Una tragedia atravesada por la confusión, la desidia y la solidaridad

La autorganización solidaria de las personas llenó como pudo los enormes huecos que los (supuestos) responsables de las vidas de todos jamás parecen tener como prioridad.

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La información periodística sobre lo que ocurrió en Olavarría incluyó más análisis y opiniones destinadas a condenar que datos certeros dirigidos a tranquilizar a millones de personas directamente afectadas, entre otros dramas, por la incertidumbre.

Aún hoy, a 36 horas de los hechos, se ignora el número preciso de personas heridas y desaparecidas. Ni siquiera se conoce la cantidad de asistentes a la “misa pagana” que congregó a cientos de miles en esa ciudad bonaerense de 111 mil habitantes: los organizadores hablaban de 155 mil, las noticias previas muestran que en realidad esperaban más de 200 mil, desde la propia empresa de seguridad estimaron 380 mil en el predio y otras 40 mil afuera, y la fiscal dice que según los primeros informes de los peritos, en el predio de 15 hectáreas se apretaron 550 mil personas.

Alcanza con detenerse en esos números casi inconcebibles (medio millón de personas en un predio de 15 hectáreas, son más de tres personas por metro cuadrado), en esa impresionante congregación de personas, para darse cuenta de dos elementos centrales de la tragedia que atravesó al país durante el fin de semana.

El primero, el hecho de que durante horas hubo al menos 250 mil personas sobre las que no había datos certeros. Porque además, los celulares colapsaron. Y esa falta de información llevó a que la densidad de la tragedia atravesara la región, el país, e incluso algunos países vecinos, como una piedra en el agua, con círculos expansivos que llegaron a todos lados. En centenares de ciudades hubo millones –madres, padres, hermanos, novias, novios de esas cientos de miles en Olavarría– exasperados ante la preocupación por el destino de sus seres queridos.

Las dos víctimas fatales (y los heridos) en ese marco de improvisación y desidia, son un número mínimo, una muestra de lo que pudo ser un desastre mayor, y una prueba irrefutable de la buena voluntad de esa muchedumbre, de su talante pacífico, pese a todo lo que se ha dicho y se seguirá diciendo sobre el público ricotero.

 

El otro elemento: hay que agradecer a la masa de seguidores de Solari su actitud. Que haya habido dos víctimas fatales (y muchos heridos) en ese marco de improvisación y desidia respecto de la suerte de cientos de miles, es un número mínimo, una muestra apenas de lo que pudo ser un desastre mayor, y una prueba irrefutable de la buena voluntad de esa muchedumbre, de su talante pacífico. Pese a todo lo que se ha dicho y se seguirá diciendo sobre el público ricotero, pese a quienes estigmatizan, revelan prejuicios y se menefregan de la condición humana de esa otra persona por el solo e irrelevante hecho de no compartir sus gustos musicales.

Claro que esos dos elementos no liberan de ninguna responsabilidad, al contrario, a los grandes ausentes (y causantes) de semejante descalabro. “Habíamos quedado que nos cuidábamos entre nosotros”, le dijo al público en pleno show, el artista que no es solo artista: también es un empresario que conoce las reglas de juego del capitalismo y que maneja millones como coorganizador de estos eventos anuales, únicos, en cada uno de los cuales –desde hace ya algunos años– alienta previamente la idea de que puede llegar a ser el último recital de su carrera.

Con esa frase, el principal responsable del cuidado, que es él como empresario capitalista, no se hace cargo: parece querer transferirle la carga a su público. No deja de ser penosamente paradójico: el ejercicio de Solari, realizado todavía sobre el escenario cuando aun no había dimensión precisa del drama, aparece como una operación no demasiado diferente a la que ejercitaron en las redes esas legiones de improvisados y prejuiciosos “sociólogos” que, como lo plantearon Pablo Alabarces (acá) Pablo Semán (acá) o Martín Rodriguez en su muro de féisbuc, descargaron una “sanata condenatoria”, una “batalla de caranchos”. Uno podría citar aquello de “tiranizando a quienes te han querido”, pero mejor mencionar al Martín Fierro, que recuerda que “no tiene patriotismo quien no cuida al compatriota”.

Las redes sociales fueron algo más que un ducto cloacal: también fueron la expresión de la solidaridad, la única respuesta ante la inoperancia e improvisación del Estado y de la UTE organizadora del recital.

En toda crisis hay quienes lograr no perder la cabeza y contribuyen a que las cosas no empeoren. La narración de quienes estuvieron en Olavarría da cuenta de que fue la propia gente la que ordenó, o intentó hacerlo, la caótica salida. También hay testimonio de que los vecinos de Olavarría asistieron a personas extraviadas o desesperadas. Se suman a los que armaron en las redes sociales páginas y cadenas para echar algo de luz en la oscuridad: en todo el país (y también en algunos vecinos, como el Uruguay) familiares, vecinos y asistentes al recital, y algunos pocos periodistas, se esforzaron por impulsar acciones solidarias. Y las redes fueron la gran herramienta para eso (ver acá). No fueron solo cloacas para que algunas personas ejercitaran esa penosa sociología de la tragedia, también fueron las únicas vías a mano para autoasistirse por parte de miles de personas que quedaron varados en Olavarría, y para familiares desesperados, que pudieron dar con las personas extraviadas en el concierto, de las que su madre o padre en Neuquén, en Orán, en Chajarí o en Montevideo no tenía noticias.

Sí, las redes sociales fueron algo más que un ducto cloacal. Como suele suceder en las tragedias humanas, en las que fluyen lo peor y lo mejor de las personas, también fueron la expresión de la solidaridad, la única respuesta ante la desidia, inoperancia o improvisación del Estado en sus distintos niveles, y de la UTE organizadora del recital, integrada además de Solari por una empresa que ya tiene, como mínimo, un antecedente negativo por el cual exhibe un proceso y se cambió el nombre.

Nunca es mal momento para la reflexión. Pero cuando algunos están tratando de salvar vidas y otros procuran determinar la identidad de muertos y heridos y otros urgen la búsqueda de su familiar perdido, quizás sea el peor momento para dedicarse a una seudosociología acusatoria. Si alguna reflexión vale cuando arrecia la tormenta de la tragedia, es la de tratar de iluminar un solo aspecto: la autorganización solidaria de las personas llenando los enormes huecos que los (supuestos) responsables de las vidas de todos jamás parecen tener como prioridad.

 

Foto: AP / Hernán Leonardi

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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