¿Qué pasa en el mercado de trabajo?

Con una economía creciendo algo por encima del 2% anual y con la industria afectada por la política económica, el mercado de trabajo no mejorará sustancialmente en 2017. Por el contrario, el discurso oficial es más una expresión de deseos que una realidad.

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El pasado 1 de mayo, en el acto en Ferro por el Día del Trabajador, Mauricio Macri dijo que “desde agosto pasado, se crearon 82.000 nuevos puestos de trabajo formales”. ¿Es verdadero  ello?

Siendo precisos, el empleo en relación de dependencia en el sector privado formal (esto es, “asalariados en blanco en las empresas privadas”, el que el macrismo utilizó durante su campaña electoral en 2015 para decir que “en Argentina hace cuatro años que no se genera empleo”) trepó en 88.000 puestos entre junio de 2016 y febrero de 2017. No obstante, hay tres cuestiones fundamentales a tener en cuenta.

Primero, la más grave, es que Macri omitió lo ocurrido entre noviembre de 2015 y junio de 2016, cuando se destruyeron 130.000. De este modo, en febrero de 2017 hubo 42.000 asalariados privados formales menos que en el mes previo a su asunción.

Segundo, un dato muchas veces omitido en los análisis, es que la población sigue creciendo. Si bien en el muy largo plazo la tasa de crecimiento demográfico tiende a caer, hoy en Argentina está en torno al 1% anual. De este modo, en 16 meses (noviembre 2015 a febrero 2017), la población creció 1,3%. Si tomáramos esto en cuenta, Argentina tendría que crear hoy mismo 124.000 empleos asalariados privados registrados para volver a la situación de fines de 2015 y “acobijar” a las nuevas generaciones que se quieren integrar al mercado de trabajo. En otros términos, en noviembre de 2015 teníamos 14,24 asalariados privados formales cada 100 habitantes. Hoy tenemos 13,97. Volver a ese 14,24 implica un déficit de 124.000 empleos nuevos en blanco en el sector privado. (Lógicamente, esto es solo una parte del mercado de trabajo, ya que también tenemos asalariados en negro, asalariados públicos y no asalariados -cuentapropistas mayormente). Este razonamiento también es válido para el análisis del crecimiento del PIB: decir que “este año volveremos al PIB de 2015” es engañoso, ya que en rigor debemos verlo en términos per cápita.

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En tercer lugar, hay una cuestión metodológica de cómo medir el empleo. El Ministerio de Trabajo publica dos series: “con estacionalidad” y la “desestacionalizada”. Los datos de Macri (y los que comenté hasta ahora) corresponden a la serie “con estacionalidad”, es decir, sin discriminar que hay meses en donde tiende a haber más empleo que otros por cuestiones estacionales. En general, el período octubre-marzo suele tener un “viento a favor” en términos de estacionalidad, lo cual se explica mayormente por: a) mayor dinamismo comercial por las fiestas, b) turismo en enero-febrero, que genera puestos provisorios en hoteles, restaurantes, servicios inmobiliarios y comercios en destinos turísticos y c) los tiempos del agro (siembra y cosecha). Si bien es cierto que hay sectores cuya estacionalidad es la inversa (educación, que para durante el verano), tomando el conjunto de los sectores “el viento a favor” de la estacionalidad se observa entre octubre-marzo y, a la inversa, el “viento en contra” se da entre abril y septiembre.

El gobierno afirma que hay más trabajadores empleados porque contabiliza los trabajos “estacionales”. Pero pasada la estación, la recuperación laboral es mucho más débil.

¿Por qué esto es importante? Porque eliminando el “ruido” estacional y usando la serie desestacionalizada (que, en rigor, es la que mejor capta la tendencia del empleo) la recuperación de puestos de trabajo desde junio fue mucho más débil: apenas 15.000 puestos (ver Gráfico 1). Del mismo modo, la destrucción de empleos de los primeros meses de Macri fue también más acotada que en la serie con estacionalidad. De todas maneras, si tomamos la serie desestacionalizada, en febrero de 2017 Argentina tuvo 66.000 empleos asalariados formales privados menos que en noviembre de 2015 (cifra aún más preocupante que los -42.000 si tomáramos la serie con “ruido” estacional).

Es relevante comprender este fenómeno ya que estamos entrando en meses de “viento en contra” en términos de estacionalidad. En los últimos meses el discurso del gobierno usó la serie con “ruido” estacional para enfatizar la recuperación del empleo. En los próximos meses, ¿pasará a usar la desestacionalizada, que va a mostrar una mejor performance que la serie con estacionalidad? Habrá que verlo.

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¿Qué pasa si tomamos el conjunto del empleo (y no solo los asalariados formales privados)? Para comprender bien ello necesitamos valernos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, que capta el empleo informal no registrado por AFIP. El problema de ello es que, en el marco de la “emergencia estadística”, no contamos con datos del cuarto trimestre de 2015 ni del primero de 2016. Asimismo, hubo cierto cambio en la muestra de la EPH que obliga a hacer una recalibración para comparar los otros trimestres de 2015 con los de 2016 (la EPH del INDEC actual tiene menor peso de niños que la de 2014-15, con incidencia directa en la proporción de ocupados sobre la población total). Con los economistas Guido Zack y Federico Favata hicimos tal recalibración (metodología disponible aquí) y nos dio que en el segundo trimestre de 2015 la tasa de empleo (esto es, ocupados cada 100 habitantes) fue del 41,7% (igual que el mismo período de 2016), en tanto que en el tercer trimestre de 2015 tal cifra fue del 42,3% (y del 42,1% en el mismo período de 2016). Es decir, al parecer, la población creció algo más rápidamente que el empleo en su conjunto en 2016; de todos modos tal diferencia es exigua y confirma la hipótesis de que el mercado de trabajo “no explotó” como sí ocurrió en recesiones como las de 1995 y, sobre todo, 1999-2002.

(MODERADA) PRECARIZACIÓN DEL MERCADO DE TRABAJO EN 2016

Un dato adicional -y consistente con lo anterior- es que el mercado de trabajo se precarizó (moderadamente) en 2016. En el segundo trimestre de 2015, de cada 1000 ocupados, 510 eran asalariados formales; para el mismo período de 2016, tal cifra había caído a 503, a manos, mayormente de trabajos “no asalariados” (mayormente, cuentapropistas). En general, la relación entre desarrollo económico y asalarización es estrecha: en Bolivia, apenas el 36% de los ocupados son asalariados en relación de dependencia y el 64% son no asalariados, según el CEDLAS. En Argentina, tales cifras son respectivamente del 75% y 25%. En Noruega, Suecia o Dinamarca, por ejemplo, casi el 95% de los ocupados son asalariados (y, además, la amplia mayoría son asalariados “en blanco”), según OCDE.

En el Gráfico 2 tenemos la composición del empleo en Argentina (por semestre) desde 2003, cuando se creó la EPH-Continua. La tendencia es muy clara: entre 2003 y 2008, la edad de oro del kirchnerismo, la calidad del empleo mejoró rápidamente en Argentina: los asalariados formales pasaron del 38% al 48% de los ocupados, en desmedro mayormente de los asalariados informales (y, algo, de los no asalariados). Esa tendencia continuó, pero más débilmente, hasta 2011. A partir de entonces, los cambios son minúsculos, a tono con el pasaje de una etapa de crecimiento económico a una de estancamiento.

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El lector se preguntará por qué no menciono la evolución del desempleo. La respuesta es que los datos de desempleo de los últimos años del INDEC K, al parecer, tenían un “toqueteo quirúrgico” por medio de una supuesta “oficina matadesocupados”, que transformaba a los desocupados (personas que no trabajan y buscan activamente empleo) en inactivos (personas que no trabajan pero no buscan activamente empleo). Si bien ello no afecta a la cantidad de ocupados, sí introduciría un sesgo a favor de los inactivos y en desmedro de los desocupados.

No obstante, hay evidencias parciales que muestran un aumento (también moderado) de la desocupación. Según las incuestionadas estadísticas porteñas (que no tuvieron la ruptura institucional del INDEC), el desempleo pasó del 7,8% de la población económicamente activa en 2015 al 9,2% en 2016. Algo similar ocurrió con la subocupación (ocupados que por causas involuntarias trabajan menos de 35 horas más y desearían trabajar más para llegar mejor a  fin de mes), que pasó del 8,8% al 9,4%. Las estadísticas porteñas también muestran una tendencia similar a la descripta en lo que refiere a la calidad del mercado de trabajo: el porcentaje de asalariados cayó del 77,3% de los ocupados al 76,6% entre 2015 y 2016 (a manos del cuentapropismo) y, a su vez, dentro de los asalariados aumentaron los informales (del 25,2% al 25,9%; la cifra es menor a la del promedio nacional, debido a que CABA es un distrito más desarrollado).

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Obviamente, tomar las estadísticas porteñas, si bien nos permite comparabilidad perfecta con 2015, tiene el problema de la representatividad geográfica. Algunos podrán argumentar de que, en rigor, al resto del país le fue mejor debido a la reactivación del agro en 2016 y a que la inflación fue algo menor en el Interior que en el Gran Buenos Aires (dado que las tarifas subieron más en GBA). Sin embargo, los datos disponibles van en contra de esta hipótesis. Según datos de INDEC en base a AFIP, el empleo asalariado formal privado cayó 0,3% en CABA en 2016, cuando en todo el país la merma fue del 0,7%. Asimismo, el consultor Federico Muñoz, que calcula la actividad económica para cada distrito del país por medio de ocho variables como Nivel de Empleo, Salario Promedio, Recaudación del IVA, Ventas de Supermercados, Despachos de Combustibles, Despachos de Cemento, Transferencias del Tesoro Nacional y Patentamientos de Autos) muestra que CABA fue el cuarto distrito menos afectado por la recesión de 2016.

De este modo, toda la evidencia disponible parece reafirmar la hipótesis de que en 2016 el mercado de trabajo no explotó dramáticamente como en otros momentos de nuestra historia, pero sí se deterioró. El salario real, sobre el que no hemos profundizado por cuestiones de espacio, también lo hizo: cayó 6% en 2016, para los asalariados formales. Los datos corresponden al Instituto Estadístico de los Trabajadores, que midió una inflación promedio del 40% en 2016, y que toma datos de salarios del Ministerio de Trabajo. Vale agregar que la caída de 2016 se debió a un complicadísimo primer semestre en materia inflacionaria (durante el segundo semestre el salario real se recompuso, pero parcialmente).

En 2016 el mercado de trabajo no explotó dramáticamente como en otros momentos de nuestra historia, pero sí se deterioró

¿Mejorará el mercado de trabajo en 2017? Difícil que lo haga significativamente con una economía creciendo al 2% anual y con la industria (el sector que más empleo indirecto genera por sus eslabonamientos con otras actividades) afectada por la apertura comercial, la apreciación del tipo de cambio, las altas tasas de interés, la recesión brasileña y la debilidad de la política productiva. Con una economía creciendo más cerca del 4%, el panorama sería mucho más alentador. Pero, al parecer, la recuperación está siendo irregular (diciembre fue bueno, enero y -particularmente- febrero fueron malos, marzo fue aceptable y, por el momento, los primeros indicadores de abril se muestran agridulces) y poco vigorosa.

Daniel Schteingart

Daniel Schteingart

Doctor en Sociología (IDAES-UNSAM) e investigador del Instituto Estadístico de los Trabajadores (IET). Profesor universitario en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). En twitter es @danyscht

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