Más ateos de lo que parece

 

¿Qué pasa con el ateísmo en la Argentina? Aunque silenciosa, hay una parte creciente de la población que mira de costado a las religiones: más del 11 por ciento se definen como agnósticos, ateos o indiferentes a los distintos cultos. Sin embargo, las organizaciones activas son escasas y en el espacio público no se discute (por ejemplo) el financiamiento de la Iglesia. En esta primera nota, una charla con el impulsor de ArgAtea, una ONG que impulsó estos temas pero ya no está en actividad.

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Un terrorista no es solamente alguien con un arma de fuego o una bomba, sino también alguien que difunde ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana.” Jorge Rafael Videla, enero de 1980

 

Si uno toma un grupo de diez argentinos, nueve de cada diez está de acuerdo con que el Estado reparta preservativos para prevenir enfermedades de transmisión sexual, que los hospitales ofrezcan anticonceptivos y que se enseñe educación sexual en las escuelas. De ese mismo grupo, siete de cada diez cree que el Estado debe financiar a las religiones por el trabajo social, frente a que cinco de cada diez acepta que el Estado mantenga las catedrales y templos y sólo tres de cada diez está de acuerdo con que el Estado financie los salarios de pastores y obispos. De ese mismo grupo, si usted los consultara sobre el aborto, se encontraría con que el 78 por ciento de los argentinos es favorable a la regulación del aborto, sea porque cree que es una decisión de la mujer (14,1 por ciento) o porque lo acepta en casos especiales (63,9 por ciento). De ese porcentaje, los propios católicos representan un 68,6 por ciento.

Así y todo, la sociedad argentina confía más en la iglesia católica que en la policía o la justicia, y el 91,1 por ciento afirma creer en dios, de los cuales el 76,5 por ciento afirma ser católico (los datos provienen de la “Primera encuesta sobre creencias y actitudes religiosas en la Argentina”, una investigación del Conicet que dirigió Fortunato Mallimaci, con Juan Cruz Esquivel y Gabriela Irrazábal, en 2008. Disponible en este enlace).

¿Tiene sentido ser creyente y, al mismo tiempo, ser favorable al aborto, no asistir a ninguna ceremonia religiosa e, incluso, no tener ningún vínculo institucional con la religión? Los números indican que sí, y que esa es la regla general en la Argentina. Para la mayoría, no existe contradicción entre oponerse a la educación religiosa, oponerse al pago de los salarios de obispos por parte del Estado, apoyar la regulación del aborto, ser favorable al matrimonio entre homosexuales, apoyar el sacerdocio de las mujeres y la formación de familia de los obispos y, al mismo tiempo, considerarse católico y creer en dios.

Pero hay otros argentinos que dan un paso más y se animan a llamarse a sí mismos ateos y agnósticos. No representan el porcentaje más alto, pero sí un número creciente: son el 11,3 por ciento de ‘indiferentes’, categoría que junta a ateos, agnósticos y gente que no se siente parte de ninguna religión. Sorprenda o no, son más los indiferentes que los evangélicos en nuestro país y, a pesar de no tener templos ni iglesias sí tienen también organizaciones, objetivos y campañas.

Hablemos de los ateos en Argentina.

“Muchos de los objetivos que tendría que tener una asociación atea tienen que estar más enfocados a una lucha política y no tanto a definirse a sí mismos”, dice el impulsor de Argatea.


ARGATEA

Una de las primeras preguntas que me hice cuando pensé en escribir sobre ateísmo fue si existían organizaciones y, de existir, qué hacían, cuáles eran sus objetivos y sus conquistas. Una vez que me pregunté eso, lo siguiente fue interrogarme quién podría saber sobre dichas organizaciones. Así fue como llegué a Carlos Alfredo Díaz, directivo de la Alianza Atea Internacional (AAI) y miembro temprano de Argatea, la autoproclamada “primera y única” organización que nuclea a los ateos argentinos a nivel federal, fundada alrededor de 2007. Carlos es, además, conferencista, y ha participado en paneles con ateos prominentes de la talla de Richard Dawkins. Su rol en la AAI fue decisivo para que Argatea se afiliara a la AAI aunque, luego, más tarde, Argatea perdiera su condición de miembro cuando prácticamente ya estaba disuelta como organización, hecho que Carlos atribuye autocríticamente a una implosión de la organización y a incapacidades y errores propios.

¿Qué hacen las organizaciones ateas? Me preguntaba yo. Por ejemplo, el Congreso Nacional de Ateos, financiado por Argatea y organizado por Ateos Mar del Plata, una organización autárquica y autónoma de mayoría anarquista, que solía colaborar con Argatea. ¿Otro ejemplo? Campañas de apostasía (es decir, de renuncia a la pertenencia a la Iglesia Católica), en conjunto con la agrupación Apostasía colectiva. ¿Y algo más? Argatea llegó incluso a organizar un picnic ateo en el planetario, con sorteos y premios: ¡hasta podías ganarte un libro de Darwin!

Carlos recuerda estos hechos y se pone contento. “Hace mucho no pensaba en Argatea”, y rememora algún episodio más antes de ponerse nuevamente autocrítico, un rasgo que agradezco para mis adentros. “Nos focalizamos demasiado en el papelerío, en tener estatus de sociedad civil, y creo que perdimos de vista lo importante, que es afiliar gente. A la larga, terminamos sin voluntarios que movilizaran los objetivos de la organización y nos fuimos de a poco dispersando”, reflexiona.

A pesar de la disolución de Argatea, Carlos sigue formando parte de AAI, una organización internacional que cuenta con amplios recursos y cuyos objetivos son algo más delicados que los que pudo haber afrontado Argatea: a fin de cuentas, en Argentina no se persigue ateos, ni se los condena a la cárcel, ni menos aún se los ejecuta. Esto, sin embargo, existe en otros lugares del mundo y es por eso que entre los objetivos de AAI se encuentra la defensa de los derechos de los ateos y entre sus deberes principales se encuentra defenderlos de las persecuciones, darles asilo, financiar su defensa legal y abrir nuevas organizaciones ateas en el mundo. El asunto reviste tal importancia que la AAI logró un reconocimiento de la ONU, donde se le permite exponer informes anualmente. “En Indonesia está el caso de Alexander Aan, que está preso por haber escrito en Facebook que dios no existe”, me narra Carlos, para mi incredulidad. “Como Alex hay de todos lados y de todo, eh”, me insiste. El caso de Aan adquirió resonancia internacional y hasta Amnesty International intervino en el caso, considerándolo un preso de conciencia (véase el enlace, en inglés).

En 2011 se denunció a la Universidad del Salvador por incluir entre sus principios la “lucha contra el ateísmo”. “Nadie pondría en la declaración de principios de una universidad ‘la lucha contra el cristianismo’ o ‘contra el judaísmo’”, explica el denunciante.

En la Argentina no tenemos un caso tan grave como el de Aan, pero sí existió en 2011 una curiosa causa por discriminación contra los ateos. La presentó Fernando Lozada, técnico e ingeniero mecánico y miembro de Ateos Mar del Plata, quien denunció a la Universidad del Salvador por incluir entre sus principios la “lucha contra el ateísmo”. El Inadi le dio la razón a Lozada, y recomendó a la universidad “a los efectos de no continuar perpetrando conductas discriminatorias, omitir de sus publicaciones el conflictivo principio”, y le ordenó a la USAL remitir una copia de la resolución a la Dirección Nacional de Gestión Universitaria, organismo competente para fiscalizar a las casas de altos estudios privadas.

Para Lozada, fue una forma de evidenciar que los ateos no suelen ser vistos como sujeto de derecho: “Está naturalizado que se puede discriminar al no religioso, pero es inmediatamente visto como un atropello a los derechos humanos discriminar a una persona que profesa una religión. Hoy nadie pondría en la declaración de principios de una universidad ‘la lucha contra el cristianismo’ o ‘contra el judaísmo’. Además, mi compromiso con la educación hace que no pueda dejar pasar esta actitud segregacionista de la USAL. En las universidades no se debe enseñar a odiar al que es diferente o piensa distinto”.

Consultado sobre el presente y el futuro del ateísmo en nuestro país, Carlos me dio una respuesta muy precisa: “Acá en Argentina el objetivo tiene que ser luchar contra la financiación de la iglesia y la educación religiosa”, y me cuenta de la campaña de Argatea contra la educación religiosa en los colegios públicos de Salta. “Las religiones no deberían tener los beneficios que tienen; deberían pagar los mismos impuestos que cualquier otra organización no gubernamental”, me dice. Los beneficios a los que se refiere Carlos están contemplados en la ley que regula las distintas religiones, una ley que beneficia especialmente al catolicismo frente a las demás religiones y que a juicio de Carlos derogarla debería ser otro de los objetivos de cualquier organización atea.

“Muchos de los objetivos que tendría que tener una asociación atea tienen que estar más enfocados a una lucha política y no tanto a definirse a sí mismos. En vez de ver el objetivo de la lucha política, en Argatea nos enfocamos más en cosas que no eran tan importantes. Hoy lo haría diferente”, sintetiza, pensativo. “Era joven”, agrega lacónicamente.

Sobreviene nuevamente la autocrítica y yo vuelvo a agradecerlo: siempre es sano el espíritu crítico.

 

 

Esteban Sargiotto

Esteban Sargiotto

Licenciado en Letras y periodista. Es colaborador especial de La Vanguardia.

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