La emboscada neoliberal: entre sueños miserables y resistencias colectivas

Si logra imponerse el relato según el cual el gobierno es conducido por individuos bienintencionados que incursionan en la gestión pública por altruismo, la organización será más que una seria amenaza. Donde reinen el miedo y la disgregación, los hilos que garantizan la concentración de riqueza y de poder, permanecerán invisibilizados.

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Escudados en la imperiosa necesidad de un “saneamiento” de la economía y un “sinceramiento” social respecto de la verdadera medida de nuestras posibilidades, la gestión macrista exhibió a plena luz del día la monstruosa metamorfosis que lo llevó de ser una esperanzadora promesa de cambio, a esta penosa realidad. Las burdas declaraciones que en distintas ocasiones varios de sus funcionarios han realizado en torno al consumo de los trabajadores, los despidos, la educación pública o las huelgas, llevan inscrita la marca del cinismo y la hipocresía propias del trato que los poderes fácticos propinan a la democracia. Asumiendo una mirada retrospectiva, , la denostada “campaña del miedo” terminó siendo inacabada en relación a los alcances de la revolución de la alegría; el cuadro actual capturado en índices y variables económicas y sociales es sin dudas alarmante.

El ciclo Cambiemos comenzó con la pulverización del salario ocasionada por la combinación de la liberación del tipo cambiario y los exorbitantes incrementos en servicios públicos como el agua, la luz y el gas. El costo de vida se disparó al tiempo que la matriz impositiva se reajustaba transfiriendo recursos a los sectores más concentrados de la economía. A los despidos masivos en todos los niveles de la administración pública le siguieron tanto suspensiones, vacaciones y jubilaciones compulsivas como desvinculaciones en el sector privado. La apertura de importaciones en el marco de un escenario recesivo derivó en la erosión de amplios segmentos de la industria nacional, el desplome de la construcción y el estrangulamiento de las PYMEs.

El costo de vida se disparó al tiempo que la matriz impositiva se reajustó transfiriendo recursos a los sectores más concentrados de la economía.

Sin embargo, hay algo aún peor que la sumatoria de calamidades cotidianas que nos ofrece la gestión que encabeza Mauricio Macri. Hay algo peor que el hecho de que se condonen deudas millonarias a las eléctricas mientras se pretenden pagar sueldos de miseria a los docentes. Algo peor que la represión de la protesta social, que el desmedido endeudamiento externo, que la escandalosa contradicción entre pregonar transparencia y tener un gabinete plagado de conflictos de interés. Hay algo peor que la pérdida de poder adquisitivo de nuestros salarios, e incluso que el desempleo: el más oscuro de los escenarios es aquel en el que se desconocen y desarticulan los medios con los que contamos, como sujetos políticos, para defender nuestros derechos.

Más allá de los discursos meticulosamente maquillados por la lógica del marketing político, la edad de oro neoliberal no es aquella en la que los trabajadores nos volcamos forzosamente a la austeridad, consumimos lo justo y necesario para reproducir nuestra existencia y vacacionamos en la localidad más barata del país. La herejía de comprar aires acondicionados, motos o celulares resulta insignificante frente al hecho de creer que nos corresponde, que tenemos derecho a una vida digna y a contar con el aval legal para luchar por ello. El sueño húmedo de la gestión neoliberal emerge en declaraciones como las del Secretario de Empleo, Miguel Ponte, al afirmar que contratar y echar empleados debería ser igual de sencillo que “comer y descomer”, o como las del mismísimo Ministro de Trabajo, Jorge Triaca, que invitó a “comprender al que despide” en un contexto de masivas manifestaciones por la destrucción de miles de puestos de trabajo. Se desnuda con los 1000$ que la Gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, ofreció a los docentes que no se sumaran a la huelga por la paritaria nacional, con el revocamiento de la personería gremial de los metrodelegados, las modificaciones en el régimen de las ART y la Superintendencia de Riesgos de Trabajo en pos de debilitar los reclamos laborales, el recrudecimiento del accionar de las fuerzas de seguridad, la criminalización de la protesta social, y la demonización de la política y la militancia.

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Si el liberalismo clásico partía del individuo para pensar la sociedad, el neoliberalismo parte del individuo para volver al individuo. No es un proyecto de sociedad; es un orden que instituye la desigualdad al tiempo que desdibuja la trama de relaciones causales que le dan origen. Barrando la noción de un “todo” que ordena y contiene, el lugar que cada uno ocupa en la realidad social pareciera ser producto de sus propias acciones, decisiones y capacidades. El individuo es así principio y fin; unidad de sentido en y de sí mismo. Lejos de pretender ensanchar sus márgenes para reducir progresivamente la exclusión, el neoliberalismo se fortalece y consolida a partir de ella. Por este motivo, el sistema sólo “cierra” si creen en él incluso los que quedan afuera.

Si el liberalismo clásico partía del individuo para pensar la sociedad, el neoliberalismo parte del individuo para volver al individuo.

El engranaje siniestro del neoliberalismo que apunta a dejarnos inermes frente a sus tentáculos de ajuste y represión, opera silenciosamente en nuestras sociedades. En la Argentina de Macri son los empleados del Ministerio de Modernización estudiando los Convenios Colectivos de Trabajo para recortar derechos, es el discurso que, desplegándose sigilosamente en las representaciones sociales compartidas que conocemos como sentido común, condena al empleado público por ñoqui, al pobre por vago y al militante por fanático o corrupto. Es la impugnación de las elecciones que dotan de legitimidad y fueros a los delegados gremiales, es la persecución política disfrazada de ética pública. Es lo que, tanto en el plano normativo como en el simbólico, corroe la legitimidad y el resguardo de quienes asumen activamente la defensa de sus derechos, y por lo tanto de la calidad democrática de la sociedad en la que vivimos.

Si logra imponerse el relato según el cual el gobierno es conducido por individuos bienintencionados que incursionan en la gestión pública por altruismo, la organización no puede ser concebida más que como una seria amenaza o, al decir de los simpatizantes del gobierno que esbozaron valoraciones de las recientes movilizaciones populares, un “palo en la rueda”, un “exceso” o una “extorsión”. Los efectos de esta conceptualización saltan a la vista; donde reinen el miedo y la disgregación, los hilos que garantizan la concentración de riqueza y de poder, permanecen invisibilizados. La clave del éxito neoliberal radica entonces en inhabilitar las herramientas que podrían volverlos visibles.

El actual es un escenario en el que lo urgente no debe encubrir lo importante; las energías colectivas deben concentrarse en impedir que las condiciones coyunturales que determinan la urgencia de la realidad social argentina, no se vuelvan permanentes.

Giuliana Mezza

Giuliana Mezza

Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Docente universitaria y delegada de ATE en el Ministerio de Cultura de la Nación.

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