Dos dementes y una sola muerte

Siria es un polvorín. Bashar Al-Assad, dictador del país, incendia su país con fuego, violencia, y negación de libertades. Sólo faltaba que Trump ingresara en el combate. Y lo hizo.

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Desde hace un mes sigo con detenimiento unas fotografías. Son de un periodista exquisito que cuenta con imágenes –pero también con palabras– esa zona del mundo que nunca entendemos. Hablo de Egipto e Israel, de Jordania y la negada Palestina. Y hablo de Ezequiel Kopel. Sus ojos capturan e iluminan un mundo en el que la religión, la política, y la avaricia de poder, suelen conjugarse en un cóctel letal. Medio Oriente –y ustedes lo sabrán bien- nunca fue un sitio sencillo.

Los ciudadanos de esas tierras merecen la paz. La merecen sus hombres, sus mujeres y sus niños. Los que usan turbantes, los que usan kipá, y quienes llevan la hijab en sus cabezas. Eso, claro, no es más que una declaración de intenciones. Para conseguirla, serán necesarios muchos años y muchas medidas. Muchos renunciamientos y muchos cambios. Entre ellos, los de algunos gobiernos.

Siria, el país que legó al mundo la escritura cuneiforme y que inspiró a la humanidad con una tradición poética inigualable, es el punto de mira. Desde hace al menos cinco años hay una guerra civil. En 2011, no fueron pocos los que inspirados en la Revolución de los Jazmines de Túnez, salieron a la calle a decir basta. Muchos querían libertades y seguridad. Otros buscaban tranquilidad y respeto a los derechos humanos. Algunos, claro, querían derribar al régimen de Bashar Al-Assad. La conclusión, lo sabemos, no fue la esperada: el dictador comenzó a acabar con ellos.

Siria vive una guerra civil en la que el fuego cruzado hace perder vidas y pensamientos.

El fuego cruzado es duro. La gente muere y también muere el pensamiento. Aparecen rápidamente las opciones binarias: el fuego es también mediático. Lo que se escucha es una reducción y un vacío: “Los rebeldes que luchan contra la dictadura son agentes norteamericanos y Al-Assad es un títere ruso”. Ustedes lo entienden: en todas las guerras civiles hay intereses. Pero también hay verdades.

Siria vive bajo una dictadura. Bashar Al-Assad, el presidente, es un autoritario de manual. Un dictador sentado sobre el petróleo, los dólares y el poder. Oficia como un patético monarca, a quien su padre –el líder del golpe de Estado de 1970– le legó su puesto. Los Al Assad, está claro, usurparon casi todo: el poder, la vida de los ciudadanos, y hasta la ideología. Como tantos regímenes totalitarios, convirtieron la categoría de “socialismo” en su predilecta. Hoy, la distribución más equitativa que se puede encontrar en Siria no es la de la riqueza sino la de la muerte. Los sirios de a pie reclaman vida.

Entre los tiros del gobierno y los de los insurgentes, no faltaba nada. Pero el mundo siempre está ahí para sorprender un poco más. Donald Trump, el supuesto “aislacionista” metió su hocico. Lejos de sus promesas de centrar su política en casa, el magnate que cada mañana pone su culo en el sillón del Despacho Oval, ordenó un ataque militar a la base aérea de Shayrat. Su conclusión fue clara: se trataba de una respuesta a un ataque de armas químicas supuestamente realizado por el gobierno de Al-Assad.

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Ni usted ni yo sabemos si Bashar Al-Assad y su régimen cuentan con armas químicas. Tampoco si, de tenerlas, verdaderamente las ha usado. Pero supongo que entendemos esto: que Donald Trump y Al-Assad son una explosión permanente. Una explosión que pone en juego la vida de personas.

Bashar Al-Assad es el representante de un régimen corrupto y criminal. Lo dice Trump pero también puede decirlo cualquier persona sensata. Conviene comprender que la sensatez no se pierde porque a veces –y solo por interés particular– un demente quiera hacerse cargo de ella para bombardear y matar.

Donald Trump y Al-Assad son una explosión permanente. Una explosión que pone en juego la vida de personas.

Trump es, a su vez, un delirante con ínfulas de gloria y de poder. Un hombre que desprecia los valores democráticos y que, cada vez que puede, se burla de la dignidad de la vida.

La geopolítica suele ser muy importante. Las personas, sin embargo, importan más. Por eso vuelvo a mirar las fotografías de Ezequiel Kopel. Gente real, de carne y hueso, viviendo como puede en el Oriente Medio. Gente feliz y gente triste. Gente perdida en el polvorín de Alepo, gente riendo en un mercado egipcio, gente levantando sus brazos por Alá, o gente rezando en Jerusalén. Personas como Ibrahim, que ahora levanta su pierna para mojar el rostro de su madre. Personas como Amira, que se lleva la mano a la cara, cierra los ojos, y se alegra de existir.

Trump y Al-Assad no mercen ser dueños de sus vidas. Ellos solo auspician la muerte.

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Crédito: La fotografía de las niñas que aparece al inicio de este texto es de Ezequiel Kopel. La foto que lo cierra, tomada en Cisjordania, también es de su autoría.

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

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