Mamá: el maestro no faltó a clase

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Mirando a sus alumnos fijamente, el señor Germain preguntaba:

– ¿Quién se ha estudiado la lección?

Los niños, sentados cada uno en un viejo pupitre y mirando a la pizarra, levantaban rápidamente la mano. Ninguno quería quedar mal con el viejo maestro.

Germain, un profesor maduro de gestos amables, soltaba una sonrisa frente a los chiquitos. “A ver… ya que se han estudiado todos la lección voy a hacerles algunas preguntas. Usted, Monsieur Arnaud, dígame cuanto es 5×3.”

El pequeño Arnaud, que llevaba un ridículo flequillo, se quedaba pensando y respondía: “¿18, señor Germain?”

– Arnaud, Arnaud, si va a responder mal ¿para qué levanta la mano cuando pregunto si estudió?

Algunos chicos se reían. Pero ellos tampoco hubieran podido responder correctamente. El señor Germain, maestro en la pobre Argelia, solía ser perceptivo a la hora de encontrar talentos entre su alumnado. Y uno le llamó particularmente la atención. Se llamaba Albert y era hijo de una familia pobre. Su madre, tartamuda y analfabeta, había enviudado durante la Primera Guerra Mundial. Y tenía, junto a su abuela, un plan “natural” para su hijo: el trabajo duro. La educación secundaria, pensaban, era un lujo que no podían permitirse. Afortunadamente, había un maestro. Un  hombre como el señor Germain que dedicó horas y esfuerzos para que aquella familia pobre aceptara lo evidente.

El pequeño tiene cualidades, déjenlo cursar la escuela secundaria –dijo el docente. Contraviniendo las reglas de la desigualdad, Germain consiguió que le permitiesen estudiar. Ayudó a Albert a preparar su examen y lo acompañó a rendirlo. Algo ansioso, lo esperó en el banco de la plaza ubicado exactamente enfrente de la escuela.

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Aquel niño obrero y pobre de la Argelia colonial, escribió mucho. Se llamaba Albert Camus y fue, sin dudas, uno de los filósofos y novelistas de mayor relevancia en la post-guerra. Con el mismo amor que el profesor Germain le había brindado, combatió al nazismo y escribió páginas memorables en el periódico antifascista Combat. Dedicó páginas memorables a la humanidad en La Peste y La Caída, y maravillosas expresiones de fraternidad en sus Carnets. En 1957, la Fundación Nobel le concedió el máximo galardón internacional de las Letras. Tras recibir el premio, quiso dedicárselo al verdadero hombre que había conseguido que él fuera quien realmente era.

“Querido señor Germain: (…) Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”, escribió Camus a su maestro de escuela.

Al ganar el Premio Nobel, Camus recordó a su maestro de escuela. Él le había permitido llegar hasta allí.

En un gesto de delicadeza y amor, el señor Germain respondió desde su humilde casa  argelina: “Mi pequeño Albert: (…) Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible, abrazaría muy fuerte al hombre corpulento en que te has convertido y que seguirá siendo para mí mi pequeño Camus. (…) Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser.”

Me pregunto cuántos chicos de la Argentina actual no empezarán las clases y no verán, en unos días, a sus respectivos maestros y maestras Germains. Me pregunto si entenderán que, detrás de la huelga –ese derecho conquistado a pulso después de luchas históricas por la dignidad de la vida– no hay más que un señor y una señora Germain que quieren brindarles conocimiento y fraternidad. Sin salarios dignos, no puede haber y no habrá verdaderos maestros: hombres y mujeres decididos, no solo a enseñar matemáticas, lengua, historia, geografía y biología, sino a hacer pedagogía de la igualdad y de la dignidad.

Ahora, algunos se ofrecen como voluntarios para reemplazarlos. Cargan contra ellos acusándolos de “vagos”. Hay quienes creen que los maestros deben ganar mal y enseñar bien. En la mayoría de los casos, es lo que efectivamente hacen. En escuelas que se derrumban y en las que se pasa demasiado frío en invierno y excesivo calor en verano. Quienes pretenden reemplazarlos no son –o no parecen ser– como el señor Germain. Quizás un voluntario pueda explicar a sumar y a restar, pero no podrá hacer que los Camus pobres superen sus condiciones iniciales. No acompañarán a un niño hasta su casa ni hablarán con sus padres. No escucharán sus problemas ni entenderán las situaciones que pasan cada día.

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Enfrentar a los niños con los docentes es infame. Negarse a negociar sus salarios también. Convendría que los responsables políticos repasasen la historia de Albert Camus. Porque un día, uno de esos maestros que hoy paran y reclaman con justicia, un salario justo, recibirá un mail de algún viejo alumno. El maestro o la maestra abrirá la casilla de correo, y encontrará un agradecimiento porque, en aquellos días de 2017, después de luchar por su sueldo, se dedicó a enseñarle matemáticas, historia y, sobre todo, la necesidad del pensamiento y de la lucha por la dignidad.

Un voluntario puede enseñar matemáticas. Pero no puede ser como el señor Germain.

Tal vez, un día, José, ese chico que hoy vive en una casa humilde de La Matanza en la que entra agua cuando llueve y en la que se oyen disparos y gritos, gane un premio municipal de cuento o poesía, o acaso un importante galardón de ciencias. Ese día, recordará a Verónica, la maestra que involuntariamente cobraba mal pero voluntariamente luchaba para poder educarlo. Evocará su ayuda generosa y su escucha permanente. Recordará que, solo para enseñarle, ella tomaba tres colectivos y apenas llegaba a pagar sus cuentas.

Como Albert Camus con el profesor Germain, José le dedicará a Verónica sus primeros pensamientos. Evocará su amor y su fraternidad. Alguien, le contará que un grupo de “twiteros” había querido reemplazarla. Se reirá un poco y soltará alguna lágrima. Será un triunfo del bien.

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

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