Norma Morandini: “Los derechos humanos son mucho más que los juicios a los represores”

La periodista y ex legisladora dialogó en profundidad en el programa “El zorro y el erizo” (Radio Nacional) con Alejandro Katz y Mariano Schuster sobre diversas aristas del 24 de marzo, la dictadura y la perspectiva universal de los derechos humanos como horizonte de construcción de una democracia profunda.

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– Resulta particularmente feliz tenerte acá, por tu calidad humana, por tu trayectoria y por tu humildad que te vuelve casi única en la escena pública argentina. Quisiera comenzar esta charla con una reflexión sobre la vigencia y la idea de los derechos humanos con la que retornamos a la democracia, que bajo el gobierno de Alfonsín, pero con la colaboración de numerosos actores de la sociedad civil, se convirtió quizás en el único consenso extendido de nuestra vida democrática contemporánea.

– Sí. Yo tengo mucha ambivalencia porque como legisladora me opuse a que el 24 de marzo sea un rojo en el calendario, para no confundir, para que cuando un niño vea a sus padres armar las valijas porque hay un feriado largo, ese rojo en el calendario, que es feriado, que es fiesta, coincide con la fecha más trágica de la historia contemporánea de nuestro país, de modo que prefiero celebrar siempre el 10 de diciembre, que además coincide con el Día de los Derechos Humanos. Señalabas algo que tienes razón en relación al mayor consenso que ha llegado nuestro país, y que yo prefiero ponerlo en el “Nunca más”: me parece casi un “mantra democrático” que cada generación va a tener que ir actualizándolo. Ese juicio –hay que decirlo– se hizo a espaldas de la sociedad y no lo digo como acusación, estoy constatando. Yo venía del exilio, siempre digo que no volví a la Argentina que celebraba el advenimiento de la democracia. No, yo volví al pasado, porque llegué y me metí esos seis meses, todos los días, a escuchar algo que nunca vamos a terminar de reconocer que fueron las víctimas, los sobrevivientes que vencieron su propio silencio, su miedo, con jueces que no sabían si la democracia iba a perdurar. Con ese fiscal, Julio César Strassera, cuya pieza es bellísima pero que en realidad había mucho del dramaturgo (Carlos) Somigliana, del que se sabe poco: aquella pieza del “Nunca más” cuando uno la lee vas a ver que tiene un texto literario maravilloso. Puedo verlo a la distancia, y con cariño puedo recordarlo porque ya no está, yo lo provocaba a Strassera y le decía: “¿Por qué hay que dar pruebas, si la ausencia de pruebas, es la prueba de que en la Argentina fue todo clandestino?”. Como no soy abogada, me acuerdo que él me miraba como diciendo: “Usted no entiende nada”; para la Justicia necesitás la prueba, el cadáver. Entonces no se ha dimensionado la perversión de que se ocultó el cadáver para negar el crimen. Y otra perversión que no se termina de entender, que voy descubriendo con el tiempo, porque tengo una obsesión de querer entender lo que viví y me pregunto ¿qué vamos hacer con ese pasado? La otra perversión es que al desaparecido nadie lo vio morir y eso es la eficacia, y como nadie lo vio morir, entonces los que padecimos tuvimos que hacer una construcción, teníamos la ausencia en la mesa familiar, pero el resto de la sociedad ¿por qué si no los vio morir iba a creer que esto era cierto? En un tiempo en que tener desaparecidos en la familia era un estigma: en los primeros años de la democracia, había que ocultar que uno tenía desaparecidos, y no por mentiroso sino porque había todavía el aliento de los militares. Yo recuerdo haber perdido trabajos, este estigma de ser “esta zurda”, había toda una connotación despectiva.

– La culpabilización de la víctima, o de la víctima de segundo grado que no es el desaparecido, sino su próximo. Atribuirle una culpa adicional al sufrimiento que es la responsabilidad que se traslada a la víctima. La sociedad hizo eso.

– Exactamente. Recuerdo que una vez en el diario La Prensa, un columnista cuyo nombre por suerte ya me he olvidado, escribió una cosa horrible de mi madre que parecía sacado de la policía como si fuera de un prontuario, que ella había fundado “familiares de desaparecidos en Córdoba”. Me dio tanta indignación que fui al programa de (Mariano) Grondona, y le dije: “Mire Grondona, tener desaparecidos en la familia no es delito: es tragedia”. Me acuerdo que salí esa noche y como dicen los brasileños, “lavé mi alma”, me saqué un peso: fue la primera vez que pude decir públicamente que tenía desaparecidos. Sobre todo era esto: poder decir que no era un delito, era una tragedia.

“Los Derechos Humanos no son de derecha ni de izquierda, no tienen dueño”.

– Sin dudas la historia no terminó el 24 de marzo, ni el 10 de diciembre de 1983, la historia siguió muchos años, con muchas idas y vueltas, en los que fue necesario hacer una cierta pedagogía sobre la sociedad, sobre lo que había ocurrido, y por qué había ocurrido.

– Creo que haber interrumpido, como lo hicieron las leyes de obediencia debida y punto final, hicieron que nos cueste ver la historia como un proceso. Vemos la historia personal, podemos reconocer que cuando éramos adolescentes pensábamos de una manera, que cuando nos hacemos grandes, todo lo que significa la riqueza y la complejidad de la vida humana, y sin embargo en la historia nos cuesta entender que una cosa era cuando había miedo, que a medida que nos alejamos del miedo aparecieron nuevos fenómenos, que nadie pudo negar los desaparecidos cuando aparecieron los hijos, los hijos como inocencia corporizaron lo que por ausencia se había negado… Ya nadie podía decir que no pasó lo que pasó, y después surgieron los jóvenes nacidos y educados en libertad, a los que a mí me da mucha tristeza que se le hayan falsificado la historia, porque es como la buena fe… Tal vez lo más duro que tiene nuestro país es este dolor que nos pertenece a todos, a unos más y a otros menos, pero en la medida que no se entienda que esto es una tragedia que le pasó a la sociedad argentina, que todavía estamos padeciendo las consecuencias de esa perversión de tener muertos insepultos o tener una sociedad movida a muerte, porque seguimos poniendo en la plaza del reclamo, donde se festeja o reclama: seguimos poniendo madres en duelo y siempre es la muerte la que moviliza a nuestra sociedad y no la alegría de la libertad y de la democracia, de la complejidad que es vivir con los diferentes porque somos iguales.

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“Creo que la política no ha incorporado esta idea de Derechos Humanos, sigue estando muy connotada con los juicios a los represores y con el pasado”

– Este año hubo varias voces que se levantaron, no solo contra la idea de pasar el feriado del 24 al lunes siguiente para ser fin de semana largo, sino que –y esto es lo más importante- que se levantaron contra la idea misma de que sea feriado e insistieron en que sea un día hábil, de recordación en los lugares a los que se accede habitualmente, la escuela, los sitios de trabajo, las universidades, etc. Pero simultáneamente se empezaron a oír voces que insisten en que son temas terminados y que incluso lo dicen así: “Hay que ocuparse de los derechos humanos del presente y no de los del pasado”. Creo que no es así, no sirve, porque muchas veces se dice: ¿Qué le diría uno a los jóvenes respecto a aquel pasado hoy? En términos de hablarles a quienes no fueron protagonistas de esa época.

– Cuando hay confusión hay ofuscación. Y lo que ha pasado lo tuve que aprender: yo llegué a los Derechos Humanos por la denuncia de su violación. Por eso cada vez abrazo más esto tan paradójico que hay que entender, que el nazismo y la segunda guerra mundial, le dio a este mundo horrorizado una normativa que es la más bella utopía que los hombres se hayan dado a sí mismos, que es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que vale la pena acercarse y ver los debates, cómo la comisión que presidía Eleonora Roosevelt, ya en la época lo que era la Unión Soviética no querían tener la libertad porque contraponían la igualdad, esta tensión que sobrevive 70 años después, que demuestra nuestro atraso, como llegamos tarde, con cuestiones que ya han sido de alguna manera zanjadas… Después esta normativa que primero fueron declaraciones, a partir de los años 60, 66 o 69, ya empieza a tener estos tratados que encadenan jurídicamente a los Estados, es decir obligan a que los Estados cumplan con aquella normativa que han firmado como tratados internacionales de derechos, políticos primero, sociales y económicos después, ahora son los llamados “tercera generación” que son los ambientales, pero no porque sean más o menos importantes, sino porque en el tiempo un derecho le abre la puerta a otro derecho. Hubo en nuestro país algo que hay que aplaudir, que cuando se reforma la Constitución de 1994, hay un grupo de demócratas constitucionalistas que logran, por decirlo de alguna manera, por la ventana algo que no estaban en el “núcleo de coincidencias básicas”, que eran lo que habían llegado Alfonsín-Menem para reformar la Constitución: incorporan todos los tratados de derechos humanos internacionales con jerarquía constitucional. ¿Qué quiere decir esto? Que el Estado argentino está obligado a cumplir, que no es mérito de ningún gobierno, que los derechos humanos son la protección tiene el ciudadano ante el Estado, que el Estado es el único que puede violar los derechos humanos porque es el que los tiene que hacer cumplir porque están consagrados en la Constitución. Desgraciadamente la confusión llevó a la ofuscación. Los juicios a los represores son, según la normativa de los derechos humanos, juicios de lesa humanidad y por lo tanto no prescriben. Ése es el valor. Los Derechos Humanos son una normativa de paz, para construir vida, es el instrumento más importante que se ha dado la humanidad después de esos momentos de locura. Después tenemos el Pacto de San José de Costa Rica, que es la Biblia de los Derechos Humanos del continente americano, que se utilizó mucho cuando se debatía la ley de medios, porque el artículo 13 que garantiza libertad de expresión, también dice que esa libertad de expresión no puede ser limitada por medios indirectos como pueden ser los monopolios privados o como puede ser el control oficial. Pero ese artículo dice algo que nunca mencionamos: la libertad de expresión no puede servir para incitar al odio y a la violencia. Me llama la atención mucho de lo que uno escucha en el espacio público, que es el espacio de la política, esto que hacemos ahora, el debate, porque lo público es lo político… Y voy a poner nombre propio: me parece muy bien que Hebe de Bonafini tenga un programa en el canal público, pero nadie, ninguno de nosotros, puede utilizar la libertad del decir para incitar al odio y a la violencia. Y nosotros tenemos nuestro decir público cargado con connotaciones de guerra, de aniquilamiento, de descalificación, y nos pasa que volvemos a confundir y por eso ofuscamos, de que lo tendría que ser el debate público, que es el debate de los argumentos, que es la persuasión de la palabra, ahora le decimos debate al insulto, a los gritos… Eso no es argumento ni debate.

– En algunas organizaciones políticas se ve parte de lo que usted plantea: un discurso que en el fondo no reclama la dignidad de la vida, sino la parcialidad ideológica, que lleva a la concepción del otro como un enemigo, no como un adversario de ideas. Pensaba en esto de la dignidad de la vida en términos de si no se perdió parte de ese discurso político de Alfonsín, que hablaba de la idea de la dignidad del ser humano, algo revolucionario después de una masacre como la que había vivido la Argentina. Parte de la izquierda también revaloriza la vida, recuerdo la carta “No matarás” de Oscar Del Barco, que me parece un texto fundamental…

– Lo incluí en mi libro de “La culpa al perdón”. Mucha gente condenó “No matarás”, fue muy interesante como debate.

– Pero ciertas organizaciones políticas que luego fueron parte del gobierno precedente, quizás no tradujeron una versión de los Derechos Humanos vinculada a la dignidad de la vida de todos, sino a una parcialidad política. Quiero saber su opinión al respecto.

– La centralidad es ¿qué son los derechos humanos? La persona solo por su condición de persona tiene derechos, no hay ningún gobernante buenito que va con una canastita entregando flores, que concede derechos. No, por eso creo además que es una revolución jurídica. (Thomas) Hobbes decía: “Tratados que no se hacen con la punta del fusil son palabreríos”; y vaya que hay palabreríos en todos los tratados internacionales de Derechos Humanos que los estados están obligados a cumplir, por eso es una revolución jurídica, y que además no son de derecha ni de izquierda, no tienen dueño. Si sos cristiano y creés en la sacralidad de la vida, tenés que respetar los derechos humanos porque no hay nada más cercano a la idea de lo Divino que esta persona que tiene derechos solo por su condición de persona. Es cierto que venimos de una tradición autoritaria, de un Estado que tutelaba, que nos decía qué pensar, cómo vestirnos, a quién llevar a nuestra alcoba, no se ha desarrollado la libertad que tiene una limitación única que es la responsabilidad. Los derechos tienen esta bella concesión que no es que un derecho cancela al otro: es la circularidad. La libertad de expresión tiene esta limitación: no la puedo usar para incitar al odio, a la violencia, para afectar, ofender, en términos de intimidad y, sobre todo, la protección de la infancia. Esta filosofía maravillosa de los derechos humanos que connotan con la vida me parece que nos ha faltado hacer esta educación pedagógica que no sea el 24 de marzo. Todos los días del año en las escuelas argentinas se debería evitar el adoctrinamiento de los niños para darles valores de que la vida es sagrada, es única. Que no se burlen del gordito, del más pobre, del que tiene este color en la piel, porque entonces sí iremos formando ciudadanos, iremos creando antídotos a lo que nos pasó en el pasado y no seguir repitiendo lemas. No hay que hacer discursos, hay que incorporarlos en el corazón, en el comportamiento. No se pueden invocar los derechos humanos y descalificar al otro, no respetarlo, querer controlar lo que piensa y sobre todo saber que hay que respetar la legalidad democrática. Podés ser de derecha o de izquierda siempre y cuando respeten la legalidad democrática que es igual para todos.

“No se pueden invocar los derechos humanos y descalificar al otro, no respetarlo, o querer controlar lo que piensa”

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– ¿Cómo se puede convertir una experiencia traumática en una reivindicación del cuidado, de la idea del otro, del respeto? ¿Cuál es la posición del Estado argentino hoy respecto de los Derechos Humanos, de las agencias diseñadas para hacerlas cumplir?

– Las Naciones Unidas lanzaron la agenda de Derechos humanos más ambiciosa. Se ponen metas y cuando no se cumplen, se vuelven a poner las metas. Eso sirve para que se reitere, y hoy todos hablamos de los ODS (objetivos del desarrollo sustentable). Recuerdo que la palabra “sustentable” la escuché por primera vez en Río de Janeiro cuando fue la Cumbre de la Tierra, y que se decía que las guerras futuras iban a ser por el agua. Todavía era periodista no había incorporado la lentitud que tiene la política para resolver o este arte de postergar las soluciones, y decía “¿De qué sirve que digan que las guerras futuras van a ser por el agua?, trabajemos para evitar las guerras futuras”. Creo que se está trabajando dentro de esta normativa, desde la perspectiva del Estado, creo que hay que construir un Estado de Derecho, que los Derechos Humanos estén incorporados ya no como políticas públicas. Lo que veo es un fenómeno interesante: en los municipios empiezan a aparecer secretarías de Derechos Humanos, trabajando concretamente con lo que decimos ¿qué son los derechos humanos de hoy, a la salud, al trabajo?.

– Siempre hablamos de un estado de derecho como el estado en que rige la Constitución, en oposición a un estado dictatorial. Vos estás diciendo que hay que construirlo ¿qué es ese estado de derecho que todavía no tenemos?

– Tenemos una Constitución a la que los tratados internacionales de Derechos Humanos le han dado un impulso progresista, democratizador. La Argentina se jacta en ser el primer país en firmar los tratados internacionales pero después no cumplimos, nos falta el Defensor del Pueblo que es una institución novedosa surgida de la reforma del 94, no tenemos el Defensor del Niño, que surge de una ley, ya tenemos una mora de seis o siete años, son instituciones que defienden al ciudadano y hay que insistir con esta idea que los Derechos Humanos es la protección que tiene el ciudadano del Estado, el que puede violar los Derechos Humanos es el Estado, su prepotencia, la tortura que permanece como práctica en las cárceles y que es incompatible con la democracia. Todavía no hemos compartido como cultura, valores que deben ser iguales para todos, no que un sector crea que hay que tener poder para poder hacer, como escuchamos, o que el fin justifique los medios. Para tener el diálogo democrático debemos compartir los conceptos, si tus palabras son chinas y las mías francesas nunca vamos a poder entendernos. Vuelvo a esta idea de (Giovanni) Sartori, sobre la ofuscación, que cuando se confunde los conceptos uno se ofusca en vez de tener diálogo democrático porque no compartimos el concepto, esto es lo que nos falta construir en el Estado, que sus instituciones estén para proteger al ciudadano.

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“No hay nada más cercano a la idea de lo Divino que afirmar que esta persona tiene derechos solo por su condición de persona”

– Pareciera que nuestro ideal ético de Derechos Humanos no fuese para todos el mismo, que no se hiciera pedagogía en todas las escuelas de la misma manera, que no nos formamos con los mismos valores.

– Creo que la política no ha incorporado esta idea de Derechos Humanos, sigue estando muy connotado con los juicios a los represores y con el pasado, entonces todo esto que comparto con ustedes lo tuve que aprender sola, estudiando cuando venían los proyectos. Por ejemplo en los temas de ambiente, que son donde la ciudadanía participa, donde la ley obliga a que tienen que haber audiencias cuando se toman decisiones que van a afectar el medio ambiente, y todavía mucha de esa participación se hace “como si” y no que realmente se escuche a la ciudadanía y que se modifiquen el comportamiento porque la democracia es transparencia y es participación. Lo que a mí me impresionó en el Senado, como cuando uno toma un tema de Derecho, daré un ejemplo concreto, un proyecto de calidad acústica, una ley que garantice la calidad acústica, hace diez años que la estamos tramitando y no conseguimos que se apruebe porque siempre nos contraponen el federalismo, y tengo que cuidarme mucho para no decirle: “No sea ignorante” porque la normativa de Derechos Humanos dice que ninguna ley local es pretexto para no cumplir lo que es una obligación universal, o sea que los Derechos Humanos como normativa filosófica-jurídica están por encima de las leyes locales. Una ley de calidad acústica no es otra cosa que decir: “Mire, usted no puede construir viviendas al lado de donde está la fábrica”, es ordenamiento territorial, porque nosotros somos consumidores sin ser ciudadanos, hemos llegado tarde a todo, consumimos pero no sabemos que tenemos derechos de consumidor. Todavía se nos distorsiona cuando planteamos temas ambientales con argumentos como “usted atenta contra las fuentes de trabajo”. La riqueza de la democracia es que somos todos iguales ante la ley, los intereses en pugna generan conflicto, y nos obliga a que trabajemos sobre el conflicto. No como nos pasa ahora en Córdoba con la ley de reordenamiento, la llamada ley de bosques, que hay que actualizarla cada cinco años, y siempre es la tensión entre los intereses del campo y los del vecino que estamos entre las inundaciones y las sequías. Tenemos que encontrar un punto donde ahí viene el Estado de Derecho, donde el Estado tiene que armonizar las diferencias y no ir para el lado del que empuja más fuerte. Ahora la ciudadanía participa, la misma que no cree en la política es la que está participando en temas en donde ve afectado el medio ambiente.

– Hay una fuerte corriente de la filosofía política que sostiene que una de las virtudes de la democracia es que en la deliberación, en la discusión, conocemos mejor el punto de vista de los otros y nos preparamos para tomar mejores decisiones, pero si el debate y deliberación no es robusta esa función epistémica no se cumple.

– Además nada mide mejor el desarrollo democrático de una sociedad que de qué nos ocupamos: si de las cosas, si del dinero, o de las ideas. Y nosotros estamos en un estadio muy chiquitito hablando solo de dinero… Siempre me descalificaron con eso de “sos principista, sos utópica”. Pero la democracia se rige por valores, por principios. Después vienen los legítimos intereses, como uno ve, por ejemplo dicen: “Los técnicos dicen planta soja, cosecha inundación”. Esto no quiere decir que uno esté en contra de la soja, pero debemos ver cómo hacemos para que no haya inundación. Recuerdo que cuando hace más de 15 años vino a verme la gente de “La Picasa”, yo era aún periodista, no tenía idea de lo que era.

“Hay derechos humanos que no hemos incorporado, por ejemplo en ambiente, donde la ley obliga a que cuando se afectará tiene que participar la ciudadanía, y todavía esa participación se hace ‘como si’…”

–¿Por qué no explicás de que se trata?

–Es un río que cambia de curso cada doce años, se retira y vuelve. En esa época aprendí porque los ferrocarriles de los ingleses nunca se inundaban, porque los construían en partes altas. Cuando vino el tema de la soja cuando el río se retiraba se utilizó el cauce del río, pero cuando vino el cauce de vuelta se llevó todo. Entonces esto de estar siempre sobre la respuesta inmediata nos impide planificar, vale para lo económico. Y para todo. Andamos así como decía en la plaza pública, con esta angustia de ser movido por los muertos, que nos advierten de los chicos que mueren en los recitales, la desorganización, siempre es alguien que tiene que morir para que nosotros como si fuera “cordero de Dios” pudiéramos ver qué hay atrás…

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–Movidos por la tragedia. Y no vemos precisamente atrás de la tragedia lo que ocurre. Muchas veces repetimos, muy pocas veces corregimos, ni siquiera la tragedia es una fuente de aprendizaje.

–Eso por un lado, pero también en la política andamos movidos por la emergencia, vivimos de emergencia en emergencia, parecemos un país que cada 10 años se arma y se desarma. Como si no pudiéramos tener una continuidad, una base de raíces sólidas, de principios compartidos. La democracia no es solo votar, no la define solo ganar elecciones, estas solo autorizan a alguien a tomar decisiones en nuestro nombre, pero también tienen que garantizar los derechos de las minorías. Y no que que los proyectos no se traten porque sos de la oposición. Que te hagan trampas, te lo manden a un montón de comisiones, y hacen imposible su tratamiento.

“La desafección de la ciudadanía con la política siempre le abre las puertas a los aventureros”.

–Cuando se habla del déficit democrático, no sólo de la política sino de la sociedad, recuerdo a un dirigente socialdemócrata alemán que decía: “Siempre hablamos de la democracia, pero la democracia necesita demócratas”. Dejaba entrever que hablaban de la democracia de tal manera que no parecían demócratas. ¿Qué opina?

–Yo hago una presentación precisamente que se llama “Democracia sin demócratas”. Tenemos todo un cuerpo, por suerte, la Constitución, pero la ciudadanía no sabe que tenemos derechos y además responsabilidades. Es fácil poner a la política en el banquillo de los acusados, pero también hay que decir que la desafección de la ciudadanía con la política siempre le abre las puertas a los aventureros. En Alemania, Günther Grass promovió un movimiento de ciudadanía, esto es lo que nos falta para construir culturalmente, es un gran déficit de la educación. En los últimos años hemos tenido adoctrinamiento y esto es muy dañino. Voy a decir una cosa muy provocativa: yo pertenezco a una generación que fue alfabetizada con “Perón me cuida, Evita me ama”. Y mi generación se hizo montonera. Entonces no es inocente lo que te enseñan cuando tenés seis años y las consecuencias que vas a tener con ese niño de seis años al que adoctrinaste, al que no pusiste valores de verdad, al que no pusiste la empatía de ponerse en el zapato del otro, en el respeto al otro… Yo no quiero que dentro de 10 o 15 años, estos futuros adultos tengan semejante confusión que los lleve a ser ofuscados a la hora de ejercer la democracia.

–Tu paso por el Senado te ha dejado un cierto sinsabor, pero a la vez no sos una persona escéptica con respecto a las capacidades de los ciudadanos y la democracia de nuestro propio país. Entiendo que tenés una reflexión acerca de cómo la sociedad puede mejorarse.

–Yo soy crítica, pero siempre digo que uno critica lo que ama. Sino las relaciones amorosas serían fáciles. Los que tenemos responsabilidad de micrófono, tenemos la obligación no de ser optimistas porque sí, pero me parece que la vida es maravillosa, es compleja, es contradictoria. Me parece que estamos siendo muy adolescentes como sociedad. Ser adultos es cuando uno deja de echarle la culpa a los otros y se pregunta qué responsabilidad tuvimos. Éste es un momento que no depende de las personas, no depende de las ideologías, no de los partidos políticos y si hay esto llamamos grieta: o se construye o se destruye, no hay camino en el medio. O tenemos amorosidad con nuestro país, que por algo está en cuesta abajo en la rodada, algo hemos hecho mal todos… Mo hay un sector que se pueda parar frente a la sociedad y decir “yo tengo autoridad por esto”. Hemos fracasado todos. Es doloroso ver nuestro país desde fuera, cuando una va y ve los países pobres, que como sabían que eran pobres, hicieron todo el esfuerzo para salir de la pobreza. Nosotros hemos sido empobrecidos por nuestra riqueza, nos creíamos ricos, civilizados, particulares y únicos, y hoy cuando vemos el país cómo gritamos, cómo conducimos, cómo no nos respetamos, donde cada uno atiende su juego, cómo nos lastimamos, con lo que ha sufrido este país… Me han pasado cosas para que la adulación no me envanezca, trato de que no me afecten lo que escriben también, pero a veces me quedo perpleja: qué odio, qué nos ha pasado, no tuviste coraje y no me dijiste de frente lo que pensabas de mí, y tuviste que usar lo que son las redes sociales para sacar el odio… Hay una odiosidad en nuestra forma de convivir, que –a riesgo de parecer una pastora cívica– creo que hay que usar palabras de amor, de perdón, de fraternidad. Hablar de que el otro es un igual, creo en eso, creo que mi obligación es ser lo más honesto posible para poder transmitir algo en esta maravilla que se va construyendo como son todos los procesos. Porque no por tener uno más edad tiene que dejar de participar. Celebro que haya tantas generaciones nacidas y educadas en libertad que son demócratas y a lo mejor podemos construir esta democracia con auténticos demócratas.

“Me opuse a que el 24 de marzo sea feriado. Prefiero celebrar el 10 de diciembre, que tiene mucho más que ver con los Derechos Humanos”.


QUIÉN ES

Norma Morandini es periodista de profesión. Tiene dos hermanos detenidos-desaparecidos. Durante la dictadura iniciada en 1976 debió abandonar el país. En 1984 regresó y cubrió el Juicio a las Juntas para el diario O Globo de Brasil y como una de las 10 primeras corresponsales de la revista Cambio 16 en el mundo. Realizó una amplia cobertura del caso de María Soledad Morales en Catamarca y es autora de un libro sobre el tema. Fue diputada y senadora nacional por el Frente Cívico de Córdoba, y en 2011 acompañó como candidata a la vicepresidencia de la Nación a Hermes Binner en las elecciones presidenciales de ese año. Desde 2015 está al frente del Observatorio de Derechos Humanos del Senado de la Nación. Tal como lo recuerda en la charla, como legisladora se opuso a que el 24 de marzo fuera un feriado nacional y se convirtiera en un día de festejo.

Redacción de La Vanguardia

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