Grondona White: humor liberal contra la dictadura

El aniversario del golpe es una buena excusa para revisar la trayectoria del dibujante Alfredo Grondona White y la revista Hum®, cuyo comité editorial integró, diseñó el logo y en la que colaboró desde el primer número hasta su cierre en 1999, estrangulada por las ventas bajas y por los treinta juicios que le inició el menemismo. Pero sobre todo, para descubrir la historia de cierto humor, y la de cierto liberalismo.

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Una leyenda un poco ingenua, alimentada por obras como El nombre de la rosa, supone que el humor es una herramienta disolvente, que el poder tolera mal, si es que tolera. Los años, la democracia y la videopolítica disuelta en las redes sociales nos demostraron que no sólo el humor puede ser fatalmente inocuo, sino incluso involuntario cómplice del poder. Más interesante es la pregunta por qué tipo de humor florece a la sombra de cada forma de poder. Un nuevo aniversario del golpe de Estado de marzo de 1976 es una buena excusa para revisar la trayectoria del dibujante Alfredo Grondona White y la revista a la que ató su destino, Hum®, de la cual integró el comité editorial, diseñó el logo y colaboró desde el primer número hasta su cierre en 1999, estrangulada por las ventas bajas y los treinta juicios por calumnias e injurias que le inició el gobierno menemista. Pero sobre todo, descubrir la historia de cierto humor, y la de cierto liberalismo.

UN DIBUJANTE INDUSTRIAL

Grondona White nació en Rosario en 1938, en el seno de una familia de clase media, sin más particularidades que la de una abuela inglesa y el mandato de combinar la educación pública, gratuita y obligatoria con largas tardes en la Asociación Cultural Inglesa. En la biblioteca de “la Cultural” Alfredo y sus hermanos conocieron las revistas Help, Mad y Punch, y al que sería su dibujante preferido: Ronald Searle, cronista gráfico de la Segunda Guerra Mundial y los juicios de Nuremberg, más adelante reconvertido en sutil ironista de las costumbres británicas. “Mientras que el inglés se ríe de sí mismo y es chistoso, el latino se ríe de la desgracia ajena, no se pone en el lugar de la víctima […] Los españoles, los tanos, los latinoamericanos, todos apuestan al ganador”.

A su serena ambición de clase media de acomodarse en el pequeño pero generoso capitalismo argentino de posguerra, Grondona le adosó el sueño de hacer una carrera como dibujante a la manera industrial en que lo hacía todo el mundo: dibujando a cambio de un sueldo en alguna gran empresa editorial. A los 15 años Alfredo entró como cadete en el diario Democracia, que, “como todo los diarios en esa época, era de Perón”, recordaría años después. Allí le permitieron publicar su primera ilustración y, más tarde, llegó a ganar el concurso de Mejor Dibujo de Tapa de la revista Dibujantes, de Osvaldo Laino. En 1955 la Revolución Libertadora cerró el diario y Alfredo egresó del secundario para empezar la carrera de Arquitectura. A la salida del servicio militar comenzó su derrotero de empleado de cuello blanco en las grandes corporaciones de la industria argentina y trasnacional: SoMISA, Petroquímica, Duperial y Chrysler. Mientras tanto daba clases de dibujo para la Escuela Panamericana de Arte y seguía enviando sus ilustraciones a publicaciones rosarinas y extranjeras: a veces se las elogiaban, a veces se las pagaban, a veces los publicaban con la firma de otro y él jamás veía el cheque. Con todo, le quedaba el placer cosmopolita de ver cada tanto su material en las páginas de Playboy o Esquire.

De a poco el sueño militar de una Argentina industrializada y obediente comenzaba a disiparse: en 1972 Chrysler cerró su planta en Argentina y Grondona entró a trabajar en una imprenta hasta que recibió un llamado de Andrés Cascioli.

UN EDITOR EN EL BORDE

Cascioli era el tipo de empresario aventurero que podía dar la desordenada industria cultural de la época: desde el Servicio Militar, en donde dibujaba para sus superiores a cambio de zafar del cuartel, Cascioli se había acostumbrado a jugar al límite con la autoridad. Ahora pretendía ganar dinero con revistas de humor político en el complicado tablero cultural de un país que se cagaba a tiros en cuanto tenía la oportunidad. “Éramos un grupo de publicitarios que queríamos una revista que se vendiera. Nos interesaban revistas que habían aparecido en el mundo y eran diferentes, una mezcla de historieta, humor y periodismo sarcástico”.

En 1972 salió la revista Satiricón, funda por Cascioli y Oskar Blotta. Reportajes atrevidos, burlas a Roberto Galán, humor gráfico y las ilustraciones sobre fondo blanco de la portada como mascarón de proa les valieron un número crecientes de ventas, así como escándalos y aprietes. Satiricón murió dos veces: primero la clausura por el gobierno peronista en 1974; luego el golpe militar. En el desbande probaron suerte revistas de espectáculos pretenciosas que no vendieron nada, con la versión argentina de Mad hasta el secuestro y exilio de su editor, Osvaldo Ripoll, incluso con El ratón de Occidente, una versión light “más yanqui, más elegantona” de Satiricón a cargo de Oskar Blotta, con los satiricones Mario Mactas y Rolando Hanglin, pero ya sin Cascioli, que volvió a la publicidad.

En eso estaba cuando se cruzó con el anglófilo y trabajador Grondona White y sellaron una alianza artística y editorial destinada a perdurar. Tiempo después del cierre definitivo de Satiricón, Cascioli lo llamó a Grondona White para una nueva aventura: Hum®. Era junio de 1978.

TERRORISMO DE NOCHE, LIBERALISMO DE DÍA

humornegrostiricon2_2“Con el Papa no se puede fusilar”. Esa frase de Massera resume el realismo político con que la dictadura encaró su plan de exterminio. Para evitar espectáculos desagradables como el del Estadio Nacional de Chile, la represión debería operar de noche, a escondidas, y tender un manto de malsana normalidad de día, en donde incluso era posible criticar al Ministro de Economía o quejarse de la censura. Para 1978 los militares admitían puertas adentro haber terminado su trabajo: todos los movimientos que habían repudiado el orden capitalista liberal estaban aniquilados. Quedaba una superficie de consumismo y fiesta de todos, que se vivía flotando en quieta desesperación de acuerdo a los valores de ese capitalismo liberal rescatado por el autoritarismo, cambiando lo amargo por miel y la gris ciudad por rosas. En ese clima putrefacto y asfixiante fermentó la apuesta de Hum®.

En el clima putrefacto y asfixiante, se desarrolló la apuesta de HUM®.

“Humor no era una revista de izquierda”, dijo Cascioli muchos años después. Hum® ni siquiera era una revista crítica con el gobierno, no podía serlo. El blanco de sus burlas se concentró en las costumbres que esa falsa luz diurna de la dictadura alumbraba: el mal gusto de la clase media con dólar subvencionado, la mala calidad de una industria cultural protegida por los aranceles de la censura y el paladar castrense en materia de cine, música y literatura (que pasaba de homenajear a Borges más como antiperonista que como escritor a subsidiar películas de Palito Ortega). Así, Hum® se transformó en uno de los pocos rincones en donde los asustados y prolijos ciudadanos del terrorismo de Estado podían hablar mal de algo. Y en ese clima, Grondona White encontró su zoológico para cazar.

HUMOR LIBERAL

Con los guiones de Héctor García Blanco, Tomás Sanz o Aquiles Fabregat, Grondona White se dedicó a retratar usos y consumos de la clase media porteña. Si bien creó algunos personajes, como el Doctor Piccafeces, los Bespi o Rob Scanner, el verdadero héroe de las tiras de Grondona es el ciudadano rubio con cara de boludo, chomba dentro de las bermudas y mocasines. O el oficinista de gesto agrio y anteojos, la pin up tarada con las carnes suculentas atrapadas en una bikini vinílica, o su madre, gorda y conchuda, con lentes oscuros de carey, todos dibujados con una línea clara finísima pero sucia, en la que el rotring ondula de manera casi líquida sobre el papel impregnado por la grasa de las capitales. Mientras Landrú, Quino y Caloi ambientaban a sus dibujos en un espacio atemporal de retrogusto vintage, Grondona encaraba con valor la máxima baudelariana de ilustrar su propia época: con la pericia aprendida como profesor de Dibujo Publicitario en la Escuela Panamericana, ilustró como nadie los Renault 12 y las blusas de bambula de los setenta, las remeras con leyendas en inglés y los electrodomésticos de los ochentas.

Si bien el humor necesita saltar los valores y no se lleva bien con las ideologías, hay un talante liberal que se lleva bien con el humor. Desde Constant viendo al ciudadano virtuoso de la Revolución Francesa claudicar ante la comodidad de su hogar burgués, hasta Tocqueville asistiendo al efecto de la democracia en la conducta aldeana y envidiosa de los norteamericanos, hay algo en el escepticismo, la distancia dandy y la obsesión por la sociedad civil que habilita al liberalismo a reírse de su propio entorno. Y Grondona White, con su educación sentimental anglófila y su conocimiento de primera mano de los mitos y leyendas de la clase media industrial argentina, fue el mejor exponente, el más talentoso, del humor liberal argentino.

Si bien el humor necesita saltar los valores y no se lleva bien con las ideologías, hay un talante liberal que se lleva bien con el humor

En un país en donde casi nunca tuvo los votos necesarios para gobernar en democracia, el destino del liberalismo pareció ser el de trinchera cultural para cascotear a esa realidad adversa, con suerte despareja, desde las tertulias de Borges, Bioy y las Ocampo hasta las bravatas de tantos militantes misteriosos y periodistas obsecuentes desde su cuenta de Twitter. Hum® fue quizás el mejor artillero de esa trinchera y los dibujos de Grondona White, su arma más poderosa. La victoria militar de la Junta sobre los movimientos revolucionarios pero su incapacidad política para ofrecerle algo a cambio a la sociedad civil, despejó esa trinchera casi olvidada de la cultura argentina como un espacio dinámico para interpelar desde abajo y allí congregar a los sobrevivientes bajo un nuevo credo, que primero se presentó como humor.

EL QUE RÍE ÚLTIMO

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Al final de la dictadura, dice Claudio Uriarte, los militares se enfrentaron al imaginario de una Argentina liberal y burguesa a la que siempre habían respetado, pero ésta no los perdonó. Al juicio y caída de los militares siguió un intento de reformismo liberal liquidado por las fuerzas del mercado y un exitoso ciclo de liberalismo duro y puro, desprovisto de modales burgueses y conducido por un peronista del interior. La tinchera liberal se deshizo, Hum® quedó sola en medio de un campo de batalla abandonado, denunciando corrupción y desigualdad social para nadie. Grondona siguió brillando, denunciando el nuevo consumo globalizado y convertible de la vieja clase media, pero ya nadie escuchaba, y eso los amargó. Una de las últimas noticias que tuvimos de Grondona White fue una carta de lectores que envió al diario la Nación en los días del conflicto por el campo, comparando a Cristina Kirchner con Hitler en su búnker.

Grondona murió y Cascioli también, el resto se dispersó en un retiro más o menos digno. Son los héroes olvidados de una cruzada maravillosa, la del lugar más digno que ha tenido el liberalismo argentino en los últimos años: hacernos reír.

Alejandro Galliano

Alejandro Galliano

Licenciado en Historia y periodista. Es co-editor de Panamá Revista y colaborador de revista Crisis. Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

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