandes pulpos concentrados que fueron y son su gran sostén y su aliado: el sistema financiero, la Barrick Gold, Chevron, los grandes industriales como los Bulgheroni, Werthein etc, las cadenas de supermercados, los bancos, y una casta dirigencial que hace méritos para encontrar culpables siempre en otros sitios.

Así seguimos, desde hace varios años, todos frente al espejo, frente a la imagen deformada, caricaturizada de lo que somos. De lo que nuestros gobernantes y de lo que nuestras clases dominantes creen que somos. Y quizás, en parte, de lo que sentimos que somos. Así funciona el espejo.

¿Seremos capaces de romperlo algún día?

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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