Una crónica de rock y de tristeza

Estuve ahí. Vi rock, tragedia, desorganización y amistad. Todo junto en una misma noche. Ahora, queda la tristeza.

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Empiezo por el momento en que el sentido del viaje cambió para mí. Fue recién cuando volvimos al auto a eso de las 4 de la mañana que nos enteramos de que en el recital había habido dos muertos. En ese momento eran dos aunque a la mañana hablaban de siete. Al final los rumores propagados por medios carroñeros e imprudentes eran menos ajustados que la data que nos dieron dos tipos que estaban haciendo un fueguito entre los autos, en la banquina de la ruta que llevaba a Olavarría.

Y acá vuelvo atrás. Sí, estábamos en la banquina de la ruta de entrada. El caos organizativo había hecho que el ingreso colapsara, agotados de manejar kilómetros y kilómetros a paso de hombre, (lo medí con un gordo que caminaba al lado y al que el auto siguió durante casi una hora) nos hicimos eco de los miles que dejaban los vehículos (autos, combis, micros) tirados. De ahí miles y miles que caminaban por Pellegrini, una Avenida interminable, cantaban, se cargaban unos a otros, se sacaban selfies, y paraban en los puestitos que vendían cerveza y fernet con cola, sanguches, empanadas…Muchos eran de vendedores improvisados que querían hacer unos pesos, pero otros eran los comercios del barrio. Al final de Pellegrini se doblaba a la izquierda en Avellaneda y allí sí ya se veía más ambiente, los que viajaban conmigo extrañaban que hubiera menos que en Tandil el año pasado, pero a esa altura ya estaban todos cansados de caminar y con ganas de entrar. Para colmo la caravana seguía un recorrido incomprensible que llevaba a una calle cortada y a cruzar las vías por dónde no había paso a nivel. La señalización, bien gracias…Finalmente, en el tramo final hacia la entrada dónde había más puestos, allí sí la gente cantaba, revoleaba las remeras y se apuraba porque el camino había tomado mucho más tiempo, y no solo tiempo, de lo esperado. Después de varias vueltas, más que una colmena, el lugar debiera haberse llamado el laberinto, se llegaba hasta dónde estaban los encargadas de seguridad en las puertas. Pero ellos mismos no pedían entradas (todos ya imaginaban eso, varios de los que fueron conmigo tenían entradas truchas, uno de ellos la perdió, pero sabía que ni esa entrada hacía falta) por el contrario nos decían que nos apuráramos a avanzar (no digo entrar porque en esa parte no había puertas ni nada) hacia el campo en el que se hacía el recital.

La caravana seguía un recorrido incomprensible que llevaba a una calle cortada y a cruzar las vías por dónde no había paso a nivel. La señalización, bien gracias…

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La colmena era simplemente eso, un campo inmenso, a unos doscientos metros se veían unas inmensas torres con luces, y muy lejos el escenario. Avanzamos hasta cerca de una de las últimas torres para poder escuchar bien y ahí nos quedamos. El show arrancó con todo “Barbazul y el amor letal”, un viejo tema de los Redonditos, lo que sorprendió por no estar en la lista inicial, pero varios recordaron después que era un tema que había interrumpido en Tandil el año anterior, para detener un incidente, y que no había retomado. Siguieron otros tres temas con gran energía, la gente cantaba y bailaba. Allá atrás, donde estábamos nosotros era posible… aunque había mucha gente el espacio alcanzaba hasta para tirar unos pasos de rock. Ahí se produjo la primera interrupción, el Indio paró y pidió que tuvieran cuidado, que había varios caídos y que los estaban pisoteando, que los levantaran y creo que amenazó con no seguir. Después de una larga pausa, retomó el concierto. Dos temas más y se interrumpió. Creo que la pausa acá fue más larga aún y que se fue del escenario (no estoy muy seguro, en donde yo estaba se escuchaba bien pero las pantallas casi no se veían). Cuando volvió estaba más apagado y dijo algo como “vamos a tratar de terminar esto de alguna manera”, siguió una serie de temas lentos, como si tratara de enfriar las cosas de alguna manera, allá atrás la gente le pedía más rocanroll e incluso alguno gritó “Toro y pampa”, en referencia al tema de Iorio. Muchos sentían que no era un gran show aunque otros se alegraban de que tocara temas que no solía hacer en vivo. Una nueva pausa, 10 o 12 tipos se habían subido a la torre que está delante nuestro. Me dicen “si uno se cae se mata”, yo respondo “si tira la torre capaz que nos mata a nosotros”. No se si es porque muchos piensan eso o porque el indio interrumpe hasta que no bajen, pero la gente, yo incluido, empieza a gritarles a los trepados “pe-lo-tu-dos” “pe-lo-tu-dos”, vuela algún objeto ¿una zapatilla? Finalmente se bajan y el show sigue un poco más. Llega el final imaginado por todos con “Jijiji” y el pogo más grande del mundo (por suerte bastante tranquilo por allí atrás dónde estaba yo), al que le engancha, algo inesperado, “mi perro dinamita”. Se prenden las luces y la gente se queda esperando un bis, algo poco habitual ya que “se sabe” que con “Jijiji” se termina todo, pero como el show fue corto y además no sonaron los fuegos artificiales que habitualmente marcan el cierre…

Salimos. La idea era esperar para no vivir los amontonamientos de un año atrás en Tandil, pero como el locutor dice que se abrieron todas las puertas arrancamos. Grave error, la salida es un caos, la gente se empuja y no sabe dónde ir. En una esquina se arma una isla de relativa tranquilidad en la que se refugia una madre con un bebé, lo levanta en alto para que la gente lo vea y deje de empujar. Algunos le gritan que para qué fue con el bebé, pero de a poco la cosa se calma. Tal vez contribuya el tipo de pelo largo que, encaramado al cartel que señala las calles, hace de inspector y le dice a la gente “paren”, “un paso atrás”, “vayan por allá”. Como la cosa se calmó, salimos de la isla de tranquilidad y encaramos para dónde creíamos que había que ir. Pero nadie sabía bien para dónde iba y nos encontramos con una marea de gente que también salió del recital y tomó otro camino.

Salimos. La idea era esperar para no vivir los amontonamientos de un año atrás en Tandil, pero como el locutor dice que se abrieron todas las puertas arrancamos. Grave error, la salida es un caos, la gente se empuja y no sabe dónde ir.

Después de un nuevo apretujamiento (algo más leve que el primero) encontramos el camino por el que vinimos. Queremos comprar agua pero la mayoría de los puestos solo tiene cerveza, al final encontramos uno que tiene agua pero como no tiene cambio le compramos también unos sanguches de pebete que, como bien definió después uno de los chicos, eran tan secos como un alfajor de maicena. El largo camino de vuelta, pasar de nuevo por la calle cortada y sobre las vías, buscar la avenida Pellegrini y de ahí la ruta. El trayecto es largo no hay un solo cartel que anuncie como ir hacia la entrada de la ciudad ni tampoco…mucho menos, un policía. Pero tampoco hay conflictos, ni peleas, solo mucha gente cansada y desorientada. Sorprendentemente, porque los teléfonos estaban sin señal, nos llama Brando, uno de los chicos con los que nos habíamos desencontrado, y nos pregunta dónde estaban los autos. Cuando llegamos es Brando, que estaba con los tipos que se estaban calentando en el fueguito, el que nos dice que esos tipos le contaron que hubo dos muertos. También, nos cuenta que se fue “para adelante”, fue el único del grupo, y que en el pogo del principio se le cayeron varias personas encima y sintió cuando la pierna le hizo “track”. Agrega, “por suerte me pude levantar”…

En el relato faltan muchas cosas. Debería escribir sobre la “previa” el día anterior, esa mañana y el viaje con un grupo de jóvenes con una buena onda y una solidaridad infernal. A pesar de haber tomado bastante, y no solo alcohol, se cuidaban y estaban constantemente ocupándose uno del otro. Podría recordar que soy sociólogo, y tomando esa escasa muestra, especular con el público del recital y decir que son jóvenes en sus 20 y 30s, de clase media y media baja del conurbano. Pero (además de que eso ya marca un alto nivel de heterogeneidad, varios son docentes secundarios en San Martín, uno es colectivero del 343, otro trabaja en la planta de Peugeot en Martín Coronado, otro es dueño de una heladería en Santos Lugares) sería olvidar que en el recorrido vi tipos con autos de alta gama y vestidos como para comer en la costanera de Olivos, grupos que parecían de boy scouts, una pareja de viejos hippies…
También podría referirme a las palabras del Indio sobre las abuelas de Plaza de Mayo y contra la baja de la edad de imputabilidad. Contar el interminable viaje de regreso y lo imposible de conseguir nafta en una ciudad colapsada. Pero estoy cansado, está todo muy cerca y es todo muy triste.

 

 

Ricardo Martínez Mazzola

Ricardo Martínez Mazzola

INVESTIGADOR ADJUNTO DEL CONICET CON SEDE EN IDAES-UNSAM Y DOCENTE DE LA UBA. SUS INVESTIGACIONES SE HAN CENTRADO EN LA HISTORIA DEL SOCIALISMO ARGENTINO.

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