Por qué “caer” cae tan mal

En un país en el que casi ocho de cada diez estudian en el sector público, que el Presidente diga “que caen” allí solo porque no pueden ir a la escuela privada, suena inevitablemente como un ataque.

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La frase del Presidente acerca de que a la escuela pública “tienen que caer”aquellos que no pueden ir a la privada, generó una ola de rechazo y malestar que se expresó en redes sociales y que, al parecer, tuvo alguna incidencia en la multitudinaria “marcha federal educativa” realizada este miércoles en la Capital argentina.

Pero ¿por qué “caer” cae tan mal?

En la Argentina, más de siete de cada diez estudian en el sector público, tanto en primaria como en secundaria según los datos oficiales (75% según el Sistema de Información de Tendencias Educativas en América Latina, SITEAL, que depende de la UNESCO, que a su vez lo elabora con base en la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC).

La distribución de los alumnos en escuelas de gestión estatal y privada muestra una gran heterogeneidad y divergencia entre las jurisdicciones. La Ciudad de Buenos Aires es un caso único en el país: tiene un sector privado similar al de Chile, con casi el 50% de los alumnos. En las otras tres provincias más pobladas (provincia de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe) casi un tercio de los alumnos asiste a escuelas privadas. Pero frente a eso, Chubut, Chaco, Formosa o La Rioja rondan el 10% de su matrícula en escuelas privadas. En el total nacional, según datos de 2013, más del 75% de los estudiantes de secundario asisten a establecimientos gestionados por el Estado.

¿Es cierto entonces que en Misiones, en Entre Ríos, en Chubut, las familias “tienen que caer” en la escuela pública porque no pueden ir a la privada? Con esos números en la mano, es evidente que no.

Y con esos datos –que se supone que el Presidente debe conocer– resulta más claro porqué la frase “cayó” tan mal: en un país en el que casi ocho de cada diez estudian en la escuela pública, decir que lo hacen porque no pueden ir a la escuela privada no podía “caer” de otra manera.

Algunos defensores del Gobierno responden que el debate por la frase es superficial, cuando lo que el mandatario quiso plantear fue la profunda inequidad en relación con el derecho a la educación.

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«YO TAMBIÉN CAÍ»

Yo también caí en la escuela pública. Con todo lo que hay para cuestionarla (porque desde hace décadas los gobiernos la dejan caer, favoreciendo la existencia de la escuela privada, y en parte subsidiándola) yo estoy orgulloso de haber transcurrido mi jardín de infantes, mi primaria y mi terciaria en la Escuela Normal Mariano Moreno de mi ciudad, y mi secundaria en el Colegio del Uruguay, el primero laico del país. Mi madre dejó su vida en una escuela pública (la Técnica 2), donde se jubiló hace ya varias décadas y aun hoy sus alumnos la recuerdan por estimularlos a ser libres y felices. Mis hijas fueron a la escuela pública (una, la menor, aún lo hace) y han puteado hasta el cansancio, pero también han tenido grandes docentes, así como, de los otros, más de los que uno quisiera. De esos que son (por inconsciencia o por salida laboral) cómplices de la destrucción impulsada por los gobiernos. La mamá de mis hijas es una de esas maestras luchadoras, decentes hasta la médula, que dio amor como nadie a la escuela pública, a sus gurises y gurisas muchas veces malnutridos o maltratados en sus hogares, y para los cuales la escuela pública era como un refugio. Y que decidió enseñar también luchando, desde lo colectivo, en el digno gremio docente entrerriano. En la escuela pública yo tuve compañeros que eran hijos de médicos, pero también compañeros que pasaban por casa para ir juntos al Colegio después de haber terminado el reparto de sus diarios. O compañeras que cuidaban gurises para aportar algo a la economía de su hogar. En la escuela pública tuve maestras y profesores de morondanga, fachos o inservibles, que odiaban su trabajo y nunca entendí para qué estaban en un aula si era evidente que no querían estar allí. Pero también tuve maestras inolvidables a quienes cada 11 de septiembre homenajeo, porque, por suerte, aun están vivas y peleando. Y profesores que enaltecían la labor docente en tiempos malos, enseñándonos una canción de Vox Dei o de Atahualpa, una poesía de León Felipe o un cuento de Arlt o Cortázar en plena dictadura.

Sé que muchas personas, en especial en los grandes centros urbanos, han optado por mandar a sus hijos a la escuela privada. Sé también que muchos de los que lean esto dirán que corresponde a una escuela pública que ya no existe. Son opiniones. Yo creo que sí existe, y que en gran medida aún “enseña, resiste y sueña”, como lo dicen viejos afiches de CTERA.

También me encantaría saber si todos los que dicen estar tan indignados como yo ante este nuevo exabrupto presidencial mandan sus hijos a la escuela pública. Pero mejor dejar de lado ese asunto, lo que no quiere decir que no exista. Seguro que existe. Como en cualquier otro rubro: hay mucho careta, demasiado, que cacarea de una manera y actúa distinto. Hay muchos que evaden o eluden todos los impuestos que pueden. O que no inscriben a sus empleadas domésticas (pese a que el kirchnerismo hizo lo que nunca antes había hecho nadie: un sistema ultrasencillo para blanquear al personal doméstico, por la web y pagando una cifra realmente razonable. Me encantaría saber cuántos de los defensores del gobierno anterior lo saben, lo difunden, y sobre todo, inscriben a sus empleadas). O hay muchos que evaden. O que no piden factura. O que se aumentan sus remuneraciones cuidando su propio poder adquisitivo pero se desentienden de lo que cobran sus empleados. O que se dicen de izquierda pero negrean empleados, contaminan el ambiente o invierten en proyectos absolutamente indefendibles.

Y sigue la larguísima lista. Ya lo sé. Por algo estamos como estamos. Pero lo que quiero decir es que nunca escuché a nadie con un mínimo de responsabilidad pública hablar así, de «caer» en la escuela pública, como quien cae en un pozo, como quien cae en un error, como quien cae en un vicio.

El lenguaje, en eso, es maravilloso, es transparente, y a veces nos regala ocasiones en que deja fluir, sin impedirlo, el pensamiento.

La realidad de la educación argentina es mucho más compleja que la dicotomía “privada buena” versus “pública mala”.

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NO TODO ES LO MISMO

Algunos de los seguidores acríticos del macrismo responden que la alharaca causada por la frase es una discusión superficial, cuando en realidad la problemática de fondo que el mandatario quiso plantear fue la profunda inequidad que afecta a la sociedad argentina en relación con el derecho a la educación.

Uno podría sospechar fuertemente de la vocación por la equidad de quien preside la Argentina, pero mejor dejar de lado también esa perspectiva.

Hay dos cuestiones bien diferentes para resaltar respecto de la frase del Presidente y de la ocasión en que la pronuncia. La primera es que la realidad multiforme y heterogénea de la educación argentina es mucho más compleja que la dicotomía “privada buena” versus “pública mala”. Esa simpleza dista muchísimo de la realidad. Quizás en el entorno del Presidente (por su procedencia social y por su experiencia de vida) sea una verdad cartesiana, clara y distinta. E incluso puede serlo para muchas personas que viven en la Capital, y tal vez en algunos de los otros grandes centros urbanos de la Argentina. Porque su experiencia cercana les dice que en la escuela pública hay conflictos y hay paros y hay pocos días de clases y hay problemas edilicios y faltan tizas y a veces no hay conexión a internet y etcétera etcétera.

Pero la frase (y la dicotomía propuesta) está lejos de ser una verdad. El problema es mucho más complejo. Y lejos de querer encararlo, el Presidente usa los resultados del cuestionado operativo Aprender solo para avivar el fuego, en el medio del conflicto, cuando sus asesores le dicen que la adhesión al paro está cayendo, tanto en la sociedad (que apoya el reclamo pero no el método) como entre los docentes: la mitad de los educadores bonaerenses, o más, no se suman a la medida, y en tanto se anuncien descuentos y “premios” a quienes no paren, eso no puede sino agravarse. De manera que el contexto no es el mejor. Y lo saben. Por eso redoblan la apuesta.

Pero además, de nuevo: es una “verdad” que no se sostiene como tal. Un razonamiento que parece válido pero no lo es. Es decir, una falacia.

Porque la Argentina, hace mucho tiempo que tiene una educación para pobres y otra para ricos (o varias en realidad: porque no es lo mismo la oferta para una familia de clase media en Rosario o en Capital, que para una familia de clase media en una ciudad mediana de Chubut o Entre Ríos; no es lo mismo la oferta para una familia pobre en una villa de Retiro que para una familia pobre en el monte chaqueño). Y en esa diversidad, uno se encuentra en cualquier lugar del país con escuelas privadas para pobres (y que son subsidiadas por el Estado, como una manera de reconocer su falencia), y otras escuelas privadas para élites, así como escuelas públicas en el medio de zonas carecientes, y escuelas públicas buenas o muy buenas para ciertas elites, como puede serlo el Nacional Buenos Aires o las Escuelas Normales en diferentes provincias.

En mi ciudad, Concepción del Uruguay, el primer colegio privado secundario no confesional, es decir, “comercial”, nació para asegurarle a gurises de familias acomodadas que podrían terminar sus estudios en alguna parte, tras haber sido expulsados de la escuela pública por problemas de comportamiento, o tras haber quedado libres o repetir años por no aprobar los exámenes. Vaya paradoja: nació para garantizar la “inclusión” a sectores acomodados.¿Cuántos casos de este tipo habrá en la Argentina?

Por otro lado, entre las escuelas privadas religiosas (que existen desde hace años) hay más de una enclavadas en barrios pobres (o que lo eran por aquella época), que nacieron para suplir una deficiencia del Estado. Y que no eran, en absoluta, exclusivas o elitistas. Ni lo son aun hoy: la cuota suele ser más baja que la de la cooperadora de una escuela pública “del centro”.

El Presidente usa los resultados del cuestionado operativo Aprender solo para avivar el fuego en el medio del conflicto.

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SUPERFICIALIDAD

Quiero decir: plantear como problema central esa dicotomía público / privado revela una superficialidad en el análisis, que además expresa centralmente una visión limitada a la realidad porteña y de ciertas clases sociales. Según refieren los estudiosos, las razones principales por las que en la Capital sectores cada vez más amplios han migrado a la escuela privada no tienen solo que ver con un criterio elitista o de búsqueda de calidad, sino con algo mucho más mundano: en la escuela pública no había vacantes.

Los macristas mismos utilizan ese argumento, mostrando que con su gestión creció la matrícula pública (el propio Marcos Peña lo dijo en el Congreso). Claro que, otra vez, ésa no es la realidad del resto del país. En Chubut, en Entre Ríos, en Santa Fe, en Mendoza, en todo el resto de la Argentina la relación educación pública/privada es de un 75% a un 25%.

Pero además, Axel Rivas en su “Radiografia de la educación argentina”, muestra que la tendencia del progresivo pasaje de los sectores medios y altos al sector privado se inicia en los años 1960, y entre los factores, uno no menor era “la opción de las elites o de sectores que preferían una oferta religiosa particular”. Claro que este proceso se pronuncia al masificarse la educación: el propio Rivas marca que “la estructura social se ha vuelto progresivamente más desigual y la proporción de personas bajo la línea de pobreza ha aumentado significativamente desde 1975”, como consecuencia de lo cual “en el interior del sistema educativo comienzan a profundizarse las brechas sociales, con circuitos educativos cada vez más diferenciados según el nivel socioeconómico de los alumnos”.

Así, el superficial discurso del Presidente omite discutir qué Estado y qué educación (como también lo hicieron los gobiernos anteriores, porque sin duda el kirchnerismo hizo poco o nada para enfrentar el problema). Pero en este contexto, la peor manera de encarar el asunto parece ser la de abonando una dicotomía falsa, que estigmatiza y (como quedó demostrado) genera una reacción inmediata en la que miles de personas, en el fondo muy conscientes de que no es la misma escuela, exhiben leyendas en las que expresan su orgullo por “haber caído en la escuela pública”.

¿Qué tiene de raro? Es la reacción más esperable frente a un gobierno con ideas tan superficiales, que cree (¿sinceramente?) que el problema se soluciona con extender la jornada (lo cual obligaría a gastar mucho más en sueldos docentes, cuando dice no tener dinero para pagar remuneraciones decentes… ). Planteos de tan corto vuelo que no admiten demasiada discusión.

La dicotomía propuesta revela una superficialidad que además expresa una visión limitada a la realidad porteña y de ciertas clases sociales.

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NINGÚN DOCENTE NACE LOCO

Por supuesto, del otro lado (es decir entre quienes marcharon y entre quienes ponemos el cartelito “Orgulloso de haber caído en la escuela pública”) hay responsabilidades. Pero ningún docente nace loco, cada uno sabe quién es Baradel y Yasky, y sabe que la Presidenta anterior también apostó a la educación privada, y además en el extranjero, y a la salud privada y de élite para sí misma y su familia. Nadie lo ignora.

La abrumadora mayoría de los trabajadores de la educación no quieren que vuelva el kirchnerismo, tampoco quieren la revolución social, ni mucho menos quieren quieren ser proletarios o vanguardia de la clase obrera. Muchos de ellos se sienten, se quieren “profesionales”. Muchos otros se asumen orgullosos “trabajadores de la educación”. Se los llame como se los llame, lo que anhelan es dignidad y respeto, prestigio social y condiciones dignas de trabajo. Y el gobierno sabe que esa abrumadora mayoría no quiere/no puede/no sabe sostener paros extensos porque los descuentos, en tanto les impidan afrontar la cuota del auto que compraron en los años “buenos”, de la casa, del terreno o incluso del club al que van sus hijos, les produce desastres irreparables. Y ni hablar de esa importante cantidad de docentes más proletarizados, que además de dar clases en un solo turno (como dijo insensiblemente la vicepresidenta de la República) manejan un remis ajeno o atienden un kiosco por un salario inferior al docente. Ocurre que todos ellos, aun los más proletarizados, carecen de tradición de lucha de olla popular, como para encarar una huelga de largo aliento que implique descuentos. Pero además la mayoría ama demasiado a sus alumnos como para privarlos de, por decir algo, tres meses de clases.

Y el Gobierno lo sabe. En este contexto difícil, la improvisación y la mala fe al usar los resultados del Aprender para deslegitimar el reclamo, al juguetear con la idea de revisar las personerías de los sindicatos, al establecer “premios” a quienes no hagan con paro (como si los descuentos no bastaran) no tienen antecedentes, y esa apuesta al conflicto es sinónima de jugar con fuego.

Como ocurre en la mesa familiar, siempre la responsabilidad principal es de quien ocupa el cargo más importante: mamá y papá no pueden acusar a los niños por la falta de armonía familiar, aunque recién estén debutando como padres.

La abrumadora mayoría de los trabajadores de la educación no quieren que vuelva el kirchnerismo ni ser la vanguardia de la clase obrera: anhelan dignidad y respeto, prestigio social y condiciones dignas de trabajo.

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TRATAME SUAVEMENTE

En cambio, son muchas cosas las que pueden hacerse para encarar de otro modo la educación, como lo describe sensata y rotundamente la ministra de Educación de Santa Fe, cuando enumera algunas de las muchas medidas con las que el único gobierno progresista de la Argentina intenta recuperar el prestigio social de la educación y de la docencia, empezando por donde corresponde: tratando bien a los trabajadores de la educación. ¿Eso significa que allí, en la provincia de “los socialistas”, está todo bien? Para nada, y también hay conflicto. Pero la apuesta del Gobierno es enteramente diferente: mejores sueldos, mejores condiciones laborales, titularización, apuesta a la escuela pública, capacitación, acceso a la vivienda, planes de salud para afecciones propias de la labor, acuerdos paritarios permanentes, y hasta planes para que los docentes puedan ir al teatro. Tan sencillo como eso: empezar por tratar bien a los educadores.

De todo esto se trata, pero en vez de avanzar en algo de eso, el Presidente opta por redoblar la apuesta al conflicto, procurando objetivar un cliché de las élites porteñas y queriendo presentarlo como el gran problema de la educación argentina.

Ante ese nuevo lapsus, que como todo lapsus revela lo que verdaderamente se piensa, la respuesta mínima, razonable, esperable, de los muchos ofendidos es el cartelito que pregona ese “orgullo por haber caído en la escuela pública”.

Y, como diría cualquier maestra, “revise su respuesta y rehágala”. Para no seguir “cayendo”.

 

Fotos: sitio oficial de CTERA

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Licenciado en Filosofía y Periodista. Integra la cooperativa periodístico cultural El Miércoles, en Entre Ríos. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013). Fue director de La Vanguardia.

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