Bienvenidos a la nueva Francia

El triunfo de Emmanuel Macron no debería confundirnos. El triunfo frente a Le Pen debe ser celebrado. Conviene, sin embargo, entender que ha nacido una nueva Francia de las cenizas de la anterior.

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Las elecciones en Francia ya son cosa del pasado. De hecho, podría decirse que ya lo eran desde hace algunos días, cuando en el debate televisivo Marine Le Pen expuso su rostro más agresivo, casi tan salvaje como la globalización a la que permanentemente se refiere. En términos generales, podríamos decir que Francia ya había decidido y procesado la elección, nos queda, por lo tanto, aclarar algunas tendencias importantes que se han puesto de manifiesto y ponderar posibilidades de desarrollo futuro.

EL RETORNO DE LOS NOMBRES PROPIOS

Evidentemente, uno de los principales saldos de esta elección se ubica entre los derrotados. El Partido Socialista, Los Republicanos y, es importante agregar, el Partido Comunista Frances, quedaron fuera de la segunda vuelta electoral. Este hecho político es una verdadera novedad, es decir, un rasgo que podría indicar el desarrollo un tiempo político diferente y, en este caso, acorde a las transformaciones sociales y económicas que se desarrollaron en las últimas décadas.

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Debe tenerse en cuenta que, los partidos mencionados, articularon la vida política de la Cuarta y la Quinta República, es decir, la vida política francesa desde la posguerra. Socialistas, Comunistas, Gaullistas (y Demócratas Cristianos), se alternaron en el gobierno desde entonces y construyeron los acuerdos políticos necesarios para la reconstrucción de la posguerra, el armado del estado de bienestar y, luego, el ingreso de Francia a la globalización neoliberal. Tony Judt en Posguerra, muestra con detalles los compromisos políticos que fueron necesarios y la participación de todas estas expresiones, tanto en la reorganización de Francia tras la guerra, como al momento de sentar las bases de los “trente glorieuses”.

Debe agregarse que, en torno dichos partidos, y sus alianzas, se levantó un criterio de lectura e interpretación del mundo político que hoy también se encuentra en crisis: la relación izquierda-derecha fue la metáfora recuperada para indicar la afinidad relativa entre socialistas y comunistas, “a la izquierda”, y la democracia cristiana y republicanos, “a la derecha”, sustentada en un conjunto de acuerdos que definieron el esquema de gobierno y oposición en la Francia de la posguerra. Estos acuerdos se basaron en la aceptación y custodia de las instituciones básicas del estado de bienestar, es decir, provisión de seguridad social, metas de pleno empleo, la intervención del estado en la coordinación del proceso de acumulación de riquezas, la protección del capital nacional y una distribución de los ingresos relativamente buena. Puesto de un modo más general, el esquema político de la Cuarta y la Quinta República, se apoyó en el reconocimiento explícito de la legitimidad de acción de los tres actores fundamentales de la vida social moderna: el trabajo, el estado y el capital.

El esquema político de la Cuarta y la Quinta República, se apoyó en el reconocimiento explícito de la legitimidad del trabajo, el estado y el capital.

Naturalmente, con la caída de la URSS y la emergencia del capitalismo chino, el avance del capital tanto sobre el trabajo, como sobre el estado, se convirtió en una tendencia global de reorganización social que se impuso abrumadoramente. El esquema de gobierno anterior articuló dicho ingreso bajo un pacto de gobernabilidad en el que participaron, sobre todo, socialistas y republicanos. Este pacto se basó, esencialmente, en una estrategia de moderación y de contención de las consecuencias sociales de las reformas neoliberales, que fue realmente significativo y cuyos efectos pueden observarse con claridad si se lo compara con la totalidad de los capitalismos nacionales ingresados en la globalización neoliberal. Aún la Europa del Euro y la austeridad, está muy lejos de parecerse a los Estados Unidos, donde el neoliberalismo entró como tromba arrasando con la estructura social de la posguerra.

Sin embargo, esta contención nunca será suficiente si, de fondo, se ha producido una ruptura profunda (la subordinación del trabajo y el estado frente al capital), cuyas consecuencias sociales se irán agudizando: incremento de la exclusión y la inseguridad social, del desempleo estructural y de la desigualdad. Evidentemente ello requerirá de nuevos clivajes dispuestos a estructurar el mundo político y cultural. El futuro dirá si, además de las transformaciones electorales, se consolida una nueva relación entre gobierno y oposición, ya no apoyadas en el “viejo esquema izquierda y derecha”, sino, ahora, en el enfrentamiento más abierto entre dos nombres propios radicalizados: liberales y nacionalistas.

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL FRENTE NACIONAL

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En este contexto, la historia del Frente Nacional y de su relación con el gobierno recién comienza. Es importante considerar tres cosas:

En primer lugar, el gobierno de Macron, será la continuidad del gobierno saliente, sobre todo, de su última etapa apoyada en reformas de liberalización de mercado, pero, ahora, sin culpa. O, más específicamente, sin que ello suponga una crisis política con el ala izquierda del Partido Socialista que ha quedado, finalmente, fuera del gobierno.

En segundo lugar, y dado lo anterior, es posible que Francia se vea expuesta a un recrudecimiento de las tensiones sociales y políticas que articularon la discusión electoral. Mientras que Macron invitará a los sectores obreros, medios y medios bajos, blancos y cristianos, a “reconvertirse” a la “economía global del conocimiento” basada en la flexibilidad y la fluidez de las relaciones mercantiles, ellos vivirán, en los hechos, el incremento de la inseguridad social, el miedo al desempleo, la caída de sus ingresos, y la descomposición del laso socioeconómico que los integró y con el que se identificaron en el descompuesto siglo XX.

Luego, en tercer lugar, el Frente Nacional estará allí para ofrecer una recomposición de la comunidad política como fundamento de la integración socioeconómica, y la utilización del inmigrante y el islamismo como una manera de visibilizar dicha frontera. El Frente nacional, por lo tanto, cuenta con una herramienta decisiva para constituirse en el verdadero antagonista del gobierno liberal. En todo caso, se trata de un proceso de radicalización política que, en el extremo, será traducirá en una oposición entre los integrados y los no integrados a la globalización, donde estos últimos harán valer su integración sociopolítica en una reivindicación de la comunidad.

El Frente Nacional seguirá ofreciendo la recomposición de la comunidad política como fundamento de la integración socioeconómica, y la utilización del inmigrante y el islamismo como una manera de visibilizar dicha frontera.

Párrafo aparte merecen los habitantes de las periferias (son muchas y no sólo una) ya que se encuentran en las peores condiciones. Bajo el esquema liberal, siempre y cuando no se movilicen políticamente, pueden habitar en el suelo francés sin mayores preocupaciones que los excesos de la violencia policial. Y, aun en dicho contexto, pueden mejorar sus condiciones de vida aceptando salarios menores y peores condiciones de trabajo que los blancos cristianos. En cualquier caso, se trata de una la segregación socioeconómica que se produce de hecho o, aun, implícitamente. En América Latina conocemos muy bien esta situación y en Francia ha sido extensamente estudiada, los Parias Urbanos (2001) de Loic Wacquant es un conocido ejemplo, pero es posible mencionar miles de investigaciones sobre la marginalidad socioeconómica en las grandes ciudades francesas. Ahora bien, bajo el nacionalismo, esto grupos corren un riesgo no menor: pasar a la exclusión sociopolítica de derecho. En cualquier caso, ello se traducirá en un recrudecimiento de sus condiciones de vida dada una segregación cada vez más explícita.

Como puede verse, la polaridad liberal-nacionalista, no es una mera casualidad histórica. Sino que, por el contrario, expresa, en un lenguaje político radicalizado, la esencia de un tiempo histórico en el que el capital es capaz de no reconocer al trabajo y al estado como institutos constitutivos del proceso de acumulación de riquezas en la vida moderna. La exaltación del individuo como forma de la igualdad secular es su expresión ideológica. Todos los hombres son individuos, soberanos en el capricho del deseo, ejercido sin miramientos mediante el instituto de la propiedad, que pone todo lo sustancial en la cosa, la mercancía.

Su opuesto inmediato, no es la conciliación social-democrática, sino por el contrario, la exaltación de otra forma de igualdad secular, tan extrema e irracional como la anterior. En este caso se trata de la identificación de todos los hombres con la comunidad. En este caso todos los hombres son ciudadanos. Ciudadanos de un lugar particular, con una cultura particular, con un territorio particular, con una religión particular, con una etnia particular y, finalmente, con un espacio que encarna la soberanía de dicha particularidad, es decir, el soberano.

Estas formas radicalizadas rara vez son mayoritarias. Normalmente permean sólo en minorías intensas, y expresan formas sumamente violentas de convivencia. Tarde o temprano conducen a las personas al malestar (en la cultura), a sociedades del malestar, aunque por diferentes razones. Emergen cuando hay una falla profunda y el reconocimiento mutuo entre el capital, el trabajo y el estado se ha roto.

LA SOCIALDEMOCRACIA: DEL ANGELUS NOVUS AL AVE FÉNIX

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Pero no todo está perdido. Visto hacia atrás, como en el Angelus Novus al que se refiere Benjamin, todo lo ocurrido, aún el desastre, no puede más que ocurrir. La racionalidad de lo real dirá Hegel. Pero visto hacia adelante, hay siempre una apertura, la cual, por pequeña que parezca, es irreductible. Pero esta apertura no es esperanza vana, sino que debe tratarse del conocimiento de las condiciones y posibilidades del desarrollo futuro y un análisis de los posibles caminos a tomar.

En este sentido, es importante tener en cuenta dos cosas que surgen precisamente de la situación actual, es decir, del derrotero electoral reciente.

En primer lugar, el Partido Socialista, ya no será cogobernante de la crisis creciente a la que posiblemente se encamine la Francia conducida por el joven Macron.

En segundo lugar, esto debería permitirle la reconstrucción de un programa político que, en estas elecciones, ya expuso algunos de sus puntos decisivos:

1) El reconocimiento de la necesidad de un incremento de la demanda agregada para incrementar la actividad económica, mediante el incremento del poder de compra de los trabajadores y los sectores medios y medios bajos.

2) La reivindicación de las instituciones corporativas, de solidaridad y organización de los trabajadores aun cuando se promuevan nuevas formas de solidaridad frente a las condiciones actuales del mundo del trabajo.

3) La decisión de dar por tierra con la austeridad en Europa, pero “sin tirar Europa a las ortigas”.

De los tres puntos destacados, es especialmente importante el tercero, ya que, probablemente, sea condición de posibilidad de los restantes y, además, sea el punto más difícil y crítico del programa. Allí radica la verdadera medida de los problemas que atraviesa Europa, y los esfuerzos necesarios para superarlos.

El Partido Socialista ya no será cogobernante de la crisis creciente a la que posiblemente se encamine la Francia conducida por el joven Macron

La dificultad radica, precisamente, en que la recuperación de la soberanía monetaria constituye un aspecto decisivo de la reforma. Sin moneda no hay estado, sin estado no hay reconstrucción posible. Sin embargo, una recuperación de las soberanías monetarias nacionales implicaría inmediatamente una descomposición del proyecto europeo y una escalada nacionalista cuyas consecuencias son imprevisibles en su magnitud, pero previsible en su calidad: un mundo hecho a la imagen y semejanza del Frente Nacional. La situación es verdaderamente difícil.

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Pero las opciones no son demasiadas, la solución socialdemócrata de Francia es la solución socialdemócrata de Europa y viceversa. Es indispensable un acuerdo político entre las socialdemocracias europeas, basado sobre todo en el compromiso de los socios mayores: Francia y Alemania. Este compromiso debe fijar un conjunto de metas socioeconómicas y políticas a nivel europeo, basadas en la recuperación de la potestad del Estado de intervenir en las crisis económicas para evitar el desempleo y el favorecimiento de un capitalismo de productividad y salarios crecientes. Los partidos socialdemócratas de Europa deben recuperar el significado básico de su existencia, la construcción de acuerdos políticos y económicos, de mediano plazo, basados en el reconocimiento de legitimidad, entre el capital, el trabajo y el estado.

Sólo en ese contexto tiene sentido un llamado a la formación de una Sexta República, y la invitación a la reconstrucción de una identidad de “izquierda” que, en rigor, significa una reconstrucción de una alianza política con la tradición Comunista francesa tan relevante en la historia política de dicho país. Poner el carro delante del caballo no conducirá a ninguna parte, y decantará en proyectos que se parecen demasiado al programa del Frente Nacional. Y, como sabemos, el pueblo, ante las opciones disponibles sabe elegir el original a la copia.

La socialdemocracia debe tener en claro la tragedia que vive el Angelus Novus (como la de quienes lo evocaron) para evitar su nostalgia desfigurada. Quizá así pueda parecerse más al Ave Fénix que también vive, a su manera, una tragedia, pero sin la mínima nostalgia ya que el futuro siempre le pertenece.

Ignacio Trucco

Ignacio Trucco

Licenciado (UNL) y Doctor en Economía UNR. Docente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional del Litoral (UNL).

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