Juan Carlos Portantiero: la perenne vigencia de un gran pensador

A los 10 años del fallecimiento del gran intelectual socialista La Vanguardia lo recuerda a través de las emotivas palabras de otro brillante pensador argentino: Emilio de Ípola

portant

Conocí a Juan Carlos Portantiero a comienzos de 1961. Por entonces, Juan Carlos era mucho mayor que yo, cuatro años y medio, casi un cuarto de mi vida. Después el tiempo menguaría y terminaría  por anular esa diferencia. Habíamos concertado una cita: yo, infantil e impaciente, ya quería desertar de mi corta estancia en la Federación Juvenil Comunista y Juan Carlos, quien sólo sabía de mí que era alumno de filosofía, con un tono muy amistoso y aceptando incluso mis razones, me explicó que un gesto así, individual, carecía de todo pertinencia política. Sus palabras y su actitud, su total carencia de gestos paternalistas y su lucidez produjeron en mí una impresión que ya no se borraría. Intuí nebulosamente, en ese encuentro, dos rasgos que, como luego pude confirmarlo, estaban ya hondamente arraigados en él: el estilo peculiar de su vocación política –un estilo que se caracterizaba por su disposicion a implicarse en la cosa política sin omitir a la vez preguntarse sobre el qué de la política, sobre su significación, digamos, objetiva y, también, subjetiva; en fin, sobre el impacto en las cosas y en sí mismo que podía tener adoptar tal o cual opción. El segundo rasgo fue, el modo sutil, apenas insinuado, con que ese estilo se traslucía. Creo que, no sólo yo, sino muchos otros, se sentían cómodos conversando con él porque jamás pretendía imponerte nada, porque uno advertía que escuchaba y respetaba tus opiniones…casi como si las compartiera.

revista-pasado-y-presente-coleccion-completa-jose-arico_mla-f-2621326548_042012

Portantiero era -además de estudioso y militante- periodista: primero de Clarín y luego de Prensa latina. Pero, por lo menos para mí, no era sólo un periodista:  los  textos que publicaba solían tener el mérito de realzar el lugar donde aparecían. Recuerdo que yo solía decirme: “Portantiero piensa de otra manera, va más lejos que los demás que escriben en estos cuadernos culturales. La revista es floja, pero Portantiero, por lo menos, piensa”. En los años siguientes lo vi más de una vez por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. Tranquilo, siempre con una sonrisa amistosa, siempre discretamente jovial. En el 64 llegó a Buenos Aires una revista cordobesa. Con Portantiero y Pancho Aricó de animadores, y con valiosos colaboradores, nació allí esa extraordinaria aventura intelectual que se llamó Pasado y Presente en su primera época (63-65) y luego en su segunda (73-74). Hacia fines de 1964, nuestra incipiente amistad se interrumpió por varios años, porque, munido de una beca irrisoria, yo viajé a París a proseguir mis estudios. A mediados de 1967 me instalé en Montréal. En 1971 llegaron a mis manos los Estudios sobre los orígenes del peronismo, libro esencial y oportuno escrito en colaboración con el también querido Miguel Murmis.

Como muchos otros lo leí con placer y una peculiar satisfacción: desde siempre el peronismo había sido, como decía Alain Touraine, la tarte de crème de los sociólogos argentinos. Pero desde el estudio inaugural de Germani, pocas e inconsistentes habían sido las tesis nuevas que se habían formulado sobre ese fenómeno. El libro de Murmis y Portantiero tuvo el  mérito de romper con esa melancólica falta de ideas. Era, y sigue siendo, un libro provocador, pleno de frescura, que incitaba a investigar y pensar.  En él se notaba por supuesto la aguda inteligencia de Miguel Murmis, pero, por lo menos yo, noté también ciertas marcas de estilo –un estilo fluido, claro, amistoso con el lector- que me recordaron con una brizna de nostalgia al Juan Carlos Portantiero que había conocido en el  61.

Su opción de vida fundamental lo inclinó siempre, y quizás a veces a pesar suyo, a dejarse subyugar por los requerimientos del presente político, a embarcarse en decenas y decenas de proyectos de todo tipo, a condición que fueran en la dirección en la que siempre, intransigentemente, se inscribió su acción: la búsqueda de caminos que nos acercaran a una sociedad más justa, más igualitaria y más libre.

Como es sabido, los “Estudios…”  significaron una suerte de corriente de aire fresco y de quiebre constructivo en la investigación sociológica y politológica en nuestro país. El investigador brasileño Roberto Schwarz escribió tiempo ha que la referencia a conceptos forjados en otros contextos, hecha con vistas al análisis de procesos que tuvieron lugar en los países de América del Sur, era legítima pero también problemática. El investigador debía enfrentar un difícil incordio: sin duda, los fenómenos que buscaba analizar eran diferentes de los que dieron lugar a esos conceptos, pero también era cierto que estaban relacionados con ellos. Más aun: desde una perspectiva más amplia, se inscribían en un espacio común, marcado por la lógica global del capitalismo. Había entonces que mantener los dos polos de la tensión: la inclusión en una misma lógica global y la modalidad específica de esa inclusión. Era lícito entonces recurrir a los mismos conceptos, pero siempre que advirtiera también que no podían ser ya los “mismos” y que había que unir imaginación y astucia para utilizarlos con provecho.

murmis-portantiero-estudios-sobre-los-origenes-1-ed-s21_iz87321019xvzxxpz1xfz84650751-615537515-1-jpgxsz84650751ximEra esa astucia, esa “malicia”, las que estaban presentes en los “Estudios…”; en particular, en el uso perspicaz  que los autores hacían del concepto de “alianza de clases”, en base a la cual el espacio social argentino emergía como lugar de insólitas fragmentaciones, de conflictos, de convergencias y de pactos inesperados. Al margen de sus otros merecimientos, esa astucia creativa bastó para que mereciera el calificativo de clásico. Por entonces, yo era profesor en Montréal. En la provincia del Quebec se había fundado y había crecido el Partido Quebecois, independentista, con un líder carismático inteligente y progresista, René Levesque, y también con fuertes elementos nacional-populares. El P.Q. alcanzó varias veces el gobierno de la provincia del Quebec. Y asumió con éxito la defensa de los intereses sociales y los valores culturales de la sociedad francesa en el Québec y en el Canadá. Leyendo los “Estudios…”, muchos franco-canadienses entendieron mejor su propia experiencia y la significación política del Partido Quebecois: sus alcances y también  sus limites.

Esta lejana secuela política de un estudio sociológico me retrotrae al comienzo de esta, digamos, “semblanza” del Negro Portantiero y a un punto que quisiera destacar con énfasis. Me refiero a un rasgo que está presente en todo lo que Portantiero escribió e hizo y que de manera  borrosa intuí cuando hablé con él la primera vez: la pasión por la política, por  intervenir eficazmente en el presente político. Lo hizo con sus escritos, por cierto, pero no sólo con ellos. También, y quizá sobre todo, desde su militancia comunista, con su persistente compromiso, su voluntad de implicarse en varios frentes, manteniendo su estilo cordial así como su penetrante capacidad para descifrar el presente, pero también sin temor, con decisión y con una desarmante indiferencia ante las críticas ineptas de que a veces era objeto. Su opción de vida fundamental  lo inclinó siempre, y quizás a veces a pesar suyo, a dejarse subyugar por los requerimientos del presente político, a embarcarse en decenas y decenas de  proyectos de todo tipo, a condición que fueran en la dirección en la que siempre, intransigentemente, se inscribió su acción: la búsqueda de caminos que nos acercaran a una sociedad más justa, más igualitaria y más libre.

Sus palabras diáfanas y sus opiniones sin misterios estaban respaldadas por un vasto y muy denso background de innumerables lecturas, de una constante inclinación al estudio y de una experiencia que ya era capaz de dar sus frutos propios.

Me gustaría alguna vez hacer la historia de ese doble e irrenunciable compromiso que asumió alguna vez, definitivamente, y quizás sin ser conciente de ello, Juan Carlos Portantiero: primero, el compromiso intelectual de adquirir y forjar las herramientas para mirar de frente, sin triunfalismo pero también sin autoengaños ni obligado pesimismo la realidad política presente. Y, segundo, el compromiso político de poner a disposición su capital intelectual, y no sólo su capital intelectual sino su vida toda, al servicio de cualquier iniciativa que se orientara hacia aquello que consideraba justo, realizable y digno de apoyo.

Que fue siempre fiel a ese doble compromiso lo muestran los principales jalones que marcaron su trayectoria: desde joven, la militancia en el PC; luego la sin par experiencia de Pasado y Presente, la salida del PC y la búsqueda con Pancho Aricó de otras alternativas, la larga labor periodística, la fundación y dirección o codirección de revistas como Controversia y La Ciudad Futura y sus múltiples colaboraciones en ellas y en muchas otras. Su papel protagónico en el Grupo de Discusión Socialista en México. Y, luego, ya en Buenos Aires. con la vuelta de la democracia, su participación decidida y fructífera en el grupo Esmeralda, en apoyo del  proyecto democrático del Dr. Alfonsín; más tarde, su elección y reelección como Decano de la Facultad de Ciencias Sociales –dura experiencia, si las hay-; la fundación con Pancho Aricó y otros del Club de Cultura Socialista en 1984, del que fue más de una vez presidente y siempre activo animador; en fin, su amplia y valiosa obra escrita en la que sobresalen títulos como los ya comentados “Estudios….”, el minucioso y brillante análisis “Los usos de Gramsci”, título que empleó dos veces para dos libros distintos –lo que muestra su indiferencia respecto de su currículum vitae-, el libro “La producción de un orden. Ensayos sobre la democracia entre el Estado y la sociedad”, los textos publicados en La Ciudad Futura y en otras revistas y compilados en el libro “El tiempo de la política”. el estudio sobre Juan B. Justo, en fin, su excelente y justo homenaje a Norberto Bobbio. Menciono estas obras sabiendo que hubo otras.

12813895_582229981934847_233738224915433390_n

En 1974 inició sus actividades la FLACSO de Buenos Aires, en virtud de un acuerdo con la Universidad de Buenos Aires y el gobierno nacional, presidido entonces por Héctor Cámpora. Y todos los que nos incorporamos a la sede Buenos Aires coincidimos en que había que traer a Portantiero, cosa que se concretó pronto para bien de FLACSO y creo que también del propio Portantiero. Ahí sí comenzó en serio nuestra amistad: nos veíamos casi diariamente, conversábamos de política, de tangos o de fútbol. Recuerdo que aprendí mucho, en esos tres importantes rubros, de nuestros ya asiduos encuentros. Por razones que no vienen al caso, no nos vimos durante dos años (1976-1977), pero esta vez la fortuna quiso que la incipiente amistad perdurara y dos años después nos volvimos a encontrar en la hospitalaria sede México de FLACSO. Allí comprobamos que el tiempo también quería acercarnos: no sólo porque consolidamos nuestras coincidencias ideológicas y políticas sino también porque a esa altura de la soirée ya no había tanta diferencia entre un muchacho de 43 años y otro de 39. Compartimos proyectos, momentos tristes y momentos gratos, creamos junto con Pancho y otros el Grupo de Discusión Socialista, escribimos algún artículo juntos y dictamos muchas clases en Flacso México y adyacencias.

Para Portantiero el elemento liberal era esencial y constitutivo de las democracias modernas, el garante de las libertades democráticas y del pluralismo.

En México pude comprobar lo que mi intuición inicial me había insinuado. El Negro Portantiero mantenía su estilo sutil y respetuoso y su oído atento a la palabra ajena. Por su parte, lograba siempre explicar su pensamiento, sus ideas y hasta sus sentimientos con una fácil y desarmante claridad. Pero ese logro, como lo sospechaba, suponía un trabajo previo: sus palabras diáfanas y sus opiniones sin misterios estaban respaldadas por un vasto y muy denso background de innumerables lecturas, de una constante inclinación al estudio y de una experiencia que ya era capaz de dar sus frutos propios. Su punto de referencia teórico fue siempre Antonio Gramsci, pero su búsqueda política lo llevó a menudo a visitar o revisitar otros autores.

He mencionado ya sus trabajos e intervenciones desde su vuelta a Buenos Aires. Hacia el final de su vida, la línea de pensamiento en la que  se volcó su interés, línea que podía tener su origen inmediato en Norberto Bobbio y como origen mediato a Carlo Rosselli, fue el llamado “socialismo liberal”. El pensamiento de Rosselli fue cautivando, con las necesarias actualizaciones, al Negro. Para Portantiero el elemento liberal era esencial y constitutivo de las democracias modernas, el garante de las libertades democráticas y del pluralismo. Fue éste el último aporte; un aporte osado en medio de los fastos teóricos y políticos del populismo. Pero queda por último un resto que no quisiera omitir. Queda lo que Portantiero solía llamar, cuando escribíamos un texto en colaboración, “le mot de la fin”, la frase final.

Quisiera expresar algo que, estoy seguro, es compartido por muchos de los que han conocido y frecuentado a Juan Carlos Portantiero. Siento que hace poco tiempo que el Negro se ha marchado; parecería que ayer mismo, en el Club de Cultura Socialista, o al recibir el Doctorado de la FLACSO, o el Kónex de Platino en noviembre de 2005, escuchamos sus palabras siempre tenazmente modestas, dichas con su estilo amistoso, aunque mucho más sólido de lo que a primera vista se dejaba oír, una brizna escéptico, como si nos dijera “creo un 50 % lo que digo pero es eso, esa distancia, lo que me permite hablar”. Hace diez años que lo despedimos, pero su presencia se ha empeñado en no querer irse de nosotros.

b1o8umyve_600x338

Lo dijeron muchos, y lo reiteré yo mismo el sábado 11 de marzo de 2007: en la muerte de un amigo, cuando se han compartido tantas cosas con él,  cuando se evocan, pues, los momentos cotidianos o los momentos fuertes de acción y de debate teórico y político -o también las heridas y los duelos -pienso en Pancho Aricó-; cuando muere un amigo, como tan bien lo dijo Jacques Derrida en el funeral de  Althusser, solemos tener esa reacción que consiste en compadecernos a nosotros mismos por ese amigo que hemos perdido.

Para los hombres y mujeres de nuestra generación, ese gesto de lamentar la muerte propia  -porque de eso se trata- al hablar de la muerte de Juan Carlos es inevitable, porque es la única manera que nos queda de conservar al Negro dentro nuestro, de conservarnos conservándolo en nosotros, como estoy seguro de que lo hacemos todos, cada cual con su memoria propia, que se reconoce como tal a partir de ese duro proceso de duelo. Y esto vale aún más para la memoria de una vida tan plena, tan especial, tan creativa, tan marcada por la época social y política que nos tocó en suerte como fue la vida de Portantiero.

Esa época estuvo hondamente marcada por su vocación intelectual y política y por su aguda visión de las cosas, por su perdurable obra, por lo que buscamos y vivimos con él, y por la ancha generosidad con la que procuró allanarnos el camino.

Toda una parte de nuestras propias vidas se acaba y muere con el Negro. No se trata sólo de todo lo que hemos compartido en tal o cual momento con Juan Carlos: es todo el agitado, largo recorrido de una historia -la de la amistad y el cariño por nuestro amigo (y también por el padre de Gabriela, de Juan, de Luciana, y el compañero de Ana María)- la que se interrumpe para siempre. Una historia de décadas, la historia de toda una época, una época a veces tormentosa, a veces sosegada, que cada uno reconstruirá a su modo, pero que es indisociable de la historia de la vida del Negro y de nuestra amistad con él. Esa época estuvo hondamente marcada por su vocación intelectual y política y por su aguda visión de las cosas, por su perdurable obra, por lo que buscamos y vivimos con él, y por la ancha generosidad con la que procuró allanarnos el camino. Cuando su voz tranquila se dejaba oír en el Club, en  Ciencias Sociales o en otros foros, todos sentíamos la gravitación y la lucidez de su presencia y de su palabra.

Por todo aquello que, en virtud de su ejemplo, ha mejorado nuestras vidas, por aquello irreemplazable que nos ha dado cada uno, en lo cotidiano y en su creación intelectual, por el recuerdo de su rostro y su porte siempre juvenil a pesar del paso de los años y de la cruel inclemencia de la enfermedad, por todo eso, y por muchas cosas más, le estaremos siempre agradecidos, estaremos por siempre en deuda con Juan Carlos Portantiero.

 

Emilio de Ípola

Emilio de Ípola

Licenciado en Filosofía (UBA) y Doctor en Estado y Ciencias Sociales (París). Investigador Superior del CONICET y Profesor Emérito de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios

 

La Vanguardia. Noticias y debates desde la izquierda democrática

Seguinos en

Si querés colaborar con La Vanguardia escribinos a [email protected]
Un comité editorial evaluará tu texto.