La justicia es una risa

El fallo contra Barcelona fue ratificado en dos instancias y ahora hay que esperar el milagro ante la Corte Suprema. Ah, entonces ¿hay límites para el humor?

barcelona

Me hicieron millones de veces la misma pregunta. No hay un solo momento de mi vida pública (charlas, entrevistas, mesas redondas, debates) donde alguien no me pregunte lo mismo, la misma pelotudez de siempre, mi karma: ¿hay límites para el humor? Por supuesto, la pregunta es esa, específicamente. Aunque también puede ser algunas de sus variantes. Otra de las más recurrentes es: ¿se puede hacer humor con cualquier cosa?

En lo personal, durante mucho tiempo la pregunta pasó a ser un chiste en sí. Me exponía a ese tipo de cuestionarios, siempre pensando “a ver hoy quién pregunta”. También con sus variantes: “a ver hoy quién es el pelotudo (o la pelotuda) que pregunta”. O el imbécil, el boludo, el idiota, el forro, también en femenino, cuando correspondiera, para no dejar afuera a nadie.

Hasta que me di cuenta que más allá del chiste personal, lo que en realidad me jodía es que la pregunta es jodida. Preguntarse si tienen que existir o no límites para el humor es lo mismo que preguntarse si tienen que existir límites o no para la libertad de expresión. Porque el humor es parte de eso: de la libertad de expresión.

La pregunta es jodida porque no sólo se esconde lo que realmente se quiere preguntar, sino también porque se da por sentado que el humor es algo menor y sin importancia, sobre lo que puede hacerse lo que sea. ¡Si es joda! Es por eso que, según esa visión, sería válido preguntarse por los límites del humor, pero no preguntarse por los límites de la libertad de expresión. Lógico: ¿quién se hace cargo de ponerle límites a la libertad de expresión? ¿Quién se atreve a quedar como un censor o, lo que es lo mismo, como un troglodita?

La pregunta también es jodida porque pretende justificar la censura (o el intento de censura) tras un argumento humanitario: alguna discapacidad física o mental; la pertenencia a algún grupo sexual, étnico, religioso; siempre tratando de “cuidar” a sectores vulnerables que sufrirían, según este discurso, algo que también tiene pésima prensa: la discriminación.

“Discriminar, eso no está nada bien”, dice la canción Mal bicho, de Los Fabulosos Cadillacs. Una canción muy combativa, hecha a la luz de una izquierda heterodoxa global que en los 90 se le plantó en la cara a Francis Fukuyama, con el Subcomandante Marcos y Manu Chao a la cabeza. Una izquierda cargada de nuevos paradigmas y de buenas intenciones, pero… ¿de verdad está tan mal discriminar?

La pregunta es jodida porque pretende justificar la censura (o el intento de censura) tras un argumento humanitario.

En un mundo sin discriminación sería lo mismo comer mierda de perro que chocolate. O votar a Pepe Mujica que votar a Donald Trump. Eso de no discriminar es realmente muy malo. Un atentado a la razón, a la capacidad múltiple que tenemos los seres humanos de evaluar y elegir. Una elección que implica una discriminación.

El exceso de discriminación puede llevar al nazismo, es cierto. No menos cierto que decir que el exceso de inclusión social con injerencia estatal puede llevar a la domesticación extrema, por ponernos hincha pelotas. O al tedio y a una ola masiva de suicidios. El problema no está en la discriminación: está en el racismo. Pero aún ante el peligro del racismo, ¿está bien ponerle límites a la libertad de expresión?

Se supone que la libertad de expresión debería ser un pilar del entendimiento mutuo. Inclusive para pensamientos extremos, racistas, reaccionarios y otras yerbas, no está mal que, si tales cosas existan, se puedan decir. Porque si no se pueden decir, si se los confina a la cárcel de lo indecible, siempre está el riesgo de que aparezcan de un modo más violento y desprolijo. Como pasó con la Ley Seca. O con el consumo de drogas hoy.

¿Cómo se llevan, entonces, la izquierda y la libertad de expresión? Siempre está el ejemplo máximo del comunismo soviético, donde la libertad de expresión era un valor inexistente y hasta despreciado. A la libertad de expresión (ese mito burgués) se le oponía la inclusión social, el empleo, la salud, la educación, el bienestar del pueblo. Y para llevar adelante todo eso hacía falta un orden.

La socialdemocracia fue la respuesta a esa antinomia. Pero a la hora de llevar a la práctica esos postulados, los resultados fueron dispares y siempre terminaron truncos. Hubo desde gobiernos bienintencionados que en el afán de preservar estos derechos terminaron mal o con poco margen de acción para llevar adelante medidas más inclusivas; hasta otros que sólo sostuvieron un discurso, pero aprovecharon cualquier supuesta “amenaza” (con el terrorismo como excusa de cabecera) para hacer recortes a estas libertades individuales. Eso sí, siempre con argumentos muy razonables. Tanto que en todos los casos fueron presentadas como medidas excepcionales, no como un sistema de valores.

La libertad de expresión es, en definitiva, un arma de doble filo: un derecho humano fundamental, sí; pero también el talón de Aquiles de un determinado proyecto político, desde donde se puede generar críticas saludables hasta manipular información que pueden hacer morir las mejores intenciones a manos de los poderosos de siempre. ¿Es esta una razón para restringirla? Personalmente creo que no.

La libertad de expresión es un arma de doble filo: un derecho humano fundamental, sí; pero también puede ser el talón de Aquiles de un proyecto político. ¿Es esta una razón para restringirla?

Obviamente, como buena persona de izquierda pero al mismo tiempo entre liberal y libertaria, estoy a favor de la más amplia libertad de expresión. O, mejor dicho, del derecho pleno a ejercer todas las libertades individuales. Mientras nos hagamos cargo, está muy bien que podamos decir lo que se nos canta. Del mismo tiempo que creo que cada persona tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que más le plazca. Y eso incluye también a hacerse daño: consumo de drogas, alcohol o grasas saturadas; aborto; eutanasia.

En los combates dialécticos no deberían existir los límites. Esas cosas deberían estar restringidas a la violencia física hacia terceros, que sí está penada y está muy bien que lo esté. Pero las opiniones políticas no son más que eso: opiniones políticas. Estamos todos de acuerdo en decir que Videla, Hitler o Pinochet fueron criminales. Pero a veces eso nos hace perder de vista que fueron protagonistas políticos centrales en distintas épocas y lugares.

Está muy bien que en las escuelas se enseñe que esos tipos fueron criminales. Pero como actores políticos, ¿no es lógico que exista gente que los reivindique? Los actores políticos más repudiados no son los más malos, sino los que fueron derrotados. Por eso, aunque podemos tener una valoración personal parecida, Videla, Hitler, Pinochet o Franco no tienen una valoración similar en los países donde gobernaron.

Desterrar la violencia como práctica política es desconocer el 90 por ciento (por lo menos) de los gobiernos del mundo. Y si prohibimos a Hitler, por ejemplo, ¿no deberíamos pensar que, con la misma lógica, alguien proponer igual suerte a quienes reivindican a Stalin, a Mao o a Fidel Castro. ¿El Partido Comunista debería ser entonces ilegal?

Tengo cien millones de críticas al PC de todos lados y más precisamente al PC argentino (soy de la época en que PC todavía significaba Partido Comunista y no Personal Computer), pero me parece un delirio pensar en prohibirlo. Es más, es absurdo pensar que el PC no es izquierda porque es stalinista. ¡Eso también es izquierda! ¡Hagámonos cargo, por favor!

Vuelvo a la libertad de expresión porque esta vez la cosa me toca de cerca como nunca. El fallo a favor de Cecilia Pando, en el juicio que la dirigente defensora de militares genocidas le inició a la revista Barcelona, es vergonzoso. Yo era editor responsable y director de la revista tanto cuando se publicó la imagen que generó la demanda, como cuando se inició el juicio.

El fallo fue ratificado en dos instancias y ahora hay que esperar el milagro ante la Corte Suprema. La única esperanza a la que aferrarse es que la Corte aporte un poco de sensatez y entienda que la libertad de expresión está en juego. ¿Qué pasaría si todas las personas aludidas en Barcelona se sintieran ofendidas, iniciaran demandas judiciales y ganaran los juicios?

La revista podría apelar a la generosidad de sus lectores ¿quién es capaz de vender una entrada o un bono o lo que fuera con el argumento de “dale, vení a la fiesta para pagarle a Pando”?

No, mejor no dar ideas. La situación es grave, fundamentalmente por el precedente que sienta. Pero también es grave en lo concreto y operativo: según el fallo de la Cámara, Barcelona tiene que pagar 110 mil pesos: 70 mil para Pando y 40 mil para los abogados. Una cifra que no se puede pelear. Y eso puede que para un multimedio o una corporación mediática sea poco dinero, pero para una revista autogestionada, que tiene un presupuesto tan holgado como el de un monotributista medio, tener que pagar eso significa cerrar la publicación.

La revista podría apelar a la generosidad de los lectores y organizar fiestas, festivales, rifas, colectas, etc. Pero la cosa está jodida: ¿quién es capaz de vender una entrada o un bono o lo que fuera con el argumento de “dale, vení a la fiesta para pagarle a Pando”? Es medio piantavotos el asunto.

El fallo de primera instancia incluía una de las cosas más desagradables que vi en mi vida: la respuesta a la pregunta que tanto odio. Sí, eso de si hay límites para el humor. Porque la jueza dijo que había en la publicación un “exceso de ironía”. O sea, sí que hay límites para el humor. ¿Cuáles son? Sencillísimo: ¡los que determina la justicia!

De repente me enteré que la pregunta de mierda, esa que tanto odio, tiene respuesta. Me parece que voy a dejar de burlarme. De todo: de la pregunta y de todos los demás temas. ¡Tengo miedo! A ver si viene Ceci Pando y me quita todo.

El problema es que saber que sí existen límites para el humor y que no se puede hacer humor con cualquier cosa me puso muy triste. Creo que me voy a poner a llorar. Claro que tengo un problema: no estoy seguro si puedo ponerme a llorar porque es posible que también existen límites para el llanto.

¿Se puede llorar con cualquier cosa? ¿Existen los límites para ponerse triste? ¿Hay temas con los que no se llora? ¿Debo llorar más un 24 de marzo o un 11 de septiembre? ¿Y qué 11 de septiembre debería ponerme más triste? ¿El de 1973 o el de 2001? ¿Hasta cuántos años después se puede seguir llorando por un acontecimiento histórico? ¿Y qué pasa con los acontecimientos personales? ¿Está permitido llorar más la muerte de una mascota que la muerte de un padre?

Disculpen, pero estoy lleno de dudas. Menos mal que existe la justicia para decirme cómo tengo que reaccionar. Si no, soy capaz de ponerme a reir (o a llorar) con cualquier cosa.

Pablo Marchetti

Pablo Marchetti

Escritor, músico y periodista. Fundador de la revista Barcelona y cantante y compositor del grupo Falopa. Escribe en Perfil y en La Vanguardia.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios