Total normalidad

Lo que pasó con Emanuel Balbo en la cancha de Belgrano forma parte de la norma, del código no escrito de usos, costumbres y valores. No es una anomalía. El amor por el fútbol creció de la mano de códigos morales que avalan la amenaza, el odio y el asesinato por una causa superior ficticia.

TOPSHOT - Fifth picture of a series of six displaying Belgrano's supporter Emanuel Balbo (C) falling from the stand of the Mario Kempes stadium after he was pushed by other supporters of the same team while trying to escape for the aggressions during half time of the Argentine First division football match derby between Belgrano and Talleres, in Cordoba, on April 15, 2017. Balbo is brain dead since he was thrown over the railing on Saturday when he recognized in the crowd the man who ran over and killed his brother four years before. / AFP PHOTO / NICOLAS AGUILERA

“Es de Talleres”. Esas tres palabras fungieron de sentencia de muerte el día sábado en el Mario Alberto Kempes. “Es de Talleres”, pero pudo haber sido de Boca, de River, de Atlanta o de Chaco For Ever.

Emanuel Balbo (que en realidad era de Belgrano) tenía 22 años y se murió en una cancha. El día que volvía el Clásico de Córdoba a la Primera División, el contador de muertos por violencia en los estadios sumó otra unidad. Esa es la sensación que se termina teniendo al fin del día lo ocurrido. Son números que se agolpan uno arriba del otro, inocentes, evitables, dolorosos.

No tiremos la pelota afuera. Esto no es una anomalía. No, de ningún modo esto es obra de “salvajes”, de “bestias” o de “bárbaros”. Los que tiraron a Balbo al vacío son seres humanos, argentinos y amantes del fútbol. No esquivemos el bulto y arrojemos las culpas lejos, porque así no vamos a solucionar nada. Lo sucedido es algo normal. Aunque no lo querramos, es lo normal. Bastaba ver algunos comentarios preliminares en los medios y en las redes sociales. “La pasó mal por infiltrado”, “Eso le pasa por creer que esto es Europa”, “¿Qué hacía en la cancha del contrario?”. Repitamos hasta el hartazgo para entenderlo: esto es así. La violencia en nuestro fútbol no está naturalizada, sino que es natural.

No vengo a echar culpas. Ya sabemos que el gobierno, la AFA, los barrabravas, los dirigentes, los hinchas, los jugadores, los entrenadores, los medios y el que venga son parte del problema. Ya se escribió mucho sobre eso. Mi propósito en estas líneas es otro. Mi objetivo es que al final de esta nota, vos y yo entendamos que lo que pasó es parte de la normalidad. ¿Qué es lo normal? Lo que forma parte de la norma, del código no escrito de usos, costumbres y valores.

En nuestro fútbol, la norma es violenta, machista, maniquea y teocrática. Esos cuatro lineamientos no son exclusivos de una élite ingobernable que bautizamos como barrabrava.

En nuestro fútbol, la norma es violenta, machista, maniquea y teocrática. Violenta porque impulsa la fuerza como símbolo de superioridad, la necesidad de demostrar potencia sobre la impotencia del otro. Machista por su lenguaje y sus acciones, desde pedir huevo hasta desvalorizar al otro como puto. Maniquea porque busca la negación del otro, la no-existencia, el aplastamiento del contrario y de todo lo que el rival representa. Finalmente, es teocrática porque entrega la racionalidad a un pathos intangible y divinizado, como si se tratara de una causa suprema por sobre el resto.

Leamos nuevamente el párrafo anterior y notemos algo. Esos cuatro lineamientos no son exclusivos de una élite ingobernable que bautizamos como barrabrava. No, lector, es parte de toda una norma que mamamos desde chicos, desde el día que nos dan una pelota y nos la hacen patear. No importa que nos creamos distintos, alejados. Eso no importa porque en realidad no estamos lejos ni somos tan diferentes. Cuando entendamos esto, podremos plantear realmente qué fútbol queremos.

La imagen del chico de Belgrano cayendo ilustra bien. Lo tiran tres y miran cientos. De nuevo, no busco culpar, pero sí demostrar. Esos cientos que aparecen en la imagen no son distintos a mí, para nada. No son distintos a nadie que ame el fútbol e ir a la cancha. Lo que pasa es que estamos inmersos en esa normalidad que entiende que lo que está sucediendo en ese momento (vale la pena repetirlo: están arrojando a una persona al vacío) es lo lógico. Si lo tiran es porque es infiltrado. Si es infiltrado es el rival. Es el otro que amenaza al nosotros. Es accesorio que luego nos enteremos que finalmente era hincha de Belgrano y no era infiltrado. Lo importante es recalcar que la omisión de cientos frente a un asesinato en vivo y en directo, se da porque estamos en un estadio y en ese lugar la normalidad es eso. Ser normal para el fútbol argentino es eso.

Si ocurre en la calle o en otro evento, probablemente cambiaría el accionar de mucha gente. Un asesinato en la vereda sí es anómalo, porque quiebra esa serie de costumbres y usos que nuestra mentalidad posee para ese determinado momento de nuestra vida. En cambio, en la cancha no… ¿es triste que así sea? Sí. Más para aquellos que amamos el fútbol. ¿Cómo se soluciona? No lo sé, no tengo las herramientas cognitivas, organizativas o políticas para poder dar esa respuesta. Lo que sí sé, es que lo que nos vendría bien para arreglar este infierno es entender que tal vez nosotros, que gustamos de considerarnos externos a esto, no seamos tan lejanos. Entender que la gente que mira la caída de Balbo es gente como nosotros, con una mentalidad preparada para creer que lo que sucedió es lo que sucedería en ese caso. Que nuestro amor por el fútbol creció de la mano de esos códigos morales que avalan la amenaza, el odio y el asesinato por una causa superior ficticia. Quizás si dejamos de señalar y comenzamos a entender, podremos superar esta normalidad y convertirla en anomalía, para aislarla y vencerla.

Mientras tanto, panem et circenses.

 

Foto: Nicolás Aguilera / AFP

Federico Treguer

Federico Treguer

Periodista deportivo (ETER). Congresal nacional del PS por la ciudad de Buenos Aires.

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