Nuestro muro de Berlín cayó en Olavarría

El derrumbe del Indio se produce por una avalancha que se lleva puesta la independencia, la lírica sofisticada y los recitales donde no hace falta que nos cuide la policía. Y esa no es una buena noticia. Por más que haya sido tan previsible como la caída del Muro de Berlín.

indio-olavarria-2017

Tenía 21 años cuando cayó el Muro de Berlín. Fue un golpe duro, durísimo. La desolación total, la soledad más absoluta, la certeza de que había que empezar todo de vuelta, de que aquello en lo que había creído ya no existía más. En el aire rondaba una pregunta: “¿Ahora quién podrá defendernos?” Pero nadie vendría a nuestra ayuda: ni el Ejército Rojo, ni el Chapulín Colorado. Nadie.

Crecí arrullado por el mito de la Unión Soviética y el bloque socialista. En mi casa de infancia había muchos libros de Editorial Cartago, las obras completas de Lenin, clásicos comunistas como “Así se templó el acero”, la novela de Nikolái Ostrovski que fue al realismo socialista lo que “Cien años de soledad” fue al realismo mágico.

Una vez, en sexto grado, la maestra nos dio un ejercicio de geografía: teníamos que hacer un trabajo sobre un país de Europa. Contar cómo era el país, sus ríos, sus montañas, sus costumbres, sus ciudades, sus industrias, su cultura. Como yo falté el día que se asignaron los temas, a la clase siguiente tuve que elegir entre los países que habían quedado. Y elegí Checoslovaquia (que entonces era un solo estado), porque era el único país socialista que había quedado.

Mi papá se emocionó tanto con la elección que me llevó a la embajada de Checoslovaquia a buscar información. Nos recibieron con una amabilidad que sólo puede provocar la sorpresa de que un chico de 11 años vaya a buscar información, en 1979, sobre un país socialista en la Argentina de Videla. Nos dieron montones de folletos, revistas, mapas, postales y pósters. Me parece que no iban muchos chicos a informarse sobre aquel país.

Cuando expuse mi trabajo frente a todo el grado, la maestra no sabía qué decir. Por un lado, estaba sorprendida por semejante despliegue, era el único que había hecho semejante esfuerzo, nadie más había ido a la embajada ni mostró tanto material de primera mano. Eso, me imagino, debe haberla impresionado y hasta debe haberse sentido orgullosa de tener un alumno tan aplicado. Por otro, estaba bastante espantada cuando yo repetía como un mantra las bondades del socialismo.

Sólo años después, cuando me enteré de la existencia de la Primavera de Praga, de los tanques soviéticos entrando a la capital checa a reprimir a los manifestantes, entendí que me faltaron hacerles algunas preguntas a las personas que nos atendieron tan bien en la embajada y nos llenaron de material con fotos en colores.

Enterarme de la existencia de la Primavera de Praga y la entrada del Ejército Rojo no para liberar Moscú de los nazis, sino para reprimir a los manifestantes checos, fue el comienzo del fin de mi infancia bolchevique. Y significó el comienzo de una adolescencia de dudas. ¿Cómo es que el comunismo reprimía? ¿Sería cierto que había una juventud hastiada o era sólo propaganda capitalista?

Mi fe en el comunismo no era fe en el comunismo: era la nostalgia de algo que yo no había visto pero que me habían dicho que el comunismo representaba.

A los 21 años, cuando cayó el Muro de Berlín, mi fe en el comunismo era casi nula. O eso es lo que yo creía. Porque había algo que todavía se sostenía. O más bien, lo que sucedía es que no había nada con qué llenar ese vacío. Eso era lo que sostenía la fe: el terror al vacío. Sumada a la angustia de mis padres, que era mi angustia.

Mi fe en el comunismo no era mi fe en el comunismo: era la nostalgia de algo que yo no había visto pero que me habían dicho que el comunismo representaba. Yo era un tipo de izquierda. Y el bloque soviético era el mayor yacimiento de izquierda del mundo.

Sabía que el comunismo era inviable. Sabía que el comunismo estaba podrido. Sabía que el comunismo no tenía futuro. Sabía que el comunismo (al menos ese comunismo lleno de bombas atómicas, salvaguarda del Mundo, el que había ofrecido su mano cuando Malvinas) estaba definitivamente terminado. Sin embargo, me negaba a creer que terminara. Por eso me sorprendió tanto cuando terminó. Y por eso me puse tan triste.

Si a mí, que estaba afuera, me dolió tanto, imaginen a mi papá y a mi mamá. Estaban desconsolados, no podían más. Y a mí eso me puso peor. Recordaba la Checoslovaquia que no conocí más que en los folletos donde contaban lo bueno que era el sistema de salud y de educación. Pensaba en que me llamaba Pablo por Neruda, en los discos de Quilapayún, en el recital de Mercedes Sosa en el Sholem Aleijem al que me llevó mi viejo a los 9 años, y que terminó con los militares desalojando la sala.

Sabía que iba a suceder, había demasiadas señales que indicaban que iba a suceder, era evidente que iba a suceder. Pero nunca quise que sucediera. Y cuando sucedió fue horrible. No eran los gulags, ni las purgas estalinistas, ni la persecución a opositores, ni la burocracia lo que se venía abajo: era la solidaridad, la igualdad, los sueños de una vida mejor.

Los seguidores del Indio Solari y de Los Redondos de menos de 45 años no tienen idea lo que significó la caída del Muro de Berlín y del bloque socialista. No llegaron a ver eso por una cuestión de edad. Así que les cuento: fue exactamente lo mismo que pasó en Olavarría. Salvando las distancias, por supuesto. Pero fue lo mismo.

Mi Primavera de Praga fue en el recital de Los Redondos en Racing. ¿Qué sentido tenía ir a un recital donde no se veía nada, no se escuchaba nada, y encima afuera estaba lleno de pungas? Me encantaba la música, pero yo había visto a Los Redondes en lugares chicos, de cerca. Sin embargo, el Indio seguía siendo un bastión personal. No iba a verlo, sabía que no era para mí. Pero allí estaba. Y siempre podía contar con él.

Mi Primavera de Praga fue en el recital de Los Redondos en Racing. Salvando las distancias, por supuesto. Pero fue lo mismo.

Una cosa es enterarte de que las cosas no son tan buenas como creés. Y otra cosa es que eso que para vos, mal que mal, representa un bastión, se cae a pedazos. Si la Unión Soviética fue un yacimiento de izquierda, el Indio fue un manantial de contracultura. O, como a él le gusta decir, de cultura rock.

Los recitales del Indio eran (y sí, hablo en pasado) caóticos, violentos, parecían carreras de obstáculos. Siempre había que atravesar lugares oscuros, llenos de barro, caminar montones de kilómetros, dormir en lugares horribles, escuchar mal y ver poco y nada. Eran el estalinismo del goce. Pero el Indio es un artista descomunal.

La música del Indio es uno de los puntos más altos a los que llegó la relación calidad-masividad en la historia argentina. El Indio es un poeta oscuro, críptico, arrabalero y sibarita, un tipo brillante. Y llegó a convertirse en el espectáculo más convocante de la historia desde los márgenes, sin publicidad, con el boca a boca, siendo la contracara de los artistas inventados o impulsados por corporaciones.

La caída del Indio Solari es la caída de la idea de que una fiesta debe incluir la autoflagelación. No es el problema la misa, que quede claro: queda bien criticar el concepto de “misa” por la connotación religiosa. Pero, ¿no es el arte algo que opera con los mismos mecanismos espirituales que la religión? Una obra, ¿no apunta a esa clase de abstracción emocional donde también opera la fe?

El problema es dónde se deposita la fe. No es lo mismo hacer votos de silencio y meditar en busca de paz interior, que salir a quemar brujas e infieles.

No existe el ser humano sin emoción ni sin fe. Después el problema es dónde se deposita esa fe. No está mal tener momentos de misa. Lo que ocurre es que no es lo mismo hacer votos de silencio y meditar en busca de paz interior, que organizar una cruzada para salir a quemar brujas e infieles.

El problema no es la misa: el problema es la autoflagelación, la violencia, el justificar cualquier cosa en nombre de esa misa, de esa fe.

El derrumbe del Indio se produce por una avalancha que se lleva puesta la independencia, la lírica sofisticada y los recitales donde no hace falta que nos cuide la policía. Y esa no es una buena noticia. Por más que haya sido tan previsible como la caída del Muro de Berlín.

 

Pablo Marchetti

Pablo Marchetti

Escritor, músico y periodista. Fundador de la revista Barcelona y cantante y compositor del grupo Falopa. Escribe en Perfil y en La Vanguardia.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios